El último custodio Capítulo VI
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Capítulo VI

El nombre de un muerto

La oscuridad duró menos de un segundo, pero fue suficiente.

Escuché el movimiento antes que los pasos.

Me lancé hacia la puerta, mi hombro golpeó madera, vacío.

—Voss.

Nada.

Encendí un fósforo, la llama tembló entre mis dedos, Klara seguía junto a la mesa, Gabriel Voss había desaparecido, una puerta lateral permanecía abierta.

Corrí.

El corredor desembocaba en una escalera de servicio, luego en las cocinas, después en un patio abarrotado de carruajes.

Demasiada gente, demasiadas salidas.

Me detuve bajo la lluvia.

Voss se había ido, apreté los dientes.

—¡Maldita sea!

Golpeé la pared. Dolió. Volví a hacerlo. Una mano atrapó mi muñeca antes del tercero.

Klara.

—Basta.

La miré.

—Suéltame.

No lo hizo.

—No.

Intenté retirar la mano, sus dedos se cerraron con mayor fuerza, no podía detenerme realmente si no quería, los dos lo sabíamos, eso hizo que permaneciera quieto.

—Francis.

—Ha escapado.

—Sí.

—Tenía respuestas.

—También.

—Y lo dejé escapar.

—No.

Su voz era baja, firme.

—Él eligió dónde encontrarnos. Preparó la salida. Quería decirte exactamente eso y desaparecer.

—Gracias por la explicación.

—No seas imbécil.

La miré.

Klara sostuvo mis ojos, sin miedo, sin delicadeza, a veces olvidaba que debajo de aquella piel clara y aquellos modales impecables había una mujer con la obstinación suficiente para enfrentarse a Thomas Hamilton.

—Francis Baincot murió a los seis años —dijo.

Mi mandíbula se endureció.

—Lo escuché.

—Entonces deja de perseguir a Voss como un animal y piensa.

—No necesito que me digas qué hacer.

—Esta noche, sí.

Me acerqué.

—Ten cuidado.

Klara no se movió.

—¿Con qué?

—Con creer que porque te permito ciertas cosas puedes permitírtelas todas.

Silencio, había pretendido intimidarla, en lugar de hacerlo, algo cambió en su mirada, lento, cálido, casi insolente.

—¿Qué cosas me permites?

Mala elección de palabras, peor mujer para utilizarlas, estábamos tan cerca que la lluvia apenas caía entre nosotros.

—Klara.

—No. Quiero saberlo.

Su mano continuaba alrededor de mi muñeca, la mía descendió instintivamente hacia su cintura, no llegué a tocarla, me detuve. Ella miró el espacio que quedaba entre mis dedos y su cuerpo, después levantó los ojos.

—Eso pensaba.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Empiezo a saberlo.

Había desafío en su voz, pero debajo... Otra cosa.

Una tensión que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no existía, di medio paso, Klara quedó contra la pared, no la encerré, le dejé espacio suficiente para marcharse, ella lo utilizó para acercarse, aquello me hizo perder durante un instante la siguiente respiración.

—Estás enfadado —murmuró.

—Mucho.

—Y quieres golpear algo.

—Sí.

Su mirada descendió hasta mi boca.

—Entonces procura no confundirte.

No sé cuál de los dos se movió primero, quizá ninguno, porque justo cuando la distancia pareció dejar de existir, una puerta se abrió al fondo del patio. Voces. Klara apartó la cara. Yo cerré los ojos, una vez, solo una.

—Esto empieza a ser ridículo —murmuré.

Escuché su risa. Muy baja.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo de mí.

—Un poco.

La miré. Ella volvió hacia el interior.

—Ven, señor Baincot.

El apellido me golpeó distinto. Quizá porque acababa de descubrir que podía no pertenecerme.

Regresamos a la biblioteca.

La fotografía continuaba sobre la mesa. Yo, a los diecisiete años, Thomas, el callejón, los tres hombres.

La miré durante demasiado tiempo, Klara cerró la puerta detrás.

No dijo nada. Agradecí que hubiese aprendido cuándo no hacerlo.

Tomé la fotografía, había detalles que nunca había advertido aquella noche, uno de los hombres llevaba una marca en el cuello, un tatuaje, círculo atravesado por una línea.

Lo había visto antes.

—¿Qué pasa?

Klara se acercó, le mostré la marca.

—Voss.

—¿Es suyo?

—De sus hombres.

—Entonces sí estaban allí por ti.

No respondí.

Thomas no me había encontrado, había ido a buscarme, la idea me resultó extrañamente ofensiva, no por la mentira, Thomas me había mentido tantas veces que aquello apenas merecía una categoría propia.

Era otra cosa. Durante ocho años había conservado aquel primer encuentro como uno de los pocos acontecimientos de mi vida que realmente sentía mío.

Una pelea, una mala noche, una casualidad.

Yo había golpeado a un desconocido, el desconocido había decidido volver, había algo casi limpio en aquella historia, ahora alguien acababa de ensuciarla.

—¿Recuerdas algo de antes de los seis años? —preguntó Klara.

—No mucho.

—¿Tus padres?

—No.

