El último custodio Capítulo V
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Capítulo V

El hombre de la cicatriz

Durante unos segundos nadie habló.

Klara miró mi rostro. No mis ojos. La cicatriz.

La misma que había tocado aquella mañana con una delicadeza que todavía podía recordar demasiado bien.

Esta vez su expresión era distinta, como si aquella línea blanca hubiese dejado de pertenecerme.

—¿Quién? —preguntó.

Avery apoyó un hombro contra el marco secreto.

Parecía excesivamente cómodo para un hombre que llevaba tres años muerto.

—Gabriel Voss.

Sentí el nombre antes de comprenderlo.

Una presión antigua en el pecho.

—Voss está muerto.

Avery sonrió.

—También yo.

No respondí. Gabriel Voss. Thomas me había presentado al hombre cuando yo tenía dieciocho años.

Nunca supe exactamente qué posición ocupaba entre las Águilas.

Thomas daba órdenes. Voss conseguía que ocurrieran.

No hablaba más de lo necesario, no amenazaba, no discutía, era peor, había hombres cuya autoridad dependía de que otros les temieran.

Gabriel Voss no necesitaba comprobar si lo hacían.

—Él me entrenó —dije.

Klara giró hacia mí. Avery negó.

—No. Thomas te entrenó. Voss te enseñó a hacer daño.

Aquello era cierto.

—¿Mató a mi madre? —preguntó Klara.

Avery la miró.

—Sí.

Una palabra. Nada más. La vi atravesarla, Klara no lloró, no retrocedió, solo bajó ligeramente la pistola. El dolor, descubrí entonces, podía parecerse mucho a la dignidad cuando una persona se negaba a permitirle ocupar demasiado espacio.

Me moví hacia ella, no la toqué, Klara percibió mi presencia.

Eso bastó.

—¿Por orden de Thomas? —pregunté.

Avery me sostuvo la mirada, ahí estuvo la primera vacilación, pequeña, pero existió.

—Eso deberías preguntárselo a él.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Y estoy procurando mantenerme vivo.

—Ya lo hiciste una vez.

Di un paso. Avery dejó de sonreír.

—No juegues conmigo, Francis.

—No estoy jugando.

—Lo sé.

Su mirada descendió hacia mi mano.

No me había dado cuenta de que había apretado tanto el arma.

—Por eso eres peligroso cuando estás enfadado.

Klara habló detrás de mí.

—¿Por qué Voss lo hirió?

Silencio. Avery volvió a mirarla.

—Porque Thomas necesitaba saber cuál de los dos obedecería cuando llegara el momento.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué momento?

—Ese es el problema con Thomas. Siempre prepara a las personas para guerras que todavía no saben que existen.

—Avery.

—París no fue una emboscada.

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

—¿Qué?

—Fue una prueba.

La habitación pareció perder temperatura.

Recordé el corredor, los hombres, el cuchillo, la sangre cubriéndome un ojo. Avery arrastrándome fuera. Thomas sentado junto a mi cama después. Te dije que observaras las manos.

—Mientes.

—Sí.

Lo dijo con tanta naturalidad que Klara frunció el ceño.

Avery continuó:

—Con frecuencia. Pero no ahora.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Voss intentó matarme.

—No.

—Me abrió la cara con un cuchillo.

—Si Gabriel Voss hubiera querido matarte a los diecinueve, ahora no tendrías una cicatriz.

Una pausa.

—Tendrías una tumba.

Lo sabía, ese era el problema, había visto trabajar a Voss, la precisión de aquel hombre era casi ofensiva, nunca fallaba.

Así que aquella noche en París… No había fallado, había elegido. Instintivamente llevé los dedos hasta la cicatriz.

Klara lo vio. Avery también.

—¿Qué estaban probando? —pregunté.

—Todavía no puedo decírtelo.

Le apunté. Klara no intervino.

—Intenta otra respuesta.

Avery suspiró.

—Thomas escogió a varios hombres durante aquellos años. Tú fuiste uno. Johann fue otro.

Klara se tensó.

—Mi hermano.

—Sí.

—¿Para qué?

—Para encontrar algo que Anna escondió antes de morir.

Miré la caja. La carta. Mi nombre escrito muchos años antes de conocer a Thomas.

