El último custodio Capítulo IV
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Capítulo IV

Lo que Thomas no enterró

La sangre parecía más oscura sobre la nieve.

Klara no soltó mi mano hasta que escuchamos voces acercándose por el camino. Entonces lo hizo de golpe, como si acabara de recordar que me estaba tocando, como si aquello fuese más peligroso que el hombre que acababa de dispararnos.

Me levanté.

—Tenemos que irnos.

Klara continuó mirando a Helena. La anciana yacía junto a la ventana rota, con los ojos entreabiertos y una quietud que ninguna habitación debería contener.

—No podemos dejarla aquí.

—La policía llegará.

—No me importa la policía.

—A mí sí.

Me miró, tenía sangre en la mejilla, una línea pequeña, casi elegante, que descendía desde el pómulo hasta el borde de la mandíbula. Me acerqué, Klara no retrocedió, pasé el pulgar por su piel, la sangre desapareció bajo mi dedo. Ella respiró más despacio.

—No es tuya —dije.

—Ya lo sé.

Seguí sosteniendo su rostro un instante más, no había ninguna razón para hacerlo, la inventé, miré la pequeña herida junto a su sien, superficial, después sus ojos.

—Estás bien.

Era una afirmación, no una pregunta.

Klara apoyó una mano alrededor de mi muñeca, no para apartarla, simplemente la dejó allí.

—Tú también.

El mundo permaneció quieto entre nosotros.

Afuera alguien gritó, la realidad volvió, retiré la mano. Klara fue hasta la mesa y tomó la fotografía de su madre, la guardó dentro del abrigo, no pregunté.

—¿Lista?

—No. —Abrió la puerta—. Vamos.

Salimos por la parte trasera, había huellas en la nieve. Hombre, botas grandes, paso largo, había corrido hacia el bosque.

Me agaché.

—¿Puedes seguirlo?

Klara estaba detrás de mí.

—Sí.

Levanté la mirada.

—No era una invitación.

—No te estaba pidiendo permiso.

Se acerco, la expresión de dolor había desaparecido de su rostro, ahora había otra cosa: frialdad. La clase de frialdad que nace cuando el sufrimiento encuentra una dirección.

Me puse de pie.

—Tu hermano murió buscando respuestas. Helena también.

—Precisamente.

—Y quieres ser la tercera.

—No.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Quiero encontrar a quien está decidiendo quién muere.

No había temblor ni duda, su presencia había cambiado, hasta ese momento yo había visto a Klara esconder miedo detrás de inteligencia, ahora no escondía nada. Era hermosa de una forma distinta cuando estaba enfadada. Más peligrosa. Tuve la sensación poco conveniente de que podría acostumbrarme.

—No vuelvas a mirarme así —dijo.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo qué hacer conmigo.

Me acerqué.

—Siempre estoy decidiendo qué hacer contigo.

Klara levantó el mentón.

—¿Y ya lo averiguaste?

La nieve descendía entre nosotros, lenta, silenciosa, sus labios estaban demasiado cerca.

—Todavía no.

Algo ardió en sus ojos, no fue vergüenza, fue desafío.

—Cuando lo hagas, avísame.

Pasó junto a mí, mi mandíbula se tensó.

La seguí, aquella mujer iba a matarme antes de que lo consiguieran los hombres de Vane y comenzaba a sospechar que la muerte sería considerablemente más agradable.

Perdimos las huellas cerca del río, quien había disparado tenía un caballo preparado.

—Profesional —dije.

Klara observó las marcas.

—¿Un Águila?

La miré.

—No todos los profesionales trabajan para Thomas.

—No has dicho que no.

—Tampoco he dicho que sí.

—Empiezo a odiar esa costumbre tuya.

—No.

Klara giró hacia mí.

—¿No qué?

—Todavía no me odias.

Su expresión permaneció seria, solo los ojos la traicionaron.

—Eres excesivamente seguro de ti mismo.

—No. Solo observo.

—¿Y qué observas?

No respondí, era mejor para ambos.

La habitación de Klara había sido registrada, lo supimos antes de entrar, la puerta estaba cerrada, la cerradura intacta, pero el pequeño hilo negro que yo había colocado entre el marco y la madera esa mañana había desaparecido.

Klara lo vio en mi mano.

—¿Cuándo pusiste eso?

—Cuando salimos.

—¿Por qué?

Abrí la puerta.

—Porque no confío en nadie.

Entró detrás de mí.

—Qué existencia tan agradable.

—Sigo vivo.

—Una existencia larga no necesariamente es buena.

Me detuve, ella también.

Aquella frase había sido casual, pero para mí no lo era. Thomas habría defendido exactamente lo contrario: vivir primero, preguntarse después si había valido la pena.

Entré, no faltaba nada, eso era peor.

Los cajones estaban cerrados, la cama tendida, la lámpara en su sitio, pero alguien había revisado cada centímetro y había vuelto a colocarlo con demasiado cuidado. Me acerqué al escritorio.

—Buscaban algo.

—Lo de la lista.

—Probablemente.

—Pero no tengo nada.

La miré.

—Tu madre.

Klara quedó quieta.

—¿Qué?

—Helena dijo que Anna fue parte de aquello. Johann descubrió algo. Alguien cree que terminó en tus manos.

—No terminó nada en mis manos.

—Quizá sí y no lo sabes.

