El último custodio Capítulo XI
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Capítulo XI

La mujer que me estaba esperando

Mi madre llevaba once días en Viena.

Aquella fue la única frase que conseguí escuchar durante varios minutos. Thomas hablaba. Klara también. Había nombres, rutas, posibilidades, preguntas sobre quién había tomado la fotografía y cómo Johann la había conseguido. Todo aquello debía importarme.

No lo hacía.

Miraba el rostro de Evelyn Harcourt.

El mío, con veinte años más.

Había algo profundamente desagradable en reconocerse en una desconocida.

No era únicamente la forma de los ojos. Era la quietud.

Aquella expresión que no parecía desafiante hasta que uno se detenía a observarla mejor.

La mujer de la fotografía no sonreía, pero tampoco parecía triste.

Permanecía ante la cámara como si hubiese decidido concederle unos segundos y esperara que no desperdiciara ninguno.

—Francis.

La voz de Klara llegó a través del ruido, levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Llevas varios minutos sin escucharnos.

—Os escuchaba.

Thomas dobló los brazos.

—¿Qué he dicho?

Lo miré.

—Algo insufrible, probablemente.

—Entonces sí estabas escuchando.

Klara habría sonreído en otro momento. No lo hizo. Me quitó suavemente la fotografía de los dedos y la volvió hacia la luz.

—La casa.

Señaló el edificio detrás de Evelyn.

—¿La conoces?

Thomas se acercó, frunció el ceño.

—Sí.

Solté aire.

—Por supuesto.

—Pertenece a la familia Rosenheim.

—¿Quiénes son?

—Banqueros.

—Eso explica la decoración deprimente.

Thomas siguió ignorándome.

—La casa está vacía desde hace tres años. El propietario murió y los herederos viven en Praga.

Klara examinó la fotografía.

—Entonces pudo utilizarla sin llamar la atención.

—O quería que creyéramos eso.

Miré a Thomas.

—¿Podemos dejar de suponer durante cinco minutos y simplemente ir?

—Precisamente porque parece querer que vayamos, preferiría pensar antes.

—Tú puedes pensar de camino.

—Francis.

—Thomas.

Nos miramos. Ocho años atrás habría obedecido, cinco quizá también, aquella semana estaba resultando muy educativa.

Thomas debió comprenderlo porque tomó su abrigo.

—Esperaremos hasta el anochecer.

—No.

—Hay demasiadas personas en las calles.

—Eso suele dificultar que asesinen a alguien discretamente.

—También dificulta saber quién nos sigue.

—Entonces deja que nos sigan.

Thomas se quedó quieto.

—Eso no suena como tú.

—Hoy he descubierto que tampoco sueno como yo.

No hubo respuesta para aquello.

Klara me observaba, detestaba esa mirada, no porque tuviera lástima, sino porque entendía y a veces entender a alguien era una forma bastante íntima de dejarlo sin escondites.

—Saldré con él —dijo.

Thomas giró.

—No.

Klara levantó una ceja.

—Curioso. Empiezo a escuchar esa palabra con frecuencia.

—Evelyn pudo utilizarla antes.

—También a Francis.

—Ese es precisamente mi punto.

—Y el mío.

Thomas la estudió, Klara no apartó la mirada, dos personas con una presencia demasiado grande para la misma habitación.

Thomas dominaba por costumbre. Klara, por resistencia. No sé en qué momento empecé a disfrutar viéndolos enfrentarse, probablemente porque por primera vez en años alguien más parecía inmune a esa forma suya de mirar que había hecho confesar a ministros.

—No va sola —dije.

Thomas volvió hacia mí.

—Tampoco tú.

—No recuerdo haberte pedido permiso.

—Eso está empezando a convertirse en una costumbre.

—Estoy creciendo.

Thomas hizo una expresión que sugería que aquello era precisamente lo que temía.

La casa Rosenheim estaba en una de las calles más silenciosas de Viena. Llegamos antes del anochecer, naturalmente. Thomas nos siguió, también naturalmente.

