El último custodio Capítulo XVIII
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Capítulo XVIII

La trampa que elegí

Alas ocho y cuarenta de la noche estaba observando a Klara desde el otro lado del Támesis y pensando que la confianza era una de las ideas más absurdas que había inventado el ser humano.

No había pruebas de que alguien fuera a merecerla mañana porque la hubiera merecido ayer.

No ofrecía garantías, no protegía de las mentiras y, cuando resultaba equivocada, tenía la desagradable costumbre de hacer que uno se sintiera responsable de haberla concedido.

Sin embargo, allí estaba. Siguiéndola. Exactamente como Thomas había predicho.

Klara caminaba sola por Victoria Embankment con un abrigo negro cerrado hasta el cuello.

No había aceptado escolta, no llevaba sombrero y el viento levantaba algunos mechones de cabello junto a sus sienes.

Desde donde me encontraba podía advertir la leve rigidez de su costado herido, aunque cualquier otra persona la habría tomado simplemente por elegancia.

Thomas esperaba más atrás con cuatro hombres cuya lealtad había comprobado personalmente. Sebastian estaba con él. Ninguno llevaba anillos visibles.

Yo había decidido acercarme más, Thomas había decidido que aquello era imprudente, los dos habíamos actuado de acuerdo con nuestras naturalezas.

Klara llegó al punto indicado y se detuvo junto a la balaustrada.

Nueve en punto.

Nada ocurrió.

Pasaron dos minutos cuando apareció un coche cerrado por el extremo occidental de la avenida y avanzó lentamente hasta detenerse junto a ella. No tenía escudo, el cochero no bajó, un hombre descendió del interior.

No era Lucien, lo reconocí inmediatamente.

Avery.

Sentí cómo mi cuerpo se tensaba. Nicholas parecía haber envejecido diez años desde el observatorio.

Tenía un hematoma junto al ojo, la chaqueta arrugada y una venda bajo el cuello de la camisa.

Si estaba fingiendo ser prisionero, había invertido bastante esfuerzo en el papel. Klara no se acercó a él.

Avery dijo algo, pero estaba demasiado lejos para escucharlo. Ella respondió. Él volvió a hablar y después extendió una mano.

Klara permaneció inmóvil durante varios segundos, entonces metió los dedos en el bolsillo y sacó el reloj de plata. Se lo entregó. Aquello no estaba en el plan. Me enderecé.

Thomas apareció silenciosamente a mi lado.

—No te muevas.

—Ese reloj contiene la nota.

—Lo sé.

—También puede contener otra cosa.

—También.

Lo miré.

—Estás extraordinariamente tranquilo para un hombre que acaba de decirme que quizá estoy siguiendo a una traidora.

—Porque si lo es, prefiero descubrir qué quiere antes de dispararle al mensajero.

—Admiro tu sensibilidad.

Thomas ignoró aquello.

Avery abrió el reloj, examinó el compartimento interior y levantó la vista hacia Klara, después preguntó algo, Klara respondió, vi su boca formar dos palabras. No escuché el sonido,pero no lo necesité. Está aquí. Sentí que algo descendía lentamente por mi espalda.

Thomas también lo había visto.

—Francis.

—No digas nada.

Klara acababa de decirle a Avery que yo estaba allí, podía significar que seguía el plan, podía significar exactamente lo contrario. Avery miró alrededor. Por primera vez tuve la impresión de que sus ojos pasaban demasiado cerca de mi posición.

Thomas me agarró del hombro antes de que pudiera moverme.

—Si te ha entregado, todavía no sabemos para qué.

—Esa frase no mejora nada.

—No pretendía hacerlo.

Avery abrió la puerta del coche, Klara no entró, discutieron. Esta vez pude leer menos. Ella negó dos veces. Avery señaló el carruaje. Klara respondió algo que endureció su expresión. Finalmente Avery se acercó y dijo una frase junto a su oído.

Klara palideció. Entró. El carruaje arrancó.

—Nos movemos —dije.

Thomas no discutió.

Seguimos el coche durante casi cuarenta minutos.

No se dirigió hacia el centro de Londres, sino hacia el este, atravesando calles cada vez más vacías hasta llegar a una zona de almacenes junto al río.

Aquello reducía considerablemente el número de explicaciones inocentes.

El carruaje se detuvo frente a un antiguo depósito de tabaco. Sebastian reconoció el edificio.

—Pertenece a una sociedad comercial de mi padre.

—Naturalmente —murmuré.

Thomas miró las ventanas.

—¿Cuántas entradas?

Sebastian señaló.

—Principal, muelle y una lateral al norte. Probablemente haya un acceso subterráneo desde el almacén vecino.

—¿Probablemente?

—Mi padre no suele entregarme planos de sus lugares secretos.

—Qué familia tan poco comunicativa —dije.

Sebastian me miró.

—Empiezo a pensar que eso también es hereditario.

No tenía tiempo para decidir si me caía mejor.

Thomas distribuyó a sus hombres. Nadie debía entrar hasta que yo diera la señal.

—Francis —dijo mientras comprobaba mi arma—. Si Klara está con Lucien...

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Lo miré.

Thomas sostuvo mis ojos con esa calma suya que podía resultar insoportable incluso cuando tenía razón.

—Si la ves junto a él, no decidas qué significa antes de escucharla.

Me sorprendió.

—¿Ahora confías en ella?

—No.

—Entonces ¿qué demonios haces?

—Intento evitar que cometas uno de mis errores.

Aquello sí consiguió mi atención.

Thomas observó la puerta del almacén.

