Capítulo XII #3
—Lo que ocurrió después fue nuestro.
Klara cerró los ojos.
—Están todos mirando.
—Que aprendan algo.
La besé, no como en el balcón, no con hambre, con una certeza lenta y deliberada que convirtió el beso en algo considerablemente más íntimo. Klara sujetó mi muñeca, cuando me aparté, no lo hizo del todo, permaneció cerca.
—Eres un exhibicionista —susurró.
—Solo cuando estoy enamorándome.
La frase salió, no la había planeado, por primera vez desde que conocía a Klara, fue ella quien se quedó completamente sin palabras, yo también, si era sincero.
Mierda.
Voss rompió el momento.
—Precisamente.
Me volví. Sonreía.
—Ahora ya sabes lo que puedes perder.
Mi mano abandonó el rostro de Klara.
—No vuelvas a amenazarla.
—No es una amenaza.
—Entonces escoge cuidadosamente la siguiente palabra.
Algo en mi voz hizo que algunos hombres cambiaran el peso de un pie al otro. Voss levantó las manos.
—Una observación.
—Haz otra y te rompo la boca.
Thomas suspiró detrás de mí.
—Francis.
—Estoy siendo diplomático.
—Me preocupa que lo creas.
Voss soltó una pequeña risa
Después su expresión se volvió seria.
—Acepta el cargo.
—No.
—Escucha primero.
—Llevas demasiados años creyendo que si explicas una atrocidad con suficientes palabras deja de ser una atrocidad.
Eso le dolió.
—Acepta. Recibe el registro. Desmantela el sistema si todavía quieres hacerlo después.
Thomas avanzó.
—No.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque en el instante en que acepte, todas las Águilas que todavía permanecen leales a Voss tendrán que decidir entre él y tú.
—Eso suena útil.
—También puede desencadenar una guerra dentro de esta habitación.
Miré las manos: doce izquierda, veinte derecha, Klara estaba a mi lado, Thomas detrás, Avery en medio, Voss esperando y entonces comprendí algo.
Voss no había reunido a aquellos hombres para convencerme, los había reunido porque necesitaba testigos, una sucesión no era un documento. Era un acto.
—¿Qué tengo que hacer?
Thomas me agarró del brazo.
—Francis.
Lo miré, no podía explicárselo, no sin que todos escucharan, así que hice lo único que podía. Utilicé algo que Thomas me había enseñado muchos años antes.
Miré su mano, después la salida occidental, luego a Avery. Una vez. Thomas se quedó inmóvil. Comprendió. Naturalmente.
—No lo hagas —dijo.
Para todos los demás sonó como una orden, para mí fue consentimiento. Voss sacó un anillo. Águila con las alas cerradas.
Lo sostuvo frente a mí.
—Colócatelo en la mano derecha.
Klara me miró.
—Francis.
Esta vez sí había miedo.
Me acerqué a ella.
—Confía en mí.
—¿Qué vas a hacer?
—Algo estúpido.
Su expresión habría sido divertida en cualquier otro momento.
—Lo sabía.
Tomé su mano, la llevé hasta mi boca, besé sus nudillos, un gesto impropio de mí y por eso entendió que importaba.
—No te separes de Thomas.
—No me gusta esa frase.
—A mí menos.
—Francis...
Solté su mano, caminé hacia Voss. El observatorio quedó en silencio, tomé el anillo, pesaba poco, demasiado poco para todas las vidas que parecía contener.
Me lo coloqué en la mano derecha, los hombres comenzaron a murmurar, Thomas no se movió, Klara sí, un paso, nuestros ojos se encontraron, no podía decirle nada, así que esperé que hubiera aprendido a escucharme también cuando callaba.
Voss sonrió.
—Pronuncia la aceptación.
—¿Cuál es?
Me respondió en latín, la frase era antigua, sencilla.
Quod custoditum est, recipio. Quod occultum est, servo.
Lo custodiado, recibo. Lo oculto, conservo.
Me pareció una promesa terrible.
Precisamente por eso la modifiqué.
—Quod custoditum est, recipio.
Voss frunció el ceño. Lo custodiado, recibo. Callé.
—Continúa.
Lo miré.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—La fórmula completa.
—Acabo de aceptar lo que guardas.
Me quité el anillo de la mano derecha y me lo coloqué en la izquierda. Una exhalación recorrió la sala.
Thomas sonrió, no mucho, pero lo hizo.
—No he prometido conservarlo.
Voss palideció.
—No puedes...
—Ya lo hice.
Miré alrededor, a todos aquellos hombres. Las Águilas de Voss, las de Thomas, quizá las mías durante los siguientes segundos.
—Si el XIII posee derecho de sucesión, entonces acabáis de reconocerlo —dije, nadie habló, levanté la mano izquierda—. Y yo reconozco a Thomas Hamilton como único jefe de las Águilas.
El caos llegó inmediatamente; armas, gritos, hombres cambiando de posición. Thomas sacó la pistola, Avery también, Klara corrió hacia él. No hacia la salida, hacia mí, por supuesto, Voss me miró con un odio tan puro que casi resultó hermoso.
—Acabas de condenarla.
No vi el movimiento, solo escuché el disparo.
Klara chocó contra mi pecho, la sujeté. Durante un segundo creí que simplemente había tropezado, después sentí calor entre mis dedos, demasiado.
Bajé la mirada, había sangre sobre mi mano, sobre su vestido.
Klara me miró como si estuviera tan sorprendida como yo.
—Francis...
El mundo se detuvo y entonces dejó de importarme quién era el Primero. Quién había sido mi madre, quién heredaba San Jerónimo, solo existió una cosa.
Klara estaba sangrando entre mis brazos.