El último custodio Capítulo IX
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Capítulo IX

El hombre que decía ser mi padre

Durante unos segundos no supe qué mirar.

Si a Elias Vane, que permanecía al otro lado de la verja con la serenidad de un hombre que no acababa de alterar veinticinco años de mi existencia, o a Thomas, cuya pistola ya estaba levantada y cuyo rostro se había convertido en esa máscara inmóvil que utilizaba únicamente cuando algo conseguía sorprenderlo de verdad.

Elegí a Vane.

Supongo que esperaba sentir algo: un reconocimiento, una sacudida, algún instinto absurdo que me dijera que la sangre sabía cosas que la memoria ignoraba.

No ocurrió nada de eso. Vi a un hombre de poco más de cincuenta años, alto, todavía elegante, con el cabello claro vencido ya por el gris y unos ojos que, para mi desgracia, se parecían demasiado a los míos.

Eso fue lo único y bastó para enfurecerme.

—No vuelvas a llamarme así.

Vane sonrió. No parecía decepcionado.

—Esperaba una recepción peor.

—Puedo mejorarla.

Thomas dio un paso.

—Elias.

La voz cambió el aire.

Vane lo miró por fin.

Había algo antiguo entre ellos. No odio exactamente. El odio era demasiado sencillo. Aquello tenía el peso de una amistad convertida en otra cosa y abandonada demasiado tiempo sin terminar de morir.

—Thomas.

Ninguno añadió nada.

Klara se encontraba a mi izquierda. No necesitaba mirarla para saber que estaba tensa. Había aprendido ya la forma en que su respiración se volvía más silenciosa cuando tenía miedo y la manera casi imperceptible en que desplazaba el peso hacia la pierna derecha antes de sacar un arma.

Su presencia a mi lado me ancló de una forma que no me gustó reconocer.

Vane volvió los ojos hacia mí.

—Anna siempre dijo que terminarías pareciéndote más a ella.

—No conocí a Anna.

—Sí la conociste.

—Tenía seis años.

—Los niños recuerdan más de lo que los adultos desean.

Sentí cómo mi mano se cerraba.

—Abre la verja.

—No.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

Me giré.

La voz de Vane me detuvo.

—Tu madre cantaba cuando tenía miedo.

No sé por qué aquello consiguió lo que todo lo anterior no había logrado.

Me quedé quieto, no porque lo recordara, sino porque algo, muy lejos, se movió.

Una habitación oscura, humo, una voz femenina, no una melodía completa, apenas tres notas repetidas con insistencia mientras alguien me sujetaba contra un pecho que olía a lavanda y ceniza. El recuerdo desapareció antes de que pudiera atraparlo.

Klara me miró.

—Francis.

—Estoy bien.

Mentira. Ella lo supo. No dijo nada.

Vane tampoco sonreía ya.

—Anna no era tu madre —dijo.

La frase me devolvió el aire.

—¿Qué?

Thomas bajó apenas el arma.

—Elias.

—Ya hemos mentido suficiente.

—No tú —respondió Thomas—. Tú apenas estás empezando.

Vane ignoró el golpe, me observó con una calma que empezaba a resultar insoportable.

—Anna te salvó. Te protegió. Te quiso, a su manera. Pero no te dio a luz.

Sentí a Klara moverse, no hacia él, hacia mí.

—Entonces tú tampoco eres mi padre.

La boca de Vane se tensó apenas.

—No.

Aquello debería haberme aliviado.

No lo hizo.

Me reí una vez, sin humor.

—Extraordinario. Has conseguido ser mi padre durante menos de tres minutos.

Klara bajó la mirada. Creo que estuvo a punto de sonreír.

Thomas no.

—¿Por qué decía la carta que era su hijo? —preguntó ella.

Vane dirigió los ojos hacia Klara. Algo en su expresión cambió al verla; se suavizó, aunque no de una forma que me agradara.

—Porque Anna necesitaba que todos creyeran eso.

—¿Todos quiénes?

—San Jerónimo. Thomas. Voss. Incluso yo durante un tiempo.

Thomas dio otro paso hacia la verja.

—Eso es mentira.

—No.

—Sabías quién era.

—Supe quién era después del incendio.

El silencio se cerró alrededor de nosotros. Yo ya estaba cansado de ser el último hombre en enterarse de mi propia vida.

—¿Quién soy?

Vane me sostuvo la mirada.

—Abre la verja —repetí.

—Francis...

—Abre la maldita verja.

Algo se movió detrás de sus ojos, no miedo, cálculo. Después escuchamos el mecanismo, la cerradura cedió con un chasquido.

Thomas levantó más el arma.

—Si das un solo paso incorrecto...

—Dispararás —terminó Vane—. Siempre has sido muy bueno resolviendo discusiones con pólvora.

La verja se abrió.

Vane entró despacio, yo no retrocedí, tampoco él.

Cuando quedó frente a mí comprendí otra cosa que me irritó: no era mucho más alto que yo. Sus ojos eran claros, sí, pero no exactamente iguales. Los suyos tiraban más al azul. Los míos tenían ese tono gris verdoso que Thomas decía que hacía difícil saber cuándo mentía.

