Capítulo VII
Lo que heredan los vivos
—Anna Vogel.
El nombre permaneció en la habitación más tiempo del necesario. Miré a Klara, ella no se movió, Thomas tampoco. Aquello habría parecido una conversación perfectamente civilizada de no ser por el dedo humano encima de la mesa.
—Mi madre está muerta —dijo Klara.
Thomas levantó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces no puede tener a Voss.
—No he dicho que lo tenga ella.
La expresión de Klara se endureció, yo empezaba a conocer aquella quietud. Cuando estaba asustada hablaba, cuando estaba enfadada se volvía más silenciosa, cuando estaba verdaderamente furiosa adquiría una serenidad que habría hecho retroceder a hombres considerablemente más grandes.
Thomas la observó, él también lo comprendió.
—El Primero no es necesariamente una persona —explicó—. Es un título.
Dejé la nota sobre la mesa.
—Habría sido un detalle útil hace varios cadáveres.
Thomas ignoró el comentario, tenía esa capacidad irritante.
—Cuando Anna robó los archivos de San Jerónimo, comprendió que destruirlos era imposible.
—El fuego suele funcionar —dije.
—No con secretos que existen en más de una cabeza.
Aquello era cierto. No me gustó. Thomas continuó:
—Así que creó dos custodios. El Primero conservaría el registro. El Segundo impediría que el Primero pudiera utilizarlo libremente.
Miré el dedo, al anillo y las alas cerradas.
—Voss era el Segundo.
—Sí.
Klara permanecía de pie frente a la mesa.
—¿Y mi madre era el Primero?
—La primera en ocupar el puesto.
Su mandíbula se tensó.
—¿Quién la sustituyó?
Thomas guardó silencio. Solté aire.
—Por supuesto.
—No lo sé, Francis.
Lo miré.
—Repítelo.
Thomas frunció apenas el ceño.
—¿Qué?
—Que no sabes algo. Quiero disfrutarlo.
Klara me lanzó una mirada.
—¿Podrías tomarte algo en serio durante más de treinta segundos?
—Lo estoy intentando.
—No parece.
—Es mi mecanismo para no estrangularlo.
Thomas se sirvió otro coñac.
—Me tranquiliza saber que tienes mecanismos.
No respondí, hacerlo habría probado exactamente lo contrario.
Klara tomó la medalla de su madre.
—Johann.
Thomas volvió hacia ella.
—¿Qué pasa con él?
—Tal vez mi madre le entregó el título.
—Es posible.
—Y por eso lo mataron.
—También es posible.
La manera en que Thomas pronunciaba ciertas frases conseguía convertir la prudencia en crueldad.
Klara bajó los ojos, sus dedos rodeaban la medalla con demasiada fuerza. Me acerqué, pero no la toqué; había empezado a comprender que, con Klara, la presencia podía hacer más que las manos. Me coloqué junto a ella, su hombro rozó el mío.
No se apartó.
—Los trece —dije—. Explícalos.
Thomas dejó la copa, por primera vez pareció cansado, solo un poco; en Thomas aquello equivalía a ver derrumbarse un edificio.
—San Jerónimo descubrió pronto que los secretos políticos no eran los más valiosos.
—¿Cuáles entonces?
—La sangre.
Klara levantó los ojos. Thomas continuó.
—Herederos ilegítimos. Niños sustituidos al nacer. Hijos de relaciones capaces de destruir matrimonios, títulos, alianzas o sucesiones enteras.
Sentí algo desagradable recorrerme el estómago.
—¿Los trece éramos niños?
—Sí.
No me gustó que utilizara el plural, no me gustó todavía más que fuese correcto.
—¿Los secuestraban?
—No siempre. En muchos casos únicamente necesitaban conocer su existencia.
Thomas pasó un dedo sobre el registro.
—Un secreto sobre un ministro sirve mientras ese ministro conserva el cargo. Un secreto sobre una dinastía puede servir durante generaciones.
Miré mi nombre o el nombre de un muerto.
Sujeto XIII.
Había pasado veinticinco años siendo una persona sin saber que, para otros, había empezado como información.
—Anna los sacó de allí —dijo Klara.
—A algunos.
—¿Cuántos?
Thomas la miró.
—Cinco.
No pregunté qué había pasado con los otros ocho.
No era necesario, la habitación ya tenía suficientes muertos.
—¿Y Margaret? —pregunté.
—Era tía del verdadero Francis Baincot.
La frase me golpeó de una forma extraña.
El verdadero Francis Baincot.
—El niño murió de fiebre escarlata —continuó Thomas—. Anna necesitaba hacer desaparecer a otro niño. Margaret aceptó darle el nombre de su sobrino.
Miré hacia la ventana. Durante años había pensado que Margaret había sido una mujer dura, poco afectuosa, práctica hasta el extremo de la crueldad.
Ahora tenía que añadir otra posibilidad.
Quizá había vivido once años mirando mi cara y recordando la de un niño enterrado, no sabía qué hacer con aquello, así que hice lo habitual. Lo guardé.
—Por eso Anna pudo escribir mi nombre —dije.
Thomas asintió. Una pregunta quedaba cerrada, no produjo alivio, los buenos misterios tenían esa mala costumbre, cada puerta que abrías daba a otra habitación.
—Entonces dime el nombre anterior.
Thomas no respondió. Me reí por lo bajo.
—Magnífico.
—No lo sé.
—Me encontraste cuando tenía diecisiete años.
—Sí.
—Me observaste.
—Sí.
—Mandaste a Voss a comprobar quién era.
Thomas no corrigió la frase.
—Y pretendes que no sabes cómo me llamaba.
—No lo sé.
Di un paso hacia él.
—¿Qué sabías?
