El último custodio Capítulo XIX #2
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Capítulo XIX #2

—Usted no quiere que yo renuncie. Quiere que transfiera.

La habitación se volvió más fría. Lucien no respondió.

Klara continuó:

—La frase decía Hartmann renuncia, no Hartmann entrega. Si renuncio de verdad, mi parte desaparece. Por eso quiere controlar la fórmula.

Lucien apretó la mandíbula.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces déjeme pronunciarla.

—No.

Ahí estaba, la confirmación. Klara me miró, no necesitó decir nada.

Comprendí. Lucien quería que yo activara mi parte primero.

Después podía obligarla a pronunciar una transferencia distinta y reconstruir el sistema bajo mi nombre, conmigo como figura legitimadora y él detrás.

Toda aquella obsesión con recuperarme no tenía nada de paternal. Era arquitectura política.

—Nunca quisiste un hijo —dije.

Lucien giró hacia mí.

—No seas infantil.

—Es una observación.

—Quería encontrarte.

—Porque necesitabas mi nombre.

—Porque eres mi sangre.

—Eso y una libra compran una cena bastante mediocre en Londres.

—Francis.

—No.

Me acerqué a la mesa.

—Ya entendí qué soy para ti.

Miré el sello.

—Una firma con pulso.

La expresión de Lucien se endureció.

—Podrías tener mucho más.

—Todos seguís ofreciéndome demasiado.

—Poder.

—No.

—Verdad.

—He descubierto que está sobrevalorada.

Sus ojos fueron hacia Klara.

—¿Y ella? ¿También está sobrevalorada?

Aquello fue deliberado, por ello no reaccioné, o eso intenté.

Lucien sonrió.

—La mujer te mintió desde antes de conocerte.

—Sí.

Klara permaneció inmóvil.

—Te buscó para entregarte.

—También.

—Escribió después de conocerte.

—He leído la carta.

—Y todavía confías en ella.

Miré a Klara.

—No del todo.

Aquello la hirió, era verdad, precisamente por eso continué:

—Pero confío en que elegiría antes una mala decisión propia que una buena decisión tuya.

Klara me sostuvo la mirada, algo cambió entre nosotros, no perdón, todavía no, era algo más útil; reconocimiento.

Lucien no lo entendió.

—Entonces eres más ingenuo de lo que esperaba.

—Posiblemente.

Tomé el anillo.

—Klara.

Ella se acercó a la mesa. Lucien sonrió, creyó que había ganado.

Introduje el anillo en la primera hendidura, el sello emitió un pequeño clic, nada más.

—Ahora tú —dijo Lucien.

Klara sacó la medalla del cuello.

La sostuvo sobre la segunda abertura, pero no la introdujo.

—La fórmula.

Lucien sacó una hoja.

—Pronuncia esto.

Klara la tomó, leyó, después levantó los ojos.

—No.

La cara de Lucien cambió.

—Klara.

—Esta no es la renuncia.

—Hazlo.

—No.

Lucien levantó el arma, yo levanté la mía, esta vez Thomas no estaba detrás para detenerme.

—Bájala —dije.

—Ella debe pronunciarlo.

—Entonces estás a punto de aprender cuánto me importa el sistema.

Klara miró el papel una vez más, después lo rompió por la mitad. Lucien disparó, yo también. El arma salió de su mano, mi bala le atravesó el hombro, la suya golpeó la mesa de piedra.

Klara se agachó, encontró la pistola caída y la pateó lejos. Thomas, Sebastian y Avery entraron inmediatamente. Lucien quedó contra la pared, una mano sobre la herida.

Sebastian se detuvo al verlo, por primera vez su rostro perdió toda aquella frialdad.

—Padre.

Lucien lo miró.

—Ayúdame.

Sebastian no se movió, aquello fue su elección.

Thomas recogió el arma.

—Se acabó.

Lucien sonrió con dolor.

