Capítulo XXI
El hombre que quiso convertirme
Gabriel Voss había elegido otro observatorio.
Empezaba a sospechar que tenía una relación excesivamente emocional con las estrellas.
Greenwich aparecía silencioso bajo la medianoche, con el perfil de Londres extendiéndose a lo lejos como una masa oscura atravesada por luces. Había llovido durante la tarde y el suelo conservaba ese brillo húmedo que hace parecer más limpias incluso las ciudades que no lo son.
Voss había pedido tres personas: a Thomas, Anna, el XIII.
Llegamos seis.
Klara había decidido que una invitación que no la mencionaba era, en esencia, una sugerencia.
Evelyn había hecho algo parecido. Avery apareció sin que nadie lo llamara y se limitó a decir que, después de todo lo ocurrido, prefería presenciar el final antes de que alguien tuviera la brillante idea de declararlo muerto otra vez.
Thomas discutió con los tres, perdió con los tres.
Fue una noche educativa.
—Voss sabrá que no hemos respetado las condiciones —dijo mientras recorríamos el sendero.
—Gabriel lleva ocho años sabiendo que no respeto condiciones —respondí.
—No es algo de lo que debas sentirte orgulloso.
—No lo estoy. Me siento consistente.
Klara caminaba junto a mí. Había insistido en llevar una pistola aunque la herida del costado todavía le molestaba con ciertos movimientos. No discutí esta vez. Solo comprobé personalmente que pudiera alcanzar el arma sin forzar demasiado la cintura.
Ella me dejó hacerlo, eso era nuevo.
—Estás mirándome otra vez —murmuró.
—Estoy comprobando que no sangres.
—Una forma extraordinariamente romántica de cortejo.
—Mis opciones han sido limitadas.
—Podrías probar con flores.
—Los cadáveres de Viena agotaron mi entusiasmo por la botánica.
Su boca se curvó, después nuestras miradas se encontraron y apareció esa otra cosa entre nosotros. La que todavía no tenía nombre, habíamos dejado de estar rotos.
Todavía no estábamos reparados, tal vez ninguna relación volvía exactamente a su forma anterior después de una mentira. Empezaba a pensar que ese no era necesariamente el objetivo.
Thomas se detuvo delante de la entrada.
—A partir de aquí, nadie improvisa.
Todos lo miramos. Avery fue el primero en hablar.
—¿Quieres repetirlo más lentamente para Francis?
—Vete al demonio.
—Definitivamente lo ha entendido.
Klara bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Thomas nos miró como si reconsiderara todas las decisiones que lo habían conducido hasta nosotros, después abrió la puerta.
Voss estaba solo, eso fue lo primero que me preocupó, lo segundo fue que no parecía un hombre acorralado.
Esperaba junto al telescopio central con una copa de vino intacta sobre una mesa cercana y el abrigo perfectamente colocado.
Había envejecido desde Viena, aunque apenas habían pasado semanas.
El disparo de Thomas en el almacén le había dejado el brazo izquierdo inmovilizado bajo la chaqueta, pero incluso herido conservaba aquella manera de mantenerse quieto que durante años me había parecido una forma superior de control.
Ahora reconocía de dónde venía: Thomas, Anna, Evelyn. Todos habían aprendido a dominar habitaciones sin elevar la voz.
Voss simplemente había aprendido de los mejores y decidido que aquello le concedía derecho a sustituirlos.
Su mirada recorrió el grupo.
—Pedí tres.
—Somos malos siguiendo instrucciones —dije.
—Tú siempre lo fuiste.
—Y aun así te sorprendió en el observatorio.
Algo duro pasó por sus ojos.
Klara permaneció junto a mí. Anna avanzó un poco y fue entonces cuando Voss dejó de mirarme.
Durante unos segundos solo existieron ellos dos.
—Anna.
—Gabriel.
Había pasado toda una vida entre aquellos nombres.
Voss soltó lentamente el aire.
—Así que era verdad.
—¿Qué cosa?
—Que seguías viva.
Anna sonrió sin alegría.
—Tú también. Empiezo a pensar que tenemos un problema generacional para aceptar la muerte.
Thomas hizo un sonido bajo.
—En eso estamos de acuerdo.
Voss lo miró.
—Thomas.
—Gabriel.
No hubo saludo, solo historia.
Voss volvió hacia Anna.
—¿Trajiste la página?
Ella sacó el fragmento quemado del interior del abrigo.
—Sí.
Voss la observó desde la distancia.
—Quiero verla.
—La verás.
—Ahora.
Anna no se movió.
—Primero hablarás.
Él sonrió.
—Sigues creyendo que puedes darme órdenes.
—No. Creo que todavía quieres algo de mí.
Aquello lo irritó, muy poco, pero Anna tenía razón.
Voss no nos había reunido para matarnos. Si ese hubiera sido el objetivo, tenía suficientes hombres para intentarlo de formas menos teatrales. Necesitaba algo.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Sus ojos regresaron a mí.
—Que elijas correctamente.
Solté aire.
—No puedo describirte cuánto estoy empezando a odiar esa palabra.
—Porque todavía crees que elegir significa escapar de aquello que eres.
—No. Significa precisamente lo contrario.
Voss inclinó ligeramente la cabeza, era la misma mirada que utilizaba cuando yo tenía diecinueve años y acababa de cometer un error con el cuchillo, aquella mirada había conseguido hacerme sentir pequeño durante demasiado tiempo. Ya no.