—¿Qué?

Avery volvió a sonreír.

—Eso es precisamente lo que todos siguen buscando.

Un ruido surgió en el corredor.

Dos golpes. Pausa. Uno más.

Avery cambió, toda frivolidad desapareció.

—Tenemos que irnos.

—No.

—Francis.

—Todavía no has explicado cómo Anna conocía mi nombre.

Los pasos se acercaban. Avery abrió el panel.

—Porque no era tu nombre lo que conocía.

Me quedé quieto.

—¿Qué significa eso?

—Esta noche. Palacio Ferstel. Medianoche.

Metió una mano en el bolsillo y arrojó algo, lo atrapé antes de que golpeara mi cara, era una invitación.

—Busca a Voss.

—¿Estará allí?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

Avery ya estaba entrando en la oscuridad.

—Porque fue él quien pagó para que intentaran matarte mañana.

El panel comenzó a cerrarse.

Lo detuve con la mano.

—Avery.

Sus ojos aparecieron entre las sombras.

—¿Qué significa que no conocía mi nombre?

Sonrió.

Esta vez había algo casi compasivo en aquella sonrisa.

—Pregúntale a Thomas por Francis Baincot.

El panel se cerró, escuché un mecanismo bloquearse detrás, Klara y yo quedamos solos, miré la invitación, después la carta de Anna. Francis Baincot deberá decidir. De pronto aquellas palabras parecían pertenecerle a otro hombre.

—¿Quién eras antes?

La pregunta llegó cuando ya habíamos salido del edificio. No contesté. Klara caminaba junto a mí bajo una lluvia fina que había sustituido a la nieve.

—Francis.

—Ese es mi nombre.

—Avery acaba de insinuar lo contrario.

—Avery acaba de regresar de entre los muertos. Le concedo un margen bastante amplio para decir estupideces.

—Estás evitando responder.

—Porque no tengo respuesta.

Ella se detuvo, yo seguí dos pasos antes de hacerlo. Cuando me volví, Klara continuaba en mitad de la acera. La ciudad se movía alrededor de ella, carruajes, paraguas, personas.

Ninguna parecía importar.

—No quiero que hagas eso conmigo —dijo.

—¿Qué?

—Callarte cuando tienes miedo.

La palabra me molestó.

—No tengo miedo.

—Entonces eres más necio de lo que imaginaba.

Regresé hacia ella.

—Cuidado.

—¿Es una amenaza?

—Una recomendación.

Klara levantó el rostro.

—No me impresionas cuando haces eso.

—¿Hacer qué?

—Convertirte en un muro.

Estábamos demasiado cerca otra vez.

Empezaba a sospechar que entre nosotros las distancias tenían una vida particularmente corta.

—Los muros son útiles.

—También son cobardes.

Eso sí dolió, probablemente porque había acertado. Mi mirada bajó hasta su boca. Klara lo notó, su respiración cambió, pero sostuvo mis ojos, siempre los sostenía, era una de las cosas más peligrosas de ella.

—No sabes suficiente de mí para llamarme cobarde.

—Entonces deja que te conozca.

Silencio.

La lluvia se quedó atrapada en sus pestañas, una gota descendió por su mejilla, tuve ganas de quitarla, no lo hice.

—Eso podría ser peor para ti.

Klara inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Siempre decides por las mujeres lo que pueden soportar?

—Solo por las que se empeñan en recibir disparos conmigo.

—Quizá me gustan tus compañías.

—Tus gustos son cuestionables.

La comisura de su boca se levantó, ahí estaba, esa maldita sonrisa. Sentí que algo dentro de mí cedía, muy poco, demasiado. Klara pasó junto a mí, al hacerlo, sus dedos rozaron deliberadamente los míos.

—Medianoche —dijo—. Necesitamos ropa adecuada.

Miré hacia ella.

—¿Para qué?

Se volvió caminando de espaldas.

—Para conocer al hombre que asesinó a mi madre.

Una pausa.

—Y para averiguar quién eres tú.

El Palacio Ferstel estaba lleno de personas que jamás admitirían haber pagado por un secreto. Banqueros, diplomáticos, aristócratas, mujeres cubiertas de joyas que conocían más de política europea que sus maridos, hombres cuyos apellidos podían abrir fronteras. La clase de lugar que Thomas adoraba.

