El último custodio Epílogo #2
100%

Epílogo #2

Una hora después había nueve Águilas ocupando mi casa.

Nueve. La casa que había comprado precisamente porque quería tranquilidad.

Benjamín había abierto otra botella. Fred había tomado posesión de la cocina y declarado el pan de Klara legalmente muerto.

Héctor había encendido la chimenea. Henry y Filipo discutían sobre caballos.

Los hermanos Scheck habían encontrado mis cartas de navegación y estaban criticando mi organización.

George leía tranquilamente junto a la ventana como si aquello fuera completamente normal.

Yo permanecía de pie en medio del salón reconsiderando algunas decisiones fundamentales.

Klara apareció con dos copas, me entregó una.

—Pareces feliz.

—Estoy calculando cuánto costaría trasladarnos sin dejar dirección.

—No lo harías.

La miré.

—¿Cómo estás tan segura?

Klara observó el salón.

Benjamín estaba contando una historia probablemente falsa sobre París. Edwin lo corregía. Barend había empezado a mover muebles sin permiso porque consideraba que la distribución impedía una correcta conversación.

Todo era ruido.

Demasiado ruido.

Y, sin embargo… Conocía esas voces. Había sangrado junto a algunos de aquellos hombres. Había compartido habitaciones heladas, trenes, tabernas, tejados y suficientes malas decisiones para llenar varios libros.

Durante años los había considerado hombres de Thomas, después compañeros. Águilas. Nunca había utilizado otra palabra.

Klara me observaba.

—¿Qué?

Negué.

—Nada.

La puerta principal volvió a abrirse. No llamaron. Claro. Thomas. Entró, se quitó los guantes y observó el desastre sin mostrar sorpresa alguna. Lo señalé.

—Tú.

—Francis.

—Esto es culpa tuya.

—No sé de qué hablas.

—Les diste mi dirección.

Thomas miró alrededor.

—Parecen haberla encontrado.

—Voy a mudarme.

—Klara no te dejará.

—¿Por qué todo el mundo la utiliza ahora para invalidar mis decisiones?

Klara levantó la copa.

—Porque funciona.

Thomas se acercó a ella.

—La casa es bonita.

—Gracias.

—Demasiadas ventanas.

Klara lo fulminó con la mirada, me sentí reivindicado.

—Eso dije.

—Cállate.

Sonreí.

Thomas observó a los hombres, algo en su rostro cambió, era mínimo, pero lo conocía, aquello significaba más para él de lo que diría. Sus Águilas. Todos vivos o suficientes. Juntos no por una misión, un enemigo ni una orden, solo porque podían estarlo.

Benjamín levantó la copa.

—Hamilton.

—Blumont.

—Estábamos esperando.

Thomas frunció el ceño.

—¿Para qué?

Benjamín sonrió, aquello nunca anunciaba nada bueno.

—Francis tiene que brindar.

Me volví.

—Francis no tiene que hacer nada.

Nueve hombres comenzaron a protestar.

Klara sonrió de una manera peligrosamente parecida a ellos.

—Yo quiero escucharlo.

La miré con absoluta traición.

—Tú deberías estar de mi lado.

—Estoy de tu lado.

—No lo parece.

Thomas tomó una copa.

—Habla.

—Prefiero enfrentarme otra vez a Voss.

—Podemos organizarlo —dijo Avery desde la puerta.

Todos giramos.

Me quedé mirándolo. Nicholas Avery estaba allí con una botella en una mano y una expresión cautelosa en el rostro.

—¿Tú también?

—Thomas me invitó.

Miré a Thomas.

—Te odio.

—Lo superarás.

Avery no avanzó inmediatamente.

Klara lo vio, también yo, había heridas que no desaparecían porque alguien hubiera hecho una cosa correcta después de varias equivocadas, pero ella caminó hasta él y tomó la botella.

—Entra.

Avery la miró.

—¿Segura?

Klara sostuvo su mirada.

—No confundas entrar en mi casa con estar perdonado.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No lo haría.

—Bien.

Entró.

Me gustó aquella respuesta.

Benjamín golpeó una cuchara contra la copa.

—El brindis.

—Voy a matarte primero a ti.

—Después.

Todos me observaban: Thomas, las Águilas, Avery, Klara, la casa, doce malditas ventanas. Suspiré. Levanté la copa.

—No sé dar discursos.

—Eso es mentira —dijo Henry.

—Cállate.

Esperé a que terminaran de reír.

—Cuando tenía diecisiete años, Thomas me encontró detrás de una taberna.

—Te encontré golpeando a tres hombres —corrigió.

—Es mi historia.

—La estás contando mal.

