Capítulo XVI
Las cosas que no me dijiste
St. Dunstan House tenía el aspecto de los lugares donde los hombres ricos acudían a cometer pecados que luego financiarían una iglesia para olvidar.
La mansión se levantaba junto al Támesis, apartada de la calle por una verja de hierro y un jardín demasiado oscuro. Había llovido durante toda la tarde y las ramas desnudas brillaban bajo las lámparas como huesos húmedos.
Sebastian había dicho once de la noche.
Llegamos a las diez y media.
Thomas consideraba la puntualidad una virtud, yo consideraba llegar antes una forma más educada de desconfiar.
Klara caminaba a mi lado.
No había vuelto a discutir sobre acompañarnos.
Quizá porque había comprendido que aquella discusión estaba ganada antes de empezar; quizá porque yo había comprendido finalmente que intentar dejarla atrás era una manera extraordinariamente eficaz de conseguir que apareciera por otro sitio, armada y enfadada.
Llevaba un vestido oscuro bajo el abrigo, sin joyas, y el cabello recogido con aquella sencillez que hacía parecer accidental algo que seguramente le había llevado demasiado tiempo. La herida todavía le molestaba. Lo sabía porque al subir los escalones descargó el peso sobre la pierna izquierda.
No comentó nada, yo tampoco.
Puse una mano en la parte baja de su espalda.
Klara me miró de reojo.
—No necesito ayuda.
—No te estoy ayudando.
—¿Entonces?
La acerqué apenas cuando llegamos a la puerta.
—Me gusta tenerte donde puedo encontrarte.
Sus ojos subieron hasta los míos.
—Eso ha sonado peligrosamente posesivo.
—Puedo empeorarlo.
—No dudo de tus talentos.
La puerta se abrió antes de que pudiera contestar.
Thomas apareció detrás de nosotros.
—¿Podéis intentar recordar durante unos minutos que posiblemente estamos entrando en una emboscada?
Klara sonrió.
—Francis recuerda ambas cosas con sorprendente facilidad.
La miré. Ella pasó delante de mí. Thomas soltó una respiración que sospeché era la versión aristocrática de reírse.
—Ni una palabra —dije.
—No he dicho nada.
—Cada día te soporto menos.
—Y, sin embargo, aquí sigues.
Había algo desagradablemente familiar en aquella frase, no quise pensar por qué.
Entramos, pero no había criados, tampoco invitados, solo lámparas encendidas a intervalos regulares y el sonido distante del río detrás de los ventanales.
Sebastian esperaba en la biblioteca.
Tenía una copa en la mano y la expresión de un hombre que había pasado su vida entera aprendiendo a parecer tranquilo mientras otros decidían si podía sobrevivir a una conversación.
Comenzaba a resultarme ligeramente familiar. No me gustó.
—Has venido —dijo.
—Te sorprendería la cantidad de decisiones cuestionables que he tomado esta semana.
Sus ojos fueron hacia Klara, solo un momento, lo vi, también vi cómo ella endurecía ligeramente la mandíbula. Aquello fue extraño. Thomas entró detrás.
—¿Dónde está Lucien?
Sebastian dejó la copa.
—No aquí.
—Habías dicho que quería verme —dije.
—Quiere.
—Empieza a parecer tímido.
—Mi padre nunca ha sido tímido.
—Entonces cobarde.
Algo se encendió brevemente en la mirada de Sebastian. Familia. Ahí estaba otra vez.
—Puedes decírselo tú mismo cuando llegue el momento.
—¿Avery?
—Vivo.
—¿La carta de Margaret?
Sebastian señaló el escritorio, había un sobre viejo, amarillento, la letra del frente no era de Evelyn. La reconocí. Margaret escribía poco y cuando lo hacía parecía querer castigar al papel.
Klara se acercó conmigo.
En el frente había solo una frase: Para la mujer que consiga que se quede. Sentí algo incómodo en el pecho.
—Parece sutil —murmuró Klara.
—Margaret jamás fue una mujer sutil.
Extendí la mano. Sebastian habló:
—Antes de abrirla deberías ver otra cosa.
Me detuve.
—Empiezo a perder la paciencia con las revelaciones.
—Esta te interesa.
Thomas se movió ligeramente.
—Sebastian.
—Él tiene derecho a saberlo.
No me gustó la frase.
Nunca me gustaban las cosas a las que supuestamente tenía derecho después de que alguien más hubiera decidido cuánto tiempo ocultármelas.
—Saber qué.
Sebastian me miró, después miró a Klara, esta vez ella palideció, muy poco, pero lo hizo, no podía pasar desapercibido y algo dentro de mí se quedó quieto.
—Klara —dije.
No apartó los ojos de Sebastian.
—¿Qué pasa?
Demasiado tarde.
Ya no era una pregunta.
Sebastian abrió un cajón, sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa. Klara no se movió, yo tampoco.
—Ábrela —dijo Sebastian.
—Si contiene otro árbol genealógico, voy a incendiar tu casa.
Nadie sonrió, eso terminó de preocuparme.
Abrí.
La primera hoja era una carta, la fecha era de seis meses atrás, antes de Viena, la firma al final consiguió que dejara de leer.
Klara Vogel.
No sentí nada inmediatamente, pero después fue demasiado. Volví al principio. La carta estaba dirigida a Sebastian.
Johann dice que usted puede conseguir información sobre el hombre que buscan. No volveré a pedirle ayuda después de esto. Necesito saber si Baincot continúa trabajando para Hamilton y cuándo abandona Londres.
El resto del mundo desapareció detrás de aquellas líneas.
