Capítulo XIV
La casa donde aprendí a mentir
Londres olía igual.
Humo, lluvia y piedra mojada.
Habían pasado años desde la última vez que caminé por aquella calle, pero algunas ciudades tienen la descortesía de conservar intactos los lugares que uno preferiría recordar distintos.
La casa de Margaret Baincot seguía allí.
Pequeña. Angosta. Con las ventanas demasiado juntas y una puerta verde que alguna vez me había parecido enorme.
A los once años uno mide el mundo de otra forma.
—¿Aquí creciste? —preguntó Klara.
Estaba a mi lado, envuelta en un abrigo gris que ocultaba casi por completo el vendaje bajo su vestido. El viaje desde Viena había sido lento y, en mi opinión, demasiado pronto para una mujer a la que habían disparado apenas unos días antes.
Klara había ignorado esa opinión con la eficacia habitual.
—Hasta los once.
—¿Y después?
Miré la puerta.
—Después dejé de creer que dormir bajo un techo era una necesidad.
No respondió. Agradecí que no lo hiciera.
Thomas permanecía algunos metros detrás, hablando en voz baja con Avery. Desde el observatorio había reducido el número de personas de confianza de una manera que probablemente le dolía mucho más de lo que jamás admitiría.
Thomas podía soportar que un enemigo quisiera matarlo, que uno de los suyos lo traicionara era otra clase de herida.
Yo continuaba mirando la casa. Klara se acercó apenas.
—Francis.
—¿Qué?
—Llevas varios minutos delante de una puerta.
—Estoy observando.
—Estás evitando.
Giré hacia ella.
—Estás empezando a abusar de conocerme.
—Todavía me quedan muchos abusos pendientes.
Su boca se curvó, muy poco, solo lo suficiente.
Saqué la llave y entré.
La casa estaba vacía, no abandonada, vacía.
Era distinto.
Los muebles de Margaret ya no existían. Tampoco las cortinas amarillentas, la mesa de la cocina que siempre cojeaba hacia la izquierda ni aquella lámpara que parpadeaba cada vez que llovía.
Pero reconocí las proporciones.
El escalón que crujía junto a la entrada, la pared donde había marcado mi altura con carbón hasta que Margaret me descubrió, la pequeña ventana del patio.
Por un instante tuve diez años.
Margaret cosía junto al fuego. Yo llevaba veinte minutos mirando un trozo de pan.
—Cómetelo.
—No tengo hambre.
Ella ni siquiera levantó los ojos.
—Entonces deja de mirarlo como si hubiese asesinado a tu familia.
Así era Margaret.
No recuerdo que me abrazara muchas veces, recuerdo que jamás permitió que me acostara con hambre, a veces el amor de algunas personas había que buscarlo en lugares menos elegantes.
—¿Dónde dormías? —preguntó Klara.
Señalé arriba.
Subimos.
La habitación era ridículamente pequeña, aquella fue la primera ofensa, de niño me había parecido un reino.
—Aquí —dije.
Klara entró despacio, no tocó nada, había algo extrañamente delicado en la forma en que recorría mi pasado: sin compadecerlo, sin embellecerlo, como si comprendiera que algunas ruinas no necesitaban ser reconstruidas para seguir teniendo valor.
Me acerqué a una esquina.
—Escondía cosas debajo del suelo.
—¿Qué cosas?
—Objetos de extraordinaria importancia.
—Naturalmente.
—Una navaja, dos monedas y una baraja que no me pertenecía.
Klara me miró.
—¿Robabas a los diez años?
—Era precoz.
Me agaché y busqué la tercera tabla desde la pared, introduje el cuchillo, la madera cedió. Vacío.
—Nada.
Klara se arrodilló junto a mí.
—¿Estás seguro de que era aquí?
—Yo mismo hice el escondite.
—Eso no inspira tanta confianza como crees.
La miré.
—Voy a fingir que no has insultado mi artesanía infantil.
Ella sonrió y pasó la mano por el zócalo, de pronto se detuvo.
—Francis.
Había una pequeña hendidura en la madera, demasiado precisa. Klara sacó del bolso la medalla de Anna. El águila con las alas cerradas, encajaba, el mecanismo cedió, una sección de pared se desplazó hacia dentro.
Me quedé observándola, había vivido durante cinco años a menos de un metro de una habitación que jamás supe que existía.
