El último custodio Capítulo XVII #2
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Capítulo XVII #2

Klara retrocedió solo un paso.

—No hasta que me escuches.

—Estoy cansado de escuchar explicaciones después de encontrarte haciendo exactamente aquello que dijiste que no debía preocuparme.

—No estoy trabajando para Lucien.

—Entonces dame el papel.

No lo hizo. Aquello fue peor que cualquier respuesta.

—¿Qué contiene?

—Una lista.

—¿De qué?

—Nombres.

—El libro entero está lleno de nombres.

—Estos son distintos.

Intenté tomar la hoja. Klara la apartó, pero mi mano cerró alrededor de su muñeca, no con violencia, pero tampoco con ternura, ambos lo sentimos, nos quedamos frente a frente.

—Suéltame.

—Dame la hoja.

—Francis.

—Klara.

Sus ojos se encendieron.

—No puedes interrogarme como si fuera uno de tus hombres.

—Entonces deja de actuar como uno de mis sospechosos.

La frase golpeó, su expresión cambió, me arrepentí antes de terminar de pronunciarla, demasiado tarde.

—¿Eso soy ahora?

No respondí, Klara miró mi mano alrededor de su muñeca, ocasionando que la soltara inmediatamente.

—Dame el papel —repetí.

Esta vez mi voz fue más baja.

Ella me observó durante varios segundos, después extendió la hoja.

La tomé, había seis nombres, cinco estaban tachados, reconocí uno: Johann Vogel.

Otro pertenecía a Emil Hartmann, un tercero a Helena Weiss, los tres muertos, el sexto nombre no estaba tachado.

Klara Vogel. Debajo había una fecha: mañana.

Y junto a ella una anotación: Entrega acordada.

Sentí que la sangre se me enfriaba.

—¿Qué significa?

Klara no respondió.

—¿Quién iba a entregarte?

—No lo sé.

—Mentira.

—No lo sé.

—¿A quién?

—Francis...

Golpeé la hoja contra la mesa.

—¿A quién, Klara?

—A Lucien.

Aquello dejó la habitación completamente quieta.

—¿Tú eres parte del acuerdo?

—Sí.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Klara cerró los ojos.

—Desde Viena.

Me alejé, no había suficiente aire.

—Otra cosa.

—Sí.

—Otra cosa que decidiste no contarme.

—Johann me pidió que no lo hiciera.

—Johann está muerto.

La frase salió más cruel de lo que pretendía. Klara palideció.

—Lo sé.

Mierda. Me pasé ambas manos por el rostro.

—Explícalo.

Klara tardó un momento en recuperar la voz.

—Johann descubrió que Lucien no buscaba únicamente al XIII. Necesitaba también a una segunda persona para abrir una parte del registro que no aparece aquí.

—¿Qué segunda persona?

—La descendiente de Elise Hartmann.

La miré.

—Tú.

—Sí.

Eso explicaba por qué habían querido mantenerla viva, por qué el registro decía recuperar, por qué Hartmann había tenido su nombre entre los dedos.

—¿Qué abre?

—No lo sé. Johann nunca llegó a explicármelo.

—¿Y Lucien?

—Cree que mi sangre sirve como segunda llave.

Solté una risa sin humor.

—Naturalmente. Porque las llaves normales habrían sido demasiado sencillas.

Klara no sonrió.

—Por eso no podía contártelo.

—No. Esa es la razón por la que debías contármelo.

—Si te lo decía, jamás habrías permitido que me acercara a Lucien.

—Correcto.

—Necesito acercarme.

La miré. Ahí estaba. Por fin.

—¿Para qué?

Klara sostuvo mis ojos.

—Para terminar el acuerdo.

Sentí algo frío recorrerme la espalda.

—¿Qué?

—Lucien cree que todavía voy a llevarte hasta él.

—¿Y no es así?

—No de la forma que piensa.

Me acerqué.

—¿Qué estás planeando?

—Entregarme yo.

