Capítulo XX #2
—Todos teníais una obsesión enfermiza con mi capacidad para elegir y, curiosamente, ninguno consideró darme información suficiente para hacerlo.
Anna aceptó el golpe.
—Tienes razón.
No esperaba eso.
—¿No vas a explicarme que era por mi protección?
—También lo era.
—Ahí está.
—Una cosa no vuelve correcta a la otra.
La observé y entendí qué había visto Thomas en aquella mujer; no imponía su presencia como él, tampoco como Evelyn. Anna tenía otra forma de autoridad: no necesitaba defenderse de las verdades desagradables.
—¿Por qué me sacaste del incendio?
—Porque tu madre no podía.
—Evelyn estaba allí.
—Sí.
Eso era nuevo, aunque no abría otro misterio. Era una pieza que faltaba.
—Thomas dijo que tú le dijiste que el edificio estaba vacío.
Anna bajó los ojos.
—Mentí.
Sentí un nudo frío.
—¿Sabías que yo estaba dentro?
—Sí.
Me levanté, la silla rozó el suelo. Anna no se movió.
—¿Thomas incendió aquella casa porque tú le dijiste que estaba vacía?
—Sí.
—Y había niños.
—Dos.
—Klara y yo.
—Sí.
La rabia llegó lentamente.
—¿Por qué?
—Porque si Thomas sabía que estabais dentro, habría intentado sacaros antes de prender fuego al archivo. Vane y Voss vigilaban el edificio. Cualquier intento habría revelado qué niños eran importantes.
—Así que dejaste que Thomas creyera que podía quemarnos vivos.
Anna cerró los ojos.
—Sí.
—Eso no es protección.
—No.
Aquella respuesta me detuvo otra vez.
—Era cálculo —continuó—. Uno que he lamentado todos los días desde entonces.
—Voss entró.
—Sin que yo se lo pidiera.
—Y me sacó.
—Sí.
Eso cambiaba algo sobre Gabriel, no lo absolvía, nada podía hacerlo, pero explicaba una de las contradicciones que me había acompañado desde París: un hombre capaz de utilizarme, cortarme y traicionar a Thomas había sido también quien entró en un edificio en llamas por mí.
—¿Por qué lo hizo?
Anna me miró.
—Porque Gabriel no siempre fue lo que es ahora.
Aquello era respuesta suficiente.
—¿Y Elise?
El rostro de Anna se endureció.
—Murió intentando llegar hasta Klara.
—¿Evelyn?
—Sobrevivió.
—¿Tú?
—También.
—Tenéis una habilidad irritante para eso.
Una sombra de humor pasó por sus ojos.
—Viene con la profesión.
Volví a sentarme.
—¿Mi padre?
Anna guardó silencio.
—Lucien Vale.
—Sí.
—¿Es realmente mi padre?
—Sí.
Agradecí la simplicidad.
—¿Él sabía que Evelyn estaba embarazada?
—Sí. Quiso utilizarte desde antes de que nacieras.
—Qué hombre tan cálido.
—Evelyn te ocultó de él cuanto pudo. Cuando comprendió que San Jerónimo quería convertirte en sucesor de Primus, decidió proteger tu derecho a rechazarlo.
—Y tú le robaste el título.
—Sí.
—¿Por qué?
Anna sostuvo mi mirada.
—Porque Evelyn empezaba a creer que podía controlar el sistema sin convertirse en él.
—¿Y no podía?
—Nadie podía.
Esa era la lección de todo aquello.
—Entonces la traicionaste.
—Sí.
—Y ella te odió.
—Durante mucho tiempo.
—¿Ahora?
Anna miró hacia el jardín donde Evelyn y Klara hablaban.
—Ahora ambas somos demasiado viejas para fingir que el odio fue lo único.
No necesitaba saber más. Aquello pertenecía a ellas.
—¿Dónde está el registro verdadero?
Anna sonrió.
—Voss no lo tiene.
Cerré los ojos.