Todo el mundo tenía algo que perder, por tanto, todo el mundo podía comprarse, me ajusté los guantes frente al espejo, traje negro, chaleco, corbata blanca, el cabello peinado hacia atrás hacía que la cicatriz pareciera todavía más visible.

Nunca me había importado, aquella noche sí.

Escuché abrirse la puerta, me giré y olvidé durante un instante por qué estaba allí.

Klara llevaba un vestido color vino, oscuro, sin excesos.

El escote dejaba descubiertos sus hombros y una parte suficiente de su cuello como para volver inconveniente cualquier pensamiento prolongado.

El cabello estaba recogido, dos mechones deliberadamente sueltos enmarcaban su rostro, no llevaba collar, no lo necesitaba.

Su presencia llenó la habitación antes que ella.

—Di algo.

La observé.

—No.

Klara frunció el ceño.

—¿No?

—Si digo lo que estoy pensando, llegaremos tarde.

Silencio.

Un ligero rubor apareció sobre sus mejillas, victoria, una pequeña, pero extraordinariamente satisfactoria.

Klara cogió unos guantes de la mesa.

—Entonces procura seguir pensando en silencio.

Pasó a mi lado.

El perfume, ya sabía qué era, azahar. Maldita mujer.

—Espera.

Se detuvo.

El cierre de su collarín estaba mal ajustado, no era necesario arreglarlo, pero lo hice de todos modos.

Me coloqué detrás, mis dedos encontraron su nuca, Klara dejó de respirar, solo un segundo, separé con cuidado un mechón de cabello, su piel estaba caliente.

—¿Qué haces?

Su voz había bajado.

—Está torcido.

—Podía hacerlo yo.

—No lo hiciste.

Mis dedos cerraron el pequeño broche, debería haberme apartado, no lo hice, mi pulgar quedó junto a su nuca.

Klara giró lentamente la cabeza, su mejilla casi rozó mi boca.

—Francis.

No respondió ninguna pregunta, porque no había preguntado nada. Me alejé.

—Vamos.

Escuché una pequeña exhalación detrás de mí, no supe si era alivio, esperaba que no.

Entramos como matrimonio.

La invitación pertenecía al señor y la señora Beaumont.

—¿Cuánto llevamos casados? —susurró Klara mientras subíamos las escaleras.

—Cuatro años.

—Demasiado.

—¿Dos?

—Tampoco.

La miré.

—¿Cuánto tiempo soportarías estar casada conmigo?

Klara sonrió al anfitrión mientras entregábamos la invitación.

—Una semana.

—Cruel.

—Una semana muy intensa.

No miré hacia ella, fue una cuestión de disciplina.

—Eso ha sonado indecente.

—Solo para alguien que estuviera pensando indecencias.

—Klara.

—Francis.

Entramos al salón.

La orquesta tocaba un vals, cientos de velas se reflejaban sobre los espejos, oro, cristal, perfume, mentiras. Sentí la mano de Klara entrar bajo mi brazo, natural, elegante. Su cuerpo se acercó al mío.

—Sonríe —murmuró.

—Estoy sonriendo.

—Pareces a punto de matar a alguien.

—Es mi sonrisa social.

Klara soltó una risa pequeña, algunos hombres la miraron, no me gustó y ella lo notó, naturalmente.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Estás mirando a ese hombre.

—Él te está mirando a ti.

—¿Y?

—No me agrada.

Klara levantó los ojos.

—Estamos fingiendo estar casados. No tienes que sentirlo.

La miré.

—No estoy fingiendo esa parte.

Su sonrisa desapareció, la música pareció subir, por primera vez en toda la noche, Klara perdió una respuesta.

Me gustó demasiado.

—Baila conmigo —dije.

—¿Eso es una orden?

—Sí.

—Entonces no.

La tomé por la mano.

—Klara.

—Francis.

—Todos los matrimonios felices discuten en privado.

—Nosotros llevamos una semana casados. Todavía estoy considerando asesinarte.

—Después del vals.

La conduje hacia la pista.

Klara bailaba bien, eso era un problema, mi mano descansaba en su cintura, la suya sobre mi hombro, nuestros cuerpos guardaban la distancia correcta para la sociedad y una distancia completamente equivocada para mi tranquilidad.

