Capítulo X
El nombre que me dieron al nacer
El miedo tiene sonidos extraños.
El mío tuvo el de una verja cayendo, el de los dedos de Klara resbalando entre los míos, el de su voz pronunciando mi nombre justo antes de desaparecer bajo el suelo.
—¡Klara!
Me lancé contra los barrotes. Nada. Debajo solo había oscuridad. Golpeé la verja una vez, después otra, buscando algún mecanismo. El hierro ni siquiera tembló.
—Francis.
Thomas estaba detrás de mí. No respondí.
—Francis.
—No.
—Escúchame.
—He dicho que no.
Metí el brazo entre los barrotes. No alcanzaba nada. Solo piedra, aire frío y un vacío que mi cabeza se empeñaba en llenar con huesos rotos.
Había dejado a Klara allí, le había dicho que volvería siempre y ni siquiera habían pasado cinco minutos.
—¡Klara!
Silencio.
Sentí una mano en el hombro. Me volví con tanta violencia que Thomas alcanzó a retirar la suya antes de que se la quitara yo.
—No me toques.
Me observó, no con autoridad, aquello habría terminado mal, fue con algo peor: comprensión.
—Está viva.
—No lo sabes.
—No has oído el impacto.
Me quedé quieto. Thomas señaló el hueco.
—Escucha.
Lo hice. Respiré una vez. Obligué al corazón a dejar de golpearme los oídos. Piedra. Un mecanismo moviéndose en alguna profundidad. Después...
—¡Francis!
Cerré los ojos un segundo, solo uno.
—Estoy aquí.
—Ya lo había notado. Llevas dos minutos gritando mi nombre como un poseso.
Apoyé la frente contra los barrotes: Klara, viva y todavía insoportable. Nunca había sentido tanto alivio al ser insultado.
—¿Estás herida?
—Mi dignidad se encuentra en estado crítico.
—Klara.
Hubo una pausa.
—Estoy bien. Caí sobre algo.
—¿Qué?
—No sé. Está oscuro.
Thomas ya examinaba la pared.
—El mecanismo debe tener otra entrada.
Me giré.
—Encuéntrala.
Levantó una ceja.
—Francis...
—Ahora, Thomas.
No discutió.
Aquello dijo más sobre mi expresión que cualquier espejo.
Encontramos la entrada detrás de la tumba.
Una sección de piedra giraba al introducir la llave de Vane en una pequeña abertura que, de no saber que existía, habría parecido parte del muro.
Thomas tomó una lámpara, pero yo se la quité.
—Voy primero.
—Naturalmente.
—No era una propuesta.
—Tampoco parecía.
El pasadizo era estrecho y descendía en espiral bajo la iglesia. El aire se volvía más frío a cada paso, húmedo, antiguo, cargado con ese olor de lugares que han permanecido demasiado tiempo sin personas.
—Klara.
—Aquí.
Su voz estaba más cerca, así que aceleré. Thomas dijo algo detrás de mí, pero no lo escuché.
La encontré al final de las escaleras, sentada sobre una gran pila de sacos viejos que probablemente habían sido colocados precisamente para amortiguar la caída.
Tenía el vestido roto junto a la rodilla, el cabello medio deshecho y una expresión furiosa, nunca me había parecido tan hermosa, Klara apenas tuvo tiempo de incorporarse, llegué hasta ella y le tomé el rostro entre las manos.
—¿Dónde estás herida?
—Te acabo de decir que...
—¿Dónde?
Su expresión cambió, mis manos bajaron.
Hombros, brazos, costillas, cintura. Busqué sangre. Klara permitió el examen durante unos segundos, después cerró las manos alrededor de mis muñecas.
—Francis.
La miré.
—Estoy bien.
—Caíste casi cuatro metros.
—Sobre lana.
—Podrías haberte roto...
—Pero no lo hice.
—No sabes si...
—Francis.
Esta vez pronunció mi nombre despacio.
