Capítulo VIII
La tumba vacía
La duda de Klara duró quizá tres segundos.
Fueron suficientes.
Había soportado cuchillos, interrogatorios y dos intentos bastante convincentes de matarme. Ninguno consiguió irritarme tanto como aquellos tres segundos en los que ella me miró preguntándose si yo formaba parte de la trampa.
—No sabía nada —dijo.
Thomas permaneció junto a la mesa. Yo miré la nota.
Klara puede quedarse.
—Francis.
—Te he oído.
—Entonces mírame.
No lo hice inmediatamente, mala decisión. Klara se acercó.
—Mírame.
Thomas tuvo la prudencia de permanecer callado.
Levanté los ojos.
—No sabía quién eras. No conocía a Voss. No sabía que mi madre había pertenecido a nada de esto y hasta hace dos días creía que Thomas Hamilton era solamente un hombre al que mi hermano había tenido la mala idea de investigar.
Thomas ladeó ligeramente la cabeza.
—Agradezco la descripción.
—Cállese.
Lo sorprendente fue que Thomas obedeció.
Casi sonreí, casi. Klara volvió hacia mí.
—Si piensas que te conduje hasta aquí deliberadamente, dilo.
—No lo pienso.
—Pero dudas.
—Dudo de todo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Se acercó un paso más.
—No soy todo.
Aquello me hizo callar, no había súplica en su voz, Klara no suplicaba, había orgullo, herido, pero todavía erguido y de repente comprendí qué era exactamente lo que me enfurecía.
No que pudiera haberme engañado.
Que alguien hubiese calculado que yo iría detrás de ella, que me hubiese conocido antes de que yo mismo estuviera dispuesto a admitirlo. Doblé la nota.
—No creo que supieras nada.
Su expresión apenas cambió.
—¿Entonces?
La miré.
—Creo que alguien sabía que no te dejaría sola.
Silencio.
Esta vez fue Klara quien apartó los ojos, mientras Thomas, naturalmente, lo registró todo.
—Eso explica la estrategia —dijo.
Lo miré.
—¿Podrías intentar ser menos Thomas durante cinco minutos?
—No.
—Era mucho pedir.
Klara tomó la bala de la mesa.
—San Miguel. Medianoche.
—No iremos a medianoche —dije.
Volvió hacia mí.
—Claro que iremos.
—Nos quieren allí.
—También tenemos una tumba que abrir.
—La mayoría de las personas procura hacerlo con discreción.
—La mayoría no descubre que su madre quizá nunca estuvo dentro.
Thomas tomó su abrigo.
—Iremos ahora.
Klara y yo lo miramos.
—¿Ahora? —preguntó ella.
—Si alguien desea encontrarnos allí a medianoche, prefiero conocer antes el lugar donde pretende matarnos.
Aquello era desagradablemente razonable.
—Odio cuando tienes razón —dije.
Thomas abrió la puerta.
—Eso explica buena parte de nuestra relación.
San Miguel era hermosa de una manera severa. Piedra pálida, arcos estrechos y santos que parecían haber perdido hacía siglos la paciencia con los vivos.
Llegamos poco antes del mediodía. Thomas entró primero, yo esperé junto a las escaleras mientras Klara se ajustaba los guantes. No me miraba. Aquello empezaba a molestarme.
—Klara.
—¿Sí?
—Continúas enfadada.
—Extraordinaria observación.
—No sabía que conservaras resentimiento.
—Estoy descubriendo nuevos talentos.
Se dispuso a entrar, la sujeté suavemente del brazo.
Se detuvo.
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Decidir qué pienso y castigarme por ello antes de preguntarme.
Sus ojos buscaron los míos.
—Tú acabas de hacer exactamente eso.
—Lo sé.
Una pausa.
—Por eso te digo que no lo hagas.
La comisura de su boca amenazó con moverse.
—Eres imposible.
—Pero coherente.
—Eso tampoco.
Intentó apartarse, no la solté.
—Klara.
Su mirada descendió hacia mi mano.
Aflojé los dedos, no la retiré.
—No pensé que me hubieras traicionado.
—Durante tres segundos sí.
Maldita mujer.
—Durante tres segundos pensé muchas cosas.
—¿Como cuáles?
La puerta de la iglesia permanecía abierta detrás de ella, Thomas había desaparecido dentro, podía haber evitado la conversación, no lo hice.
