El último custodio Capítulo XI #2
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Capítulo XI #2

—Todavía no sabes lo que implica.

—No importa.

—Podrías deshacer en una noche lo que lleva treinta años existiendo.

—Y podría convertirme exactamente en lo que todos lleváis veinte años tratando de fabricar.

La expresión de Evelyn cambió.

—Eso temía.

—Excelente. Tenemos algo en común.

Me dispuse a irme.

—Francis Baincot no fue un nombre escogido al azar.

Me detuve, no quería hacerlo, pero lo hice.

Evelyn continuó:

—Margaret eligió Francis. Yo elegí Baincot.

—Era su apellido.

—También era una palabra.

Fruncí el ceño. Thomas la miró. Él tampoco sabía aquello.

—En un dialecto antiguo de mi familia significaba algo parecido a el que vuelve con vida.

No dije nada. Evelyn sonrió con tristeza.

—Pensé que si conseguías hacer al menos eso, sería suficiente.

Por primera vez su presencia dejó de parecer únicamente poderosa. Vi a la mujer debajo, una mujer que había dejado a un niño con otra persona, que había permitido que creciera creyéndose abandonado, que quizá había tenido razones.

Las razones no devolvían años.

—¿Por qué no viniste por mí?

La pregunta salió más baja de lo que quería. Klara permaneció quieta, Thomas también. Evelyn tardó.

—Porque Voss no sabía dónde estabas.

—Thomas sí.

—Thomas era la única persona a la que permití saberlo.

Lo miré.

—Y tú aceptaste.

—Sí.

—¿Nunca pensaste que quizá yo habría preferido conocerla?

Thomas no respondió. Evelyn sí.

—Yo se lo prohibí.

Giré hacia ella.

—No vuelvas a protegerlo.

—No lo hago.

—Lo parece.

—Thomas quería decírtelo cuando cumpliste veintiuno.

Miré a Thomas.

El bastardo tuvo la decencia de parecer incómodo.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque Voss reapareció.

—¿Y decidiste que mi vida seguía perteneciendo a todos menos a mí?

Thomas sostuvo mi mirada.

—Sí.

Aquello dolió más precisamente porque no intentó adornarlo.

Sentí a Klara acercarse, no me tocó, pero era suficiente.

—¿Dónde está Voss? —pregunté.

Evelyn volvió a convertirse en piedra.

—Esta noche asistirá a una reunión de las Águilas.

Thomas se tensó.

—No he convocado ninguna.

—Él sí.

Silencio.

—¿Dónde?

—En el antiguo observatorio.

Thomas sacó el reloj.

—Dentro de tres horas.

Evelyn asintió.

—Reunirá a los hombres que ya le pertenecen y a los que todavía creen que obedecen tus órdenes.

Miró hacia mí.

—Y anunciará que Thomas Hamilton ha perdido el control de las Águilas.

Aquello tenía una violencia diferente, no un asesinato, una usurpación. Thomas se quedó completamente inmóvil. Yo conocía esa quietud, era la que llegaba antes de algo terrible.

—¿Qué necesita para conseguirlo? —pregunté.

Evelyn me sostuvo la mirada.

—A ti.

—Todo el mundo parece necesitarme esta semana.

—Porque Voss no puede convertirse en Primero mientras el XIII viva y se niegue a reconocerlo.

Klara palideció.

—Entonces intentará obligarlo.

Evelyn negó.

—Gabriel conoce a Francis.

Sus ojos bajaron hacia la mano de Klara, que estaba a pocos centímetros de la mía.

—No intentará obligarlo directamente.

Comprendí antes que nadie. Mi mano encontró la de Klara.

—No.

Evelyn no apartó los ojos.

—Sí.

Klara me miró.

—¿Qué?

—Tú.

La palabra salió seca.

—Va a utilizarte a ti.

Klara tensó la mandíbula.

—No puede utilizarme si no se lo permito.

