El último custodio Capítulo XXI #2
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Capítulo XXI #2

El silencio que siguió fue extraño, no pertenecía a San Jerónimo, ni a Voss, ni siquiera a Thomas, pertenecía a mí y me di cuenta de que no necesitaba ninguna otra respuesta de aquel hombre que me había encontrado a los diecisiete.

Había cosas que tardaban ocho años en decirse, eso no las hacía menos ciertas.

Voss tomó finalmente la página, leyó su propia firma, sus dedos temblaron muy poco.

—Esto no cambiará nada.

Anna lo observó.

—Ya lo hizo.

—Mis hombres creen.

—En una mentira.

—Las organizaciones se construyen sobre cosas mucho menos sólidas.

—Entonces diles la verdad.

Voss levantó los ojos.

—¿Para qué?

Anna parecía cansada, no vieja, solo cansada.

—Porque alguna vez fuiste un hombre que entró en un edificio en llamas para sacar a un niño que ni siquiera debía sobrevivir.

Voss me miró, aquella imagen apareció entre nosotros; fuego, humo, una mano tirando de mí. No recordaba su rostro, pero sí unos brazos, había creído durante años que pertenecían a Anna.

Quizá no.

—¿Por qué entraste? —pregunté.

Voss tardó en responder.

—Te escuché gritar.

Eso fue todo. Una respuesta demasiado humana para el hombre en que se había convertido.

—No sabías quién era.

—No.

—Entonces no fue una prueba.

—No.

—Ni una orden.

—No.

Algo dentro de mí se movió, no perdón, no gratitud completa, solo la aceptación incómoda de que los monstruos rara vez son monstruos durante todos los minutos de su vida.

Voss miró mi cicatriz.

—Después comprendí quién eras.

—Y decidiste que salvarme te daba derecho a fabricarme.

Su rostro se cerró.

—Decidí que sobrevivir al incendio debía significar algo.

—Significaba que tenía seis años y tuve suerte.

—No creo en la suerte.

—Yo tampoco hasta conocerte. Ahora me parece una explicación bastante agradable.

Klara bajó la cabeza un instante. Voss no sonrió.

—París debía demostrar si eras capaz de elegir la misión por encima del miedo.

—Me cortaste la cara.

—Podría haberte matado.

—Siempre te ha encantado utilizar eso como argumento.

Me acerqué hasta quedar a poca distancia; no pensé en el cuchillo, ni en la cicatriz, ni en el muchacho de diecinueve años que había confundido soportar dolor con ser fuerte.

—¿Sabes qué demostró París?

Voss me miró.

—Que todavía necesitabas herir a un muchacho para sentir que controlabas en qué hombre se convertiría.

Aquello sí lo golpeó, no levantó la voz, no hizo ningún movimiento. Simplemente dejó de parecer superior y resultó mucho menos impresionante.

Avery rompió el silencio.

—Hay algo más.

Voss giró la cabeza.

—Nicholas.

—Johann.

Klara se tensó junto a mí. Avery se acercó. Habíamos oído su versión, pero quedaba una pieza que nunca había pronunciado delante de Voss.

—Dile la verdad completa.

Voss lo miró con desprecio.

—Ya está muerto.

—Precisamente por eso.

Klara no apartó los ojos de Avery, él respiró antes de continuar.

—Johann no escapó solo.

Voss endureció el rostro.

—Nicholas.

—Yo lo saqué.

Klara frunció el ceño.

—Dijiste que lo encontraste después de que escapara.

—Mentí.

La palabra cayó con una familiaridad desagradable.

Avery no intentó protegerse.

—Trabajaba para Voss entonces. No como uno de sus hombres principales, pero sabía lo suficiente para entender que Johann iba a morir en cuanto revelara dónde estaba el sello. Lo saqué durante el cambio de guardia.

Klara palideció.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque si admitía que había participado desde dentro, nunca habrías creído nada de lo demás.

—Así que preferiste otra mentira.

Avery bajó los ojos.

—Sí.

No hubo defensa.

Tal vez estábamos todos empezando a aprender.

—¿Y después? —preguntó Klara.

—Johann estaba muy mal. Voss lo había interrogado durante dos días, pero seguía consciente. Me entregó el sello y las instrucciones para ti. Quise sacarlo de Londres.

