El último custodio Capítulo XXI #3
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Capítulo XXI #3

—Y yo voy a hacer algo que no soportas.

—¿Qué?

—Dejar de necesitarte.

No volvió a sonreír. Thomas recogió el cuchillo.

—Eso ha debido doler.

—No ayudes.

—Lo estaba disfrutando.

Klara se acercó a mí.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo buscando heridas.

—¿Estás bien?

—Mi dignidad ha sufrido.

—Entonces nada nuevo.

La miré, aquella sonrisa volvió, pequeña, nuestra.

No necesitaba más.

Voss no tenía treinta hombres escondidos, no había última organización, no apareció ningún heredero secreto de San Jerónimo detrás de una cortina.

Tenía seis hombres en el exterior. Cuatro se rindieron cuando Thomas les mostró la página firmada, dos intentaron huir y fueron detenidos antes de llegar al camino.

Fue casi decepcionantemente sencillo.

Quizá los finales reales eran así, mucho más pequeños que los sistemas construidos para evitarlos.

Antes de salir, Anna colocó la página sobre la mesa y obligó a Voss a mirarla.

—Léela.

Él permaneció sentado, con las manos atadas.

—No.

Anna esperó.

Voss terminó haciéndolo, leyó la declaración de disolución, su nombre, su firma, la fecha. Después Anna llamó a los hombres que todavía habían seguido a Voss y les mostró el documento.

No hubo discurso, no era necesario.

Gabriel había basado su poder en la idea de que el registro podía reconstruirse, que el Primero podía regresar y que él era el único hombre capaz de devolverles aquello que San Jerónimo había perdido.

La firma demostraba que siempre había sabido que mentía. Uno de sus hombres se quitó el anillo de la mano derecha, después otro, el tercero tardó más, finalmente hizo lo mismo.

Voss no los miró. Thomas sí.

—Los que quieran seguir siendo Águilas responderán ante mí por lo que hicieron bajo las órdenes de Gabriel. Nadie conservará un lugar simplemente por cambiar un anillo de mano.

Aquello era Thomas, ni perdón fácil ni ejecuciones teatrales.

Consecuencias.

Voss levantó la cabeza.

—¿Y tú crees que esto termina aquí?

Thomas lo observó.

—No.

Por primera vez la respuesta no me preocupó.

—Nada termina de una vez —continuó—. Pero tú sí.

Dos hombres se llevaron a Voss.

No miró a Anna, ni a Evelyn. Miró hacia mí. Esperó algo, un último reconocimiento quizá. No se lo di. Klara estaba a mi lado, volví hacia ella y dejé que Gabriel Voss saliera de mi vida sin observarlo marcharse.

El amanecer empezó a aparecer cuando salimos del observatorio. Anna se quedó atrás con Evelyn, Avery acompañó a Thomas, yo descendí lentamente por el sendero junto a Klara.

Londres comenzaba a despertar debajo de nosotros.

—No lo mataste —dijo.

—No.

—Querías hacerlo.

—Sí.

—¿Por qué no?

Pensé en la respuesta.

—Porque me di cuenta de que matarlo habría sido demasiado importante.

Klara me miró.

—¿Y dejarlo vivir no?

—Voss ha ocupado suficiente espacio dentro de mi cabeza. No necesitaba ocupar también el momento en que decidiera quién soy.

Ella permaneció en silencio durante varios pasos.

—Francis.

—¿Qué?

—Creo que Margaret estaría orgullosa de ti.

Sentí una punzada extraña.

—Eso suena peligrosamente sentimental.

—No sabía que estaba prohibido.

—Lo está desde ahora.

Klara sonrió. Seguimos caminando, después de unos metros sentí sus dedos rozar los míos, no los tomó inmediatamente. Esperó. Todavía hacía aquello, me dejaba decidir.

Entrelacé mi mano con la suya.

—Voss cayó —dijo.

—Sí.

—Lucien está detenido.

—Sí.

—El sello dejó de tener poder.

—Sí.

—El registro no existe.

La miré.

—¿Estás intentando demostrarme algo?

—Estoy intentando comprobar si finalmente podemos pasar veinticuatro horas sin descubrir una conspiración.

—No arriesgaría tanto.

Rio. Me gustaba su risa, mucho más de lo prudente.

—¿Y ahora qué hacemos?

La pregunta era sencilla, pero no tenía respuesta, había pasado tantos años recibiendo destinos que la ausencia de uno resultaba extraña.

Thomas enviaba una carta, yo viajaba. Había un nombre, yo lo encontraba.

Una amenaza, yo la eliminaba. Por primera vez no había ninguna misión esperando al final del camino.

Miré hacia Londres.

—No lo sé.

Klara se acercó ligeramente.

—Bien.

—¿Bien? —Fruncí el ceño.

—Quizá puedas decidir sin que alguien te deje instrucciones dentro de una tumba.

—Suena ineficiente.

—Te acostumbrarás —su hombro rozó el mío.

Pensé en la casa, las ventanas, una mañana sin armas sobre una mesa, Klara con el cabello suelto, yo sin saber qué hacer con un día entero que nadie me hubiera ordenado utilizar.

De pronto ya no me pareció una imagen tan absurda.

—Klara.

—¿Sí?

—Cuando lleguemos a casa quiero hablar contigo.

Su expresión cambió, no miedo, algo cercano a expectativa.

—¿Sin cadáveres?

—Intentaremos ser innovadores.

—¿Thomas?

—También fuera.

—Eso será más difícil.

Sonreí.

—Lo conseguiré.

Klara apretó mi mano, no dijimos nada más, ya habría tiempo y aquella idea no me produjo inquietud.

Había tiempo. Y quizá ese fue el momento en que comprendí que sobrevivir no era lo mismo que tener una vida.

Una cosa consistía en llegar vivo al día siguient, la otra empezaba cuando uno tenía finalmente algo que deseaba hacer con él.