Vane me estudió, yo hice lo mismo.

Viejas cicatrices en los nudillos. Una pequeña quemadura junto a la oreja. El anillo del águila cerrada en la mano izquierda.

—No nos parecemos tanto —dije.

—Gracias a Dios.

No esperaba eso, Klara tampoco.

Thomas soltó aire por la nariz.

—Continúa —dije.

Vane miró la tumba vacía.

—Tu verdadero nombre nunca estuvo en los registros de San Jerónimo. Anna lo eliminó. Era la única forma de impedir que pudieran rastrearte.

—¿Y mis padres?

—Uno de ellos murió antes de que nacieras.

—¿Cuál?

Vane no contestó.

—Elias.

Thomas lo dijo como advertencia.

Yo giré hacia él.

—¿También lo sabes?

—No todo.

—Empiezo a detestar esas dos palabras.

Klara me tocó el antebrazo, muy leve, el suficiente contacto para impedir que mi rabia se volviera torpe.

Vane la vio, naturalmente.

—Anna tenía razón contigo —murmuró.

No me gustó el tono.

—No metas a Klara en esto.

—Ya está dentro.

Mi cuerpo se endureció, Vane lo notó y sonrió apenas.

—Eso también lo predijo.

Klara frunció el ceño.

—¿Mi madre predijo que conocería a Francis?

—No exactamente.

—Entonces deje de hablar como un oráculo y explique.

Me habría reído en cualquier otro momento.

Vane la miró con una especie de aprobación.

—Definitivamente eres hija de Anna.

—Eso ya lo sabíamos.

—No —dijo él—. No lo sabéis.

Klara quedó inmóvil, yo la miré, su rostro perdió algo de color.

—¿Qué quiere decir?

Vane se acercó a la tumba. Thomas levantó el arma.

—Basta.

—Thomas, si vas a dispararme, hazlo. Pero deja de convertir cada movimiento en una ceremonia.

Aquello consiguió que Thomas pareciera todavía más peligroso. Vane se agachó junto al ataúd vacío, introdujo los dedos bajo una de las tablas y presionó, un compartimento cedió, dentro había otro sobre, esta vez no estaba dirigido a mí.

Klara.

Ella no se movió, yo fui quien lo tomó.

—Francis.

—Déjame revisar primero.

—Es una carta.

—Las cartas llevan días intentando matarnos.

La comisura de su boca se movió.

Algo de la tensión se quebró.

Examiné el sello, nada extraño. Se lo entregué, nuestros dedos se tocaron, Klara sostuvo mi mano un instante más de lo necesario, no había seducción en aquel gesto, había otra cosa.

Una petición silenciosa. Quédate. Eso hice. Klara abrió la carta, leí por encima de su hombro, la letra era de Anna.

Klara:

Si has llegado hasta aquí, entonces Johann no pudo protegerte y yo tampoco. Perdóname por ambas cosas.

Klara tragó, su cuerpo se tensó apenas contra el mío.

Hay algo que debes saber antes de confiar en cualquiera de ellos. Thomas nunca supo toda la verdad. Elias creyó conocerla. Gabriel intentó enterrarla. Johann murió por descubrirla.

Más abajo había una línea separada.

Tú no eres mi hija.

Klara dejó de leer.

El papel tembló por primera vez entre sus manos.

—No.

La palabra salió casi sin voz, pasé una mano por su espalda, ella no pareció notarlo, o quizá sí, porque se acercó medio paso hasta que su brazo quedó pegado al mío.

—Continúa —dije.

No sé si se lo dije a ella o a mí.

Klara volvió a leer.

Te quise desde el primer día como si lo fueras. Espero que eso pueda importarte algún día. Tu madre se llamaba Elise Hartmann. Emil Hartmann era su hermano.

Miré a Thomas, él también estaba sorprendido, de verdad.

—Hartmann —murmuré.

El hombre del callejón, el hombre que había muerto pronunciando mi nombre.

Klara siguió leyendo.

Elise murió la noche del incendio. Te saqué de allí junto con el XIII. A ti te entregué a los Vogel. A él, a Margaret Baincot. Os separé porque juntos erais la única prueba que San Jerónimo no podía permitirse que existiera.

Klara levantó la cabeza, sus ojos buscaron los míos, sentí que algo se ordenaba de una forma horrible.

—Juntos —dijo.

Vane respondió:

—Sí.

—¿Qué prueba?

Esta vez nadie evitó la pregunta.

Vane se puso de pie.

—Que San Jerónimo no estaba coleccionando únicamente herederos ilegítimos.

Su mirada fue hacia mí, después hacia Klara.

—Estaban creando sucesiones.

Thomas dejó de moverse.

—Explícate.

—Sustituciones. Matrimonios preparados. Nacimientos ocultos. Niños colocados en familias donde algún día pudieran reclamar nombres, fortunas o poder.

Sentí frío.

—¿Y nosotros?

Vane me miró.

—Vosotros dos erais la excepción.

—¿Por qué?