—Gracias a Dios.
—Lo destruí hace diecinueve años.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—El libro que encontrasteis era la última copia completa.
—Thomas dijo que era una copia.
—Lo era.
—Entonces no existe un original.
—No.
Sentí unas ganas intensas de golpear a varias personas que no estaban presentes.
—Voss lleva semanas buscando algo que no existe.
—Voss sabe que no existe.
Eso sí me irritó.
—Entonces ¿qué demonios quiere?
Anna se inclinó hacia mí.
—La prueba de que fue destruido.
—¿Para qué?
—Porque sin ella puede seguir convenciendo a sus hombres de que el sistema todavía puede restaurarse.
Ahora tenía sentido, no necesitaba el registro para usarlo, necesitaba la idea del registro.
—¿Tienes esa prueba?
Anna asintió.
—Una página.
—La primera.
—La última.
Se levantó y abrió una caja pequeña dentro de un armario, sacó un fragmento de pergamino quemado, en él se alcanzaban a leer unas pocas líneas.
Registro maestro cancelado. Custodia disuelta por Anna Vogel, Primus.
Debajo había tres firmas: Anna, Evelyn y Gabriel Voss.
Lo miré.
—Voss firmó.
—Sí.
—Entonces sabe que el registro fue destruido.
—Siempre lo supo.
Aquello terminó de ordenar la traición. Gabriel no estaba intentando recuperar San Jerónimo porque creyera que aún existía. Estaba construyendo una mentira suficientemente convincente para que otros hombres aceptaran reconstruirlo.
—Necesitamos esa página.
—La tendrás.
Anna no la soltó.
—Después de que me lleves ante Gabriel.
La miré.
—No.
—Francis.
—No vas a hacer eso.
Una sonrisa casi maternal apareció.
—Klara tenía razón sobre ti.
—No quiero saberlo.
—Confundes mucho proteger con impedir.
—Os habéis puesto de acuerdo demasiado rápido.
Anna volvió a sentarse.
—Gabriel no aceptará que el sistema terminó si no me ve.
—Tiene la página con su propia firma.
—Dirá que es falsa.
—Entonces que lo diga.
—Sus hombres todavía lo siguen.
Ahí estaba el problema, matar a Voss era sencillo, destruir aquello en lo que sus hombres creían era otra cosa.
—Quieres enfrentarlo.
—Sí.
—¿Por qué?
Anna miró hacia la puerta.
—Porque fui yo quien permitió que se convirtiera en el Segundo.
La culpa regresó a su rostro.
—Y porque cuando comprendí lo que estaba haciendo dentro de las Águilas, ya había esperado demasiado.
—Thomas puede ocuparse de él.
—Esto no es solo asunto de Thomas.
Tenía razón, me molestó.
—¿Y qué quieres que haga yo?
Anna sonrió.
—Elegir.
Solté una risa.
—Voy a empezar a cobrar cada vez que alguien pronuncie esa palabra.
—Serías rico.
—Ya tenemos un banquero para eso.
Anna volvió a mirar mi cicatriz.
—Gabriel cree que todavía eres la prueba de que él tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que todos terminamos convirtiéndonos en aquello para lo que nos prepararon.
Pensé en Voss enseñándome a pelear, Thomas enseñándome a observar, Evelyn preparando un futuro, Margaret dándome un nombre que pertenecía a otro niño y Klara… Klara no me había preparado para nada, solo había complicado considerablemente mi capacidad de marcharme.
—Se equivoca.
—Lo sé.
—Entonces iremos.
Anna asintió.
—Mañana.
—Esta noche.
—Tienes la misma impaciencia de tu madre.
—No voy a aceptar eso como insulto hasta decidir cuánto me molesta.
Ella rio, fue la primera vez que escuché cómo sonaba, extrañamente cálido. Entonces comprendí que quizá la recordaba, no el rostro, la risa. De un jardín, de pájaros, de una infancia que había creído completamente perdida.