La fachada estaba limpia, demasiado para un edificio supuestamente abandonado. No había nieve acumulada en los escalones. Las ventanas parecían oscuras, pero una cortina del segundo piso estaba ligeramente apartada.

Alguien vivía allí.

—Hay una chimenea encendida —murmuró Klara.

Seguí su mirada. Humo fino.

—Bien.

—¿Bien?

—Prefiero que esté dentro.

—¿A tu madre?

La palabra produjo una reacción incómoda.

—A Evelyn.

Klara me miró.

—No tienes que llamarla madre.

—No pensaba hacerlo.

—Ya lo sé.

Nos quedamos un segundo más de lo necesario frente a la verja.

Thomas se detuvo detrás.

—Hay dos hombres en la esquina.

No miré.

—Nuestros.

—No.

Eso cambió las cosas.

—¿Vane?

—Puede ser.

—¿Evelyn?

Thomas no respondió, Klara empezó a caminar hacia la puerta.

La sujeté por el codo.

—Espera.

—¿Qué?

—Si algo ocurre, sales.

—No.

—Klara.

—No voy a discutir esto otra vez.

—No era una discusión.

—Para ti nunca lo es.

Bajé la voz.

—Me resulta más difícil pensar cuando estás en peligro.

Su expresión cambió, no esperaba que lo dijera tan claramente.

Yo tampoco.

—Entonces piensa mejor.

—Eso no ayuda.

—No pretendía hacerlo.

Sus dedos rozaron los míos, después entró. Maldita mujer.

La puerta estaba abierta, aquello me gustó menos que una cerrada, nada era más inquietante que alguien que esperaba ser encontrado. El vestíbulo olía a madera encerada, humo y rosas secas, pero no a abandono. Thomas cerró detrás de nosotros, yo saqué el arma, Klara hizo lo mismo.

—¿Escucháis eso? —preguntó.

Música. Un gramófono en algún lugar del piso superior, una pieza de piano lenta, no conocía la melodía, aun así, algo dentro de mí respondió. Tres notas. La misma secuencia, la mujer del incendio. Sentí que el aire se volvía más pesado.

Klara me miró.

—¿Qué ocurre?

—La conozco.

—¿La música?

Asentí. Thomas quedó inmóvil.

—Anna cantaba eso.

Lo miré.

—Tú dijiste que Anna me sacó del incendio.

—Lo hizo.

—Vane dijo que mi madre cantaba cuando tenía miedo.

Thomas entendió.

—Elias creía que Anna era tu madre durante años.

—Conveniente.

La música continuó.

Subimos.

No había nadie en el corredor, una puerta permanecía entreabierta al fondo, luz. Entré primero. Una mujer estaba sentada junto a la ventana. No necesitó volverse.

—Thomas siempre te enseñó a entrar demasiado rápido.

Su voz, no la recordaba, mi cuerpo sí, así que me detuve.

Evelyn Harcourt giró lentamente, en persona se parecía menos a mí y más. El cabello era oscuro, recorrido por vetas de plata. No tenía la belleza suave de Klara ni la elegancia cuidada de las mujeres de los salones vieneses. Era algo más severo. Una belleza hecha de estructura, mirada y autoridad.

No se levantó y no necesitaba hacerlo, porque la habitación se organizó alrededor de ella. Incluso Thomas pareció ocupar menos espacio, eso fue lo que más me inquietó.

—Francis —dijo.

No Adrian. Francis. Me molestó menos de lo esperado.

—Evelyn.

Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Buena elección.

—¿Cuál?

—El nombre.

No bajé el arma. Ella miró la pistola.

—Voss te enseñó a sostenerla así.

—Voss me enseñó muchas cosas.

—Demasiadas.

Thomas entró detrás de nosotros.

Evelyn lo miró, la expresión de ambos cambió de una forma tan pequeña que Klara quizá no la habría advertido. Yo sí. Había historia, quizá demasiada.

—Thomas.

