El último custodio Capítulo XXII
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Capítulo XXII

Lo que elegimos después

Thomas intentó entrar en la habitación.

No se lo permití. Aquello produjo en él una expresión que habría resultado bastante satisfactoria incluso sin conocerlo desde los diecisiete años.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Mañana.

—Hay decisiones sobre Voss.

—Mañana.

—Lucien también debe ser trasladado.

—Me alegra que dispongas de hombres capaces de abrir puertas y sostener prisioneros sin mi supervisión.

Thomas miró por encima de mi hombro. Klara estaba junto a la ventana, quitándose lentamente los guantes.

—Entiendo.

—No, no entiendes.

—Francis.

—Fuera.

Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Has esperado ocho años para decirme eso.

—Ha valido la pena.

Thomas se marchó. Cerré la puerta. Klara me observó.

—Has sido grosero.

—Estoy creciendo.

—Eso también lo dijiste en Viena.

—Sigo creciendo.

La casa que Thomas había conseguido para nosotros en Londres era discreta, limpia y, por primera vez en semanas, no contenía cadáveres, archivos secretos ni hombres intentando decidir mi futuro.

Solo una cama, aquello resultaba casi intimidante.

Klara dejó los guantes sobre una mesa y se acercó al fuego.

Su herida había mejorado lo suficiente para que caminara sin esa rigidez que yo detectaba incluso cuando intentaba ocultarla, aunque todavía se protegía inconscientemente el costado cuando estaba cansada.

No dije nada, ella tampoco. Habíamos hablado demasiado durante las últimas semanas y, al mismo tiempo, quedaban demasiadas cosas sin decir. Serví dos copas y le entregué una.

—¿Estás intentando embriagarme?

—Después de conocerte sobria, no veo cómo podría empeorar la situación.

Klara sonrió y bebió, me senté frente a ella.

—Dijiste que querías hablar.

—Sí.

—Estoy escuchando.

No sabía por dónde empezar, aquello me irritó.

Podía entrar en una habitación con seis hombres armados y decidir en segundos cuál debía caer primero.

Podía identificar una mentira por un movimiento de dedos o recordar una salida después de verla una sola vez.

Pero poner una mujer frente a mí y pedirme que dijera algo importante aparentemente excedía mi formación.

Klara lo notó.

—Esto está siendo bastante entretenido.

—No te acostumbres.

—Nunca te había visto intimidado por una conversación.

—No estoy intimidado.

—Claro.

La miré. Ella bebió otra vez con absoluta tranquilidad.

—Me mentiste.

Su sonrisa desapareció, no lo dije con rabia, eso era diferente.

—Sí.

—Más de una vez.

—Sí.

—Y algunas de esas mentiras empezaron antes de que yo supiera que existías.

—Sí.

—Después continuaste ocultándome cosas cuando ya...

Me detuve. Klara esperó.

—Cuando ya importaba —terminé.

Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de la copa.

—Lo sé.

—Eso es lo que todavía no sé cómo perdonar.

Su expresión no se defendió.

—No tienes que hacerlo hoy.

—No quiero que sigas diciéndome eso.

—¿Por qué?

—Porque suena como si no te importara si lo hago.

Klara dejó la copa sobre la mesa.

—¿De verdad crees eso?

No respondí. Ella se inclinó hacia delante.

—Francis, llevo días intentando no pedirte que me perdones porque no quiero convertir mi culpa en una obligación tuya. Eso no significa que no me importe.

La miré.

—Entonces dime que te importa.

Klara quedó inmóvil. Había algo extraño en pedir directamente lo que uno necesitaba. Thomas jamás me había enseñado aquello. Margaret tampoco. En mi experiencia, necesitar algo era información que debía ocultarse.

Con Klara había empezado a descubrir que quizá no siempre.

—Me importa —dijo—. Muchísimo.

Respiró.

—Me importa que ahora revises mis palabras buscando la parte que no te estoy diciendo.

Me importa que retiraras la mano la primera vez que intenté tocar tu cicatriz después de que descubriste la verdad.

Me importa que cuando entro en una habitación todavía sepas dónde estoy, pero ahora algunas veces compruebes también con quién hablo.

No había reproche. Eso lo hizo peor.

—No quiero hacer eso.

—Ya lo sé.

—Pero lo hago.

—También lo sé.

—Y odio que me hayas dado razones.

Klara bajó la vista.

—Yo también.

Me levanté, caminé hasta la ventana.

Londres estaba cubierto de niebla. A esas horas las luces se convertían en manchas amarillas flotando sobre calles que parecían no terminar nunca.

—Cuando Voss habló de ti —dije—, me di cuenta de algo.

Klara esperó.

—Podía aceptar que me hubieras mentido. Lo que no podía soportar era pensar que quizá todo lo que recuerdo contigo pudiera tener otra explicación.

—No la tiene.

—Déjame terminar.

Guardó silencio.

—La primera noche. Tu habitación. El café. El balcón. San Miguel. Cuando te dispararon. Todo. Durante un momento conseguí mirarlo y preguntarme si había sido parte de algo que tú ya sabías.

Klara se acercó lentamente.

—No.

—Lo sé ahora.

Me volví.

—Pero quiero saber cuándo dejó de ser una misión.

Ella tardó en responder.

—No puedo darte una fecha.

—Inténtalo.

Klara se quedó pensando.

—Quizá fue la noche en que dormiste sentado frente a mi puerta.

Sonreí apenas.

—Ya utilizaste esa.

—Porque fue importante.

—¿Por qué?