Klara estaba sola en el jardín cuando salí, Anna se había quedado con Evelyn. No pregunté qué tenían que decirse, Klara tampoco me preguntó qué me había contado Anna, simplemente estaba sentada en un banco, observando a dos gorriones pelear por una semilla. Me senté junto a ella.
—¿Estás bien?
—No.
Agradecí que no dijera otra cosa.
—Yo tampoco.
Nos quedamos un rato así, sin solucionar nada, era extraño cuánto alivio podía haber en eso.
—Johann sabía —dijo finalmente.
—Sí.
—Me enfurece.
—También.
—Y entiendo por qué lo hizo.
—Eso suele empeorar las cosas.
Klara me miró.
—Exactamente.
Apoyó la cabeza sobre mi hombro, el gesto fue tan natural que tardé un segundo en comprender que había ocurrido.
No me aparté.
—Anna quiere ir con nosotros —dije.
—Por supuesto.
—¿Todo el mundo en tu familia es incapaz de permanecer donde se le pide?
—Mírate antes de criticar.
—Yo no pertenezco a tu familia.
Klara levantó ligeramente la cabeza, nuestros ojos se encontraron, había dicho aquello sin pensar, ella tampoco respondió inmediatamente.
—No —dijo al fin.
Algo en su voz me hizo lamentarlo, tomé su mano.
—No era eso lo que quería decir.
—Lo sé.
—Klara.
—Francis, no tienes que arreglar cada frase.
—Me gustaría arreglar esa.
Ella me observó. Esperé.
—Entonces hazlo.
Respiré. Curiosamente, enfrentar a Gabriel Voss me parecía más sencillo.
—No sé qué somos ahora.
Klara no apartó los ojos.
—Yo tampoco.
—Pero cuando pienso en después...
Me detuve, no porque dudara, sino porque decirlo lo convertía en algo real.
—Sigues estando allí.
Su expresión se suavizó.
—¿En la casa con ventanas?
Sonreí.
—Has arruinado completamente esa imagen.
—Todavía podemos mejorarla.
Mi pulgar recorrió sus nudillos.
—No he olvidado las mentiras.
—No quiero que las olvides.
—Y todavía hay momentos en que te miro y me pregunto si estoy siendo un idiota.
—Eso podría no tener relación conmigo.
Reí. Klara también. Después apoyó de nuevo la cabeza sobre mi hombro, no necesitábamos más aquella noche, a veces quedarse no era prometer una vida completa, era simplemente no levantarse del banco.
Thomas esperaba junto a la verja cuando regresamos, Anna estaba detrás de él, Evelyn también. Por primera vez estaban los tres juntos: Thomas, Evelyn y Anna. Tres personas que habían pasado décadas evitando una misma habitación.
Era casi decepcionante que nadie hubiese sacado un arma.
—¿Voss? —pregunté.
Thomas me entregó una nota, había llegado mientras hablábamos: Mañana. Medianoche. El observatorio de Greenwich.
Debajo: Thomas. Anna. XIII. Nadie más.
Klara leyó por encima de mi brazo.
—No menciona a Hartmann.
—No.
—Entonces iré.
La miré.
—Naturalmente.
Thomas suspiró.
—Esta familia improvisada me está agotando.
Anna lo miró.
—Te sienta bien.
Thomas quedó en silencio, yo sonreí.
Quizá aquella era la primera persona que conocía capaz de conseguirlo con una sola frase.
—¿Y ahora? —pregunté.
Anna sostuvo la página quemada entre los dedos.
—Ahora terminamos lo que debimos terminar hace veinte años.
Thomas miró hacia Londres, Evelyn no dijo nada, Klara entrelazó sus dedos con los míos y comprendí que el siguiente encuentro no iba a servir para descubrir otro secreto.
Por fin.
Íbamos a llevarle a Gabriel Voss todas las verdades que ya conocíamos y ver qué quedaba de él cuando no tuviera ninguna mentira detrás de la cual esconderse.