—Te enseñé mejor que eso.
—Me enseñaste a abrir una garganta desde atrás y a no dormir de espaldas a una puerta. No recuerdo ninguna lección filosófica especialmente memorable.
—Te enseñé a sobrevivir.
—No fuiste el único.
Sus ojos se endurecieron, había encontrado la herida. Thomas había sido el hombre que me recogió. Margaret, la mujer que me crió. Voss había sido una parte, solo una y quizá eso era precisamente lo que más le molestaba.
—Mírate —dijo—. Todo lo que haces fue preparado por otros.
La forma en que observas, cómo peleas, cuándo callas.
Thomas puso disciplina donde había rabia.
Yo puse técnica donde había instinto. Evelyn dejó un camino antes de que supieras caminarlo.
Anna decidió tu nombre. Margaret te enseñó a desconfiar.
Incluso ella... —Miró a Klara, mi cuerpo reaccionó, Voss sonrió—.
Ella aprendió qué necesitabas y consiguió que la siguieras.
Klara no bajó los ojos.
—Si intenta dividirnos, llega varias semanas tarde.
—No necesito dividir nada. Ya mentiste.
—Sí.
La sencillez de la respuesta lo descolocó. Klara continuó:
—Francis lo sabe. Yo sé que lo sabe. La diferencia entre usted y nosotros es que ya no necesitamos fingir que no ocurrió.
Voss la observó con disgusto.
—Te hizo más débil.
—No —dije.
Su mirada volvió hacia mí.
—Me hizo tener algo que perder. No es lo mismo.
—Para hombres como nosotros sí.
—Ese ha sido siempre tu problema.
Me acerqué un paso.
—No existen hombres como nosotros.
La frase cayó sin violencia, no necesitaba más, durante años Voss había utilizado semejanzas para reclamarme. La cicatriz. La sangre fría. La capacidad de matar. La observación. El silencio.
Como si compartir herramientas significara compartir destino.
—Tú elegiste en qué convertirte —continué—. No me culpes si yo hago lo mismo.
Voss dejó de sonreír. Anna colocó la página sobre la mesa, Voss no se acercó inmediatamente, la observó como si pudiera destruirlo desde varios metros.
—La firmaste —dijo Anna.
—Bajo presión.
—Mientes.
—Habíamos perdido el control.
—No. Lo habíamos recuperado.
Anna señaló el documento.
—El registro original fue destruido. Evelyn estuvo allí. Yo estuve allí. Tú también.
Voss miró a Evelyn. Era la primera vez que la reconocía abiertamente desde nuestra llegada.
—Evelyn.
—Gabriel.
—Siempre pensé que tú terminarías arrepintiéndote.
—Me arrepiento de muchas cosas.
—¿De destruirlo?
—No.
Eso pareció afectarlo más que cualquier acusación.
Evelyn se acercó a la mesa.
—Creíamos que San Jerónimo podía reformarse. Anna dejó de creerlo antes que yo. Tú fingiste dejar de creerlo porque era la única forma de conservar un lugar junto a Thomas.
Voss miró hacia él.
Thomas permanecía completamente inmóvil.
—No utilices mi nombre para justificarte —dijo.
—Construiste exactamente lo mismo.
—No.
—Redes. Casas. Informantes. Hombres entrenados. Información suficiente para derribar gobiernos.
—Y límites.
Voss soltó una risa.
—Reglas que decides tú.
—Reglas que impiden que esto se convierta en San Jerónimo.
—¿De verdad crees que un código escrito por Thomas Hamilton convierte el poder en algo moral?
La pregunta quedó en el aire, Thomas no respondió enseguida, cuando lo hizo, su voz fue más baja.
—No.
Aquello sorprendió incluso a Voss.
—¿No?
—El poder no se vuelve moral porque yo lo utilice.
Por eso tiene límites. —Voss frunció el ceño.
Thomas continuó—: Tú nunca entendiste eso.
Creíste que si podías hacer algo, tenías la obligación de hacerlo.
Si conocías un secreto, debías utilizarlo.
Si un hombre podía ser manipulado, era absurdo no manipularlo.
Sus ojos fueron hacia mí.
—Incluso cuando ese hombre era uno de los nuestros.
Voss sostuvo su mirada.
—Tú hiciste lo mismo con Francis.
La verdad llegó sin adornos. Thomas no la negó.
—Sí.
Lo miré, él también, no hubo necesidad de volver a discutirlo, ya lo habíamos hecho.
—Y me equivoqué —añadió.
Voss se rio.
—¿Eso es lo que eres ahora? ¿Un hombre que pide perdón?
—No exageremos.
Avery soltó una risa breve desde el fondo, incluso yo sonreí, Voss no. Thomas volvió a mirarlo.
—La diferencia, Gabriel, es que cuando Francis empezó a decidir por sí mismo, yo tuve que aprender a permitirlo.
—Te desafía constantemente.
—Sí.
—Desobedece.
—Muchísimo.
—Te contradice delante de tus propios hombres.
Thomas me lanzó una mirada lateral.
—Con una frecuencia agotadora.
—Y lo toleras.
Thomas sostuvo los ojos de Voss.
—No. Lo respeto.
Aquella palabra me encontró desprevenido, no dije nada, probablemente fue lo más inteligente que hice en toda la noche.
Voss, en cambio, parecía incapaz de comprenderlo.
—Entonces perdiste el control de él.
—Nunca debí tenerlo.