Esperó hasta que la miré realmente.
—Estoy bien.
Respiré. Solo entonces comprendí que tenía una mano apoyada sobre su cintura y la otra contra su costado.
No la retiré inmediatamente, Klara tampoco me soltó.
—Tenías miedo —dijo.
—No.
Su boca se curvó.
—Mentiroso.
—Estaba preocupado.
—Gritaste mi nombre como si quisieras despertar a todos los muertos de Viena.
—Funcionó. Contestaste.
La sonrisa desapareció poco a poco, sus dedos aflojaron alrededor de mis muñecas.
—Pensé que no podrías llegar.
Aquello me atravesó de una forma mucho más limpia que el miedo. Me acerqué.
—Te dije que volvería.
—Las personas dicen muchas cosas cuando creen que van a morir.
—Yo no.
Klara levantó la vista.
—¿Nunca prometes algo que no puedes cumplir?
—No.
—Eso es una costumbre peligrosa.
Mi pulgar rozó su cintura.
—Entonces procura no pedirme demasiadas cosas.
Se produjo uno de aquellos silencios que con ella nunca estaban realmente vacíos. Klara levantó la mano y la apoyó sobre mi pecho, no sobre la camisa, sobre el lugar exacto donde mi corazón todavía no había recuperado ninguna dignidad. Lo sintió. Naturalmente.
—Muy preocupado —murmuró.
—No abuses de la situación.
—Jamás.
Mentía fatal.
Su mano subió hasta mi cuello. La besé antes de que pudiera seguir disfrutando de mi desgracia. Fue distinto al beso del balcón, aquello había sido deseo contenido demasiado tiempo. Esto tenía miedo dentro, alivio, rabia, la necesidad primitiva de comprobar con la boca algo que los ojos ya sabían.
Klara se aferró a mi chaqueta y yo la acerqué hasta sentir su cuerpo completamente contra el mío. La besé una vez, otra, más despacio cuando noté que sus dedos temblaban ligeramente en mi nuca. Ella se apartó apenas.
—Creí que no tenías miedo.
—Cállate.
La besé otra vez, Klara sonrió contra mi boca. Maldita mujer.
—Francis.
—¿Qué?
—Thomas.
Abrí los ojos. Thomas estaba al pie de la escalera, con la lámpara en una mano, mirándonos.
—Empiezo a tener la impresión —dijo— de que mi presencia os resulta profundamente inoportuna.
No aparté la mano de la cintura de Klara.
—La tienes desde hace años.
Thomas miró hacia otro lado.
—El archivo está detrás de vosotros.
Klara enterró la cara un instante contra mi hombro.
Estaba riéndose.
—Me alegra que todo esto te divierta.
—Muchísimo.
Le levanté el rostro.
—¿Segura que estás bien?
Su expresión se suavizó.
—Sí.
Asentí y solo entonces la solté, pero tomé su mano, aquello pareció sorprenderla más que el beso, a mí también. No la dejé.
El archivo era una cámara construida bajo la cripta, no muy grande, tampoco necesitaba serlo.
Las paredes estaban cubiertas de armarios de hierro y, en el centro, había una mesa de piedra sobre la que descansaba un mecanismo con dos cerraduras.
Thomas observó las llaves.
—Aquí.
Klara introdujo la suya y yo tomé la de Vane.
—¿Preparado? —preguntó.
No.
—Sí.
Giramos al mismo tiempo, algo cedió dentro de la piedra, la mesa se abrió por la mitad, bajo ella había una caja de metal sellada con cera, la cera estaba rota.
Thomas se inclinó.
—Alguien llegó antes.
—¿Cuándo?
Pasé un dedo por el borde, polvo desplazado, no reciente.
—Hace meses.
Klara me miró.
—Johann.
Era posible.
Abrimos, dentro había trece carpetas numeradas.