—Margaret era considerablemente mejor ocultando secretos que tú —dijo Klara.
—Estoy empezando a sentirme atacado.
—Sobrevivirás.
Entramos.
La habitación oculta era pequeña, pero no improvisada. Había una mesa, dos archivadores, un escritorio estrecho y estantes cubiertos por una fina capa de polvo y un retrato. Evelyn Harcourt mucho más joven, yo estaba sentado sobre sus rodillas, tendría cuatro años, quizá cinco.
No sonreía, ella sí, lo suficiente para que pareciera otra mujer.
Me acerqué.
Durante semanas había escuchado hablar de Evelyn como si fuese una idea: el Primero, la mujer que manipuló San Jerónimo, la persona que había previsto mis movimientos antes de que yo mismo supiera hacerlos.
La mujer del retrato no parecía una estratega, parecía una madre sosteniendo a su hijo, eso me hizo más daño.
—Te quería —dijo Klara.
No aparté la vista.
—Puede quererme y haber hecho todo lo demás.
—Lo sé.
—Una cosa no perdona la otra.
—Tampoco la vuelve falsa.
La miré, ella no añadió nada, siempre hacía aquello. Colocaba una verdad delante de mí y tenía la indecencia de dejarme solo con ella, su mano encontró la mía, la permití.
Thomas entró poco después, se detuvo al ver el retrato, algo pasó por su rostro, breve, antiguo.
—La conocías entonces —dije.
—Sí.
—¿Mucho?
Thomas observó a Evelyn.
—Lo suficiente para saber que nunca hacía nada sin una razón.
—Eso suena agotador.
—Lo era.
—¿La querías?
Klara giró hacia mí, Thomas no.
—Francis.
—Es una pregunta.
—Y no tiene ninguna relevancia.
Sonreí.
—Así que sí.
Thomas me dirigió una mirada helada.
—Tu talento para sacar conclusiones incorrectas sigue siendo admirable.
—Y tu talento para no responder continúa impecable.
Klara intervino antes de que la discusión adquiriera una edad propia.
—El escritorio.
Tenía razón, otra vez. Molesto.
El registro maestro estaba allí.
Un libro de cuero oscuro, din símbolo, din título, nada que anunciara el peso de lo que contenía.
Lo abrí. Nombres, familias, fechas, matrimonios, herencias, niños trasladados de una casa a otra como si una vida pudiera escribirse igual que una transacción bancaria. Klara dejó escapar lentamente el aire.
—Todo esto...
—Puede cambiar demasiadas cosas —dijo Thomas.
Pasé las páginas. Algunas contenían apellidos que incluso yo reconocía. Familias nobles. Banqueros. Diplomáticos. Hombres cuya legitimidad parecía sostenerse sobre una línea de tinta escrita treinta años atrás. Entonces encontré el XIII.
ADRIAN HARCOURT.
Seguía sin gustarme, no porque fuera feo, porque no era mío.
Debajo:
Madre: Evelyn Harcourt.
La línea correspondiente al padre estaba tachada, no un simple borrón, habían pasado tinta una y otra vez hasta convertir el nombre en una herida negra sobre el papel.
—Alguien no quería que se leyera —murmuró Klara.
—Extraordinaria técnica.
Thomas se inclinó.
—No es la tinta original.
Lo miré.
—¿Qué significa?
—Que lo borraron después.
Pasé el dedo por el papel, la tinta se había comido parte de las fibras, debajo había otra anotación.
Ascendencia paterna: reservada por orden de Primus.
Solté aire.
—Mi propia existencia tenía cláusulas de confidencialidad.
Klara apretó suavemente mis dedos.
Seguí leyendo.
XIII excluido del proyecto de sustitución.
Eso me hizo detenerme.
—No querían utilizarme.
Thomas tomó la hoja.
—Evelyn lo prohibió.
Más abajo estaba escrito:
El XIII no será colocado. No será reclamado. No pertenecerá a ninguna Casa.
Y después:
Será preparado para decidir.
Sentí un escalofrío.
—Ahí está otra vez.
Klara leyó por encima de mi hombro.
—La elección.
—Toda mi vida parece haber sido preparada para una decisión que nadie tuvo la cortesía de explicarme.
Thomas continuó recorriendo el texto.
