El último custodio Capítulo XIX
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Capítulo XIX

Lo que no puede tomarse por la fuerza

Klara había dejado una dirección al reverso de una nota que me pedía que no la siguiera.

Aquello podía significar dos cosas: que había desarrollado una forma particularmente cruel de perder la cordura o que esperaba que yo entendiera la diferencia entre obedecer sus palabras y comprender sus intenciones.

Preferí la segunda.

La dirección correspondía a una antigua imprenta al sur del río, cerrada desde hacía casi una década. Sebastian la conocía de nombre. Lucien había utilizado el edificio años atrás para almacenar documentos comerciales que no quería relacionar con sus empresas principales.

—Hay dos accesos —explicó mientras Thomas daba órdenes a sus hombres—. El de la calle y uno antiguo por los sótanos. Comunica con una capilla desacralizada del edificio contiguo.

Miré la nota de Klara una vez más.

No me sigas esta vez.

No había escrito ven por mí. Tampoco no vengas.

—La capilla —dije.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si quisiera que entráramos detrás de ella habría dejado simplemente la dirección. Lo de no seguirla significa que no quiere que utilicemos la misma entrada.

Thomas me observó unos segundos.

—O significa exactamente lo que escribió.

—Gracias por tu optimismo.

—Hace unas horas estabas convencido de que podía estar entregándote.

—Lo sigo considerando.

Thomas levantó una ceja.

—Y aun así vas.

Guardé el papel dentro del abrigo.

—Eso parece ser una enfermedad persistente.

Voss permanecía bajo custodia en el almacén con dos hombres de Thomas y un médico al que le habían pagado lo suficiente para no hacer preguntas. Avery había insistido en venir y, para mi sorpresa, Thomas lo había permitido.

No porque confiara en él, sino porque ya habíamos agotado casi todas las variantes cómodas de esa palabra.

Sebastian iba delante. Thomas detrás de él.

Avery cerraba la marcha. Yo solo pensaba en Klara.

No en si estaba viva. Me negaba a empezar por ahí.

Pensaba en su nota, en la forma en que había evitado mirarme cuando subió al carruaje y en aquella segunda línea: Confía en mí una vez más. Era una petición injusta.

Quizá por eso me había afectado.

La capilla estaba vacía, o parecía estarlo.

Las vidrieras habían desaparecido hacía años y la humedad había trepado por los muros hasta convertir los antiguos frescos en manchas sin rostro. Quedaban algunos bancos rotos, un altar desnudo y una puerta de hierro detrás de lo que alguna vez había sido la sacristía.

Sebastian señaló hacia ella.

—Ese acceso no figuraba en los planos originales.

—Eso suele ocurrir con las puertas secretas —dije.

Avery se agachó junto a la cerradura.

—Está abierta.

Thomas lo miró.

—¿Eso te tranquiliza?

—No especialmente.

Empujamos.

Un corredor descendía bajo la imprenta, había lámparas encendidas, Klara había pasado por allí, no porque viera una marca ni una señal convenida, simplemente reconocí el perfume: azahar, muy tenue, había empezado a odiar la cantidad de cosas que sabía de aquella mujer, también empezaba a comprender que conocerlas era precisamente lo que me permitía seguir avanzando.

Llegamos hasta una bifurcación, a la derecha, oscuridad, a la izquierda, luz. En el suelo había un pequeño botón negro. Me agaché. Lo reconocí. Pertenecía al puño del abrigo de Klara.

Thomas también.

—Puede haberlo perdido.

—No.

—Francis.

—Ella cose demasiado bien para perder botones.

Avery me miró.

—Curiosa habilidad para una mujer que dispara a hombres.

—Tiene una vida interior rica.

Tomé el camino de la izquierda, Thomas no discutió. Eso era confianza, supongo o resignación. Con él era difícil distinguirlas.

Escuchamos voces antes de llegar a la habitación, no entramos, Thomas señaló a Sebastian y Avery para que tomaran posiciones en las puertas laterales. Yo me acerqué hasta una abertura entre dos paneles de madera.

La habitación había sido construida bajo la imprenta, pero no parecía un sótano.

Había estanterías de hierro, archivadores y una mesa de piedra en el centro, sobre ella descansaba la caja negra del sello.

Klara estaba frente a Lucien, seguía sin armas, su abrigo había desaparecido y el vestido oscuro dejaba ver, al moverse, la rigidez de la venda bajo el costado.

Lucien tenía una pistola, no apuntaba hacia ella, todavía.

—Sabía que volverías —dijo.

Klara miró la caja.

—No he vuelto por usted.

—Eso dicen siempre las personas cuando ya están dentro.

—Entonces quizá debería elegir compañías con mayor imaginación.

Tuve que contener una sonrisa, incluso secuestrada conseguía resultar desagradable. Lucien abrió la caja, el sello seguía allí.

—Johann descubrió una frase. Tú la tienes.

—Sí.

—Dámela.

Klara no respondió.

—No tienes manera de salir de aquí.

—Eso no convierte su petición en una orden.

Lucien sonrió.

—Ahí está otra vez. Esa obstinación.

—No es hereditaria, si eso pretende.

—No. Anna era peor.

Klara endureció los ojos.

—Deje de hablar de ella como si le perteneciera.

—Anna perteneció a muchas causas y a ninguna persona. Fue uno de sus defectos más admirables.

—La conoció.

—Bien.

Aquello consiguió mi atención.

Klara también cambió ligeramente de postura.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para saber que jamás quiso que Francis heredara nada.

—Entonces ¿por qué dejó todo preparado?

Lucien se acercó a la mesa.

