Capítulo XIII
La única cosa que elegí
La sangre de Klara era más oscura de lo que imaginaba.
Es una idea estúpida.
La sangre no pertenece a las personas de manera distinta.
No cambia de color porque uno conozca la voz de quien la pierde, ni porque haya aprendido la forma exacta de su sonrisa, ni porque unas horas antes haya tenido su boca contra la propia.
Pero aquella sangre me pareció distinta, quizá porque estaba sobre mis manos.
—Francis.
Klara seguía de pie, eso fue lo primero que comprendí, lo segundo fue que no debía seguir estándolo. La sujeté antes de que sus piernas decidieran lo mismo.
—Mírame.
—Estoy...
—No digas que estás bien.
Su respiración se quebró cuando la tomé por la cintura, la bala había entrado por encima de la cadera, hacia el costado. No podía ver la salida. Mala señal. Aunque no necesariamente la peor.
Detrás de nosotros el observatorio se había convertido en un infierno de pólvora, órdenes y madera astillada. Escuché a Thomas gritar algo. Avery respondió. Otro disparo golpeó metal.
No miré. Klara tenía una mano sobre la herida y la otra alrededor de mi brazo.
—Francis, Voss...
—Que se vaya al infierno.
—No puedes dejarlo escapar.
—Puedo hacer cosas extraordinarias esta noche.
Intentó incorporarse, pero la obligué a permanecer contra mí.
—No.
—Tienes que...
—Klara.
Debió de haber algo en mi voz, dejó de discutir, solo durante un segundo, naturalmente.
—La bala...
—Lo sé.
—Duele.
Eso fue peor que escucharla gritar.
Klara no admitía dolor, la levanté en brazos, su cuerpo se tensó y una respiración pequeña escapó entre sus dientes.
—Perdón.
—No pareces arrepentido.
—Estoy profundamente arrepentido de haber conocido a todos los presentes.
Su boca intentó sonreír, pero fracasó, mienrtas yo sentí algo parecido al pánico regresar a mi garganta.
—No cierres los ojos.
—No los estoy cerrando.
—Acabas de hacerlo.
—Parpadeé.
—Pues deja de hacerlo.
—Eso será complicado.
A pesar del dolor, consiguió mirarme con aquella indignación suya. Bien. Mientras pudiera enfadarse conmigo, podía respirar.
Caminé hacia la salida occidental, un hombre apareció frente a nosotros, anillo en la derecha Le disparé antes de que levantara el arma. Klara hizo una mueca.
—Eso ha sido bastante rápido.
—Estabas distraída.
—Estaba sangrando.
—Excusas.
Su cabeza descansó contra mi hombro, aquello no me gustó.
—Klara.
—Estoy despierta.
—Dime algo.
—Eres insoportable.
—Otra cosa.
—Arrogante.
—Más.
—Mandón.
—Continúa.
—Tu cabello se ve ridículo cuando corres.
La miré. Ella tenía los ojos cerrados.
—Eso ha sido innecesario.
—Lo dijiste tú.
Una explosión de cristal sonó detrás.
Entonces escuché la voz de Thomas.
—¡Francis!
Me volví.
Voss estaba huyendo por la galería norte. Lo vi. Apenas unos segundos. Gabriel Voss, el hombre que me había marcado el rostro, utilizado durante años sin que yo lo supiera, traicionado a Thomas y convertido a buena parte de las Águilas en una prolongación de San Jerónimo.
Podía perseguirlo, tal vez alcanzarlo, era exactamente el tipo de decisión que Thomas me había entrenado para tomar: la misión frente al individuo, el objetivo frente a la emoción.
Voss llegó a la puerta, nuestros ojos se encontraron desde el otro extremo de la sala Sonrió. Sabía qué estaba haciendo, me estaba dando la oportunidad de elegir.
Miré a Klara, había sangre sobre su boca, no sabía si se había mordido o si era algo peor.