—Esto cambia algo.
—¿Qué?
—San Jerónimo preparaba niños para ocupar lugares determinados. Tú eras distinto.
Klara comprendió.
—No era una pieza.
Thomas la miró.
—Era quien debía elegir qué hacer con el tablero.
Me reí.
—Eso es considerablemente peor.
No quería una herencia, menos aquella. Seguí pasando hojas hasta encontrar algo escrito por Evelyn. Su letra.
Si alguna vez el XIII llega hasta el registro, la sucesión habrá fracasado o habrá comenzado. Ninguna de las dos cosas debe decidirse por sangre.
Debajo:
Que elija por aquello que ama, no por aquello que hereda.
No necesitaba mirar a Klara, pero lo hice.
Ella ya me observaba, aparté los ojos primero, no por vergüenza, sino por mera supervivencia.
Thomas fingió no haberlo advertido. Aquella semana estaba descubriendo talentos extraordinarios.
—Hay más —dijo Klara.
La siguiente frase estaba escrita con distinta tinta, más reciente.
Voss jamás comprenderá esta diferencia.
Thomas se quedó inmóvil.
—Evelyn escribió esto hace poco.
—¿Cómo lo sabes?
—La tinta.
—Naturalmente.
Me empezaba a cansar de estar rodeado de personas que sabían cosas útiles.
Había treinta y siete nombres marcados con una cruz doble, la red activa, no la antigua, la actual. Aquello redujo por fin el misterio a algo que podía comprenderse.
Voss no estaba intentando reconstruir todo San Jerónimo, ya había reconstruido una parte. Treinta y siete personas. Banqueros, funcionarios, intermediarios. Tres nombres que Thomas reconoció inmediatamente como personas vinculadas a las Águilas.
—Esto es lo que necesitábamos —dijo.
—¿Para destruirlo?
—Para saber qué destruir.
Klara pasó varias páginas.
—Aquí.
Un nombre estaba marcado no con dos cruces, sino con tres.
Sebastian Vale.
Thomas endureció el rostro.
—Lo conoces.
—Sí.
—¿Águila?
—No.
—¿Entonces?
Thomas cerró lentamente el libro.
—Financia algunas de nuestras operaciones.
—¿Cuántas?
—Más de las que debería.
No me gustó.
—¿Voss controla el dinero de las Águilas?
—Si Vale trabaja para él, controla una parte.
—¿Y eso qué significa?
Thomas me miró.
—Que incluso si recuperamos a los hombres, Voss puede dejarnos sin casas, rutas ni recursos en varios países.
Klara apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Entonces primero hay que llegar a Vale.
—Sí.
—¿Dónde está?
Thomas respondió:
—Londres.
Por fin.
Un enemigo que no estaba muerto, resucitado, escondido dentro de una tumba o relacionado misteriosamente con mi infancia. Casi resultaba vulgar, pero me agradó.
Entonces escuché la puerta principal abrirse. Todos callamos. Un solo juego de pasos sin cautela, sin intento de ocultarse. Thomas sacó el arma, yo apagué la lámpara, Klara quedó inmediatamente junto a mí.
Los pasos subieron, se detuvieron en mi antiguo dormitorio.
Después una voz:
—Francis.
Evelyn.
Abrí el panel, estaba allí, sin abrigo, con una mancha de sangre sobre el cuello de la camisa, no parecía suya, pero eso tampoco me resultó tranquilizador.
—Voss sabe que habéis encontrado el registro —dijo.
Thomas apareció detrás de mí.
—¿Cómo?
Evelyn miró el libro que llevaba en las manos, algo semejante a alivio atravesó su expresión.
—Porque nunca estuvo buscando el registro.
Aquello me hizo fruncir el ceño.
—Llevamos media novela persiguiendo una cosa que resulta que no quiere.
Klara me lanzó una mirada.
—Francis.
—Estoy resumiendo.
Evelyn no sonrió.
—Voss sabía dónde estaba.
Thomas se volvió completamente hacia ella.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace años.
—Entonces ¿por qué no lo tomó?
Evelyn me miró.
—Porque no puede.
Levanté el registro.
—Parece bastante transportable.
—El libro no es lo importante.
Se acercó, abrió la cubierta posterior y presionó un punto junto al lomo, un pequeño compartimento apareció. Vacío.
