Capítulo XVII
La mujer que pudo entregarme
—Al principio.
Hay palabras que parecen pequeñas hasta que alguien las utiliza para separar dos versiones de una misma historia.
Antes y después. Verdad y mentira. Misión y deseo.
Klara permanecía junto a la ventana, con la luz de las lámparas dibujándole el perfil y las manos inmóviles a ambos lados del cuerpo.
La conocía lo suficiente para saber que aquella quietud le costaba.
Cuando estaba nerviosa buscaba algo que hacer con los dedos: ajustarse un guante, cerrar un broche, alisar una tela que no necesitaba ser alisada.
En ese momento no hacía nada porque sabía que yo estaba observando.
Thomas y Sebastian habían tenido el buen juicio de guardar silencio.
—¿Al principio cuánto tiempo? —pregunté.
Klara respiró despacio antes de contestar.
—Hasta Viena.
—Eso no es una medida de tiempo.
—Hasta conocerte.
Solté una risa breve y me pasé una mano por la boca. Llevábamos demasiadas horas utilizando verbos como si pudieran absolvernos.
—Me conociste en Viena.
—Me refiero a conocerte de verdad.
—Ten cuidado con esa frase.
—Sé cómo suena.
—No creo que lo sepas.
Klara dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de acercarse demasiado. Agradecí que no intentara tocarme. No estaba seguro de qué habría hecho si lo hubiera intentado; una parte de mí quería apartarla y otra seguía recordando exactamente cómo se sentía su mano sobre mi nuca.
—Lucien me prometió información sobre Johann —dijo—.
Yo llevaba meses buscando respuestas y cada puerta terminaba cerrándose.
Mi hermano desaparecía durante semanas, regresaba herido, se negaba a explicarme nada y después volvió una última vez convencido de que alguien iba a matarlo.
Cuando Lucien se presentó, sabía cosas que nadie más sabía.
—Y te pidió a Baincot.
—Me pidió que localizara al hombre que podía llevarlo hasta el XIII. Yo no sabía que eras tú.
—Después lo supiste.
—Sí.
Aquello era el centro de todo.
—¿Cuándo?
Klara bajó la vista.
—La noche de la estación.
Recordé la carpeta. Mi nombre. La orden de eliminarme. Thomas marcado como origen. Su propio nombre acompañado por aquella palabra que entonces habíamos entendido mal: recuperar.
—¿Cómo?
—Había una marca junto a tu nombre que tú no viste.
Fruncí el ceño.
—Estábamos leyendo la misma página.
—Yo sabía qué buscar.
Sentí que la rabia regresaba, pero ya no era impetuosa. Era una cosa más fría y más difícil de engañar.
—Enséñamela.
—La carpeta se perdió en el observatorio.
—Conveniente.
Klara soportó el golpe.
—Era un pequeño trece dentro del sello del águila. Johann lo había dibujado varias veces en sus notas. Cuando lo vi junto a tu nombre comprendí que Francis Baincot y el XIII eran la misma persona.
—Y no me lo dijiste.
—No.
—¿Por qué?
Esta vez no vaciló.
—Porque entonces todavía no confiaba en ti.
La respuesta fue tan sencilla que casi la respeté.
Casi.
—Sin embargo esperabas que yo confiara en ti.
—No al principio.
—¿Después?
Sus ojos encontraron los míos.
—Después sí.
Eso dolió de una manera diferente.
Me acerqué a la mesa y recogí la nota de Lucien. La tinta era reciente, pero la frase parecía escrita para herir mucho antes de llegar a mis manos.
La segunda mitad de nuestro acuerdo sigue pendiente.
—¿Qué era exactamente la segunda mitad?
Klara me observó durante unos segundos.
—Lucien quería que te llevara a una casa en Londres.
—¿Cuál?
—No me dio la dirección entonces. Dijo que la recibiría cuando confirmara que eras el XIII.
—¿La recibiste?
Su silencio respondió antes que ella.
Thomas se movió detrás de mí.
—Klara.
Ella no lo miró.
—Sí.
Sentí que el cansancio se convertía en incredulidad.
—¿Cuándo?
—En Viena.
—¿Antes o después de que nos besáramos?
Sebastian bajó los ojos con una discreción tan evidente que casi resultaba cómica. Klara no tuvo la misma suerte. El color apareció muy tenuemente sobre sus mejillas.
—Antes.
—¿Antes o después de que te dispararan?
—Francis...
—Quiero saber cuándo dejé de ser un hombre al que pretendías entregar y me convertí en uno al que decidiste ocultar.
Aquello sí la hirió. Lo vi. No retiré la pregunta.
Klara respiró despacio.
—Recibí la dirección la mañana después de que encontramos la lista.
Recordé aquella mañana, la cafetería, dos terrones de azúcar, su dedo recorriendo mi cicatriz. Ella ya sabía. La imagen se deformó dentro de mi memoria.
—¿Y qué hiciste?
—La quemé.
—¿Dónde?
—En mi habitación.
—¿Alguien lo vio?
—No.
—Entonces tengo que creerte.
—Sí.
—Eso parece ser una constante incómoda entre nosotros.
La rabia apareció por fin en sus ojos.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que invente un testigo? ¿Que te dé una prueba que no existe? Quemé la maldita dirección porque comprendí que Lucien no estaba buscando respuestas sobre Johann. Te estaba buscando a ti.
—¿Y por eso te quedaste conmigo?
—Al principio me quedé porque necesitaba saber por qué.
La frase quedó entre nosotros.
—¿Y después?