La decisión no existió, nunca había existido.
—¡Que se vaya! —grité.
Thomas me miró, después a Klara y comprendió. Por primera vez desde que me conocía, no intentó convencerme de lo contrario.
—¡Avery! —ordenó—. ¡Ve tras él!
Avery corrió.
Yo salí con Klara, encontramos un médico a seis calles, no recuerdo cómo.
Recuerdo una puerta que golpeé demasiado fuerte, un hombre en camisón protestando hasta que vio la sangre y un billete que probablemente habría pagado su alquiler durante meses, después hubo una habitación.
Agua caliente, tijeras, instrumentos y alguien intentando quitarme de en medio.
—Tiene que esperar fuera.
—No.
El médico me miró.
—Señor, necesito espacio.
—Utilice el que tiene.
Klara estaba sobre la cama, había perdido color, demasiado.
El médico suspiró.
—La bala debe salir.
Me acerqué.
—¿Dónde está?
—Parece haberse alojado superficialmente. Tuvo suerte.
No creía demasiado en ella.
—¿Va a vivir?
El hombre me miró como si hubiera hecho una pregunta imposible.
—Si me permite trabajar, las posibilidades aumentarán notablemente.
Klara abrió los ojos.
—Sal.
La miré.
—No.
—Francis.
—No.
Su mano encontró la mía, débilmente, aquello consiguió lo que el médico no había logrado.
—Por favor.
No sabía que aquella palabra existía en su vocabulario, me incliné, su rostro estaba húmedo de sudor, un mechón de cabello se había pegado a su mejilla.
Lo aparté.
—Estaré detrás de la puerta.
—Qué tranquilizador.
—Si gritas, entro.
—Eso seguramente ayudará al médico.
Él hizo un ruido irritado, lo ignoré.
Klara apretó mis dedos.
—Ve.
Me acerqué y besé su frente, fue un gesto extraño, más íntimo que besar su boca.
—No tardes.
Su sonrisa apenas existió.
—Intentaré que la extracción de una bala no interfiera demasiado con tus planes.
Salí. Cerraron la puerta y descubrí que esperar podía ser considerablemente peor que recibir un disparo.
Thomas llegó veintitrés minutos después, lo sé porque los conté, estaba cubierto de sangre, no parecía suya.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Dónde recibió el disparo?
—Costado.
Thomas asintió, se sentó frente a mí, ninguno habló durante un rato, yo tenía sangre seca hasta las muñecas, la de Klara, la miraba. Thomas también.
—Voss escapó —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Avery fue detrás.
—Bien.
Silencio.
—No vas a preguntarme nada.
Thomas me observó.
—¿Quieres que lo haga?
—No.
—Entonces no.
Aquello me irritó, no tenía sentido, también estaba cansado.
—Debí ir tras él.
Thomas no respondió inmediatamente.
—Sí.
Lo miré.
—Gracias.
—Preguntaste implícitamente.
—No pregunté nada.
—Llevas ocho años haciéndome preguntas sin abrir la boca.
Odiaba cuando utilizaba mis propios hábitos contra mí.
Me incliné hacia delante.
—Podía alcanzarlo.
—Quizá.
—Y no fui.
—No.
—Eso es un error.
Thomas me sostuvo la mirada.
Durante años había esperado su desaprobación incluso cuando fingía no hacerlo. Era una consecuencia bastante incómoda de haber conocido a un hombre a los diecisiete años y permitir que te enseñara la diferencia entre sobrevivir y ser útil, pero aquella noche Thomas no parecía decepcionado.
—¿Lo habrías hecho distinto? —pregunté.
Sus ojos fueron hacia la puerta.
—A tu edad, sí.
Aquello me sorprendió.
—¿Y ahora?
Thomas dejó escapar lentamente el aire.
—Ahora sé que algunas victorias cuestan exactamente aquello que pretendías proteger.
