Capítulo XV
La sangre no decide
Tener un padre vivo resultaba extrañamente menos reconfortante de lo que había imaginado.
Quizá porque nunca lo había imaginado.
Durante años, la ausencia había sido una cosa simple. Un espacio vacío no exige demasiado. Uno aprende a caminar alrededor, a no hacer preguntas, a convertir la falta en costumbre. Pero ponerle un nombre a ese vacío era distinto.
Lucien Vale.
Un hombre que había conocido mi existencia desde antes de que yo conociera la suya.
Un hombre que había permitido que creciera con otro nombre, en otra casa, bajo la protección de una mujer que jamás me contó por qué me observaba algunas noches como si estuviera comprobando que seguía respirando.
Y ahora quería recuperarme.
La palabra me produjo una irritación inmediata.
No era una propiedad perdida.
—No vas a ir solo —dijo Klara.
Seguíamos en la habitación oculta de Margaret. Thomas examinaba el registro junto a Evelyn, pero yo apenas escuchaba.
Miré a Klara.
—Todavía no he dicho que vaya a ninguna parte.
—Tu cara sí.
—Empiezo a odiar que la conozcas.
—Eso no te impide ponerla constantemente delante de mí.
La lluvia golpeaba la ventana al otro lado del muro. La habitación era pequeña y Klara estaba demasiado cerca. Desde Viena, la proximidad entre nosotros había adquirido una naturaleza extraña: ya no parecía casualidad, sino una decisión que ambos tomábamos sin necesidad de discutirla.
—Lucien sabe que estoy en Londres —dije.
—Probablemente.
—Y Avery tiene el sello.
—Sí.
—Entonces no necesito encontrarlo.
Klara inclinó la cabeza.
—Vendrá él.
—Exactamente.
Thomas habló detrás de nosotros.
—Por eso debemos mover el registro.
Giré.
—No.
Aquello bastó para que me mirara.
—Francis.
—Si Lucien lleva años buscándolo y ahora sabe que estoy aquí, quiero que crea que sigue en esta casa.
—Eso implica utilizarte como cebo.
—Llevamos días descubriendo que todo el mundo lo hace. Por una vez me gustaría elegirlo yo.
Evelyn cerró lentamente el registro.
—Lucien no vendrá personalmente.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque no arriesga aquello que considera imprescindible.
—Qué emocionante descubrir rasgos familiares.
Su expresión cambió apenas, pero no respondió al golpe.
Aún no sabía qué hacer con Evelyn cuando parecía herida. Me resultaba más sencillo cuando era únicamente poderosa.
Klara sí lo notó, lo veía todo, por eso su mano encontró la mía debajo del borde de la mesa. No entrelazó los dedos, solo rozó los nudillos, una advertencia silenciosa. No seas cruel únicamente porque puedes, odié que tuviera razón.
—¿A quién enviará? —pregunté.
Evelyn sostuvo mi mirada.
—A Sebastian.
Thomas levantó la cabeza.
—Si Sebastian viene por el registro, podremos confirmar cuánto sabe.
—Y si viene por mí —dije—, sabremos cuánto le ha contado Lucien.
—Francis —murmuró Klara.
—¿Qué?
—Hablas de conocer a tu hermano como si fueras a interrogar a un banquero.
—Es banquero.
—Sabes a qué me refiero.
Sí, lo sabía. No me gustó.
—No es mi hermano.
Klara me miró durante unos segundos.
—Eso no lo decides tú solo.
La frase cayó con demasiada suavidad.
—¿Perdón?
—Puedes decidir si lo quieres cerca. Si confías en él. Si algún día lo consideras familia. Pero el hecho de compartir un padre ya existe, aunque te moleste.
Me acerqué.
—Tienes una tendencia desagradable a decirme cosas que no quiero escuchar.
—Y tú a necesitarlas.
Thomas hizo un ruido que podría haber sido una risa, lo ignoré.
Klara no.
—¿Está de acuerdo conmigo?
—Profundamente.
—Traidor —murmuré.
—Estoy disfrutando bastante de esto —respondió Thomas.
Por un instante, la habitación respiró, fue breve, después Evelyn señaló una de las páginas del registro.
—Sebastian no es únicamente hijo de Lucien. Es su sucesor declarado.
Volví hacia ella.
—¿En San Jerónimo?
