El último custodio Capítulo X #2
33%

Capítulo X #2

No había sido un heredero perdido, había sido el heredero de la cosa que todos llevábamos días intentando destruir.

Klara me miró.

—Por eso Vane te buscaba.

—No.

Thomas señaló otra página.

—Por eso alguien te busca ahora.

Leí.

En ausencia de Primus, XIII posee derecho de sucesión.

Me reí. No pude evitarlo.

—Magnífico. Nunca tuve una moneda a los diecisiete años y al parecer era propietario de una sociedad secreta.

Klara sonrió ligeramente.

—Siempre sospeché que ocultabas fortuna.

—La escondo muy bien.

Thomas no participó. Estaba mirando el fondo de la caja.

—Falta algo.

—¿Qué?

Sacó todas las carpetas, debajo había un espacio rectangular.

Vacío.

—El registro maestro.

Klara palideció.

—Johann.

—Si estuvo aquí, pudo llevárselo.

—¿Qué contiene?

Thomas me miró.

—Las identidades originales y las sustituidas. Con eso se pueden destruir doce familias importantes en Europa.

—Trece —corregí.

—Tu identidad ya no es un secreto.

—Para mí dejó de serlo hace aproximadamente treinta segundos.

Klara volvió a revisar la caja, encontró un papel pegado a la parte inferior, la letra era de Johann. Lo reconoció.

—Es suyo.

Leyó.

Si encontrasteis esto, el registro ya no está aquí. No podía dejarlo donde el Primero pudiera recuperarlo.

Thomas se acercó.

Klara continuó.

Cometí un error al creer que el Primero era Elias. Después pensé que era Voss. Ambos me dejaron hacerlo.

Otra línea.

El Primero es quien lleva veinte años fingiendo estar muerto.

Mi cuerpo se tensó, Klara dejó de leer.

—Evelyn.

Miré mi carpeta.

Madre: Evelyn Harcourt.

Thomas permaneció inmóvil.

—Eso es imposible.

—Hace unas horas también lo era que Vane estuviera vivo.

—Yo vi morir a Evelyn.

Aquello me hizo levantar la cabeza.

—¿Cuándo?

Thomas tardó demasiado.

—Dos noches después del incendio.

—¿Viste el cuerpo?

Silencio. Empecé a reír. Thomas cerró los ojos.

—No.

—Eres sorprendentemente malo confirmando muertes para alguien con tu profesión.

Klara intentó esconder una sonrisa, Thomas la ignoró.

—Recibí su ropa. Sangre. Una carta de Anna.

—Exactamente como con Anna —dije.

Thomas dejó de moverse.

Todos entendimos lo mismo, no habían sido muertes, habían sido desapariciones planeadas.

Klara volvió a la nota, quedaba una última línea, la leyó en silencio y su rostro cambió.

—¿Qué?

No respondió, le quité el papel.

Francis no debe saber que su madre vive hasta que pueda elegir algo que ella no pueda darle.

Debajo, Johann había añadido:

Creo que ya lo encontró.

No entendí, después miré a Klara, ella ya me estaba mirando. La habitación quedó extraordinariamente silenciosa. Thomas fue el primero en apartar los ojos.

—Johann sabía lo que estaban haciendo —dijo.

—¿Qué cosa?

—Utilizarla.

Miró a Klara.

—El Primero necesitaba saber si Francis podía ser controlado por algo que quisiera más que respuestas sobre sí mismo.

Sentí cómo se enfriaba mi sangre.

Recordé la nota.

Klara puede quedarse.

Las persecuciones, los encuentros, la forma en que cada camino había terminado acercándonos.

Klara soltó mi mano, aquello me dolió más de lo esperado.

—No.

—Klara.

Retrocedió.

—¿Y si todo esto fue preparado?

—No.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Cómo?

Me acerqué, ella volvió a retroceder, eso me enfureció, no con ella, con todos los demás. Con Vane. Anna. Johann. Thomas. Con una madre cuyo rostro apenas conocía y que parecía haber decidido convertir incluso aquello en una prueba.

—Porque nadie te obligó a insultarme la primera noche.

Klara me miró.

—Francis...

—Nadie te obligó a tocarme la cicatriz.

Otro paso.

—Nadie te obligó a besarme.

—Tú me besaste.

—Y tú fuiste bastante poco heroica intentando detenerme.

La indignación apareció en sus ojos. Bien.

Prefería aquello a la duda.

—Ese no es el punto.

—Es exactamente el punto.

Llegué frente a ella.

—Pueden haber decidido dónde nos encontraríamos. Pueden haber puesto cartas, cadáveres y llaves delante de nosotros.

Bajé la voz.

—Pero nadie decidió lo que ocurrió cuando cerrábamos una puerta.

Klara quedó inmóvil, mi mano encontró su rostro, esta vez esperé, le di espacio para apartarse, pero no lo hizo.

—Eso fue nuestro —dije.

Sus ojos se humedecieron ligeramente, no lloró, Klara no daba las cosas con tanta facilidad.

—¿Y si ella sabe que vas a elegir por mí?

La pregunta fue casi un susurro, miré sus labios, sus ojos.

—Entonces conoce una debilidad mía.

Mi pulgar recorrió su pómulo.

—No significa que tenga poder sobre ella.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que tú puedes pedirme.

Me acerqué hasta apoyar la frente contra la suya.

—Ella solo puede intentar obligarme.

Klara cerró los ojos y durante unos segundos el mundo volvió a reducirse a una respiración compartida.

Thomas rompió el momento, esta vez no me molestó.

—Hay algo más.

Nos volvimos, había encontrado una fotografía dentro de la carpeta de Evelyn, la dejó sobre la mesa.

Una mujer de cabello oscuro estaba frente a una casa.

Hermosa. Alta. La edad resultaba difícil de calcular, pero fueron los ojos lo que me hizo dejar de respirar.

Los míos. En el reverso había una fecha.

Viena. 3 de febrero de 1886.

Once días atrás.

Debajo, una frase.

El XIII ha llegado.

Klara palideció.

Thomas levantó lentamente la vista.

—Tu madre no solo está viva.

Miré otra vez la fotografía.

Once días. Yo llevaba nueve en Viena cuando todo empezó. Ella había estado allí antes. Esperándome.

Thomas terminó:

—Ella te trajo aquí.