—Porque Evelyn insistía en que él debía tener la opción.

—Eso no responde.

—Claro que sí. Anna no protegía el sistema. Protegía la posibilidad de que Francis pudiera rechazarlo cuando llegara el momento.

Sentí que algo se ordenaba. La elección, otra vez. Toda aquella arquitectura absurda de llaves, nombres, sellos y sucesiones escondía una idea sorprendentemente sencilla: nadie debía poder obligarme a aceptar. Klara comprendió al mismo tiempo.

—Por eso no puede hacerlo usted.

Lucien no respondió. Ella miró el sello.

—Ni Voss.

Silencio.

—Necesita que Francis acepte voluntariamente.

—Ya aceptó la custodia.

—Una parte.

—Suficiente.

Klara negó lentamente.

—No. Si fuera suficiente, no estaría negociando conmigo.

Lucien dejó de sonreír. Bien. Klara había encontrado la grieta.

—¿Qué necesita de mí? —preguntó.

—La renuncia Hartmann.

—¿Y si no se la doy?

—Entonces el sistema continúa incompleto.

—Eso parece soportable.

—Para ti.

Lucien tomó la pistola, ahora sí apuntó hacia ella, todo mi cuerpo reaccionó, pero Thomas apoyó una mano sobre mi hombro antes de que pudiera moverme. Esperé. Me costó más que cualquier pelea que recordara. Lucien avanzó.

—No estás entendiendo, Klara. Si no renuncias, Voss seguirá teniendo derecho sobre una parte de la red. Si renuncias sin transferirla, esa parte muere contigo.

Klara lo miró.

—Entonces mátame.

Mi mano se cerró alrededor del arma.

Thomas aumentó la presión sobre mi hombro.

—Todavía no —susurró.

Quise romperle los dedos, pero no lo hice.

Lucien tampoco disparó. Klara sonrió.

—Eso pensaba.

—No confundas necesidad con debilidad.

—No lo hago. Estoy distinguiendo algo que usted lleva toda la vida confundiendo.

—¿Qué?

—Poder y permiso.

La expresión de Lucien cambió. Klara se acercó a la mesa.

—Puede traerme aquí, amenazarme, encerrar a Francis, manipular a Sebastian y dispararle a Avery hasta que todos parezcamos exactamente las piezas que quiere. Pero si el sistema requiere una elección, entonces ninguna de esas cosas sirve.

Lucien la observó con una mezcla de irritación y respeto.

—Johann también lo entendió.

El nombre hizo que Klara se quedara quieta.

—¿Qué hizo mi hermano?

—Se negó.

—¿A qué?

—A entregarme la fórmula completa.

Klara cerró los dedos.

—Por eso lo torturaron.

Lucien no respondió, no necesitaba hacerlo. La furia de Klara fue silenciosa, yo conocía esa clase.

—¿Y usted permitió que Voss lo hiciera?

—No trabajábamos juntos.

—No le he preguntado eso.

Lucien sostuvo su mirada.

—Sabía que Voss lo tenía.

—Y no hizo nada.

—Johann había elegido su riesgo.

Klara soltó una pequeña risa que no contenía humor.

—Qué manera tan elegante de llamar cobardía a mirar hacia otro lado.

Lucien recibió aquello sin pestañear.

—Si hubiera intervenido, Voss habría sabido cuánto conocía Johann.

—Murió de todas formas.

—Sí.

La mandíbula de Klara se tensó.

—Entonces todo este sistema, toda su supuesta inteligencia, sus redes, sus secretos y su capacidad para mover personas por Europa no sirvieron para salvar a un hombre.

Lucien no respondió.

—Y aun así pretende convencerme de que merece seguir existiendo.

Por primera vez pensé que Klara quizá no necesitaba que la rescatara, necesitaba que no estropeara su trabajo, era un concepto difícil, pero estaba intentando aprender.

Lucien colocó el sello sobre la mesa.

—Hazlo.

Klara miró la pieza.

—No tengo el anillo.

—Francis sí.

—Entonces estamos perdiendo el tiempo.

—No creo.

Lucien levantó la voz.

—Puedes salir, hijo.

Thomas me miró, no me sorprendió, había sabido que estaba allí desde el principio o al menos había contado con ello.

Entré.

Klara me vio, no cambió de expresión, pero su respiración sí, una sola vez, más profunda, eso fue suficiente para mí.

—Tienes una manera incómoda de invitar a la gente —dije.

Lucien bajó el arma ligeramente.

—Sabía que vendrías.

—Todo el mundo lo sabe. Empieza a resultar humillante.

Klara no sonrió, estaba interpretando algo, lo entendí. Todavía no. Me situé a varios pasos de ella, no me acerqué.

Lucien observó la distancia entre ambos.

—¿Problemas?

—La vida sentimental de otros hombres parece interesarte demasiado.

—Solo cuando afecta a decisiones importantes.

Miró a Klara.

—¿Te contó todo?

—Definir todo empieza a requerir un abogado.

Los ojos de Klara destellaron.

Lucien apoyó una mano sobre el sello.

—Francis, puedes terminar esto ahora.

—Eso vine a hacer.

—Entonces abre.

Señaló la primera hendidura, saqué el anillo, no lo introduje.

—¿Qué ocurre después?

—Tú recibes el control del registro. Klara renuncia a la línea Hartmann y el sistema vuelve a estar entero.

—Bajo mí.

—Sí.

—Eso contradice lo que Johann escribió.

Lucien me miró.

—Johann no entendía todo.

Klara habló:

—Mentira.

Lucien se volvió hacia ella.

—¿Qué?