Avery tragó.

—No llegamos.

Klara ya sabía lo siguiente, aun así necesitaba escucharlo.

—¿Te pidió que lo mataras?

—Sí.

—¿Y lo hiciste?

—Sí.

La cara de Klara se contrajo, pero no apartó los ojos.

Avery continuó:

—No porque Voss me lo ordenara. No porque quisiera silenciarlo. Johann sabía que volverían a encontrarlo y que no resistiría otro interrogatorio. Me hizo jurar que llegarías a las notas.

—No llegaron todas.

—Porque Lucien interceptó parte de ellas.

Eso cerraba finalmente la cadena; Sebastian, Lucien, Avery, Johann. No había otra mano escondida, no necesitábamos una.

Klara respiró despacio.

—¿Sufrió al final?

Avery negó.

—No.

Ella cerró los ojos, esta vez no lloró.

—Gracias por sacarlo.

Avery levantó la vista, sorprendido. Klara añadió:

—No significa que te perdone la mentira.

—No esperaba que lo hicieras.

—Bien.

Algo en su voz se suavizó.

—Pero gracias.

Avery asintió, era suficiente. Voss observaba aquella escena con una expresión que no conseguí descifrar. Quizá porque todo aquello que él consideraba debilidad —culpa, perdón, amor, duelo— estaba haciendo algo que su sistema jamás había conseguido. Mantener a la gente unida sin obligarla.

Anna extendió la mano.

—La página, Gabriel.

Voss la sostuvo.

—Si os la entrego, ¿qué queda?

—La verdad.

—La verdad no gobierna hombres.

—Ese es el punto.

Sus dedos se cerraron alrededor del pergamino, durante un momento pensé que lo rompería. Thomas también, su arma apareció en la mano.

—No.

Voss lo miró.

—¿Me dispararías por un pedazo de papel?

—Te dispararía por muchas menos cosas.

—Por fin algo reconocible.

Voss sonrió, después hizo algo peor, acercó la página a la lámpara, el borde empezó a oscurecerse. Anna avanzó, Thomas levantó el arma, yo fui más rápido. Golpeé la lámpara con la mano y la envié al suelo antes de que el fuego alcanzara el pergamino. La habitación quedó parcialmente a oscuras.

Voss se lanzó hacia mí, había olvidado lo rápido que podía moverse incluso herido, su hombro chocó contra mi pecho y ambos caímos contra una mesa.

Sentí el golpe en las costillas, una mano buscando mi cuello y después el brillo de una hoja.

Llevaba un cuchillo, siempre había sido sentimental, bloqueé su muñeca.

—Otra vez no —dije.

Voss intentó girar, golpeé el brazo herido. Gruñó. El cuchillo cayó, podía haber terminado allí. Lo supe. Él también. Mi mano encontró el arma de mi cinturón, Voss quedó debajo de mí, respirando con dificultad.

La cicatriz tiró sobre mi mejilla, tenía diecinueve años otra vez, París, sangre descendiendo por el rostro, Gabriel diciéndome que si no podía soportar una cicatriz no merecía sobrevivir a lo siguiente. Le apunté al pecho. Voss sonrió.

—Hazlo.

Thomas no habló. Klara tampoco.

—Eso quieres —dije.

—Quiero ver si finalmente aprendiste.

Aquello me hizo bajar ligeramente el arma.

—No.

Su sonrisa desapareció.

—¿No qué?

—No vas a convertir esto en otra prueba.

Voss me miró, me puse de pie, dejé la pistola apuntándole, pero no disparé.

—Mi vida no es tu examen.

—Me matarás tarde o temprano.

—Puede ser.

—Entonces hazlo.

—No.

Algo parecido al miedo apareció en su rostro, fue mínimo, pero estaba allí. Comprendí. Morir en mis manos le habría permitido convertirlo todo en una conclusión. Yo sería el hombre que había preparado. La violencia terminaría justificando la violencia que él había utilizado para construirla.

Vivir era más incómodo, vivir significaba contemplar la derrota.

—Thomas decidirá qué hacer contigo como Águila —dije—. Anna decidirá si quiere testificar sobre San Jerónimo. Los hombres que traicionaste decidirán si continúan siguiéndote cuando vean tu firma.

Me incliné ligeramente.