Capítulo XII
Donde anidan los traidores
Hay una clase de traición que necesita oscuridad.
La de los cobardes, por ejemplo. La que se escribe en cartas anónimas, se murmura detrás de una puerta o se ejecuta con veneno porque quien la comete carece del valor necesario para mirar a los ojos al hombre que está condenando.
Gabriel Voss había escogido un observatorio, aquello me dijo bastante sobre él, quería que Thomas lo viera, quería que todos lo vieran y, sobre todo, quería que yo estuviera allí cuando ocurriera.
El edificio se levantaba en una de las colinas occidentales de Viena, apartado de las calles principales y rodeado por árboles desnudos que la nieve había convertido en formas espectrales. La gran cúpula se recortaba contra el cielo nocturno como el ojo ciego de un gigante.
Llegamos poco antes de las diez.
Thomas no había hablado durante casi todo el trayecto, eso era peor que verlo enfadado, había aprendido hacía años que, cuando Thomas Hamilton estaba furioso, podía resultar cruel. Cuando estaba callado, en cambio, resultaba preciso.
Klara iba sentada frente a mí en el carruaje. El vestido vino había desaparecido bajo un abrigo negro y llevaba el cabello recogido de nuevo, aunque de una manera menos cuidadosa. Una pistola descansaba bajo la tela, junto a su costado izquierdo.
Sabía exactamente dónde, había mirado demasiado, ella también sabía que lo sabía, no lo comentamos.
Desde que salimos de la casa de Evelyn, nuestras rodillas se habían rozado en cada curva del camino. Ninguno había corregido la posición. Era absurdo que pudiera advertir aquello mientras nos dirigíamos hacia una reunión llena de hombres dispuestos posiblemente a matarnos.
Más absurdo todavía que no pudiera dejar de advertirlo.
—Tienes esa cara otra vez —dijo Klara.
Thomas continuó mirando por la ventana.
—Solo tengo una.
—No. Tienes varias. La insoportable, la arrogante, la que utilizas cuando sabes algo que yo no...
—Esa es mi favorita.
—Y esta.
—¿Cuál?
Klara inclinó ligeramente la cabeza.
—La que pones cuando ya has decidido hacer algo estúpido y esperas que nadie lo note.
Mi rodilla dejó de tocar la suya, no deliberadamente. Sus ojos bajaron un instante hacia el espacio que había aparecido entre nosotros, después volvieron a mí. Maldita mujer.
—No voy a hacer nada estúpido.
Thomas habló por primera vez en varios minutos.
—Está mintiendo.
Lo miré.
—Agradezco profundamente tu participación.
Klara cruzó los brazos.
—¿Qué vas a hacer?
—Entrar.
—Francis.
—Observar.
—Francis.
—Intentar no matar a Avery durante los primeros cinco minutos.
—Eso ya suena más sincero.
Thomas finalmente se volvió.
—No mataremos a nadie hasta saber cuántos pertenecen a Voss.
—Habla por ti.
—Hablo por ti.
Sonreí.
—Creía que habíamos superado esa fase de nuestra relación.
La mirada que me dirigió habría hecho callar a un hombre con mayor instinto de conservación. Yo lo había perdido hacía años. Thomas sacó de su bolsillo un pequeño objeto y lo dejó sobre el asiento. Un anillo. Águila con las alas abiertas.
Lo conocía. Era uno de los primeros.
—Los hombres que sigan siendo míos llevarán el anillo en la izquierda —dijo—. Voss ordenó a los suyos cambiarlo de mano. Evelyn cree que más de la mitad lo hicieron.
Klara observó el anillo.
—¿Y si Voss sabe que sabemos eso?
Thomas la miró.
—Entonces estaremos entrando en una habitación en la que todos saben que todos están mintiendo.
—Qué ambiente tan agradable.
—Francis estará en su elemento.
—Os escucho.
Klara sonrió, fue breve, pero allí estaba.
Me incliné hacia delante.
—Cuando entremos, permanecerás conmigo.
—Lo acordamos.
—No te alejes aunque veas a Avery.
Su expresión se cerró.
—Johann era mi hermano.
—Lo sé.
—Si lo mató...
—Lo sé.
—No, Francis.
Había cambiado la voz, ya no discutía, aquello era más serio.
—No sabes lo que voy a hacer si lo tengo delante.
La miré durante un momento, después extendí la mano, no hacia su rostro, hacia la pistola debajo del abrigo. Klara se quedó inmóvil cuando mis dedos encontraron el arma a través de la tela, no la saqué, solo apoyé la mano encima y la cercanía hizo que su respiración cambiara.
Thomas volvió deliberadamente la cara hacia la ventana, le concedí una pequeña gratitud mental.
—Entonces mírame antes —dije.
Los ojos de Klara descendieron hacia mi mano, que seguía apoyada junto a su cintura.
—¿Antes de qué?
—Antes de disparar.
—¿Por qué?
Me acerqué apenas.
—Porque si todavía quieres hacerlo después de mirarme, no intentaré detenerte.
Klara sostuvo mis ojos.
—Eso es mucha confianza.
—No.
Mi pulgar se movió involuntariamente sobre la tela.
—Es exactamente la cantidad que tengo.
Durante unos segundos no escuché las ruedas ni el caballo ni siquiera a Thomas, solo la respiración de Klara, después ella cubrió mi mano con la suya.
—Bien.
No necesitábamos decir más.
Retiré los dedos, lamenté inmediatamente hacerlo, eso empezaba a convertirse en un problema; había treinta y dos hombres dentro del observatorio, los conté antes de quitarme los guantes, veinte llevaban el anillo en la mano derecha.
Evelyn había sido optimista.