—Porque fuisteis los únicos niños que no pudieron identificar.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta, una llave pequeña y antigua. La colocó sobre el borde del ataúd.

—Hay un archivo bajo San Miguel. Anna lo escondió antes del incendio. Contiene lo que queda del registro original.

Thomas bajó lentamente el arma.

—Pensé que lo habías destruido.

—Intenté hacerlo.

—Siempre fuiste malo siguiendo instrucciones.

Vane sonrió, por un momento vi a los hombres jóvenes que alguna vez debieron ser, duró poco.

—El archivo explica quiénes eran los trece —continuó—. También quién ordenó crear el programa.

—Entonces ábrelo —dije.

Vane negó.

—No puedo.

—¿Por qué?

Miró la llave.

—Necesita dos.

Sentí a Klara ponerse rígida.

—¿Dónde está la otra?

Vane la miró.

—La llevaba Johann cuando murió.

Silencio.

Recordé el cadáver del callejón, Hartmann, el hermano de la verdadera madre de Klara, el papel con su nombre, la llave que encontramos en su bolsillo.

No.

Aquella llave había abierto la caja de la estación.

Thomas entendió lo mismo.

—Había más de una.

—Sí —dijo Vane—. Y Johann entregó la segunda antes de morir.

—¿A quién?

Vane me observó.

—A la única persona a la que todavía confiaba algo.

Pensé en la habitación de Klara, en la caja de madera, en el compartimento que alguien había registrado.

Después miré el vestido color vino que todavía llevaba bajo mi abrigo, Klara hizo lo mismo, su mano fue hacia su cuello, al broche que yo mismo había ajustado antes del baile.

—No.

Introdujo los dedos bajo la cinta de terciopelo, había una pequeña pieza metálica cosida en la parte interior, la sacó. Una llave idéntica a la de Vane. Nos quedamos mirándola.

—Johann arregló este collarín antes de viajar a Trieste —susurró Klara—. Dijo que el cierre estaba flojo.

Yo recordé mis dedos sobre aquel mismo broche, su nuca, su respiración, había tenido una respuesta bajo las manos y me había distraído con ella.

Thomas me lanzó una mirada.

—Ni una palabra —dije.

—No pensaba decir nada.

Mentiroso.

Klara acercó la llave a la de Vane. Encajaban.

Dos mitades de un mismo mecanismo. Entonces escuchamos un disparo.

Vane se estremeció, la sangre apareció sobre su pecho.

Klara gritó. Yo saqué el arma y la empujé detrás de una columna mientras Thomas disparaba hacia la entrada de la cripta, otro tiro golpeó la piedra.

Vane cayó de rodillas.

—¡Elias!

Thomas llegó primero, yo me quedé cubriendo a Klara.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Quédate aquí.

—No.

—Klara.

—No vuelvas a intentarlo.

No era momento para discutir, eso no había detenido nunca a Klara, la tomé por la nuca y la obligué a mirarme.

—Por una vez, haz exactamente lo que te digo.

Su respiración se agitó, no de miedo, de furia.

—Suéltame.

—Cuando sepa de dónde disparan.

—Francis.

Nuestros rostros quedaron demasiado cerca, incluso entonces, incluso con pólvora en el aire y un hombre desangrándose a pocos metros. Aquella tensión maldita seguía existiendo.

—No puedo pensar si tengo que vigilarte también.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla.

Klara se quedó inmóvil, su enojo cambió, aunque muy poco.

—Entonces vuelve por mí.

La solté.

—Siempre.

No debería haber dicho eso, no había tiempo para arrepentirme. Corrí hacia Thomas. Vane estaba en el suelo, sangre entre los dedos mientras Thomas presionaba la herida.

—¿Quién? —pregunté.

Vane intentó respirar.

—El Primero.

—¿Quién es?

Su mirada encontró la mía.

—Eso... es lo que nunca entendisteis.

Tosió sangre.

Thomas se inclinó.

—Elias.

—Anna no creó el título...

Su voz se apagó, pero volvió a intentarlo.

—Lo robó.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién?

Vane miró hacia Klara, después a mí y sonrió.

Una sonrisa terrible.

—A tu madre.

Su cabeza cayó hacia un lado.

Thomas comprobó el pulso y no dijo nada.

Miré a Klara. Ella seguía junto a la columna, la segunda llave apretada entre los dedos. Un hombre acababa de morir diciéndome que Anna no era mi madre, que Vane tampoco era mi padre y que, en algún lugar debajo de nosotros, existía un archivo que quizá contenía el nombre de la mujer que sí lo era.

Entonces la puerta de la cripta comenzó a cerrarse.

Thomas levantó la cabeza.

—Francis.

Corrí hacia Klara, la verja cayó entre nosotros.

—¡Klara!

Ella llegó al otro lado en el mismo instante, nuestros dedos chocaron entre los barrotes, no pude alcanzarla, un mecanismo oculto arrastró la sección de suelo bajo sus pies.

—¡Francis!

La vi desaparecer y por primera vez desde que Thomas Hamilton me había enseñado a controlar el miedo, sentí algo mucho peor. Pánico.