El último custodio Capítulo XVI #3
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Capítulo XVI #3

Pasé junto a ella, su mano cerró alrededor de mi muñeca, la misma forma en que me había detenido meses atrás —parecían meses— en aquel patio de Viena. Esta vez me detuve por razones distintas, miré sus dedos, después su rostro.

—Suéltame.

Klara no lo hizo.

—No hasta que me escuches.

—Te he escuchado.

—No. Has oído aquello que confirma exactamente lo que más temes.

Mis ojos se endurecieron.

—¿Y qué temo?

Klara se acercó, su mano continuaba alrededor de mi muñeca.

—Que todas las personas que amas terminen siendo una decisión que alguien tomó por ti.

Aquello dolió muchísimo.

—No utilices eso ahora.

—Es verdad.

—No te da derecho.

—No intento tener derecho.

Su voz se quebró al fin, solo un poco.

—Intento que no me conviertas en ellos.

Nos quedamos mirándonos, podía sentirle el pulso bajo los dedos. El mismo que había tocado tantas veces por razones que ya no sabía si pertenecían a nosotros o a una historia preparada antes de conocernos.

—¿Qué parte fue real? —pregunté.

La rabia desapareció de su rostro, aquello fue peor.

—Toda la que ocurrió después de que empezaras a importarme.

—¿Cuándo fue eso?

Klara sonrió con tristeza.

—No sé.

—Necesito algo mejor.

—Yo también.

Su mano aflojó, podía haberme ido, no lo hice.

—Quizá cuando me seguiste hasta mi habitación aunque pensabas que podía dispararte. Quizá cuando descubrí que eras capaz de quedarte callado junto a alguien que estaba sufriendo sin intentar arreglarlo. Quizá cuando empezaste a recordar cómo tomaba el café.

La miré.

—Dos terrones.

Sus ojos se humedecieron.

—Sí.

Mierda.

—Eso no prueba nada.

—No.

Se acercó todavía más.

—Tampoco puedo probarte que cuando me besaste en aquel balcón no estaba pensando en Johann, en Lucien, en San Jerónimo ni en ninguna maldita misión.

Su mano subió hasta mi rostro, se detuvo antes de tocar la cicatriz, aquella vez no le permití hacerlo. Cerré los dedos alrededor de su muñeca, Klara se quedó quieta, algo se quebró en su expresión, eso me hizo querer soltarla, no lo hice.

—No uses eso.

Su voz fue apenas audible.

—¿La cicatriz?

—Sabías lo que era antes de que yo supiera por qué la mirabas.

Retiró la mano.

Aquella distancia, pequeña como era, se sintió enorme.

—Tienes razón.

No se defendió, no intentó tocarme otra vez y, extrañamente, aquello dolió mucho más.

Abrí la carta de Margaret solo, no porque Klara no quisiera leerla, porque por primera vez desde Viena no podía soportar tenerla demasiado cerca.

Ella permaneció al otro lado de la biblioteca, junto a una ventana. Thomas hablaba con Sebastian en voz baja.

Yo rompí el sello.

La letra de Margaret era exactamente como la recordaba: apretada, severa, sin una sola curva innecesaria.

A ti, quienquiera que seas:

Si Francis te ha permitido llegar suficientemente cerca como para recibir esto, probablemente ya te habrá hecho la vida bastante difícil. No lo tomes como algo personal. Ha sido difícil desde los seis años.

Tuve que cerrar los ojos, la escuché diciéndolo.

Continué.

No sé tu nombre. Evelyn cree que algún día habrá alguien. Yo no soy tan optimista.

Una pequeña sonrisa apareció contra mi voluntad.

Francis sabe marcharse. Siempre lo ha sabido. Sabe cuándo una habitación se vuelve peligrosa, dónde está la salida y cuántos pasos necesita para alcanzarla. Lo que nunca aprendió fue a quedarse cuando irse resulta más sencillo.

Miré hacia Klara, ella estaba de espaldas.

Si eres la persona frente a quien alguna vez decide hacerlo, no permitas que confunda quedarse contigo con pertenecerte. Demasiada gente intentará poseerlo en esta vida. No seas una de ellas.

Mi garganta se cerró, quedaba una última parte.

Y si un día te miente porque tiene miedo, perdónalo solamente si él aprende a hacer lo mismo cuando seas tú quien mienta.

Me quedé inmóvil.

Maldita Margaret, hasta muerta conseguía reprenderme.

Doblé la carta, no estaba listo para perdonar a Klara, eso también era verdad, pero quizá perdonar no era lo mismo que no sentirse herido.

Guardé la hoja, entonces vi algo dentro del sobre, otro papel. No era de Margaret, era mucho más reciente. Lo saqué. Una nota, la letra de Lucien.

Si estás leyendo esto, Klara hizo su trabajo.

Toda la calma que había conseguido recuperar desapareció, debajo había una fecha, la noche anterior a la muerte de Hartmann.

Y una frase más.

Dile que la segunda mitad de nuestro acuerdo sigue pendiente.

Levanté lentamente los ojos, Klara seguía junto a la ventana.

—Klara.

Se volvió, debió de ver algo en mi rostro porque perdió el color.

Le mostré la nota.

—¿Qué segunda mitad?

No respondió. Thomas dejó de hablar, Sebastian también.

—Klara.

Sus labios se separaron, nada salió, aquello fue suficiente para que el miedo se convirtiera en otra cosa.

—¿Qué le prometiste?

Klara cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no intentaba defenderse.

—Que si encontraba al XIII...

Sentí frío.

—¿Qué?

Su mirada se sostuvo en la mía.

—Lo llevaría ante Lucien.

La habitación quedó en silencio.

Yo apenas escuché mi propia voz.

—¿Y pensabas hacerlo?

Klara tardó demasiado en responder, demasiado.

—Al principio —susurró.

Y por primera vez desde que la conocía, no pude saber si aquella mujer estaba a mi lado porque había elegido quedarse..., o porque todavía no había terminado de entregarme.