—Que tu hermano pudo haberte dejado algo sin que lo supieras. Que tu madre pudo prepararte para encontrarme. Que alguien lleva años moviendo piezas y nosotros acabamos de descubrir que estamos sobre el tablero.
—¿Y yo?
—¿Qué pasa contigo?
—¿Qué pensaste de mí?
La pregunta era mucho más peligrosa, miré su rostro, los ojos verdes, la boca que había besado hacía menos de una hora y que ahora parecía especialmente dispuesta a castigarme.
—Pensé que si estabas involucrada deliberadamente, iba a ser un problema.
—¿Para la misión?
—No.
Klara quedó inmóvil, no añadí nada, no era necesario, su expresión cambió de forma lenta, la dureza no desapareció, se volvió otra cosa.
—Deberías aprender a terminar las frases.
—He sobrevivido bastante bien sin hacerlo.
—Yo podría matarte por una incompleta.
—Eso sí sería romántico.
Ahora sí sonrió, pequeño, suficiente.
Solté su brazo. Al pasar junto a mí, sus dedos rozaron la palma de mi mano, no fue un accidente, la seguí dentro.
La cripta olía a cera, piedra y siglos.
Thomas había conseguido las llaves con una facilidad que preferí no investigar.
—¿Sobornaste a un sacerdote? —pregunté.
—No.
—¿Amenazaste a un sacerdote?
—Francis.
—Solo intento conocer al hombre que me educó.
Klara caminaba delante con una lámpara.
—¿Siempre sois así?
—No —respondimos Thomas y yo al mismo tiempo.
Ella suspiró.
—Naturalmente.
La tumba estaba al final de una galería estrecha.
ANNA VOGEL
Había fechas, una vida reducida a dos números separados por un guion. Klara permaneció frente a la lápida, no habló, yo tampoco. Thomas se alejó unos pasos, aquello me sorprendió, después entendí. Incluso él sabía cuándo una presencia debía hacerse pequeña.
Me coloqué detrás de Klara, no la toqué, pero su mano descendió junto a la mía.
Esperé.
Finalmente sus dedos encontraron los míos, los entrelazó, esta vez sin fingir casualidad, miré nuestras manos, después la tumba.
—¿Quieres hacerlo? —pregunté.
Klara respiró profundamente.
—Sí.
No había cadáver, eso fue lo primero, el ataúd existía, también las telas deterioradas, un rosario y varias flores convertidas en polvo, pero ningún cuerpo.
Klara permaneció observando el vacío.
—Thomas.
Él se acercó, su rostro no reveló sorpresa.
—Lo sospechabas —dije.
—Lo consideraba posible.
—Algún día voy a obligarte a distinguir entre esas dos cosas.
Klara se inclinó, había una pequeña caja en el fondo, madera negra, el mismo símbolo: águila con las alas cerradas.
La tomé antes de que ella pudiera hacerlo.
—Francis.
—Podría tener un mecanismo.
—Es una caja.
—La última caja relacionada con tu familia contenía mi nombre veinte años antes de que debiera existir.
Eso la hizo callar.
Examiné los bordes. Nada. Abrí. No explotó.
—Decepcionante —murmuré.
Klara me golpeó ligeramente en el brazo.
Dentro había un sobre, solo uno.
En el frente: Para XIII.
Sentí algo frío detrás de las costillas.
Thomas se acercó.
—No.
Lo miré.
—¿No qué?
—Ábrelo tú.
Por una vez coincidíamos.
Rompí el sello, la letra era de Anna, la misma de las otras cartas.
Si estás leyendo esto, entonces Vane sigue buscándote.
Eso significa que fracasamos.
Tragué.
Continué.
No eres importante por aquello que heredaste. Eres importante porque eres la única prueba de que él mintió.
—¿Qué mentira? —preguntó Klara.
Negué.
Seguía leyendo.
No confíes en el nombre que te den. Los nombres han sido la primera prisión de esta historia.
Margaret debía llamarte Francis. Thomas debía encontrarte cuando tuvieras edad suficiente para elegir. Voss debía comprobar que eras tú. Ninguno debía decirte quién fuiste antes hasta que Vane dejara de poder utilizarlo contra ti.
Mi mandíbula se tensó.
—Todos sabían.
Thomas respondió detrás:
—No todo.
