El último custodio Capítulo XX
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Capítulo XX

La mujer que se negó a morir

Thomas tardó menos de una hora en descubrir que Gabriel Voss no tenía a Anna Vogel.

Solo había encontrado su rastro.

Aquello era una diferencia considerable, aunque no especialmente tranquilizadora.

Uno de los hombres de Voss había sido visto dos noches antes preguntando por una viuda austríaca que vivía bajo otro nombre en las afueras de Londres.

Otro había comprado información sobre una antigua propiedad perteneciente a una familia alemana desaparecida hacía más de veinte años.

Voss estaba acercándose, pero la nota que había dejado confirmaba que todavía necesitaba que nosotros hiciéramos el último trabajo por él.

—¿Por qué nosotros? —preguntó Klara.

Estábamos otra vez en la casa de Margaret, alrededor de una mesa que empezaba a parecer responsable de demasiadas malas noticias.

Thomas había extendido sobre ella varios mapas.

Evelyn estaba de pie frente a la chimenea y Sebastian permanecía cerca de la ventana, con el rostro cansado de un hombre que acababa de entregar a su propio padre.

Lucien estaba encerrado bajo vigilancia de las Águilas.

Voss seguía libre y Anna Vogel, que llevaba dos décadas fingiendo estar muerta, se había convertido en la persona más buscada de Londres.

—Porque Anna no hablará con Gabriel —respondió Evelyn—. Tampoco conmigo.

La miré.

—Eso parece personal.

—Lo es.

—Excelente. Me preocupaba que todavía quedara alguna relación sana entre vosotros.

Klara me lanzó una mirada que contenía una advertencia y algo parecido a diversión. Thomas siguió examinando el mapa.

—Anna dejó instrucciones para que Francis pudiera encontrarla si alguna vez llegaba hasta el registro.

—¿Cuáles?

Evelyn me miró.

—Margaret debía darte una frase.

La respuesta me irritó de inmediato.

—Margaret murió cuando yo tenía once años.

—Lo sé.

—Entonces quizá eligió un método ligeramente defectuoso.

—No era una frase que debiera decirte.

Evelyn abrió uno de los cajones del escritorio y sacó la carta que Margaret había dejado para la mujer que consiguiera que yo me quedara. Klara frunció el ceño.

—Ya la leímos.

—No completa.

Aquello consiguió que yo cerrara los ojos.

—Por supuesto.

Evelyn pasó un dedo por el borde inferior del papel y separó dos capas de pergamino pegadas entre sí. Apareció una línea diminuta en la parte interior. Thomas me observó.

—No digas nada.

—Estaba a punto de elogiar la transparencia de mi infancia.

Klara tomó la hoja. Leyó en voz alta:

—“Cuando Francis deje de correr, llévalo donde los pájaros duermen sin jaulas.”

Sebastian frunció el ceño.

—Eso podría significar cualquier cosa.

Yo conocía la frase, no porque Margaret me la hubiera dicho, porque de niño había escuchado una variante cientos de veces.

—Highgate.

Todos me miraron.

—Margaret me llevaba allí cuando era pequeño. Había una mujer que alimentaba pájaros en un jardín junto al cementerio. Decía que los pájaros dormían allí porque nadie intentaba encerrarlos.

Evelyn cerró los ojos brevemente.

—Anna.

Klara me miró.

—¿La conociste?

—No lo sé.

Aquello fue extraño de admitir, había recuerdos que uno conserva sin saber que algún día se convertirán en pruebas.

Una mujer alta con guantes oscuros, cabello recogido, una voz que hablaba poco, un pájaro herido entre sus manos. Yo tendría siete años, quizá ocho, la había visto varias veces.

Nunca me dijeron su nombre.

—Sí —murmuré—. Creo que sí.

Evelyn respiró.

—Entonces Anna estuvo cerca más tiempo del que pensé.

Thomas levantó la vista hacia ella.

—Eso no debería sorprenderte.

Entre ambos pasó algo antiguo que ninguno explicó, por una vez agradecí que no lo hicieran, aquella historia ya tenía suficientes muertos que se negaban a comportarse como tales.

Klara insistió en acompañarnos y yo no discutí, aquello la sorprendió más que cualquier prohibición.

—¿Nada? —preguntó mientras nos preparábamos.

—¿Qué quieres que diga?

—Algo sobre mi herida, mi imprudencia o tu necesidad patológica de mantenerme a menos de dos metros.

—Tu herida mejora, tu imprudencia es incurable y ya has demostrado que puedes desaparecer aunque te mantenga a medio metro.

Klara se quedó quieta, había una sombra entre nosotros que aún no desaparecía del todo, no después de Lucien, no después de las cartas, pero ya no tenía la misma forma.

—Francis.

La miré.

—¿Qué?

—Gracias.

—No te acostumbres.

—No pretendía hacerlo.

La ayudé a ajustar el broche de su abrigo porque todavía le costaba elevar demasiado el brazo sin tirar del costado. Mis dedos quedaron junto a su cuello unos segundos más de lo necesario.

Ella lo notó, yo también. No nos besamos. Todavía había cosas pendientes entre nosotros y quizá por primera vez no sentí necesidad de cubrirlas con deseo.

Klara apoyó la mano sobre la mía.

—Cuando esto termine...

—Terminará.

—Eso no era lo que iba a decir.

—Lo sé.

Sus ojos se suavizaron.

—Cuando termine, quiero hablar contigo sin un cadáver, una pistola o Thomas en la habitación.

—Eso reduce considerablemente nuestras opciones.

Sonrió.