I. II. III. Hasta XIII.
No tuve que buscar la mía, mis dedos se quedaron sobre ella. Durante veinticinco años nadie me había enseñado un documento que pudiera decirme quién había sido antes de convertirme en mí.
Descubrí que no tenía demasiadas ganas de abrirlo, Klara lo entendió, no preguntó, simplemente se colocó a mi lado.
Thomas permaneció frente a nosotros.
—Puedes esperar.
Lo miré.
—He esperado veinticinco años.
Abrí la carpeta, había una fotografía, un niño de unos cinco años, cabello oscuro, ojos claros, serio, demasiado serio para aquella edad. Me reconocí. No por el rostro, por la mirada.
Era absurdo, pero conocía aquella forma de observar una cámara como si hubiera algo detrás de ella más interesante que la persona delante.
Klara se acercó, su brazo tocó el mío, debajo de la fotografía había un nombre.
ADRIAN HARCOURT.
Lo leí. No sentí nada. Lo volví a leer. Seguía sin sentir nada.
—Adrian —dijo Klara en voz baja.
Giré inmediatamente hacia ella.
—No.
Sus ojos buscaron los míos.
—¿No?
—No me llames así.
Una emoción extraña apareció en su rostro.
—Francis...
—Ese soy yo.
No sé por qué necesitaba que lo entendiera tanto.
Señalé el papel.
—Ese niño no sé quién demonios era. No recuerdo su casa. No recuerdo a sus padres. No recuerdo su nombre.
La miré.
—Pero cuando tú dices Francis, sé quién está escuchando.
Klara no respondió, su mano encontró la mía debajo de la mesa, apretó solo una vez.
—Entonces Francis —dijo.
Y algo dentro de mí dejó de pelear, no completamente, pero sí lo suficiente. Thomas apartó los ojos con una discreción que nadie le habría creído capaz de poseer.
Continué leyendo.
Madre: Evelyn Harcourt.
Padre: no consignado.
Debajo había otra anotación.
Primus. Custodia inicial.
Sentí un escalofrío.
—Evelyn.
Thomas se acercó, el nombre sí significaba algo para él. Lo vi.
—La conocías.
No fue una pregunta. Thomas observó la fotografía.
—Sí.
—¿Quién era?
—Una mujer extraordinariamente peligrosa.
—Eso suena casi a cumplido viniendo de ti.
—Lo era.
—¿Y era el Primero?
Thomas asintió lentamente.
—Antes de Anna.
La frase de Vane regresó. Anna no creó el título. Lo robó.
—¿Mi madre fundó esto?
—No San Jerónimo. El cargo del Primero existía dentro de la sociedad mucho antes de que Anna lo tomara.
Klara frunció el ceño.
—Entonces Evelyn trabajaba para ellos.
—Sí.
Volví la página, había varios informes, algunas líneas estaban tachadas, otras arrancadas, una frase permanecía intacta: El sujeto XIII no debe ser utilizado en el proyecto de sucesión hasta nueva orden de Primus.
Abajo: Relación materna compromete objetividad.
Solté una risa breve.
—Parece que incluso los monstruos tienen problemas laborales cuando involucran a sus hijos.
Thomas no sonrió.
—Sigue.
Pasé otra hoja.
La siguiente contenía una descripción del proyecto, no necesitábamos leer demasiado para entenderlo. San Jerónimo no pretendía únicamente colocar niños dentro de familias poderosas.
Pretendía conseguir que, décadas después, aquellos niños ocuparan posiciones desde las que pudieran cambiar gobiernos, herencias y alianzas sin saber siquiera quién los había puesto allí.
—Una generación —dijo Klara—. Estaban construyendo una generación.
—Sí —respondió Thomas.
Me sentí enfermo.
—¿Y yo qué debía ser?
Busqué. Finalmente encontré la línea. XIII destinado a continuidad de Primus.
Silencio.
—No querían colocarme en una familia —dije.
Thomas comprendió.
—Querían que heredases San Jerónimo.
El aire de la habitación pareció volverse más pesado.