—Aquí había un sello.
Thomas palideció.
—No.
—Sí.
—¿Qué sello? —pregunté.
Evelyn sostuvo mis ojos.
—El verdadero símbolo del Primero. Sin él, el registro es información. Con él, las órdenes contenidas en ese libro pueden activarse.
Sentí que algo volvía a cerrarse alrededor del misterio.
—¿Quién lo tiene?
Evelyn guardó silencio, Klara comprendió primero.
—Johann.
Mi madre negó.
—Johann lo encontró.
—¿Y después?
—Se lo entregó a alguien antes de morir.
Miré hacia Avery, no estaba dentro de la habitación.
Thomas también lo advirtió.
—¿Dónde está Nicholas?
Nadie respondió.
Recordé Viena, el panel secreto, Avery apareciendo después de tres años muerto, sus explicaciones, la muerte de Johann, su persecución de Voss, demasiadas oportunidades, demasiadas respuestas que siempre habían llegado de él.
—No —murmuré.
Evelyn me miró.
—Francis.
—Avery tiene el sello.
—Sí.
Sentí una traición mucho más silenciosa que la primera, había querido creer su versión sobre Johann, quizá porque Klara la necesitaba, quizá porque yo también.
Thomas se dirigió hacia la puerta.
—¿Dónde irá?
Evelyn respondió:
—Con Voss.
Klara negó.
—Pero Avery lo persiguió en el observatorio.
—No.
Mi madre cerró lentamente el panel detrás de sí.
—Avery no trabaja para Voss.
Me quedé quieto.
—Entonces ¿para quién?
Evelyn sostuvo mi mirada.
—Para el hombre que borró el nombre de tu padre del registro.
No sentí el golpe inmediatamente.
—¿Está vivo?
—Sí.
La palabra pesó más de lo que debería. Klara se acercó.
—¿Quién es?
Evelyn observó la línea negra que ocultaba el nombre.
—El único hombre al que San Jerónimo temía lo suficiente como para borrar de su propia historia.
Mi paciencia murió.
—Nombre.
Evelyn levantó los ojos.
—Lucien Vale.
Thomas dejó de respirar solo un instante, lo vi.
—Lo conoces.
—Sí.
—¿Quién es?
Thomas tardó.
—El fundador de la primera red contra la que luchamos Vane, Anna y yo.
Sentí frío.
—Entonces mi padre no pertenecía a San Jerónimo.
Evelyn negó.
—Intentó destruirlo.
Aquello alteraba demasiadas cosas.
—¿Y está vivo?
—Lo estaba hace tres meses.
Klara frunció el ceño.
—¿Por qué Avery trabaja para él?
Evelyn miró hacia la ventana.
—Porque Lucien no quiere que Voss controle San Jerónimo.
—Eso suena útil.
—No.
Su voz se volvió más baja.
—Lucien quiere que nadie lo controle excepto él.
Miré el registro, después el nombre de Sebastian Vale.
—Vale.
Thomas comprendió conmigo.
—Sebastian.
Evelyn asintió.
—Su hijo legítimo.
El silencio fue inmediato. Me reí una vez.
—Naturalmente.
Klara me miró.
—Eso significa...
—Que tengo un hermano.
Evelyn negó.
—Medio hermano.
—Gracias. Mucho menos incómodo.
Pero ella no sonrió.
—Y Sebastian sabe quién eres.
Aquello sí me hizo callar.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que Thomas te encontrara a los diecisiete.
Sentí que la vieja pelea del callejón volvía a abrirse dentro de mí, otra persona, otro hombre que había conocido mi nombre antes que yo.
—¿Y qué quiere?
Evelyn sostuvo mis ojos.
—Lo mismo que Voss.
—¿El XIII?
—No.
Una pausa.
—Tu lugar.
Klara entrelazó lentamente los dedos con los míos y entonces entendí que el misterio ya no trataba de descubrir quién había sido antes de Francis Baincot. Trataba de decidir cuál de dos hombres iba a utilizar esa verdad para reclamarme.
Voss quería aquello que podía heredar, Lucien Vale quería aquello que llevaba su sangre, yo no quería pertenecer a ninguno.
Apreté la mano de Klara, ella me miró y por primera vez la respuesta me pareció extraordinariamente sencilla.
Ya había elegido.