—No. Mientras el sello exista, esto nunca se acaba.

Klara me miró.

—Precisamente.

Sacó del corsé la pequeña lámina que Johann había escondido, no era solo una frase, había algo escrito por detrás.

Klara había esperado hasta entonces para mostrarlo, por supuest, le dediqué una mirada.

—Luego.

—Lo sé.

Leyó:

—“La renuncia debe hacerse sin transferencia y en presencia del custodio. Ninguna sangre sustituye consentimiento.”

Lucien cerró los ojos. Ahí estaba todo, no necesitábamos sangre, ni rituales, ni muerte. Solo que los dos herederos designados rechazáramos voluntariamente aquello que otros habían construido para nosotros. Klara introdujo su medalla, el segundo mecanismo encajó.

—¿Qué digo? —pregunté.

Ella encontró otra línea.

—Primero tú.

Leí. La frase estaba en latín, no era grandiosa.

—Custodiam recipio, dominium recuso.

Recibo la custodia, rechazo el dominio.

El sello hizo un sonido metálico, algo dentro se liberó. Klara respiró, después pronunció:

—Sanguinem agnosco, potestatem relinquo.

Reconozco la sangre, abandono el poder.

El mecanismo cedió, el águila se abrió por la mitad. No explotó, no ardió, simplemente dejó de ser una pieza única. Dos fragmentos de metal quedaron sobre la mesa, eso era todo.

Esperé sentir algo, una corriente, una revelación. La historia tenía la desagradable costumbre de enseñar demasiado teatro. No ocurrió nada. Thomas tomó uno de los fragmentos.

—¿Ya está?

Avery soltó una risa.

—Esperaba algo más dramático.

—Puedo dispararte si mejora el momento —dije.

—No es necesario.

Lucien miraba el sello roto, parecía más viejo, mucho más.

—No comprendéis lo que habéis destruido.

—Creo que esa era la idea —dijo Klara.

Lucien la miró con odio.

—Tu hermano murió protegiendo eso.

Ella se acercó, no levantó la voz.

—No. Mi hermano murió intentando asegurarse de que nadie volviera a morir por ello.

Lucien no tuvo respuesta. Sebastian sí.

—Se acabó, padre.

Lucien volvió hacia él.

—¿Tú también?

—Yo primero.

Aquello debió de dolerle.

Sebastian se quitó un anillo que llevaba oculto bajo el guante y lo dejó sobre la mesa, no era de las Águilas, era el sello de Vale.

—Las cuentas ya no son tuyas.

Lucien palideció. Thomas lo miró.

—Eso sí ha sido dramático.

No pude evitar reír.

Teníamos a Lucien, teníamos el registro, el sello había dejado de tener autoridad, solo quedaba Voss.

Por primera vez, el final parecía más cerca que el siguiente misterio.

Thomas salió con Sebastian y Avery para preparar el traslado de Lucien.

Yo me quedé en la habitación, Klara también, ninguno había pedido quedarse.

Supongo que algunas cosas se organizaban solas.

Ella recogió los dos fragmentos del sello y los colocó dentro de la caja.

—Francis.

—No.

Klara levantó la cabeza.

—¿No qué?

—No voy a tener esta conversación aquí.

—¿Cuál?

La miré.

—La de todas las cosas que todavía no me has contado.

Un cansancio casi divertido apareció en su rostro.

—Justo esa quería tener.

—Naturalmente.

Guardó la caja.

—Entonces ¿dónde?

No sabía. Pensé en las últimas semanas. Habíamos besado, discutido, descubierto cadáveres y desenterrado identidades en habitaciones que siempre pertenecían a otras personas.

—Fuera.

—¿Fuera dónde?

—De aquí.

Su boca se curvó ligeramente.

—Una propuesta extraordinariamente concreta.

Me acerqué, no demasiado, todavía había algo entre nosotros, ya no era desconfianza pura, era una herida intentando decidir qué forma tendría cuando cerrara.