No esperaba filosofía, menos de él.
—Eso casi ha sonado humano.
—Procura no divulgarlo.
Miré nuevamente mis manos.
—No pensé.
—Lo sé.
—Eso debería preocuparte.
—Muchísimo.
Thomas se inclinó.
—Pero no elegiste mal.
Levanté los ojos, no sabía qué hacer con esa frase, él tampoco pareció cómodo después de decirla, me salvó la puerta.
El médico salió, me puse de pie tan rápido que la silla cayó.
—¿Está viva?
—Sí.
La palabra me atravesó, tuve que apoyar una mano sobre la mesa, solo un instante.
—La bala no alcanzó ningún órgano importante. Ha perdido bastante sangre y tendrá fiebre. Debe descansar y alguien tendrá que vigilarla.
—Yo.
Thomas no comentó nada. El médico sí.
—Necesita dormir.
—Ella primero.
Creo que decidió que discutir conmigo requeriría más energía de la que estaba dispuesto a invertir.
—Puede entrar.
Klara dormía.
La habitación olía a alcohol, sangre y hierbas, habían retirado el vestido, llevaba una camisa blanca demasiado grande que probablemente pertenecía a la esposa del médico, una venda gruesa rodeaba su cintura.
Me senté junto a la cama, no la toqué inmediatament, me limité a observarla.
Era extraño verla quieta. Klara siempre parecía estar haciendo algo incluso cuando permanecía inmóvil, pensando, midiendo, resistiendo.
Dormida parecía más joven, más vulnerable, no me gustó, tomé su mano, los dedos estaban fríos.
—Has conseguido arruinar una noche bastante agradable.
Sus pestañas se movieron.
—No sabía... que estabas aquí.
La voz era apenas un murmullo.
—Estoy empezando a ofenderme por la poca atención que me prestas.
Abrió los ojos.
—¿Voss?
Ahí estaba. Klara Vogel, recién extraída una bala y todavía incapaz de preguntar primero por sí misma.
—Escapó.
Su expresión cambió.
—Lo siento.
—Yo no.
—Francis.
—No.
Apreté suavemente su mano.
—No pienso tener esta discusión mientras tienes un agujero nuevo.
—No es un argumento.
—Para mí sí.
Intentó incorporarse, me levanté inmediatamente.
—¿Qué haces?
—Sentarme.
—Ya estabas sentada técnicamente.
—Estaba acostada.
—Detalles.
Pasé un brazo detrás de su espalda y la ayudé a levantarse un poco, su cuerpo quedó contra mi pecho mientras acomodaba las almohadas, entonces noté que me había quedado demasiado cerca.
Klara también, su rostro estaba junto a mi cuello, mi mano seguía en su cintura, justo por encima de la venda, no había sensualidad en el motivo, eso no impidió que existiera en el momento. Klara levantó lentamente la cabeza.
—Hueles a pólvora.
—Tú a medicamento.
—Romántico.
—Intento seducirte.
Una sonrisa apareció, débil, pero real.
—Necesitas practicar.
—Pensaba que estaba obteniendo resultados.
Sus ojos bajaron hacia mi boca.
—Algunos.
No debería haberla besado, lo sabía. Klara estaba herida, cansada, bajo los efectos del láudano que el médico probablemente había utilizado, así que besé su frente, ella frunció el ceño.
—Eso ha sido decepcionante.
Reí.
—Estás drogada.
—No tanto.
—Lo suficiente para considerar atractiva mi compañía.
—Eso ocurrió antes.
La sonrisa desapareció de mi boca, Klara sostuvo mis ojos.
—No tienes que mirarme como si fuera a desaparecer.
No había advertido que lo hacía.
—No lo hago.
—Francis.
—De acuerdo.
Mi pulgar recorrió el dorso de su mano.
—Te dispararon.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
—No fue culpa tuya.
—No he dicho que lo fuera.