Capítulo VII #2
Mi pulgar rozó involuntariamente la piel bajo su oreja, Klara respiró más profundo, lo escuché. Maldita profesión.
—Francis.
—No digas mi nombre así.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Así cómo?
—Sabes cómo.
—No.
Mentía, era mala haciéndolo conmigo, o yo era demasiado bueno descubriéndola, probablemente ambas.
Se acercó, no mucho, no necesitaba más.
—Es tu nombre —susurró.
—Actualmente tiene problemas legales.
Klara sonrió, levantó una mano, tocó mi cicatriz, aquella cicatriz parecía haberse convertido en una conversación privada entre nosotros, su dedo comenzó junto a la sien.
Descendió lentamente.
—Esta es tuya.
No respiré, llegó hasta el pómulo.
—Esto también.
Su mano quedó junto a mi mandíbula.
—¿Mi cara?
—Tu vida, idiota.
Cerré la mano alrededor de su muñeca, sentí su pulso, demasiado rápido, el mío tampoco era ejemplar.
—Estás demasiado cerca.
—Llevas días diciéndomelo.
—Y llevas días ignorándolo.
—Tú llevas días permitiéndolo.
Aquello fue suficiente. La besé, pero no hubo sorpresa, eso fue lo que más me afectó. Klara reaccionó como si llevase esperando exactamente aquello desde la primera vez que decidimos detenernos un instante demasiado cerca.
Mi mano encontró su nuca, la otra, su cintura. La acerqué. Sus dedos se cerraron sobre mi camisa, había imaginado su boca, había sido un error. La realidad tenía más carácter. Klara besaba como hacía casi todo: sin timidez una vez tomada la decisión.
No era dócil, no esperaba, respondía, exigía y aquello convirtió varios días de prudencia en algo bastante parecido al hambre.
La empujé suavemente contra la pared, su cuerpo quedó contra el mío, me dijo el nombre contra la boca, mi nombre, el prestado, el robado, el único que reconocía cuando salía de ella.
Volví a besarla, esta vez más lento, peor, porque la urgencia podía confundirse con deseo.
La lentitud no, sentí sus dedos entrar en mi cabello, mi pulgar recorrió su cintura, el perfume de azahar, su respiración, el calor de su cuerpo bajo mi abrigo, demasiadas cosas que ya conocía, demasiadas que quería seguir conociendo, ahí estuvo el verdadero peligro.
No desearla. Necesitar que continuara estando allí.
Me aparté apenas, nuestras frentes quedaron juntas.
Klara mantuvo los ojos cerrados unos segundos.
—No —murmuró.
—¿No qué?
Los abrió.
—No hagas esa cosa irritante en la que piensas demasiado y arruinas el momento.
Reí por lo bajo.
—No sabía que tuviera nombre.
—Lo acabo de bautizar.
Mi mano seguía en su cintura.
—No me arrepiento.
—Bien.
—Pero si no me aparto ahora...
—¿Sí?
Sus ojos bajaron hasta mi boca. Mala mujer.
—No pienso hacerlo después.
Klara no pestañeó.
—Continúo sin identificar el inconveniente.
Sentí una risa contra mi propia garganta, iba a besarla otra vez.
La puerta se abrió.
—Francis.
Cerré los ojos.
Thomas.
Klara escondió el rostro un segundo contra mi pecho, sentí sus hombros moverse, estaba riéndose. Traición absoluta.
Thomas permaneció junto a la puerta.
—¿Interrumpo?
Lo miré.
—Profundamente.
—Excelente.
Klara se separó, no retiré inmediatamente la mano de su cintura. Thomas la vio, claro que la vio. Miró su boca, después la mía, luego alzó aquella maldita ceja. Por primera vez en ocho años comprendí por qué lo había golpeado a los diecisiete.
—¿Terminaste? —pregunté.
—Apenas estoy empezando.
Klara tuvo que mirar hacia otro lado para no reír.
—Encontré algo —dijo Thomas.
Eso bastó.
La medalla de Anna tenía un compartimento, dentro había una lámina minúscula de papel. Un mapa.
Klara se inclinó sobre la mesa, me coloqué junto a ella, mi mano terminó en la parte baja de su espalda, no pensé en hacerlo, ese tipo de cosas empezaba a preocuparme. Thomas lo vio. Decidí que podía sobrevivir a la información.
—¿Dónde es? —pregunté.
—San Miguel. —Klara señaló una pequeña cruz dibujada junto al plano de una cripta—. Hay palabras.
Reconocí la letra de Anna. Al Segundo le entregué la verdad. Debajo: Al XIII, la elección.
—Otra vez —murmuré.
Thomas asintió.
—Anna preparó algo para ti.
—Resulta enternecedor considerando que no recuerdo haberla conocido.
Klara siguió el recorrido del mapa.
—¿Qué hay aquí?
Thomas dobló el documento.
—Una tumba.
Klara levantó la cabeza.
—¿De quién?
La respuesta tardó demasiado.
—Anna Vogel.
Sentí el cuerpo de Klara tensarse bajo mi mano.
—No.
Thomas la miró.
—Klara...
—Mi madre está enterrada en Graz.
—Hay una lápida en Graz.
Su rostro perdió color.
—Yo vi el ataúd.
—No viste lo que había dentro.
Silencio.
Klara retrocedió, mi mano cayó de su espalda, ella parecía haberse olvidado incluso de que yo estaba allí.
—¿Dónde está mi madre?
Thomas no tuvo tiempo de responder, algo atravesó la ventana. Cristal. Me moví antes de escuchar el impacto, tomé a Klara y la aparté. Thomas ya tenía un arma en la mano, un objeto pequeño rodó por el suelo, una bala, sin disparar, atada con un hilo rojo.
Me agaché, había un papel enrollado alrededor, lo abrí.
Medianoche. San Miguel. Traed al XIII.
Una última línea.
Klara puede quedarse.
La leí dos veces, sentí algo oscuro instalarse detrás de las costillas. Thomas tomó el papel.
—¿Qué significa? —preguntó Klara.
No contesté, no porque no quisiera, porque acababa de entender y Thomas también.
—Nunca fue usted el objetivo —dijo.
Klara lo miró, después a mí.
—¿Qué?
—Las cartas. El nombre de Johann. La orden de recuperarla. Todo estaba diseñado para llevarlo hasta usted.
Su mirada regresó a mí.
—¿Para qué?
Miré la nota.
Klara puede quedarse.
La habitación pareció más fría.
—Para hacer que yo la siguiera.
Klara guardó silencio, algo cambió en su rostro, casi imperceptible, pero lo vi: duda. Después de todo aquello, después de su mano en mi cicatriz, después de mi boca sobre la suya. Duda. Y descubrí que me molestaba mucho más de lo que debería.
—¿Crees que yo sabía algo? —preguntó.
—No he dicho eso.
—No necesitas decir las cosas. Ese es precisamente tu talento.
Tenía razón y por una vez habría preferido que no supiera leerme tan bien. Thomas dejó la bala sobre la mesa.
—Tenemos menos de dieciocho horas.
Lo miré.
—¿Para qué?
—Para averiguar qué quiere realmente el Primero antes de entregarle exactamente lo que lleva ocho años intentando encontrar. —Bajó los ojos hacia mí—. A ti.
Klara y yo nos miramos.
Y por primera vez desde que la había conocido, comprendí que aquello que nos había acercado también podía ser precisamente lo que alguien había diseñado para destruirnos.