—Evelyn.

Ella sonrió.

—Siempre pensé que volverías más viejo.

—Y yo que tú volverías muerta.

—Ambos hemos sufrido decepciones.

Me habría gustado encontrar aquello divertido. No pude.

—¿Me trajiste a Viena?

Evelyn volvió hacia mí.

—Sí.

—¿Mataste a Hartmann?

—No.

—¿Helena?

—No.

—¿Vane?

Una pausa.

—No.

—¿Quién?

—La misma persona que lleva meses eliminando a cualquiera que pueda llevarte hasta el registro.

Thomas avanzó.

—¿Quién?

Evelyn lo miró.

—Gabriel.

Silencio.

—Voss está secuestrado —dije.

—No.

—Recibimos su dedo.

—Recibisteis un dedo.

La miré. Evelyn se levantó, era alta, más de lo que había parecido sentada.

—Gabriel perdió ese dedo hace quince años.

Thomas palideció ligeramente.

—Constantinopla.

—Exacto.

Sentí una irritación creciente.

—¿Queréis dejar de conversar como un matrimonio viejo y explicar algo?

Klara tosió, creo que intentaba no reír.

Evelyn me observó.

—Definitivamente eres mío.

—No te emociones.

Por primera vez su rostro perdió algo de aquella serenidad, era dolor, uno muy leve, pero desapareció enseguida. No me sentí culpable, al menos, no todavía.

—Voss es el Primero actual —dijo.

—Dijiste que era el Segundo.

—Lo fue.

—Thomas dijo lo mismo.

—Porque ninguno de ellos sabe cuándo dejó de serlo.

Thomas la miró.

—¿Cuándo?

—Cuando Anna desapareció.

Klara avanzó.

—¿Mi madre adoptiva le entregó el cargo?

Evelyn la observó con atención.

—No eras hija suya.

—Eso ya lo sé.

Había hielo en la respuesta. Evelyn no pareció ofenderse.

—Anna te habría querido igualmente.

—No necesito que me explique cuánto me quería una mujer que convirtió mi vida en un acertijo.

Aquello hizo que Evelyn guardara silencio.

Me gustó. Klara tenía ese efecto en personas acostumbradas a controlar conversaciones.

—Voss encontró a Johann —continuó Evelyn—. Johann había descubierto el archivo de San Miguel y comprendió que Gabriel llevaba años reconstruyendo San Jerónimo desde dentro de las Águilas.

Thomas no se movió. Yo sí.

—¿Desde las Águilas?

—Utilizó las rutas, los contactos y los hombres que tú mismo formaste.

Evelyn miró a Thomas.

—Creaste una estructura mejor que la nuestra. Solo necesitaba apropiársela.

—¿Cuántos? —preguntó Thomas.

—No lo sé.

Aquello sí pareció afectarlo. Thomas era muchas cosas, pero las Águilas eran su obra. La idea de que alguien hubiese construido un enemigo dentro de ellas era probablemente la única clase de traición capaz de herirlo de verdad.

—¿Por qué Francis? —preguntó Klara.

Evelyn me miró.

—Porque es el único que puede desmontarlo.

Solté una risa breve.

—Naturalmente.

—No es una metáfora.

—Peor todavía.

—El registro maestro no es únicamente una lista. Contiene compromisos. Deudas. Pruebas. Nombres de las personas que sostienen la red.

—Y está en manos de Voss.

—Sí.

—Entonces mátalo y recuperamos el libro.

Evelyn negó.

—Si Voss muere sin transferir formalmente la custodia, tres copias del registro serán enviadas a París, Londres y San Petersburgo.

Thomas entendió.

—Seguro de muerte.

—Sí.

—¿Y yo qué tengo que ver?

Evelyn sostuvo mis ojos.

—La transferencia solo puede hacerse al XIII.

Sentí que Klara se tensaba.

—Quieres que herede San Jerónimo.

—Quiero que lo heredes para destruirlo.

Me reí.

—No.

—Francis.

—No.