—En la red que Lucien construyó después.
—¿Otra?
—Una versión más pequeña. Más selectiva. Menos interesada en gobiernos y más en controlar a quienes controlan el dinero.
Thomas tomó la página.
—Por eso aparece marcado.
—Sí.
—Entonces Lucien y Voss no son aliados.
—Nunca lo fueron.
Eso simplificaba algo, por fin.
Dos enemigos, dos ambiciones. Voss quería las Águilas y el sistema del Primero; Lucien quería el registro y a su hijo de vuelta bajo su control y Avery estaba en medio.
—¿Qué quiere Sebastian? —pregunté.
Evelyn tardó.
—No lo sé.
Aquella respuesta me interesó más que muchas certezas.
—¿No es leal a su padre?
—Lo era.
—¿Y ahora?
—Hace seis meses empezó a ocultarle dinero.
Thomas y yo nos miramos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Porque parte de ese dinero terminó financiando a Johann.
Klara se quedó inmóvil.
—¿Sebastian ayudaba a mi hermano?
Evelyn asintió.
—En secreto.
Aquello cambió el aire.
—Entonces Johann conocía a mi medio hermano —dije.
—Sí.
—¿Y no me lo contó nadie hasta ahora?
—Johann tampoco sabía quién eras cuando empezó.
—Qué alivio. Por un momento temí que quedara alguien en Europa que no conociera mi vida antes que yo.
Klara apretó mis dedos, esta vez sí.
Decidimos esperar, detesto esperar.
No porque carezca de paciencia, Thomas se había ocupado de que aprendiera a tenerla. Detesto esperar cuando algo que me importa está en la misma habitación.
Klara se había sentado junto a la chimenea del dormitorio mientras Thomas y Evelyn preparaban la casa. Avery seguía sin aparecer. Lucien tampoco.
Yo permanecía de pie junto a la ventana.
—Si sigues mirando la calle así, vas a hacer que Sebastian aparezca por culpa.
No me volví.
—Estoy trabajando.
—Llevas diez minutos mirando al mismo perro.
—Es sospechoso.
—Francis.
Sonreí.
Escuché cómo Klara se levantaba, no necesité verla para saber que venía hacia mí, ya reconocía sus pasos, eso me preocupaba más de lo necesario, se detuvo detrás.
—¿Te duele?
—¿Qué cosa?
—Todo esto.
No respondí, Klara esperó.
—No sé qué debería doler —dije finalmente—. Ese es el problema.
—No existe una forma correcta.
—Conveniente.
—No te burles.
Giré, estaba muy cerca, la luz de la tarde hacía más verdes sus ojos y suavizaba el cansancio que todavía permanecía en su rostro desde el disparo. Mi mirada descendió hacia su costado.
Ella lo notó.
—Estoy bien.
—No te he preguntado.
—Me estabas examinando.
—Eso tampoco es un delito.
—En tu caso podría serlo.
Sonreí.
Klara levantó una mano y arregló el borde de mi cuello, un gesto pequeño, íntimo, me quedé completamente quieto.
—¿Qué haces?
—Está torcido.
—Empiezo a sospechar que inventas problemas con mi ropa.
—Empiezo a sospechar que te gusta.
Sus dedos se demoraron junto a mi garganta. Sí. Mucho.
—Klara.
—¿Qué?
—Thomas está al otro lado de la puerta.
—Qué tragedia.
La miré.
Ella sostuvo mis ojos sin bajar la mano, había descubierto otra forma de provocarme, no necesitaba decir absolutamente nada indecente, bastaba con tocarme como si tuviera derecho. Lo peor era que empezaba a pensar que lo tenía, tomé su cintura con cuidado, evitando la zona herida.
Klara quedó frente a mí.
—No hagas esfuerzos —murmuré.
—No estoy haciendo ninguno.
—Lo sé.
Mi pulgar rozó la tela de su vestido, su respiración cambió.
—Francis.
—¿Sí?
—Si vas a besarme, hazlo antes de que inventes una razón para no hacerlo.
—Me conoces demasiado.
—Te lo dije.
La besé despacio, sin la urgencia de Viena.
Aquello resultó peor.
Había descubierto que besar a Klara lentamente me hacía consciente de demasiadas cosas: la presión de sus dedos sobre mi pecho, la forma en que su cuerpo se acercaba al mío cuando olvidaba la herida, la pequeña respiración que soltaba cuando mi mano subía por su espalda.