—Cuando alguien que te importa te traiciona, la primera tentación es decidir inmediatamente qué parte de esa persona nunca existió. Es más sencillo odiar una mentira completa que aceptar que una persona pudo quererte y aun así mentirte.

No solía hablar así, menos conmigo.

—¿Evelyn?

Su mandíbula cambió, respuesta suficiente.

—No tenemos tiempo para tus traumas sentimentales.

—Por fin dices algo sensato.

Me entregó el arma.

—Escúchala antes de juzgarla.

—¿Y después?

Thomas sonrió sin humor.

—Después haz lo que consideres necesario.

Aquello se parecía mucho más a él.

Entré.

El interior del almacén estaba iluminado, no demasiado, pero sí lo suficiente para demostrar que nadie intentaba ocultarse. Filas de cajas ocupaban los laterales y una pasarela de hierro atravesaba la planta superior. En el centro habían dispuesto una mesa, varias sillas y dos lámparas.

Avery estaba allí, Klara también y un hombre al que nunca había visto antes estaba sentado frente a ella.

No necesité preguntarme quién era.

Lucien Vale no se parecía a mí lo suficiente para producir una revelación teatral. No compartíamos el cabello ni la forma de la boca ni siquiera la estructura del rostro. Tendría algo más de cincuenta años y vestía con una sobriedad tan cuidada que casi parecía una forma de modestia.

Los ojos sí. Eso fue peor. No el color, sino la manera de mirar.

Vi en él el mismo hábito que yo había construido durante años: entrar en una habitación y clasificarla sin mover la cabeza.

Salidas, manos, distancias, amenazas. Comprendí inmediatamente que parte de mí podía haber venido de aquel hombre, me desagradó de manera instantánea.

Klara estaba sentada frente a Lucien, no parecía prisionera, tampoco estaba armada, por lo que pude ver. Avery permanecía junto a una columna, me oculté detrás de unas cajas lo bastante cerca para escuchar.

—Has tardado —dijo Lucien.

Klara cruzó las manos sobre el regazo.

—Estaba ocupada descubriendo cuántas personas me habían mentido.

—Eso debería haberte hecho más comprensiva conmigo.

—Curiosamente produjo el efecto contrario.

Lucien sonrió.

—Johann tenía tu misma lengua.

Klara no reaccionó.

—No pronuncie su nombre como si lo hubiera conocido.

—Lo conocí bastante bien.

—Lo utilizó.

—Johann me utilizó a mí también. Tenía talento.

El silencio de Klara fue mucho más hostil que cualquier respuesta. Lucien inclinó la cabeza.

—Has venido sola.

—Eso pidió.

—No es verdad.

Sentí que mi mano se cerraba alrededor del arma.

Klara no cambió de expresión.

—Entonces no entiendo por qué pregunta.

—Francis está aquí.

No era una pregunta. Klara sostuvo su mirada.

—Sí.

La palabra me golpeó aunque ya la hubiera visto pronunciar en el Embankment. Lucien sonrió.

—Bien.

—No dije que fuera a entregárselo.

—Pero lo trajiste.

Mi respiración se volvió más lenta. Klara hizo lo mismo.

—Lo sabía.

Lucien se recostó.

—¿Qué?

—Que esto no era una reunión conmigo.

—Nunca lo fue.

—Yo era el camino.

—Siempre fuiste parte del camino.

Lucien hablaba con una suavidad que me hizo comprender inmediatamente por qué había sido capaz de dirigir personas durante tantos años. No necesitaba amenazar. Conseguía que las crueldades sonaran como conclusiones inevitables.

—¿Dónde está Avery? —preguntó Klara.

Avery soltó una risa seca desde la columna.

—Empiezo a sentirme invisible.

Ella se volvió. Lo había visto.

—¿Estás aquí voluntariamente?

Avery miró a Lucien.

—Eso depende de cuánto quieras ampliar la definición de voluntario.

—Nicholas —dijo Lucien.

—¿Qué? Ya estamos todos mintiendo bastante.

Klara volvió hacia Lucien.

—¿Y el sello?

Lucien sonrió.

—Ahora llegamos a lo importante.

Sacó una pequeña caja negra y la colocó sobre la mesa.

No la abrió.

—Johann lo encontró en Trieste. Comprendió lo que era antes de Voss, lo cual fue bastante impresionante. Después se lo dio a Avery para que lo mantuviera fuera del alcance de ambos bandos.

—Avery se lo entregó a usted.

—No exactamente.

Avery intervino:

—Me lo quitó.

—Estabas herido.

—Eso no lo vuelve voluntario.

—Te ofrecí atención médica.

—Después de ordenar que me dispararan.

—Detalles.

Empezaba a comprender de dónde Sebastian había heredado su encanto. Klara miró la caja.

—Ábrala.

—No.

—Entonces no sabemos si está dentro.

Lucien sonrió.

—Ahí está Anna.

Klara endureció el rostro.

—No vuelva a compararme con ella.

—Anna tampoco soportaba que alguien le negara información.

—Anna dejó demasiados cadáveres detrás.

Lucien perdió un poco de aquella sonrisa. Bien. Klara sabía dónde tocar.

—Y tú trajiste al XIII hasta mi puerta —dijo.

—Porque necesitaba entrar.

—¿Para qué?

Klara se inclinó hacia él.

—Para averiguar si Johann murió por esto.

Lucien la observó durante un momento demasiado largo.

—No.

Algo cambió en ella.

—¿No?

—Johann murió porque descubrió algo que no debía.

—¿Qué?

Lucien dejó la mano sobre la caja.

—Que Elise Hartmann no fue elegida por casualidad.