Lo ignoré.
La última parte estaba escrita con tinta más oscura.
Si Thomas ha cumplido su palabra, estará contigo.
Miré hacia él. Thomas permaneció inmóvil. Volví a la carta.
Pregúntale por la noche del incendio.
Algo cambió en su rostro, pequeño, pero lo vi.
—Thomas.
No respondió.
Continué.
Y cuando lo haga, recuerda esto:
Elias Vane no quiere matarte.
Una pausa.
Quiere que lo reconozcas.
Debajo había una última frase.
Solo una.
Porque antes de ser Francis Baincot, fuiste su hijo.
No escuché nada durante varios segundos.
Ni la cripta, ni a Klara, ni mi propia respiración. Volví a leer. Las letras no cambiaron.
Su hijo.
—Francis.
La voz de Klara llegó desde lejos, doblé lentamente la carta.
—No.
Thomas me observaba.
—Francis...
—No digas mi nombre.
La frase salió demasiado baja, Thomas calló.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
Me reí.
—Ahí está otra vez.
—Nunca tuve una prueba.
—¿Pero por eso me buscaste?
Thomas sostuvo mi mirada.
—Sí.
Me acerqué.
—¿Y el incendio?
Ahí estuvo, por primera vez, miedo, no mucho. Thomas Hamilton probablemente no era capaz de sentirlo como el resto de nosotros, pero estaba allí.
—¿Qué incendio?
Klara se volvió hacia él. Thomas la ignoró.
—Francis, este no es el lugar.
—Me importa una mierda el lugar.
Mi voz reverberó entre las tumbas, Klara me tocó el brazo, pero me aparté, no por ella, porque en ese momento cualquier contacto parecía demasiado.
Thomas respiró lentamente.
—La casa de Vane ardió cuando tenías seis años.
—¿Yo estaba dentro?
—Sí.
—¿Quién provocó el incendio?
Thomas no respondió, no necesitó hacerlo, sentí que algo se hundía en mi pecho.
—Tú.
Klara dejó escapar el aire. Thomas mantuvo los ojos en mí.
—Sí.
No recuerdo haberme movido, solo recuerdo mi mano cerrándose sobre el cuello de su abrigo y su espalda golpeando la piedra. Klara dijo mi nombre, Thomas no intentó defenderse, eso me enfureció todavía más.
—¿Intentaste matarme?
—No.
—¡Yo estaba dentro!
—No sabía que estabas allí.
—Conveniente.
—Es la verdad.
Lo empujé otra vez. Thomas continuó sin tocarme.
—Vane almacenaba los registros de San Jerónimo en aquella casa. Anna me dijo que estaba vacía.
—¿Y no lo estaba?
—No.
Su voz había perdido cualquier dureza.
—Cuando vimos fuego en la habitación superior, Voss volvió a entrar.
La cicatriz debajo de mi hombro pareció arder aunque aquello fuese imposible.
—Me sacó.
Thomas asintió.
—A ti y a Anna.
Miré la tumba vacía.
—Entonces ella no murió ahí.
—No.
—¿Cuándo murió?
Silencio.
Klara se acercó.
—Thomas.
Él la miró, había algo casi cruel en la tristeza de sus ojos.
—Nunca vi morir a Anna Vogel.
Klara quedó inmóvil.
—¿Qué?
Solté a Thomas.
—Dijiste que estaba muerta.
—Dije que creía que lo estaba.
—¿Por qué?
—Porque seis años después del incendio recibí su anillo, cubierto de sangre, junto con instrucciones para protegerte.
Miró la tumba vacía.
—Y nunca volví a verla.
Klara palideció. Yo sentí que el misterio acababa de moverse debajo de nuestros pies.
—Entonces puede estar viva —dijo.
Thomas no respondió.
Un sonido surgió detrás de nosotros, un chasquido, la puerta de la cripta se cerró. Giré. Oscuridad al otro lado de la verja, después una voz. Masculina. Serena.
—Puede.
Klara dejó de respirar, Thomas sacó el arma, yo reconocí la voz sin haberla escuchado nunca, tal vez porque toda mi vida había estado construida alrededor de ella.
Un hombre apareció detrás de los barrotes, cabello gris, ojos claros, los mismos que veía cada mañana en el espejo.
Elias Vane sonrió.
No a Thomas.
A mí.
—Hola, hijo.