—¿Quieres hacer el brindis?

Thomas cerró la boca. Pequeñas victorias. Continué:

—Pensé que aquel día había ganado una pelea y perdido una moneda.

Miré la pieza que todavía llevaba en el bolsillo algunas veces.

—Resultó que también encontré algo.

Los hombres se quedaron más callados, no me gustó, me hacía sentir demasiado visible.

Klara estaba junto a mí, su hombro rozaba el mío.

—Durante mucho tiempo creí que las Águilas eran un lugar al que pertenecía porque Thomas me había llevado allí. Después descubrí que casi todo el mundo en mi vida tenía una teoría diferente sobre quién debía ser.

Algunos conocían la historia, otros solo partes, no importaba.

—He pasado bastante tiempo últimamente diciéndole a personas que no me pertenecen.

Klara sonrió.

—Y tenían razón.

Miré a Thomas.

—No le pertenezco a Thomas.

—Gracias a Dios —murmuró.

Hubo algunas risas.

—Ni a las Águilas. Ni a una sangre, un apellido o un hombre muerto que escribió algo sobre mí antes de que pudiera decidirlo.

Después miré a Klara, ella no apartó los ojos.

—Tampoco le pertenezco a ella.

—Eso todavía está en discusión —dijo.

Las risas fueron mayores, me acerqué un poco.

—Pero elegí esta casa.

Miré alrededor.

—Elegí seguir siendo un Águila.

Thomas bajó apenas la cabeza.

—Y la elegí a ella.

La sonrisa de Klara desapareció lentamente, sustituida por algo más íntimo.

—Lo demás...

Observé a todos aquellos hombres ocupando mi salón, bebiendo mi vino y destruyendo cualquier posibilidad de una noche tranquila.

—Lo demás parece haberse invitado solo.

Benjamín levantó la copa.

—¡Por Francis!

—No era el final.

—Demasiado tarde.

Todos alzaron las copas.

—¡Por Francis!

Negué con la cabeza, Klara rio, Thomas sonrió y aquello fue todo. No hubo un último cadáver, ninguna carta escondida bajo una puerta, nadie pronunció un nombre capaz de cambiar mi vida, solo hombres riendo demasiado fuerte en una casa que había sido silenciosa esa misma mañana.

Horas después, cuando casi todos estaban borrachos y Benjamín intentaba convencer a Edwin de que podía saltar desde una de las ventanas del primer piso sin romperse una pierna, salí al jardín.

Necesitaba aire. Klara me encontró allí, se colocó a mi lado y miró las ventanas iluminadas. Todas. Absolutamente todas.

—¿Arrepentido?

—Profundamente.

—Mentiroso.

La miré.

—Están destruyendo nuestra casa.

—Nuestra.

Aquella palabra todavía conseguía hacer algo dentro de mí.

—Sí.

Klara entrelazó los dedos con los míos, desde dentro llegó un estruendo, después la voz de Thomas:

—¡Blumont!

Cerré los ojos.

—No quiero saberlo.

Klara empezó a reír, apoyó la cabeza sobre mi hombro, miré la casa, durante casi toda mi vida había sabido encontrar salidas, era lo primero que veía al entrar en cualquier habitación: puertas, ventanas, distancias, la forma más rápida de escapar si algo salía mal.

Aquella noche había doce ventanas delante de mí y no miré ninguna pensando en cómo salir.

Pensé en la cocina donde Klara había asesinado un pan, en la biblioteca que ya no tenía espacio, en Thomas entrando sin llamar, en Benjamín probablemente rompiendo algún mueble, en nueve Águilas que ahora sabían exactamente dónde encontrarme.

Pensé en todo aquello y comprendí que quizá Margaret había tenido razón. Sobrevivir nunca había sido mi verdadero problema, siempre había sabido hacerlo, lo difícil había sido encontrar un lugar del que no quisiera escapar.

Klara levantó la cabeza.

—¿En qué piensas?

Miré hacia las ventanas, después hacia ella.

—En nada importante.

—Francis.

Sonreí, la acerqué y besé su frente.

—En que mañana cambio la cerradura.

Klara rio contra mi pecho.

Dentro de la casa alguien volvió a romper algo, no entré inmediatamente, tampoco me marché, me quedé allí, con su mano dentro de la mía, mientras detrás de nosotros la casa rebosaba de luz, voces y hombres que habían convertido el silencio en algo imposible. Y descubrí que no me molestaba.

Había pasado toda mi vida aprendiendo a sobrevivir a aquello que podía perder, al final, lo verdaderamente difícil fue aprender a tener algo que quisiera conservar.

Y quedarme.