—Porque no intentaste que te debiera nada.

Aquello me hizo guardar silencio.

—Habías entrado en mi vida desconfiando de mí —continuó—. Tenías motivos para marcharte. Aun así te quedaste porque pensabas que alguien podía volver. No me pediste información a cambio, ni una explicación, ni siquiera las gracias.

Sus ojos encontraron los míos.

—Lucien siempre intercambiaba algo. Johann también terminó aprendiendo a hacerlo porque estaba desesperado. Todos en San Jerónimo convertían cada gesto en una deuda. Tú no.

No supe qué decir.

—Después empezaste a recordar cosas pequeñas —añadió—. Cómo tomaba el café. Qué lado me dolía al caminar. Cuándo mentía sobre estar cansada. Y eso fue peor.

—¿Peor?

Una sonrisa tenue.

—Mucho peor.

—Qué romántico.

—Me estaba enamorando de un hombre al que había buscado para utilizar.

La frase no dolió igual, tal vez porque ahora no la escondía.

—¿Y cuándo supiste que me amabas?

Klara quedó quieta.

Aquella palabra estaba entre nosotros por primera vez sin el refugio de una frase accidental en medio de un tiroteo.

—En el observatorio.

Fruncí el ceño.

—Te dispararon.

—Un poco antes.

—Qué alivio.

Ella casi rio.

—Cuando aceptaste el anillo.

—Ese momento no suele aparecer en mis mejores recuerdos.

—Pensé que ibas a convertirte en aquello que todos querían que fueras. Y tuve miedo.

—¿De mí?

—De perderte sin que murieras.

Eso me alcanzó de una forma inesperada.

Klara se acercó un paso.

—Después cambiaste la fórmula. Te pusiste el anillo en la mano izquierda y devolviste las Águilas a Thomas. Y comprendí que podía colocar delante de ti tu propia sangre, tu pasado, un sistema entero diciéndote quién debías ser...

Su voz bajó.

—Y aun así ibas a elegir por ti mismo.

—Entonces te dispararon.

—Arruinó bastante el momento.

Reí, ella también, la tensión cedió.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—¿Cuándo?

Sabía perfectamente a qué se refería.

—No me gustan estas preguntas.

—Eso no es una respuesta.

La miré durante unos segundos.

—San Miguel.

Klara quedó sorprendida.

—¿Tan pronto?

—No dije que lo supiera.

—¿Cuándo lo supiste?

Recordé el observatorio, su cuerpo contra el mío, la sangre, aquella elección que no había sido elección.

—Cuando recibiste la bala.

Su expresión se suavizó.

—Francis...

—No fue porque casi murieras. Fue porque Voss escapó y no me importó.

Me acerqué.

—Eso me asustó más que la sangre.

—¿Por qué?

—Porque Thomas me había enseñado durante años que el objetivo importaba incluso cuando dolía. Que podías sentir algo y seguir haciendo lo necesario.

Me detuve frente a ella.

—Y te tuve entre los brazos y no existió Voss, ni San Jerónimo, ni Thomas, ni ninguna misión. Solo quería que respiraras.

Klara no dijo nada.

Sus ojos brillaban.

—Entonces lo supe.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Lo dije.

—Dijiste que estabas enamorándote.

—Estaba intentando conservar algo de dignidad.

—¿Y ahora?

La miré. La pregunta había dejado de ser ligera.

—Ahora estoy bastante seguro de haberla perdido.

Klara sonrió, fue entonces cuando levanté una mano y toqué su rostro, no había vuelto a hacerlo de aquella forma desde que descubrí las cartas. Ella no se movió. Mi pulgar recorrió su pómulo.

—Te amo.

No sentí nada espectacular al decirlo, no hubo alivio inmediato ni esa clase de revelación que los poetas parecen considerar obligatoria, fue más sencillo.

La frase llevaba semanas viviendo en mí y por fin había dejado de luchar contra ella.

Klara cerró los ojos un instante, cuando los abrió había lágrimas.

—Eso ha sido considerablemente menos doloroso de lo que imaginabas.

—Aún puedo retirarlo.

—Ni se te ocurra.

Sonreí. Ella apoyó una mano sobre mi pecho.

—Yo también te amo.

La besé.

Habíamos besado muchas veces, ninguna de ellas se pareció a aquella. Tal vez porque antes siempre existía algo esperando después: una pregunta, una puerta que abrir, un cadáver, Thomas apareciendo en el peor momento posible.

Esta vez no había prisa.

Klara rodeó mi cuello con los brazos y se acercó lentamente hasta que su cuerpo quedó contra el mío. La besé con una paciencia que no sabía que poseía, recorriendo su boca como si tuviera que aprenderla otra vez ahora que no había ninguna mentira entre nosotros que necesitara ser ignorada.

Sus dedos encontraron mi cabello, los míos bajaron por su espalda, me detuve al llegar a la zona de la herida. Klara lo notó.

—Está bien.

—Eso dijiste antes de viajar desde Viena con una bala recién extraída.

—Ahora tengo un médico de mi lado.

—No confío en él.

—No confías en nadie.

La miré.

—Estoy trabajando en ello.

Algo cambió en sus ojos, me besó otra vez, más profundo. La espalda de Klara tocó la pared y mi mano quedó en su cintura, cuidadosa a pesar de que todo lo demás empezaba a perder lentamente esa cualidad.

—Francis.

—¿Sí?

—Deja de pensar.

—No estoy pensando.

—Estás comprobando mi herida.

—Puedo hacer dos cosas a la vez.

—Presumido.