—¿Dónde naciste?

—Londres.

—¿Seguro?

La miré. Klara no retrocedió.

—No lo sé.

Era la primera vez que pronunciaba aquellas palabras sin que me obligaran. No lo sé. Resultaban desagradables.

—Crecí con una mujer llamada Margaret Baincot.

—¿Tu madre?

—Eso decía ella.

—¿Y tú?

Me apoyé en la mesa.

—A los seis años no solía solicitar certificados de nacimiento.

Klara ignoró la ironía.

—¿Qué pasó con ella?

—Murió cuando yo tenía once.

—¿Y después?

—Sobreviví.

Su expresión cambió.

—Eso no es una respuesta.

—Es toda la que hay.

Me estudió durante un momento.

—No.

—Klara.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Reducir tu vida a verbos.

La miré.

—Sobreviví. Peleé. Trabajé. Obedecí.

Se acercó.

—Como si decir qué sentiste fuese una obscenidad.

No me gustó la precisión.

—Quizá lo sea.

—Para Thomas, tal vez.

Mi mirada se endureció. Ella lo vio.

—No metas a Thomas en esto.

—Thomas está en todo esto.

Señaló la fotografía.

—Está en tu nombre. En tu cicatriz. En el callejón. En Voss. En mi madre. En mi hermano.

Sus ojos regresaron a los míos.

—Y cada vez que intento encontrarte a ti, encuentro primero algo que Thomas dejó allí.

La frase cayó con una violencia silenciosa, no supe qué contestar, así que no contesté. Klara respiró despacio.

—¿Ves?

Giré el rostro.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Mirarme como si sintieras lástima.

Su expresión se endureció.

—Jamás te miraría con lástima.

—Entonces ¿qué es?

Klara quedó frente a mí.

Tan cerca que mis rodillas rozaron la falda de su vestido.

—Todavía intento averiguarlo.

Alcé los ojos. Ella no sonreía, eso era peor. Su presencia podía ser extrañamente dominante cuando dejaba de defenderse.

No elevaba la voz, no necesitaba moverse, simplemente estaba y uno terminaba consciente de ella de la misma forma en que era consciente del fuego demasiado cerca.

—Klara.

—¿Qué?

—Deja de acercarte.

—¿Por qué?

—Sabes por qué.

Sus pupilas se dilataron.

—Quiero escucharlo.

Solté una risa seca.

—No.

—Cobarde.

La tomé por la cintura, fue rápido, demasiado. Klara chocó contra mí, su respiración se cortó, mi otra mano encontró el borde de la mesa detrás de ella, no la besé, precisamente por eso fue peor.

Su pecho subía y bajaba contra el mío, sus dedos se cerraron sobre las solapas de mi chaqueta.

—Vuelve a llamarme cobarde.

Mi voz salió más baja de lo previsto, Klara levantó el rostro, su boca quedó a un suspiro.

—Cobarde.

La miré.

Ella me sostuvo, no había miedo, había provocación, deseo y algo más peligroso que ambos: confianza.

Mi pulgar se movió una vez sobre su cintura, Klara entreabrió los labios, el sonido que escapó de ella fue apenas una respiración, pero lo escuché, por supuesto que lo escuché.

Yo era un Águila.

Estaba entrenado para escuchar aquello que otros deseaban ocultar y en ese momento odié cada año de entrenamiento que me permitía saber exactamente lo que estaba haciendo con ella.

Bajé la cabeza, su nariz rozó la mía, Klara cerró los ojos, no la besé, me aparté, ella tardó un segundo en abrirlos.

Cuando lo hizo, estaba furiosa.

—Eres un miserable.

—Probablemente.

—¿Por qué hiciste eso?

—No hice nada.

Klara soltó una risa incrédula.

—Eso es exactamente el problema.

Pasó junto a mí, la sujeté de la muñeca, no con fuerza, lo suficiente, se detuvo.

—No quiero besarte porque estoy enfadado.

Klara giró lentamente.

—¿Y eso debería hacerme sentir mejor?

—No.

—Magnífico.

—Quiero saber que cuando lo haga...

Callé.

No acostumbraba terminar esa clase de frases, Klara esperó.

—¿Cuando lo hagas qué?

Mi pulgar rozó el interior de su muñeca.

Sentí el pulso acelerado.

—No tendrá nada que ver con Voss.

Sus ojos descendieron hacia mi mano.

—¿Y si yo no quiero esperar?

Aquello casi acabó conmigo. La solté.

—Entonces será mejor que no vuelvas a decir algo así.

Por primera vez, Klara sonrió como una mujer que sabía perfectamente que había ganado.

Thomas estaba despierto cuando entramos en su habitación, naturalmente, el hombre parecía considerar el sueño una debilidad moral, estaba escribiendo, no levantó los ojos.

—Habéis tardado.

Dejé la fotografía frente a él, Thomas dejó de escribir, la miró y luego me miró a mí.

—¿Dónde la encontraste?

—Voss.

Nada, ni una pestaña, pero su mano dejó la pluma.

—Está vivo.

—Sí.

Thomas se recostó.

—Interesante.

Me reí.

—¿Interesante?