Leí otra vez. Baincot. Mi nombre. Seis meses antes de que Klara me encontrara junto a un cadáver y preguntara quién demonios era. Levanté los ojos, ella estaba mirándome.
—Francis.
No me gustó mi nombre en su boca, no en ese momento.
Continué leyendo.
Había una segunda carta. Tres meses atrás. También suya.
Johann cree que Francis Baincot puede conducirnos hasta el XIII. No sé qué relación existe entre ambos, pero si Hamilton lo envía fuera de Inglaterra necesito saberlo.
Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el papel. El XIII, había hablado de mí sin saber —supuestamente— que éramos la misma persona. Eso podía ser verdad. El problema con una mentira bien construida era que convertía incluso las verdades en sospechosas.
—¿Las escribiste? —pregunté.
Klara tardó medio segundo.
—Sí.
Aquello dolió más que una negación. Thomas se quedó inmóvil detrás, no intervino, era inteligente, a veces.
—Me conocías.
—Conocía tu nombre.
—La primera noche fingiste no hacerlo.
—Sí.
La sinceridad empezaba a parecerme una crueldad.
Cerré la carpeta, despacio.
—¿Qué más?
Klara tragó.
—Francis...
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decidir cuánto puedo soportar.
Su expresión se alteró, había utilizado contra ella sus propias palabras, no me produjo ninguna satisfacción.
—¿Qué más sabías de mí?
—Muy poco.
—Respuesta incorrecta.
—Es la verdad.
—Sabías que trabajaba para Thomas.
—Lo sospechaba.
Me reí.
—Curioso. Esa palabra parece contagiosa.
Thomas no reaccionó.
—Sabías que Johann me estaba buscando.
—Sí.
—Sabías que podía conducirlo hasta el XIII.
—Sí.
—Y cuando me viste en el callejón...
Klara bajó los ojos, ahí, la respuesta antes de las palabras.
—Sabías quién era.
—Sabía que eras Francis Baincot.
La habitación adquirió un silencio casi físico, recordé la nieve, Hartmann muerto, la mujer que no gritó, sus ojos recorriendo mi rostro, la cicatriz, aquella pequeña contracción en los dedos cuando dije mi nombre.
Había creído que Klara lo sabía porque algo relacionado con el muerto la había preparado, había tenido razón, solo que no de la forma que quería.
—¿Y aun así me preguntaste quién era?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber qué dirías.
La miré.
Quizá fue la frase más peligrosa que podía haber elegido.
—Me estabas probando.
—Al principio.
Dos palabras muy sencillas, capaces de ensuciar demasiados recuerdos: el callejón, la habitación, la pistola sobre mi pecho, su mano en mi cicatriz, el primer beso.
—¿Hasta cuándo?
Klara se acercó, pero yo retrocedí, fue un movimiento pequeño, pero su rostro cambió como si la hubiera golpeado.
No me disculpé, todavía no podía.
—Francis, escúchame.
—Te estoy escuchando desde Viena. Parece que ese ha sido mi error.
—No.
—Entonces explícame cuál fue.
Sebastian dio un paso.
—Quizá debería...
Lo miré.
—Si vuelves a hablar sin que te lo pregunte, descubrirás exactamente cuánto parentesco hace falta para que me impida romperte la mandíbula.
Se calló. Bien. Volví hacia Klara, ella permanecía erguida, no lloraba, no pedía, era una de las cosas que más admiraba de ella, aquella noche también me enfurecía.
—Johann llevaba más de un año investigando San Jerónimo —dijo—. Encontró referencias al XIII y a un hombre llamado Baincot relacionado con Thomas. No sabía que fuerais la misma persona. Ninguno lo sabía.
—Sebastian sí conocía mi nombre.
—Por eso acudí a él.
—Y no me lo dijiste.
—No podía.
—Siempre se puede.
—No cuando tu hermano cree que hay hombres matando a cualquiera que pronuncie ciertos nombres.
La voz se le quebró apenas y no dejó que ocurriera otra vez.
—Johann me pidió que encontrara a Baincot si algo le pasaba. Me dijo que no confiara en Thomas y que no revelara cuánto sabía hasta estar segura de que Baincot no trabajaba para Voss.
Aquello explicaba cosas, demasiadas.
—¿Por eso estabas esperando a Hartmann?
—Sí.
—¿Y Hartmann debía entregarte mi nombre?
—No.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces?
—Debía decirme si podía confiar en ti.
Algo se retorció bajo mis costillas.
—Murió diciéndome Baincot.
—Lo sé.
—Así que nunca supiste qué pretendía decir.
—No.
Otra verdad que no ayudaba.
Tomé la segunda hoja, había informes sobre mis movimientos; Londres, París, una fecha en Viena.
Klara había sabido que llegaría.
—Esto está fechado dos días antes de que nos conociéramos.
Ella miró la hoja.
—Sebastian me avisó de que Thomas había enviado a un hombre.
—A mí.
—Sí.
—Así que aquella noche no llegaste al callejón por casualidad.
Silencio.
—No.
Cerré los ojos un instante, aquello fue lo peor. No las cartas, ni el nombre, ni siquiera la mentira. La casualidad había vuelto a desaparecer, otra vez, toda mi vida parecía una habitación cuyas puertas habían abierto otras personas antes de que yo llegara.
—Francis...
Abrí los ojos.
—¿También sabías que Hartmann iba a morir allí?
Su expresión se convirtió en horror.
—No.
No dudó.
Le creí o quise hacerlo, aquello era precisamente el problema.
—No sabía que lo atacarían. Llegué tarde.
—Pero esperabas encontrarme.
—No sabía si serías tú.
—Klara.
—¡No sabía cómo eras!