El último custodio Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

—No necesitas decir nada. Ese es precisamente tu problema.

Maldita mujer.

—Voss te disparó por mí.

—No sabemos quién disparó.

—Él dio la orden.

—Entonces es culpa de Voss.

—Klara...

—No voy a permitir que conviertas esto en una excusa para apartarme.

La miré.

Incluso pálida, despeinada y con una bala recién extraída, conseguía imponer condiciones.

Su aura no dependía de la fuerza, era voluntad, quizá por eso me atraía tanto.

Yo había pasado años rodeado de hombres que dominaban mediante órdenes, violencia o poder.

Klara simplemente decidía quién era y obligaba al mundo a encontrar una manera de soportarlo.

—Me conoces demasiado —dije.

—No lo suficiente.

Su mano ascendió hacia mi rostro, encontró la cicatriz, el gesto ya era nuestro.

—Pero estoy trabajando en ello.

Cerré los ojos un instante contra sus dedos, después giré la cabeza y besé su palma. Klara quedó quieta, no había planeado hacerlo, eso empezaba a ocurrirme mucho con ella.

—¿Qué dijiste en el observatorio? —preguntó.

Abrí los ojos.

—Dije muchas cosas cuestionables.

—Antes del disparo.

Recordé.

Solo cuando estoy enamorándome.

Mierda.

Klara me observaba con demasiada atención.

—Estabas perdiendo sangre.

—Todavía no.

—Yo estaba sometido a una gran presión.

—Cobarde.

Sonreí.

—Te gusta demasiado esa palabra.

—Porque funciona.

Me incliné, esta vez sí, detuve mi boca a centímetros de la suya.

—¿Quieres que vuelva a demostrar lo contrario?

La respiración de Klara cambió.

Sus dedos se cerraron sobre mi camisa.

—Quizá.

—Qué respuesta tan poco convincente.

—Entonces tendrás que acercarte para escuchar mejor.

La besé despacio, no había urgencia aquella vez, solo una intimidad que resultó más peligrosa.

Su boca se movió suavemente contra la mía y sentí algo asentarse dentro del pecho; no la violencia del deseo, sino esa otra sensación más pesada que llevaba días tratando de ignorar. La besé una vez más, después me aparté.

—Descansa.

Klara mantuvo los ojos cerrados.

—Francis.

—¿Sí?

—No te arrepientas mañana de lo que dijiste.

Me quedé quieto.

—No suelo decir cosas que no quiero decir.

Ella abrió los ojos.

—Entonces dilo otra vez.

No pude, no todavía.

Su expresión no se decepcionó, más bien pareció comprender.

—Algún día —murmuró.

—No abuses de tu estado.

Sonrió.

—Cobarde.

Levanté una ceja.

—Duerme.

Y, por una vez, obedeció.

Avery regresó al amanecer.

Entró sin llamar, tenía un corte sobre la frente y una expresión que me dijo antes que las palabras que Voss había vuelto a escapar.

Me levanté de la silla, Klara continuaba dormida.

—Habla bajo.

Avery la miró, la culpa atravesó su rostro.

—¿Vivirá?

—Sí.

Asintió.

—Bien.

—¿Voss?

—Se fue.

—¿Cómo?

—Tenía hombres esperando junto al río.

—¿Y lo perdiste?

Avery me miró.

—Me dispararon dos veces.

—Pareces decepcionantemente entero.

—También me alegra verte.

Thomas apareció detrás.

—Encontramos esto en el observatorio.

Llevaba una caja pequeña, la colocó sobre la mesa, dentro estaba el anillo que Voss me había entregado, o eso creí.

—Lo dejé allí —dije.

—Lo sé.

Thomas giró el anillo, en el interior había una diminuta inscripción que no había visto. XIII — I

—¿Qué significa?

Avery se acercó, su rostro perdió el color.

—No.

—Empiezo a cansarme de esa reacción.

Tomó el anillo.

—Francis, ¿pronunciaste alguna parte de la fórmula?

—La primera mitad.

Avery cerró los ojos. Thomas lo miró.

—¿Qué?

—Voss no necesitaba que terminara.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—Explica.

Avery dejó el anillo.

—La fórmula completa no transfiere el cargo.

—¿Entonces?

—Lo divide.

Silencio.

—¿Divide qué?

Avery me miró.

—El Primero nunca debía ser una sola persona. Evelyn cambió eso cuando tomó el control. Originalmente había dos: quien guardaba los secretos y quien podía ordenar utilizarlos.

Thomas comprendió antes.

—Custodia y mando.

—Sí.

Avery señaló el anillo.

—Francis aceptó la custodia.

Miré las palabras que había pronunciado: lo custodiado, recibo.

—¿Y Voss?

—Conservó el mando.

Sentí una náusea lenta.

—Entonces ahora...

—Os necesitáis mutuamente.

Avery sostuvo mis ojos.

—Él no puede abrir el registro sin ti.

—Y yo no puedo destruirlo sin él.

—Exactamente.

Thomas maldijo, no ocurría a menudo, aquello confirmó que la situación era verdaderamente mala.

Miré a Klara, dormía ajena a la conversación.

—¿Voss sabía que haría eso?

Avery respondió:

—Contaba con ello.

—¿Cómo podía saber qué parte pronunciaría?

—Porque te conoce.

No me gustó.

—Me entrenó dos años.

—No hablo de él.

La habitación quedó en silencio. Avery miró hacia la ventana.

—Evelyn diseñó esa fórmula.

Sentí frío.

—Mi madre.

—Sí.

—¿Quieres decir que ella sabía que modificaría el juramento?

—Francis...

—¿Lo sabía?

Avery tardó.

—Esperaba que lo hicieras.

Miré la fotografía de Evelyn que todavía llevaba en el bolsillo, todo conducía a ella: mi nombre, Viena, Klara, la sucesión, incluso mi rebeldía había sido prevista.

Aquello me enfureció de una manera distinta.

—¿Dónde está?

Thomas respondió:

—Desapareció de la casa Rosenheim.

Por supuesto.

—¿Dejó algo?

Thomas sacó un sobre. Mi nombre estaba escrito en el frente, esta vez reconocí la letra, así que lo abrí. Había una sola frase: ahora ya puedes encontrar el registro. Debajo había una dirección.

Klara habló desde la cama.

—¿Dónde?

Los tres giramos, estaba despierta.

—Te dije que durmieras.

—Y yo decidí decepcionarte.

Me acerqué.

—No vas a ninguna parte.

—Lee la dirección.

—Klara.

—Francis.

Thomas tomó la nota de mi mano, la leyó, su expresión cambió.

—¿Qué? —pregunté.

Me entregó el papel, la dirección pertenecía a Londres, la conocía muy bien, había vivido allí durante cinco años.

La pequeña casa donde Margaret Baincot me había criado, miré la frase otra vez: “Ahora ya puedes encontrar el registro.” Entonces comprendí por qué nadie había podido hallarlo durante décadas, el registro maestro nunca había estado en manos de Voss, ni de Johann, ni escondido bajo San Miguel, había estado conmigo desde niño.