Klara cerró la puerta.

—Nos dijo que sabía dónde encontrar a Francis aquella noche.

Thomas la miró, después a mí.

—Lo sabía.

La respuesta fue tan inmediata que me enfureció más.

—¿Pagaste a aquellos hombres?

—No.

—¿Voss?

Silencio.

—Thomas.

—Sí.

Me levanté, la silla cayó detrás, Klara permaneció quieta, Thomas también.

—¿Por qué?

—Porque necesitábamos saber si eras tú.

La habitación se volvió muy silenciosa.

—¿Yo quién?

Thomas me sostuvo la mirada, por primera vez en años deseé golpearlo. Quizá porque por primera vez desde los diecisiete volvía a sentir que él sabía algo sobre mí que yo ignoraba.

—Siéntate.

—No.

—Francis.

—No vuelvas a darme una orden.

Klara me miró, Thomas no reaccionó, eso era lo verdaderamente peligroso de él. Mientras yo llenaba la habitación con rabia, Thomas la llenaba sin moverse, dos formas distintas de autoridad, una nacía del fuego, la otra de saber exactamente cuánto podía arder sin acercarse.

—Muy bien —dijo.

Se puso de pie.

—Margaret Baincot no era tu madre.

No sentí nada inmediatamente.

—Ya lo suponía.

—Trabajaba para Anna Vogel.

Klara dejó escapar una pequeña respiración. La miré. Su rostro había perdido color. Thomas continuó.

—Anna te entregó a Margaret cuando eras un niño.

—¿Por qué?

Thomas no respondió. Klara sí entendió algo antes que yo.

—Mi madre conocía a Francis.

Thomas la miró.

—Sí.

—¿Quiénes eran sus padres?

—Eso no lo sé.

Me reí sin humor.

—Conveniente.

—Es la verdad.

—¿Cómo me llamaba?

Thomas guardó silencio. Ahí estaba.

—Lo sabes.

—Sé algo.

—Dímelo.

—No estoy seguro de que sea cierto.

Di un paso.

—Thomas.

Klara tocó mi brazo, no para detenerme, para recordarme que estaba allí. No sé por qué funcionó. Thomas abrió un cajón, sacó una vieja carpeta, la puso sobre la mesa.

—Encontré esto hace ocho años.

No la toqué.

—¿Qué es?

—El motivo por el que fui a aquel callejón.

Abrí.

Había una hoja, un registro de defunción.

Francis Baincot. Seis años. Fiebre escarlata. Muerto. Debajo había otro documento. Sin nombre. Solo una descripción. Varón. Aproximadamente seis años. Cabello oscuro. Ojos claros. Y una instrucción escrita por Anna Vogel. Entregar a M. Baincot. Cambiar nombre. Nadie debe saber que sobrevivió.

Klara se acercó y leyó conmigo.

—¿Sobrevivió a qué? —susurró.

Thomas sacó una tercera hoja, no me la entregó, la sostuvo.

—A San Jerónimo.

—¿Qué hicieron?

—Eso es lo que Anna nunca escribió.

Le arrebaté la hoja, había una lista de niños, doce nombres, algunos tachados, otros marcados con cruces.

Al final:

Sujeto XIII: sin identificar.

Debajo había una fecha, la misma semana en que Francis Baincot había muerto, sentí frío.

—¿Soy el trece?

Thomas no respondió. Klara leyó algo más abajo.

—Aquí hay una anotación.

Su dedo se detuvo, la tinta era distinta, más reciente, una frase añadida muchos años después.

El XIII pertenece al primero.

Miré a Thomas.

—Vane.

—Eso parece.

—¿Qué significa?

Thomas abrió la boca, tres golpes sonaron en la puerta, todos nos quedamos quietos. Uno. Pausa. Dos rápidos. Una señal de las Águilas. Thomas tomó su arma. Yo también.

—¿Esperas a alguien?

—No.

Klara sacó la pistola del bolso. Thomas la miró.

—Quédese detrás.

Ella levantó una ceja.

—No.

Por alguna razón, casi sonreí. Thomas me lanzó una mirada.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

Nos colocamos, Thomas abrió, pero no había nadie, solo un paquete sobre el suelo, pequeño, envuelto en papel negro.

Thomas lo recogió, dentro había una caja. La abrió, encontrándose con un dedo humano.

Klara palideció, había un anillo todavía puesto. Un águila con las alas cerradas y una nota. Thomas la leyó. Su expresión cambió, por primera vez, de verdad, le quité el papel.

Solo había seis palabras.

El primero ya tiene al segundo.

Debajo:

Trae al XIII y vivirá.

Klara me miró.

—¿Quién es el segundo?

Thomas seguía contemplando el dedo, no respondió inmediatamente, pero cuando finalmente lo hizo, su voz había perdido toda frialdad.

—Gabriel Voss.

Me quedé inmóvil.

—¿Voss es el segundo?

Thomas asintió. Miré la nota, después a él.

—Entonces ¿quién es el primero?

Thomas levantó los ojos y comprendí que había interpretado mal la historia desde el principio.

—No Elias Vane —dijo.

Una pausa.

—Anna Vogel.