—No depende de ti.

—Claro que depende de mí.

La miré. Ella sostuvo mis ojos.

—No voy a esconderme mientras tú vas hacia él.

—No he dicho eso.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando en encerrarte en algún lugar.

—Inténtalo.

Mal momento. Muy mal momento para que una parte de mí disfrutara aquella amenaza.

Me acerqué.

—Klara.

—Francis.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Nos quedamos frente a frente. Evelyn y Thomas desaparecieron del mundo durante unos segundos.

—Si te pone una mano encima...

—Entonces lo mataré yo.

—Eso no es suficiente.

—¿Qué quieres de mí?

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Que sobrevivas.

Klara dejó de moverse. Sentí que Evelyn me observaba, no me importó, apreté los dedos alrededor de la mano de Klara.

—No me interesa el registro. Ni San Jerónimo. Ni quién demonios fui antes de los seis años si para averiguarlo tengo que perderte.

La respiración de Klara se volvió más lenta.

—Francis...

—No.

Me acerqué hasta que solo ella pudiera escucharme.

—No conviertas esto en una discusión sobre si eres capaz de protegerte. Sé que lo eres.

Mi pulgar rozó sus nudillos.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Cuál?

—Que vas a entrar aunque te diga que no.

Una sonrisa mínima.

—Me conoces.

—Demasiado.

Klara levantó la mano libre, me tocó la cicatriz, aquello otra vez, nuestro pequeño lenguaje.

—Entonces confía en mí.

No quería, eso era lo terrible. Confiar en alguien significaba permitirle correr riesgos que uno podría impedir por la fuerza. Thomas me había enseñado a proteger. Klara estaba obligándome a aprender algo mucho más difícil. La solté lentamente.

—No te alejes de mí.

—No pensaba hacerlo.

—Ni un metro.

—Francis.

—Medio.

Ella sonrió.

—Hecho.

La besé, breve, deliberadamente breve, lo suficiente para que la promesa quedara donde las palabras podían fallar.

Cuando me aparté, Evelyn me miraba, había algo extraño en su expresión, tristeza, orgullo quizá, no quise saberlo.

Thomas abrió la puerta.

—Nos vamos.

Evelyn no se movió.

—Thomas.

Él se detuvo.

—Cuando lleguéis al observatorio, no confíes en ningún Águila que lleve el anillo en la mano derecha.

Thomas frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel lleva años marcando a los suyos así.

Miré mi propia mano. Nada.

Después la de Thomas. Izquierda.

—¿Cuántos? —pregunté.

Evelyn me sostuvo la mirada.

—La última vez que pude contarlos...

Hizo una pausa.

—Más de la mitad.

Thomas no reaccionó, eso fue lo que me dio miedo. Salimos. Solo cuando llegué a la puerta escuché de nuevo la voz de Evelyn.

—Francis.

Me volví. La mujer que me había dado la vida permanecía sola en aquella habitación inmensa.

—¿Qué?

—Gabriel no asesinó a Johann.

Klara se detuvo. Evelyn miró directamente hacia ella.

—Johann llegó vivo hasta el observatorio.

El rostro de Klara perdió el color.

—¿Entonces quién lo mató?

Evelyn tardó un segundo.

—Un Águila.

Thomas se volvió.

—¿Cuál?

La mirada de Evelyn fue hacia él y por primera vez desde que entramos, pareció verdaderamente temer la respuesta.

—El que lleva ocho años más cerca de Francis que ninguno de nosotros.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación, no necesitó decir el nombre, solo había un hombre que encajara. Uno que había estado conmigo desde París, uno cuya muerte había resultado ser mentira, uno que conocía mi cicatriz, mis hábitos, la forma en que Thomas me había entrenado.

Klara susurró:

—Avery.

Y comprendí que Nicholas Avery no había regresado de entre los muertos para ayudarnos, había regresado porque nunca había estado de nuestro lado.