—Encontraremos una.

Thomas apareció detrás de nosotros.

—Lamento interrumpir otra escena de notable importancia emocional.

Retiré la mano.

—No lo lamentas.

—En absoluto.

Klara rio. Yo empecé a pensar que sobrevivir a todo aquello únicamente para estrangular a Thomas al final podía resultar una conclusión razonable.

La casa de Highgate estaba casi escondida entre árboles.

No era grande. Tampoco particularmente protegida. Una verja baja rodeaba un jardín descuidado en el que había comederos para pájaros, pequeños cuencos de agua y ramas cubiertas de semillas.

No había guardias, eso preocupó a Thomas.

—Anna nunca necesitó demasiados —dijo Evelyn.

—¿La admiras o la odias?

Evelyn miró la casa.

—Ambas cosas duran demasiado cuando uno ha querido a alguien.

No pregunté más. Thomas se quedó con Sebastian y dos hombres en el exterior. Evelyn decidió esperar junto a la verja.

—No entrará si me ve —dijo.

Klara la observó.

—¿Después de veinte años?

—Especialmente después de veinte años.

Así que entramos solo Klara y yo.

La puerta estaba abierta, el interior olía a té, madera y hierbas secas, nada de archivos, nada de armas expuestas, nada parecido a la guarida de una mujer que había contribuido a destruir una organización capaz de alterar gobiernos.

En la cocina había una tetera caliente y en una silla junto a la ventana estaba Anna Vogel.

Era más vieja de lo que mostraban las fotografías.

Tenía el cabello completamente blanco, recogido en la nuca, y el rostro marcado por una delgadez elegante que no conseguía volverla frágil.

Sus manos descansaban sobre un bastón, aunque comprendí de inmediato que lo utilizaba menos de lo necesario.

Nos observó entrar, primero a mí, después a Klara.

Sus ojos se detuvieron en ella y algo cambió.

—Has crecido —dijo en alemán.

Klara dejó de respirar, no había preparado ninguna frase, lo vi, la mujer que había desafiado a Thomas, Lucien y Voss sin bajar la mirada parecía de pronto mucho más joven.

—Tú no —respondió.

Anna sonrió muy poco.

—Sigues enfadándote antes de llorar.

—No voy a llorar.

—Entonces tampoco has cambiado demasiado.

Klara avanzó, se detuvo a pocos pasos, no la abrazó. Anna tampoco intentó hacerlo, aquello fue más doloroso de contemplar que si cualquiera de las dos hubiera corrido hacia la otra.

—Estabas viva —dijo Klara.

—Sí.

—Johann murió creyendo que estabas muerta.

La sonrisa desapareció.

—No.

Klara quedó inmóvil.

—¿Qué?

Anna apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Johann sabía que estaba viva.

El golpe fue inmediato.

Vi cómo Klara retrocedía apenas, me acerqué, pero no la toqué.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía tres años.

—¿Y nunca me lo dijo?

—Se lo prohibí.

Klara soltó una risa rota.

—Todo el mundo parece haber tenido un interés extraordinario en decidir qué podía saber yo.

Anna no se defendió.

—Sí.

—¿Eso es todo?

—No existe una respuesta que vuelva buena esa decisión.

Klara la miró fijamente.

—Entonces ¿por qué?

Anna tardó.

—Porque Voss vigilaba a Johann. Si sabía que tú conocías mi existencia, te habría utilizado para llegar hasta mí.

Klara apretó la mandíbula.

—Me utilizaron igualmente.

—Lo sé.

—Johann murió igualmente.

La voz le tembló.

—Lo sé.

Esta vez Anna sí se levantó, caminó hacia ella con dificultad, Klara no retrocedió.

—No pude salvarlo —dijo Anna—. Esa es la verdad que no voy a adornar. Él decidió continuar cuando le pedí que se retirara. Encontró el sello, descubrió la función de tu línea y comprendió que Voss ya estaba reconstruyendo la red dentro de las Águilas. Quise sacarlo de Inglaterra.

—Y no quiso.

—No.

Anna miró a Klara con una ternura que no intentaba comprar perdón.

—Era demasiado parecido a ti.

Klara tragó.

—No diga eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía estoy enfadada contigo.

—Puedes estarlo.

Entonces Klara hizo algo que no esperaba, la abrazó, no con suavidad, se aferró a ella como si los veinte años de ausencia, muerte fingida, rabia y duelo hubieran perdido de pronto la capacidad de mantenerse separados.

Anna cerró los ojos y la rodeó con los brazos, Klara sí lloró, muy poco y en silencio.

Miré hacia la ventana, había cosas que no me pertenecían, aquella era una.

Anna me pidió que me quedara cuando Klara salió al jardín para hablar con Evelyn, no me entusiasmó la idea, precisamente por eso acepté, ella sirvió té como si no hubiera pasado veinte años fingiendo su muerte.

—Margaret decía que nunca aprendiste a esperar a que el agua enfriara.

Miré la taza.

—Margaret decía muchas cosas ofensivas sobre mí.

—Casi todas ciertas.

—Empiezo a entender por qué os llevabais bien.

Anna sonrió, después miró mi cicatriz, no de la misma forma que Klara, en ella no había deseo ni curiosidad, había culpa.

—Gabriel no debía marcarte.

—Pero debía probarme.

—Sí.

—¿Por qué?

Anna apoyó la taza.

—Porque yo necesitaba saber qué clase de hombre estabas convirtiéndote antes de permitir que alguien te contara quién habías sido.

Aquello me hizo reír sin humor.