El último custodio Capítulo XVIII #2
71%

Capítulo XVIII #2

Klara quedó inmóvil.

—Explíquelo.

—Tu madre fue preparada desde niña para custodiar una mitad del sistema.

Sentí el peso de aquello incluso desde mi escondite.

—¿Qué mitad? —preguntó Klara.

—La que Evelyn nunca pudo controlar.

Lucien abrió la caja, dentro había un sello de metal oscuro, el águila de alas cerradas, debajo, dos pequeñas hendiduras.

—El Primero no era una persona —dijo Lucien—. Originalmente tampoco eran dos cargos. Era un mecanismo de equilibrio. Una línea controlaba la información. La otra podía impedir que se utilizara.

Klara miró el sello.

—El XIII y los Hartmann.

—Exactamente.

—Francis abre el registro.

—Tú puedes cerrarlo.

Aquello cambió todo, Klara había creído que era una llave, en realidad era un freno.

Lucien continuó:

—Evelyn comprendió que el sistema era demasiado peligroso para quedar en manos de una sola familia. Por eso te protegieron. Por eso Anna separó a los dos niños.

—A Francis y a mí.

—Sí.

—¿Y Johann lo descubrió?

—Demasiado tarde.

Klara respiró lentamente.

—Entonces ¿por qué quería Voss matarlo?

—Porque Johann encontró la forma de destruir el sello.

Ahora incluso Avery levantó la cabeza. Eso no lo sabía. Lucien pareció disfrutar de haber sorprendido por fin a alguien.

—Sin el sello —continuó—, el registro seguirá existiendo como documento, pero la red dejará de tener autoridad. Ningún custodio podría reclamar el sistema otra vez.

Aquello era lo que necesitábamos, no quemar miles de nombres, romper aquello que permitía utilizarlos, Klara miró la pequeña pieza metálica.

—¿Cómo?

—Esa es precisamente la información que Johann se llevó a la tumba.

—No.

La voz de Klara cambió. Lucien la observó.

—¿No?

—Johann me dejó instrucciones.

Todo mi cuerpo se tensó. Ahí estaba el secreto que no había querido contarme. Lucien se inclinó.

—¿Dónde?

Klara no respondió.

—Por eso viniste realmente.

—Vine a comprobar que usted tenía el sello.

—¿Y ahora?

Ella miró la caja.

—Ahora sé qué destruir.

Lucien sonrió, no parecía preocupado, aquello me preocupó.

—¿Y crees que voy a dejarte marchar?

—No.

—Entonces ¿qué esperas que ocurra?

Klara levantó la mirada.

—Que Francis haya dejado de ser tan obediente como creen.

Mierda. Lucien giró exactamente hacia mi posición.

—Puedes salir.

No me moví.

—Francis —dijo—. Sería desagradable continuar fingiendo que no estás detrás de esas cajas.

Klara cerró los ojos apenas, no parecía sorprendida, eso tampoco ayudaba.

Salí. Lucien me miró como si llevara años esperando aquel momento.

Quizá era así. Yo no sentí nada parecido a lo que esperaba sentir frente a mi padre.

No hubo reconocimiento, ni curiosidad infantil, ni esa absurda necesidad de encontrarme reflejado en él.

Solo evaluación, una mutua.

—Adrian.

—Francis.

Una leve sonrisa.

—Evelyn dijo que harías eso.

—Evelyn parece haber tenido mucho tiempo para comentar mis hábitos con desconocidos.

—No soy un desconocido.

—Para mí sí.

Aquello le dolió, muy poco, lo suficiente para que lo viera, me gustó menos de lo que esperaba.

—Tienes sus ojos —dijo.

—Qué frase tan original.

—Y mi paciencia.

—Entonces deberías pedir una devolución.

Klara me miró, algo parecido a aquella antigua diversión quiso aparecer en sus ojos. No estábamos bien, pero todavía podía hacerla querer sonreír. Aquello me afectó más de lo conveniente.

Lucien señaló la silla junto a ella.

—Siéntate.

—Estoy cómodo.

—Siempre odiabas sentarte cuando estabas nervioso.

Lo miré.

—No me conocías.

—Te observé durante años.

Sentí frío.

—¿Desde cuándo?

—Desde que Thomas te encontró.

Aquello no cuadraba.

—Evelyn dijo que ya sabías quién era antes.

—Sabía que existías. No sabía dónde estabas. Anna y Evelyn fueron muy cuidadosas.

—Hasta que Voss me encontró.

Lucien sonrió.

—Hasta que Thomas lo hizo.

Aquello me hizo guardar silencio.

—Voss solo verificó lo que Thomas ya sospechaba.

—Thomas no sabía quién era.

—No necesitaba saber tu nombre de nacimiento.

Lucien habló como si estuviera explicando algo evidente.

—Solo necesitaba reconocer los ojos.

No me gustó.

—Thomas conocía a Evelyn.

—Mucho mejor de lo que te ha contado.

No mordí el anzuelo, habíamos tenido suficiente historia sobre Thomas en este libro.

—No estoy aquí para hablar de él.

Lucien pareció divertirse.

—Bien.

Miró a Klara.

—Entonces hablemos de ella.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

—No.

—Francis...

—He dicho que no.

Lucien apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Sabes qué fue lo primero que me ofreció?

Klara se volvió hacia él.

—No.

Aquella palabra llevaba una advertencia. Lucien la ignoró.

—Información.

—Ya lo sé.

—No toda.

Miré a Klara, su expresión no cambió, eso no significaba nada.

—¿Qué información?

Lucien sonrió.

—Pregúntaselo.

No aparté los ojos de ella.

—Klara.

Ella respiró lentamente.

—Le hablé de tu cicatriz.

—Eso ya lo sé.

—Y de Thomas.

—También.

—Entonces no tiene nada más.

Lucien soltó una risa.

—Qué interesante.

Klara se puso de pie.

—Está mintiendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no había nada más que darle.

Lucien me observó.

—¿Ves? Esto es lo extraordinario de la confianza. Una vez dañada, ni siquiera necesito mentir bien.

Odié que tuviera razón. Klara me miró directamente.

—Francis.

La conocía. Conocía su respiración cuando mentía, el pequeño movimiento de sus dedos, la manera en que endurecía la boca cuando estaba ocultando algo. No vi ninguno. Pero había pasado semanas descubriendo que no siempre bastaba.

—No le di nada más —dijo.

Lucien abrió un cajón de la mesa, sacó una hoja y la deslizó hacia mí, reconocí la letra de Klara. Otra carta. Mi estómago se cerró, la fecha era posterior al callejón, después de habernos conocido, tomé el papel. Klara palideció. Eso bastó para que el mundo se volviera más frío.

—Dijiste que no volviste a enviar información después de conocerme.

—No lo hice.

Levanté la carta.

—Esta es tu letra.

—Sí.

—La fecha es posterior.

—Francis, escucha.

—Eso estoy haciendo.

Leí.

He encontrado al XIII. Si todavía quiere el acuerdo, tendrá que cumplir primero su parte. Quiero saber qué ocurrió con Johann. No volveré a entregarle ningún dato hasta que me demuestre que sigue vivo.

Me quedé quieto. Lucien sonreía. Klara no.

—Le escribiste después.

—Una vez.

—Me dijiste que no lo habías hecho.

—Te dije que no le di información sobre ti.

Volví a leer.