Tardé varios segundos en comprender. Cuando lo hice, sentí una furia tan limpia que casi resultó agradable.

—No.

—Francis...

—No.

—Si cree que todavía cumplo el acuerdo, me llevará hasta donde tiene a Avery y probablemente hasta el sello.

—No.

—Es la única forma de entrar.

—Encontraremos otra.

—No tenemos tiempo.

—Encontraremos otra.

Klara se acercó.

—Escúchame.

—No.

—Estás haciendo exactamente lo que juraste que no harías.

—¿Qué?

—Decidir por mí porque tienes miedo.

Aquella frase, otra vez. La odié porque era cierta.

—Esto no es una discusión sobre tu capacidad.

—Claro que lo es.

—No. Es una discusión sobre que acabas de recibir un disparo por estar cerca de mí y ahora pretendes entregarte voluntariamente a un hombre que lleva veinte años manipulando vidas.

—Precisamente porque sé qué hace.

—No voy a permitirlo.

Klara se acercó hasta quedar frente a mí.

—No necesito que lo permitas.

La furia me hizo bajar la voz.

—No me provoques ahora.

—No te estoy provocando.

—Llevas semanas haciéndolo.

—Y llevas semanas confundiendo protegerme con tener derecho a detenerme.

Me quedé mirándola. Podía hacerlo, podía encerrarla, podía llamar a Thomas, ordenar que dos Águilas permanecieran delante de una puerta y acabar con la discusión.

Lo peor era que ella lo sabía.

—¿Vas a encerrarme? —preguntó.

No respondí.

Klara se acercó todavía más, no había coquetería en su rostro, solo desafío y una tristeza que me costaba más soportar.

—Hazlo.

—Klara.

—Si de verdad crees que soy una traidora, enciérrame. Si crees que trabajo para Lucien, quítame el arma y átame a una silla si es necesario. —Su voz bajó—. Pero si crees que estoy de tu lado, tendrás que aceptar que eso no significa que vaya detrás de ti como una sombra.

Aquello me dejó sin una salida fácil, odiaba cuando hacía eso.

—¿Qué esperas que haga?

—Que confíes en mí.

Me reí con incredulidad.

—Has escogido una noche extraordinaria para pedírmelo.

—Lo sé.

Su expresión se suavizó apenas.

—Por eso importa.

Nos quedamos mirándonos, la distancia entre nosotros era la de siempre, peligrosamente poca; pero no la toqué, no podía, no después de descubrir otra mentira.

—¿Cuándo pensabas ir?

—Mañana por la noche.

—¿Dónde?

—Aún no lo sé. Recibiré instrucciones.

—¿Cómo?

Klara metió una mano en el bolsillo, sacó un pequeño reloj de plata. Lo abrió. Dentro no había maquinaria, había un diminuto compartimento, un papel enrollado. Lo tomé.

Victoria Embankment. Nueve de la noche. Ven sola.

La nota estaba firmada con una sola letra.

L.

La miré.

—¿Cuándo recibiste esto?

—Esta tarde.

Cerré los ojos.

—Antes de St. Dunstan.

—Sí.

—Y fuiste allí, discutiste conmigo, me dijiste que no podías prometer no ocultarme nada relacionado con Johann y llevabas esto en el bolsillo.

—Sí.

Aquella vez no hubo explicación capaz de suavizarlo.

—Vete.

Klara quedó inmóvil.

—Francis.

—Necesito que te vayas.

—No quiero dejarte así.

—Precisamente por eso.

Su rostro se tensó, pensé que discutiría, no lo hizo. Recogió el abrigo y llegó hasta la puerta antes de que la llamara.

—Klara.

Se volvió. Había algo vulnerable en su expresión que rara vez permitía aparecer.

—¿Vas a ir mañana aunque te diga que no?

—Sí.

La honestidad dolió. Asentí.

—Entonces no sé si puedo confiar en ti.

Klara tragó.

—Lo entiendo.