Su boca se apartó apenas de la mía.
—¿Estás pensando?
—No.
—Milagro.
Volví a besarla y Klara sonrió contra mis labios.
Sentí algo cálido y peligroso instalarse bajo las costillas, no deseo, eso era sencillo, esto era otra cosa, querer que aquellas pequeñas escenas se repitieran en lugares donde nadie intentara asesinarnos, una habitación, una mañana, su cabello desordenado, una vida, la idea me asustó tanto que me aparté.
Klara lo supo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Tu cara.
—Otra vez con eso.
—La de huir sin moverte.
Me reí.
—No estoy huyendo.
—¿En qué pensabas?
—Nada importante.
Klara apoyó una mano sobre mi mandíbula.
—Mentiroso.
La miré, podía inventar algo, no quise.
—En una casa.
Sus ojos cambiaron.
—¿Esta?
—No.
—¿Cuál?
—No sé.
Aquella confesión me hizo sentir ridículamente expuesto.
—Solo... una casa.
Klara guardó silencio, después sonrió, no con coquetería, sino con algo mucho más suave.
—Suena terrible.
—Horrible.
—¿Ventanas?
—Supongo.
—Qué extravagancia.
—No he terminado de presupuestarla.
Ella rio, la besé otra vez solo para sentirlo de cerca, entonces escuché tres golpes abajo.
No la señal de las Águilas. Otra. Dos lentos. Uno rápido.
Mi mano abandonó inmediatamente su cintura, Klara sacó el arma, el mundo volvió a su forma habitual. Una pena.
Sebastian Vale entró solo.
Eso fue lo primero que me sorprendió, lo segundo fue que se parecía a Lucien. No porque hubiera visto a Lucien en persona, sino porque algunos rasgos coincidían con los pocos documentos que Evelyn nos había enseñado: cabello claro, facciones rectas, ojos oscuros.
No se parecía a mí, agradecí aquello de una forma infantil.
Tendría unos treinta años, vestía demasiado bien para aquel barrio y caminaba como alguien acostumbrado a que otras personas se apartaran.
No lo hicieron.
Thomas estaba junto a la chimenea, Evelyn, frente a la puerta, Klara a mi derecha y yo en medio.
Sebastian nos observó, su mirada se detuvo en mí.
No hubo sorpresa.
—Adrian.
Mi cuerpo se endureció.
—Mal comienzo.
Sebastian sonrió.
—Francis, entonces.
—Mejor.
Sus ojos descendieron hacia Klara, no me gustó.
—Señorita Vogel.
—Señor Vale.
—Lamento lo de Johann.
Klara no respondió inmediatamente.
—¿Lo conocía bien?
—Lo suficiente para saber que iba a terminar muerto si seguía investigando.
—Y aun así lo ayudó.
Sebastian sostuvo su mirada.
—Porque había cosas peores que verlo morir.
Aquello fue una respuesta interesante, Thomas dio un paso.
—¿Dónde está Avery?
Sebastian lo miró.
—Con mi padre.
—¿Vivo?
—Por ahora.
—¿Y el sello?
—También.
Francis. Mi nombre no fue pronunciado. Aun así sentí que toda la conversación se dirigía hacia mí.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté.
Sebastian metió una mano lentamente dentro del abrigo, Thomas y yo levantamos el arma al mismo tiempo.
Sebastian se detuvo.
—Somos realmente una familia encantadora.
—Saca la mano despacio.
Obedeció, traía una carta, la dejó sobre la mesa.
—Lucien quiere verte.
—Qué conmovedor.
—A solas.
—Menos conmovedor.
—Esta noche.
—No.
Sebastian me observó.
—No has leído la carta.
—No necesito hacerlo.
—Entonces no sabes qué ofrece.
—No me interesa.
—Sí te interesa.
Su seguridad me irritó, abrí el sobre, había una sola hoja.
Una frase.
Tengo a Nicholas Avery.
Debajo: Y la última carta de Margaret Baincot.
Me quedé quieto. Aquello sí. Aquello me interesaba.
Klara vio mi cara.
—¿Qué?
Le entregué el papel, sus ojos recorrieron las líneas.
—No.
La miré.
—¿No qué?