La habitación cambió, bo porque ninguno levantara la voz, Thomas nunca necesitaba hacerlo, yo tampoco cuando estaba verdaderamente enfadado.
Nos quedamos frente a frente. Él, con aquella autoridad glacial que parecía hacer del silencio una propiedad privada; yo, con ocho años aprendiendo precisamente de él cuánto podía decir un hombre sin abrir la boca.
—Sabía cómo reconocerte —dijo.
—¿Cómo?
—Anna dejó ciertas características.
—¿Qué características?
—Ojos claros. Cabello oscuro. Una pequeña marca debajo del hombro derecho.
No reaccioné. Error. Thomas lo vio, Klara también. Tenía aquella cicatriz desde antes de mis primeros recuerdos, una marca redonda y blanca cerca del omóplato. Margaret decía que me había quemado de niño, ptra mentira, empezaba a coleccionarlas.
—Pudiste preguntarme.
—Tenías diecisiete años y dormías con un cuchillo.
—Sigo haciéndolo ocasionalmente.
—Precisamente.
Apreté la mandíbula.
—¿Por qué necesitabas saber si era yo?
Thomas me sostuvo la mirada, tardó demasiado.
—Porque Anna dejó una última instrucción respecto al XIII.
Klara se acercó un poco.
—¿Cuál?
Thomas siguió mirándome.
—Que jamás debía caer en manos de Elias Vane.
Salí de la habitación antes de hacer algo que convertiría ocho años de relación con Thomas en una discusión considerablemente más física. Encontré un balcón al final del corredor, abrí las puertas, el frío me recibió con una violencia que agradecí.
Apoyé las manos sobre la piedra.
Viena despertaba bajo un cielo gris. Las chimeneas comenzaban a teñir la mañana de humo. Algunos carruajes avanzaban sobre la nieve y las campanas de una iglesia anunciaban una hora que no me interesaba conocer.
Todo continuaba y era casi ofensivo. Acababa de descubrir que mi nombre pertenecía a un muerto, que una mujer a la que nunca había conocido había decidido mi vida antes de que yo pudiera recordarla y que Thomas llevaba ocho años contemplándome con respuestas guardadas detrás de los dientes y un panadero abría tranquilamente su negocio al otro lado de la calle.
Escuché la puerta.
—Si eres Thomas, te arrojaré.
—Tendrás que conformarte conmigo.
Cerré los ojos. Klara.
—Eso podría ser peor.
—Tus encantos vuelven a deslumbrarme.
Se colocó junto a mí, no preguntó si estaba bien, agradecí eso, detestaba esa pregunta, porque nadie quería realmente saber la respuesta cuando la hacía.
Permanecimos en silencio, Klara sabía hacerlo, cada vez mejor.
—¿Quieres saber algo ridículo? —pregunté finalmente.
—Muchísimo.
Miré la ciudad.
—Siempre odié Baincot.
—¿El apellido?
—Sonaba feo.
Ella giró hacia mí.
—Has descubierto que tu existencia forma parte de una conspiración de décadas y lo que te molesta es la fonética.
—Tenía once años cuando decidí odiarlo.
—Ah. Entonces retiro mi juicio.
—Gracias.
—Era claramente una preocupación razonable para un hombre de once años.
Sonreí un poco, Klara también, después volvió el silencio.
—Es extraño —dije.
—¿Qué?
—Que algo que nunca me gustó pueda molestarme tanto al descubrir que no era mío.
Klara contempló la ciudad.
—Es tuyo.
La miré.
—No exactamente.
—Lo has llevado casi veinte años.
—Se lo robé a un muerto.
—No lo robaste. Te lo dieron.
—Gran diferencia.
—La hay.
Giró hacia mí.
—El nombre que tenías antes no vivió estos años. Tú sí.
No respondí. Klara era irritantemente buena encontrando lugares en mí que prefería mantener cerrados.
—No sé quién soy.
La frase salió antes de que pudiera detenerla, la odié inmediatamente, demasiado honesta, demasiado desnuda. Klara no hizo nada durante unos segundos, ni siquiera cambió de expresión, aquello me permitió respirar.
—Sí sabes —dijo.
—No.
—Sabes quién eres ahora.
—No es lo mismo.
—Quizá es más importante.
Solté una risa seca.
—Hablas como alguien que sí sabe quién fue su madre.
El silencio posterior fue diferente, más frío que la mañana, vi el golpe en su rostro, pequeño, suficiente, mierda. Apartó la mirada.
—Sí.
Me volví hacia ella.
—Klara.
—No.
—Eso ha sido...
—Cruel.
—Sí.
—Lo sé.
No me permitió suavizarlo, tal vez por eso me gustaba, Klara no necesitaba que las cosas fueran bonitas para soportarlas.
—Estaba enfadado.
—Lo sé.
—No contigo.
Ella se abrazó contra el frío.
—Eso rara vez impide que lastimemos a quien tenemos delante.
Me quedé callado, porque no había una defensa digna contra algo cierto, me quité el abrigo.
—No.
Se lo puse encima.
—No te pregunté.
—Ese es uno de tus peores defectos.
—Tengo competencia.
Acomodé el cuello alrededor de sus hombros, mis dedos tocaron su nuca, Klara dejó de hablar. Algo cambió, muy despacio, la cercanía entre nosotros siempre hacía aquello, transformaba el silencio en otra cosa.
Pasé un mechón de cabello detrás de su oreja, no era necesario, lo hice de todos modos. Sus ojos buscaron los míos.
—Dijiste que no querías besarme enfadado.
Mi mano se detuvo.
—Lo recuerdo.
—¿Sigues enfadado?
—Muchísimo.
Una curva pequeña apareció en su boca.
—Qué desgracia.
—No te burles.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—Un poco.