El último custodio Capítulo XVI #2
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Capítulo XVI #2

La voz se elevó por primera vez, todos callamos, ella respiró y trató de volver a dominarse.

—Tenía un nombre. Una relación con Hamilton. La descripción de una cicatriz.

Mi mano fue involuntariamente hacia el rostro, Klara también miró la línea blanca, aquello me hizo sentir enfermo.

—La cicatriz.

—Francis...

—La primera noche la miraste porque estabas confirmando mi identidad.

No respondió, no necesitaba hacerlo. Recordé que me había gustado que no preguntara, qué estúpido, ella ya sabía.

—Dios. —Me alejé—. Aquella cicatriz fue la forma en que me reconociste.

—Sí.

Una palabra limpia y cruel.

Thomas habló finalmente.

—Francis.

—No.

—Hay algo que debes considerar.

—No quiero oír una defensa de ella de tu boca.

El golpe llegó donde pretendía. Thomas guardó silencio. Bien. Porque él sabía mejor que nadie qué se sentía al descubrir que alguien había administrado tu propia vida como información.

Klara avanzó.

—No le pidas que calle.

—No estoy hablando contigo ahora.

—Pues deberías.

Me volví, la mujer frente a mí no parecía culpable, parecía furiosa, aquello consiguió enfurecerme todavía más.

—¿Estás enfadada conmigo?

—Sí.

La miré, incrédulo.

—Extraordinario.

—Porque estás convirtiendo todo lo que ocurrió después en una mentira únicamente porque yo mentí al principio.

—Es un detalle bastante relevante.

—Sí.

—Me alegra que coincidamos.

—Pero no fui enviada para seducirte.

La palabra cambió el aire.

Sebastian miró discretamente hacia otro lado, Thomas también, por una vez todos tuvieron instinto de supervivencia.

Klara siguió:

—No tenía que conseguir que confiaras en mí. No tenía que enamorarte. No tenía que besarte, ni dormir en habitaciones contigo, ni preocuparme cada vez que desaparecías detrás de una puerta.

Mi mandíbula se tensó.

—Cuidado.

—No. Tú escucha ahora.

Se acercó hasta quedar delante de mí, no retrocedí aquella vez.

—Fui a ese callejón porque Johann me pidió que encontrara a Francis Baincot. Eso es verdad. Te mentí sobre conocerte. También. —Sus ojos ardían—. Pero tú decidiste seguirme, tú entraste en mi habitación, tú decidiste creerme cuando podrías haberme entregado a Thomas la primera noche.

—No conviertas mis errores en tu inocencia.

—Y tú no conviertas mis mentiras en una excusa para negar lo que sabes.

La frase me atravesó.

—¿Qué sé?

Klara quedó tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, aquella era nuestra maldición, incluso furiosos, la distancia parecía incapaz de sobrevivir entre nosotros.

—Sabes cuándo miento.

Su voz bajó.

—Lo has sabido desde el primer día.

—No siempre.

—Entonces mírame ahora.

Lo hice.

Ojos verdes, respiración contenida, dolor detrás de la rabia. Klara abrió las manos a los lados del cuerpo, sin armas, sin defensa.

—No estoy con Voss.

Silencio.

—No trabajo para Lucien.

Otro.

—Sebastian me ayudó a investigar porque Johann confiaba en él. Le oculté esa relación porque no sabía si Thomas podía estar involucrado en la muerte de mi hermano.

Miró brevemente hacia Thomas, él aceptó la acusación con una serenidad casi ofensiva, después Klara regresó a mí.

—Y no me acerqué a ti porque alguien me ordenara hacerlo.

Eso era lo que quería creer, precisamente por eso no pude.

—¿Hay algo más?

Su rostro cambió, muy poco, pero lo vi. Mierda.

—Klara.

—Sí.

Sentí que algo dentro de mí descendía lentamente.

—¿Qué?

Ella cerró los ojos un segundo.

—Antes de Viena me reuní con Lucien.

Thomas sacó el arma, Sebastian maldijo y yo no hice nada.

Fue peor.

—¿Cuándo?

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Tres semanas antes de que Thomas te enviara.

La habitación se volvió irrealmente silenciosa.

—¿Y pensabas contarme esto cuándo?

—Cuando supiera por qué quería encontrarte.

—¿Él te pidió que lo hicieras?

—Sí.

Ahí estaba. La duda que hasta entonces había conseguido mantener a raya encontró por fin una forma concreta.

—¿Qué te ofreció?

—Información sobre Johann.

—¿A cambio de mí?

Klara no respondió inmediatamente, no podía respirar bien.

—A cambio de localizarte.

Me reí, no había humor.

—Lo hiciste.

—No para él.

—Pero lo hiciste.

—Francis...

—¿Le dijiste que estaba en Viena?

—No.

—¿Le diste información sobre mí?

—Nunca después de conocerte.

La formulación, otra vez.

—¿Antes?

Klara tragó.

—Le dije que Thomas seguía utilizando a un hombre llamado Baincot y que creía que podía ser el que Johann buscaba.

Algo se rompió dentro de mí, no de forma espectacular, las cosas importantes rara vez lo hacían, simplemente dejaron de encajar. Me alejé. Esta vez Klara no intentó seguirme.

—Entonces Lucien supo por ti que seguía trabajando con Thomas.

—Ya lo sospechaba.

—No importa.

—Lo sé.

—¿Sabía de la cicatriz? —No contestó—. Klara.

—Sí.

Cerré la mandíbula, de pronto comprendí algo.

Evelyn había dicho que Lucien conocía mi existencia desde antes de que Thomas me encontrara, pero quizá no sabía en quién me había convertido.

No hasta que una mujer buscando respuestas le entregó un nombre y una cicatriz.

—¿Le diste la forma de reconocerme?

—No sabía lo que significaba.

—Pero se la diste.

—Sí.

No podía continuar allí, no sin decir algo que quizá no podría recoger después. Tomé el abrigo. Klara se movió.

—¿Dónde vas?

—Fuera.

—Francis.

—No.