—No vas solo.
Sebastian sonrió ligeramente. Error. Me volví hacia él.
—No la mires.
Su sonrisa desapareció.
—No pretendía...
—He dicho que no la mires.
La habitación se volvió más silenciosa.
Sebastian sostuvo mis ojos, por primera vez apareció algo familiar entre nosotros, no en el rostro, en la resistencia.
—Mi padre dijo que reaccionarías así.
—Tu padre parece tener mucho tiempo libre para pensar en mí.
—Lleva veinte años haciéndolo.
La frase me detuvo.
—¿Por qué ahora?
—Porque hasta ahora estaba convencido de que tu madre terminaría llevándote hasta él.
Evelyn no se movió y Sebastian la miró.
—Se equivocó.
—Eso ocurre.
—Poco.
—Lo suficiente para que sigas escondiéndole dinero.
Algo cambió en su expresión. Thomas lo vio.
—Evelyn dijo que ayudaste a Johann.
Sebastian guardó silencio.
—¿Por qué? —preguntó Klara.
Él la miró. Esta vez permití que lo hiciera.
—Porque mi padre no quiere destruir a Voss.
—Quiere sustituirlo —dije.
Sebastian asintió.
—Sí.
—¿Y tú?
Se tomó su tiempo.
—Quiero que ambos pierdan.
Silencio. Aquello no esperaba.
—¿Lucien y Voss?
—Sí.
—¿Por qué?
Sebastian sonrió sin alegría.
—Porque llevo treinta años siendo el hijo que obedeció.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Y tú llevas veinticinco siendo el que consiguió escapar.
Por primera vez entendí el resentimiento, no me odiaba por ser su hermano, me odiaba por haber tenido una infancia miserable lejos de Lucien. La ironía era casi perfecta.
—No tuve precisamente unas vacaciones.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué demonios envidias?
Sebastian tardó.
—Que nadie decidió quién debías convertirte en todos los días de tu vida.
La frase me golpeó, porque era falsa y también no. Thomas, Evelyn, Voss, Margaret. Todos habían tomado decisiones sobre mí, pero había una diferencia, yo nunca había sabido que lo hacían.
Sebastian sí.
—Ayudaste a Johann porque querías salir.
—Sí.
—¿Y por qué no saliste?
Su expresión se volvió amarga.
—Porque alguien tenía que quedarse lo suficientemente cerca de Lucien para saber qué estaba haciendo.
Thomas lo estudió.
—Podrías estar mintiendo.
—Podría.
—¿Cómo lo comprobamos?
Sebastian miró hacia mí.
—Ven esta noche.
Klara soltó aire.
—Conveniente.
—No necesito que confíen en mí. Solo que escuchen.
—¿Dónde? —pregunté.
—St. Dunstan House. Once de la noche.
Thomas frunció el ceño.
—La conozco.
—Naturalmente.
Sebastian tomó sus guantes.
Antes de marcharse, volvió hacia mí.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Margaret no escribió la carta para ti.
Sentí frío.
—¿Para quién?
Sebastian miró a Klara.
—Para ella.
Nadie habló. Klara frunció el ceño.
—Margaret murió cuando yo era niña.
—Lo sé.
—No pudo conocerme.
—No necesitaba hacerlo.
Sebastian abrió la puerta.
—La carta está dirigida a la mujer que algún día consiguiera que Francis eligiera quedarse.
El aire desapareció de la habitación, Klara me miró, yo a ella y algo en mi pecho se volvió ridículamente silencioso.
Sebastian sonrió apenas.
—Parece que Margaret conocía a mi hermano mejor que todos nosotros.
Después se marchó, Klara continuó mirándome.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Estás pensando demasiado fuerte.
Me acerqué.
—¿Quieres esa carta?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces iremos.
Thomas cerró los ojos.
—Francis...
—Todos.
Lo miré.
—Esta vez nadie va solo.
Klara entrelazó los dedos con los míos, no fue un gesto grande, pero después de todo lo que había descubierto sobre mi sangre, mi nombre y las personas que creían poder decidir mi destino, aquella pequeña presión de su mano tuvo más peso que cualquier herencia.
Porque ella no me reclamaba, solo se quedaba y empezaba a comprender que quizá esa era la única forma de pertenecer a alguien sin dejar de pertenecerse a uno mismo.