—No estoy preparado para fingir que no me mentiste.

Klara asintió.

—No quiero que lo hagas.

—Y sigo enfadado.

—Lo he notado.

—Mucho.

—Eso también.

—Pero cuando Lucien levantó el arma...

Klara esperó, pasé una mano por la nuca.

—No pensé que fueras a traicionarme.

Su rostro cambió.

—¿No?

—Pensé que ibas a hacer algo imprudente.

—Eso es casi romántico.

—No abuses.

Ella esbozó una pequeña sonrisa, una real.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que voy a necesitar tiempo para distinguir las cosas que ocultaste de las que realmente fueron mentira.

—Te lo daré.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Lo sé.

Siempre sabía arruinarme las frases.

Me acerqué otro paso, su perfume estaba allí: era azahar que resultaba demasiado familiar, peligrosamente familiar.

—Y no vuelvas a dejarme una nota que diga que no te siga.

—Funcionó.

—Klara.

—De acuerdo.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Su mirada bajó hacia mi boca, después volvió a mis ojos.

—La próxima vez escribiré instrucciones más específicas.

—No habrá próxima vez.

—Eso parece optimista.

No pude evitar sonreír, entonces ella hizo algo que no esperaba, no me tocó, no buscó mi cicatriz, no se acercó. Esperó. Y comprendí por qué, me estaba dejando elegir la distancia.

Después de todo aquello, era probablemente la primera disculpa que podía entender sin palabras.

Extendí la mano, no hacia su cintura, hacia la suya.

Klara miró mis dedos, después los tomó. Nada más. No la había perdonado, ella no necesitaba que lo hiciera esa noche, pero cuando salimos de aquella habitación, no caminó delante para obligarme a seguirla ni detrás para demostrar obediencia.

Caminó a mi lado.

Quizá la confianza, después de romperse, no consistía en regresar al punto donde había estado, quizá consistía en aprender a caminar sabiendo exactamente dónde estaban las grietas.

Llegamos a la escalera, Thomas esperaba arriba, tenía una mancha de sangre en el cuello y esa expresión suya que anunciaba problemas incluso antes de que abriera la boca.

—¿Qué ocurrió?

Miró a Klara, después a mí.

—Voss ha desaparecido.

Solté aire.

—Creía que tenías dos hombres vigilándolo.

—Los tenía.

—¿Muertos?

—Uno.

—¿El otro?

Thomas bajó la mirada. Eso fue suficiente.

—Traidor.

—Sí.

Sentí a Klara apretar mi mano. No la solté.

—¿Y Voss se llevó algo?

Thomas tardó demasiado.

—El registro.

La poca satisfacción que había conseguido sentir desapareció.

—¿Cómo demonios consiguió el registro?

—No estaba en el almacén.

Fruncí el ceño.

Thomas metió una mano dentro del abrigo y sacó un papel.

—Porque el que encontramos bajo la casa de Margaret era una copia.

Miré la hoja, había una nota de Voss, una sola línea.

Si quieres destruir San Jerónimo, trae a la única persona que todavía puede demostrar quién fue el Primero.

Debajo había un nombre, no necesitaba leerlo dos veces.

Anna Vogel.

Klara dejó de respirar, la miré.

—Está viva.

Thomas no respondió inmediatamente.

Ese silencio me dio la respuesta.

—Tú lo sabías.

Sus ojos encontraron los míos.

—Lo sospechaba.

Me reí sin humor.

—Voy a empezar a prohibir esa palabra.

Klara soltó lentamente mi mano, no por distancia, por impacto.

Su madre adoptiva, la mujer cuya tumba habíamos encontrado vacía, la mujer que había salvado a dos niños y construido medio laberinto para mantenerlos con vida. Anna Vogel estaba viva y Gabriel Voss acababa de encontrarla antes que nosotros.