La reunión se celebraba en la sala central, bajo la gran cúpula. El telescopio se elevaba en mitad del recinto y, alrededor, las sombras de los instrumentos científicos se mezclaban con hombres vestidos de negro.
Las Águilas. Mis hermanos, si uno era aficionado a las palabras sentimentales. Hombres con los que había bebido, viajado, sangrado, algunos me habían salvado la vida, a otros se la había salvado yo, veinte llevaban el anillo equivocado.
Sentí algo peor que rabia. Decepción.
Thomas entró delante de nosotros y entonces recordé por qué algunas personas lo llamaban el hombre siniestro.
No hizo nada, no necesitó hacerlo. Las conversaciones murieron una tras otra mientras avanzaba.
Su abrigo negro permanecía abierto, no llevaba el sombrero, había algunas hebras grises comenzando a aparecer junto a sus sienes, pero aquella noche no lo hacían parecer mayor. Lo hacían parecer más peligroso.
Thomas Hamilton no dominaba una habitación porque exigiera atención, la habitación parecía comprender por sí misma que debía entregársela. Klara lo observó, después me miró.
—Ahora entiendo el nombre —murmuró.
—A veces también sonríe.
—No lo empeores.
Casi reí, entonces vi a Avery, estaba junto al telescopio. Anillo en la derecha. Sentí cómo Klara se tensaba a mi lado. Mi mano encontró inmediatamente la parte baja de su espalda. Ella no apartó los ojos de él.
—Mírame —murmuré.
No lo hizo.
—Klara.
Esta vez sí. Rabia, dolor, una violencia limpia en aquellos ojos verdes, pero me miró. Eso bastó.
—Todavía no.
Su mandíbula se tensó, asintió una vez, mi mano permaneció en su espalda unos segundos más, no para contenerla, para que supiera que estaba allí. Avery nos observaba, también vio aquello, su expresión no cambió, no supe si quería golpearlo o agradecer que no sonriera, probablemente lo primero.
—Thomas.
La voz de Voss descendió desde la galería superior, todos levantamos los ojos. Gabriel Voss estaba apoyado sobre la balaustrada, completamente entero, diez dedos, naturalmente.
—Gabriel —respondió Thomas.
—Has venido.
—Convocaste a mis hombres.
Voss sonrió.
—Ahí está precisamente la cuestión.
Bajó las escaleras sin prisa, nadie se movió.
—¿Tus hombres?
Thomas permaneció inmóvil.
—Sí.
—Curiosa palabra para alguien que durante años ha insistido en que las Águilas no pertenecían a nadie.
—No pertenecer y no obedecer son cosas distintas.
—Siempre tan cuidadoso con el lenguaje.
Voss llegó al suelo, su mirada pasó por mí, después por Klara, se detuvo allí demasiado tiempo, me moví medio paso, suficiente para interrumpir su línea de visión. Los ojos de Voss volvieron a mí y vislumbró una sonrisa.
—Francis.
—Gabriel.
—Me alegra verte.
—Yo preferiría verte con un agujero en el pecho, pero todos sufrimos pequeñas decepciones.
Algunos hombres rieron. Muy pocos. Voss no.
—Sigues usando el humor cuando tienes miedo.
—Y tú sigues hablando demasiado cuando crees que tienes ventaja.
Ahora fue Thomas quien casi sonrió. Voss se acercó. La cicatriz de mi rostro pareció recordar su presencia antes que yo, sentí una antigua tirantez sobre el pómulo, él la miró.
—Te quedó bien.
—Siempre sospeché que intentabas mejorarme el rostro.
—Era demasiado bonito.
Klara me lanzó una mirada de reojo, no era momento, precisamente por eso vi el pequeño destello divertido.
Maldita mujer.
Voss se detuvo a varios pasos.
—No estamos aquí para hablar de tu cara.
—Una pérdida.
Thomas habló:
—¿Para qué estamos aquí, Gabriel?
Voss miró alrededor.
—Para terminar algo que empezó hace años.
—San Jerónimo.
—No.
—Llámalo como quieras.
—Precisamente tú deberías entender la diferencia.
Voss abrió las manos.
—San Jerónimo era corrupción. Hombres comprando secretos para enriquecerse, reyes chantajeando ministros, banqueros comprando guerras, tú construiste algo mejor.
Thomas no respondió.
—Las Águilas —continuó Voss— tienen estructura. Lealtad. Códigos. Información. Alcance. Tomaste las ruinas de San Jerónimo y construiste exactamente lo que ellos jamás pudieron conseguir.
—No construí esto para gobernar Europa desde una habitación.
—No.
Voss sonrió.
—Ese fue tu error.
Un murmullo atravesó la sala. Miré las manos, derecha, izquierda, derecha. Demasiadas derechas.
—¿Y tú vas a corregirlo? —pregunté.
Voss me miró.
—Tú.
Silencio. Klara se acercó ligeramente a mi costado.
—Otra vez yo.
—Siempre tú.
Aquello consiguió irritarme.
—Empiezo a sentirme extraordinariamente deseado.
—Deberías.
Voss dio otro paso.
—Tu madre construyó el sistema de sucesión. Anna lo robó. Thomas intentó destruirlo. Pero ninguna de esas personas comprendió qué significabas.
—Ilumíname.
—Legitimidad.
Me reí.
—Soy un ladrón con un apellido de muerto.
—Eres el XIII.
—No significa nada para mí.
—Para estos hombres sí.
Observé alrededor, algunos evitaron mi mirada, otros no. Entonces entendí, no estaban esperando únicamente a Voss, me estaban esperando a mí.
—Necesitas que acepte.
—Sí.
—¿Por qué?