Klara se acercó. Esta vez no se detuvo hasta quedar a poca distancia, aunque mantuvo las manos lejos de mí.
—Después dejé de necesitar una razón.
Me habría gustado creerla con la facilidad de unos días antes.
Aquello era quizá lo más doloroso: su voz seguía produciendo en mí el mismo efecto, su cercanía continuaba alterando mi respiración, pero ahora había una capa nueva entre ambos.
Ya no podía mirar un gesto sin preguntarme cuándo había empezado a ser verdadero.
—No sé qué hacer contigo —dije.
La dureza abandonó su rostro.
—No tienes que hacer nada.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es. Puedes estar enfadado. Puedes no confiar en mí durante un tiempo. Incluso puedes decidir que esto es demasiado.
La palabra esto me molestó.
—¿Y tú?
—Yo puedo soportar que dudes de mí. Lo que no voy a hacer es pedirte que finjas que no te he dado motivos.
Aquello sonaba demasiado sensato para una conversación que yo quería poder odiar.
—¿Y si decido marcharme?
Klara me sostuvo la mirada.
El silencio que siguió no fue evasivo. Pareció más bien el esfuerzo de una mujer eligiendo algo que dolía.
—No te detendría.
No esperaba esa respuesta. Mi mandíbula se tensó.
—La última vez lo hiciste.
—La última vez pensaba que si conseguía que me escucharas podía convencerte. Ahora sé que tienes derecho a irte.
—Qué generosa.
—No lo arruines siendo cruel.
La frase me detuvo.
Klara había recuperado esa autoridad callada que tanto me perturbaba. No suplicaba que permaneciera, pero tampoco permitía que mi dolor me convirtiera en algo pequeño.
La miré durante demasiado tiempo.
—¿Quieres que me quede?
Sus ojos bajaron un instante hasta mi boca y regresaron.
—Sí.
Solo eso. No intentó adornarlo.
Algo dentro de mí cedió apenas, no lo suficiente para perdonarla, lo suficiente para no irme.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a que tarde un poco en volver a creerte.
—Me acostumbraré.
—Y no vuelvas a ocultarme nada relacionado con Lucien.
Klara asintió, después cometió un error.
—No puedo prometerte eso.
Toda la habitación cambió, Thomas levantó la cabeza, yo la miré sin comprender.
—¿Qué has dicho?
Klara apretó los labios.
—Hay cosas de Johann que no puedo contarte todavía.
—Acabas de pedirme que crea que no sigues trabajando para Lucien y, en la misma conversación, me dices que continuarás ocultándome información.
—No tiene que ver con Lucien.
—¿Cómo voy a saberlo?
No respondió. Sentí que la poca tierra firme que habíamos recuperado volvía a moverse. Thomas intervino.
—¿Es información que pone a Francis en peligro?
Klara lo miró.
—No directamente.
—Mala respuesta —dije.
—Es la única que puedo darte.
—Entonces esta conversación ha terminado.
Me alejé.
Esta vez ella no me siguió y odié que cumpliera su palabra.
Regresamos a la casa de Margaret cerca de las tres de la mañana. Thomas se quedó con Sebastian. Habían decidido utilizar la reunión para alimentar a Lucien con información falsa sobre el registro, lo cual era exactamente la clase de juego que podía mantenerlos entretenidos hasta el amanecer.
Yo regresé solo o eso creía.
La casa estaba oscura cuando entré. No encendí ninguna lámpara. Conocía aquellas escaleras incluso después de tantos años. Subí a mi antiguo dormitorio y me senté junto a la ventana.
No tenía sueño.
Tenía demasiadas versiones de Klara en la cabeza; la mujer del callejón que había fingido no conocerme, la que me apuntó con una pistola, la que había tocado mi cicatriz sabiendo ya que esa cicatriz era precisamente la forma de identificarme.
La que se había lanzado desde un carruaje a mis brazos, la que había recibido una bala, la que había permitido que creyera que nuestra historia había empezado por casualidad cuando, al menos para ella, había comenzado como una búsqueda.
Y después estaban las otras cosas.
Dos terrones de azúcar, su mano buscando la mía frente al cadáver de Helena, la manera en que decía mi nombre cuando estaba asustada, el beso en el balcón, la pequeña sonrisa cuando pensaba que nadie la veía.
Uno puede fingir muchas cosas, pero fingir cientos de detalles exige una clase de disciplina que ni siquiera Thomas poseía.
Escuché un ruido abajo, mi pistola estuvo en mi mano antes de que terminara de reconocerlo. La puerta trasera. Después pasos suaves, demasiado suaves para Thomas.
Me levanté, bajé sin hacer ruido. Una figura cruzó el corredor. Abrigo oscuro, cabello recogido. Klara. Me quedé inmóvil en la sombra, ella no sabía que estaba allí. Aquello produjo en mí una sensación horrible. La vi entrar en la habitación oculta.
Esperé cinco segundos, diez, después la seguí. Klara estaba junto al escritorio con el registro abierto, tenía una hoja en la mano, no la había oído entrar.
—¿Qué estás haciendo?
Se volvió tan rápido que casi dejó caer el papel, su expresión respondió por ella. Culpa.
—Francis.
—No.
Cerré la puerta detrás de mí.
—No vuelvas a utilizar mi nombre para ganar tiempo. ¿Qué estás haciendo?
—Tenía que comprobar algo.
—A las tres de la mañana.
—Sí.
—Sin decírmelo.
Klara guardó silencio. Me acerqué.
—Dame la hoja.
—No puedo.
La miré, la rabia llegó con una calma casi absoluta.
—Dámela.