Abrió la puerta.

—Pero tú sí puedes confiar en mí.

Se quedó quieta.

—¿Qué?

—Si vas a hacerlo, no permitiré que estés sola.

Sus ojos cambiaron.

—Francis...

—No significa que te haya perdonado.

—Lo sé.

—Ni que crea todo lo que dices.

—También.

—Significa que, si esta es una trampa, quiero estar allí cuando se cierre.

Una tristeza extraña apareció en su sonrisa.

—Eso suena mucho a ti.

—Es lo único que tengo.

Klara abrió la puerta. Antes de salir se volvió una última vez.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿No qué?

Su mirada recorrió mi rostro lentamente.

—Tienes más.

Después se marchó.

No dormí.

Al amanecer encontré a Thomas en la cocina, bebiendo café como si hubiera nacido allí.

Le entregué la nota y él la leyó sin hacer preguntas.

—Quiere utilizarse como cebo —dijo.

—Sí.

—Y tú se lo permitirás.

—No.

Thomas levantó una ceja.

—¿No?

—Voy a fingir que se lo permito.

Aquella mirada, la conocía, había despertado su interés.

—¿Qué planeas?

Me senté frente a él.

—Lucien espera a Klara. Cree que todavía puede controlarla mediante el acuerdo.

—Sí.

—Voss necesita el registro y ahora depende de mí para la custodia.

—Sí.

—Sebastian quiere destruir a ambos.

Thomas dejó la taza.

—Continúa.

—Estamos perdiendo el tiempo persiguiéndolos por separado.

Por primera vez desde Viena, el misterio pareció ordenarse dentro de mi cabeza, no necesitábamos seguir encontrando cadáveres, necesitábamos obligar a todos los vivos a reunirse en el mismo lugar.

—Dejaremos que Klara vaya hasta Lucien.

Thomas no reaccionó.

—Y la seguiremos.

—Naturalmente.

—Pero antes enviaremos un mensaje a Voss.

Ahora sí sonrió.

—Diciéndole que Lucien tiene el registro.

—Exactamente.

—No lo tiene.

—Voss no lo sabe.

Thomas se recostó.

—¿Y Sebastian?

—Le diremos la verdad.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber si realmente desea destruir a su padre cuando tenga la oportunidad delante.

Thomas permaneció en silencio, después sonrió de una forma que recordaba demasiado al hombre que había conocido cuando tenía diecisiete años.

—Empiezas a resultar preocupantemente competente.

—Culpa tuya.

—Me temo que no toda.

Sus ojos fueron hacia la puerta por la que Klara había desaparecido horas antes.

—Francis.

—¿Qué?

—Existe otra posibilidad.

No me gustó su tono.

—Dila.

—Klara podría estar diciéndote la verdad sobre todo.

—Lo sé.

—O podría estar diciéndo suficiente verdad para conseguir que mañana la sigas exactamente donde Lucien quiere llevarte.

No respondí, era la idea que llevaba horas evitando formular.

Thomas no necesitaba hacerlo más explícito.

Si Klara seguía trabajando para Lucien, el plan de entregarse no sería una infiltración, sería el final del acuerdo.

Ella no tendría que llevarme por la fuerza, solo conseguir que la siguiera y ambos sabíamos que lo haría. Thomas me observó.

—¿Aun así vas a ir?

Pensé en el callejón de Viena. En la cicatriz. En cada mentira que acababa de descubrir y cada gesto que todavía no conseguía creer falso. Después pensé en Klara diciendo que podía confiar en mí incluso cuando yo ya no sabía si podía decir lo mismo.

—Sí.

Thomas asintió lentamente.

—Entonces procura descubrir antes de que sea demasiado tarde si vas detrás de una mujer que amas...

Hizo una pausa.

—o de la persona que finalmente consiguió aprender exactamente cómo conducirte hasta una trampa.

Y por primera vez desde que había empezado todo, no supe cuál de las dos posibilidades me daba más miedo.