—No sabía que bailabas —dijo.

—Thomas considera que un hombre incapaz de bailar resulta sospechoso en determinados círculos.

—Thomas parece haberte enseñado todo.

La hice girar y cuando volvió hacia mí, quedó más cerca.

—No todo.

—¿Qué olvidó?

Miré su boca, Klara tragó.

—Esto, por ejemplo.

—¿Bailar?

—Distraerme.

Sus dedos se tensaron sobre mi hombro.

—No pareces distraído.

—No estás prestando suficiente atención.

Sus ojos se oscurecieron, otra vuelta, otra pareja pasó junto a nosotros, Klara se pegó ligeramente a mí para evitarla.

Mi mano se deslizó unos centímetros por su espalda.

Ella levantó la mirada.

—Eso no era necesario.

—Lo sé.

No se apartó, la música continuó, su respiración contra mi cuello, mi pulgar moviéndose una vez sobre la tela de su vestido, nada más, pero suficiente.

—Francis.

—¿Sí?

—Si vas a seguir mirándome de esa manera, al menos hazlo cuando no tenga que fingir que no me doy cuenta.

La frase cayó entre nosotros, mi mano se detuvo.

—¿Y cuándo sería eso?

Klara se acercó apenas, sus labios quedaron junto a mi oído.

—Averígualo.

Luego se apartó. Cruel. Absolutamente cruel.

La hice girar de nuevo para impedir que viera mi expresión, entonces lo vi en el extremo del salón. Cabello gris en las sienes, traje oscuro, una copa intacta en la mano.

Gabriel Voss.

El tiempo había pasado por él con poca autoridad, seguía teniendo aquella espalda recta, aquellos ojos imperturbables y una pequeña cicatriz sobre el nudillo derecho. Mi cuerpo lo reconoció antes que mi memoria, Klara sintió cómo cambiaba.

—¿Qué?

—Está aquí.

No tuve que señalarlo, Voss ya nos miraba, directamente hacia a mí, después a Klara y fue cuando sonrió.

—No te separes de mí.

—No pensaba hacerlo.

La música terminó.

Voss levantó la copa hacia nosotros, después desapareció entre la multitud, fuimos tras él.

Lo perdimos junto a las galerías privadas.

—Por ahí.

Klara señaló una puerta. Entramos. Un corredor oscuro, silencio, avanzamos, encontré una puerta abierta al final, dentro había una pequeña biblioteca vacía, sobre la mesa descansaba una copa y una fotografía.

La cogí, mi sangre se enfrió. Era antigua, un muchacho, delgado, cabello demasiado largo, diecisiete años. Yo. La noche en que había conocido a Thomas, la fotografía estaba tomada desde el otro extremo del callejón. Thomas aparecía de espaldas, yo tenía los puños levantados, Klara se acercó.

—¿Eres tú?

Asentí. Di la vuelta a la fotografía, había una frase escrita: Thomas no te encontró por casualidad. Debajo: Pregúntale quién pagó a aquellos tres hombres.

Sentí un movimiento detrás. Me giré. Voss estaba en la puerta, no llevaba arma visible, nunca la necesitaba visible.

—Has crecido bien, muchacho.

No respondí, Klara se colocó junto a mí, Voss la contempló, por primera vez, su expresión perdió aquella serenidad absoluta.

—Anna tenía tus mismos ojos.

Klara levantó la barbilla.

—Usted la mató.

Voss no negó.

—Sí.

Mi mano fue hacia el arma.

—Francis.

La voz de Voss me detuvo, no porque me ordenara hacerlo, porque utilizó un tono que no escuchaba desde los diecinueve, el mismo con que me había enseñado a sostener un cuchillo.

—Antes de dispararme deberías preguntarte por qué Thomas envió a un muchacho de diecisiete años exactamente al callejón donde sabía que yo estaría observando.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué?

Voss miró la fotografía.

—No te reclutó aquella noche.

Una pausa.

—Te recuperó.

Klara se quedó inmóvil, yo también.

Voss sonrió sin alegría.

—Francis Baincot murió cuando tenía seis años.

Y entonces apagó la lámpara.