Su mirada fue hacia el armario, solo un instante, suficiente, me acerqué. Klara se interpuso.

—No.

—¿Qué hay ahí?

—Nada.

—Klara.

—He dicho que no.

Ahí estaba otra vez, aquella autoridad. No gritaba, no necesitaba hacerlo, su cuerpo bloqueaba el armario y sus ojos me ordenaban retroceder. No lo hice. Nos quedamos frente a frente.

—Muévete.

—No.

—No voy a preguntarlo otra vez.

—Eso sonó muy impresionante.

—Era la intención.

Klara sonrió apenas.

—También estoy armada.

—Lo sé.

—¿Cómo?

Bajé la mirada hacia su vestido, no mucho, lo suficiente.

—Tu corsé está más rígido del lado izquierdo.

Klara siguió mi mirada, después volvió a mí.

—Has estado mirando demasiado.

—Es mi trabajo.

—¿Mi corsé?

Sus labios se curvaron.

—Interesante profesión.

Me acerqué medio paso.

—No dije que me estuviera quejando.

El aire cambió, Klara dejó de sonreír, pero no retrocedió, su cuerpo quedó apenas a unos centímetros del mío.

—Francis.

Esta vez mi nombre no sonó como advertencia, sonó peor, bajo.

Casi íntimo.

—¿Sí?

—Aléjate.

No lo hizo ella, eso me pareció importante.

—Podrías hacerlo tú.

—Podría.

Ninguno se movió.

Entonces Klara levantó una mano, creí que iba a empujarme, sus dedos encontraron mi corbata, la enderezó, muy despacio.

Era absurdo. Estábamos investigando una muerte, alguien había entrado en su habitación y, sin embargo, toda mi atención quedó atrapada en aquellos dedos ajustando el nudo bajo mi garganta.

—Estaba torcida —dijo.

—Claro.

No aparté los ojos de su rostro. Klara terminó, pero su mano permaneció sobre mi pecho, un segundo, dos, sus pupilas se habían dilatado. Lo vi, ella vio que lo había visto. Su mano cayó.

—No abras el armario.

—Ahora tengo todavía más ganas.

—Eres insoportable.

—Y tú escondes algo.

—No de ti.

Aquello me hizo callar.

—Entonces ¿de quién?

Klara cerró los ojos un momento.

Luego abrió el armario; había un vestido azul, dos abrigos, una caja de sombreros, nada más. Klara se agachó, retiró una tabla del fondo, sacó una pequeña caja de madera, no tenía cerradura. La colocó sobre la cama.

—Mi padre me la entregó cuando cumplí dieciocho años.

—¿Qué hay dentro?

—Nunca pude abrirla.

—Acabas de decir que no tiene cerradura.

—Porque no se abre con una llave.

Tomé la caja, madera oscura, trabajo fino, no había bisagras visibles. En la tapa, apenas perceptible, había un dibujo: un águila. No la nuestra, las alas estaban cerradas.

—¿Habías visto esto?

—Pensé que era decoración.

Pasé los dedos sobre el símbolo, algo cedió, un mecanismo interno. Klara se acercó,su hombro quedó contra el mío, la caja se abrió. Dentro había tres cosas: una medalla, una carta y un mechón de cabello rubio sujeto con una cinta negra.

Klara tocó la carta.

—Es la letra de mi madre.

La voz se le quebró. No la miré, le permití aquella pequeña dignidad. Abrió, leyó en silencio, su rostro cambió.

—¿Qué dice?

No respondió.

—Klara.

Me entregó el papel que solo tenía unas líneas.

Johann:

Si alguna vez recibes esto, significa que Thomas no pudo protegernos. No lo odies por ello. Elias tenía razón sobre una cosa: un secreto solo pertenece a quien está dispuesto a morir por conservarlo.

Francis Baincot deberá decidir.

Me quedé inmóvil y volví a leer, no podía haber error. Mi nombre, la carta tenía años, muchos. Klara me miraba.

—¿Qué edad tenías cuando murió mi madre?

Calculé.

—Trece.

Silencio.

—Todavía no conocías a Thomas.

—No.

—Entonces ¿cómo sabía ella quién eras?

No tuve respuesta, eso comenzaba a ocurrirme demasiado. Miré la medalla, la levanté, en un lado tenía grabada el águila cerrada, en el otro, dos palabras en latín.

Primus vigilat.

El primero vigila.

Klara tomó el mechón de cabello. Rubio.

—Mi madre era castaña.

Levanté los ojos, ella también comprendió.

—Vane —dijo.

Tal vez.

Entonces escuchamos el ruido. No provenía de la puerta, venía de dentro de la habitación. Un pequeño clic metálico.

Giré.

La pared junto a la chimenea se movió. Un panel. No había advertido la abertura y eso me irritó. Saqué la pistola, Klara hizo lo mismo, la puerta secreta se abrió unos centímetros, oscuridad y luego hubo una voz.

—Siempre fuiste más lento de lo que Thomas decía.

Conocía aquella voz, sentí que la sangre se me enfriaba, el hombre salió de la oscuridad, no era Elias Vane, era Nicholas Avery, el hombre que había estado conmigo en París, el hombre que me había visto obtener la cicatriz, el hombre cuyo funeral habíamos celebrado tres años atrás.

Avery miró mi arma, después mi rostro, su sonrisa seguía siendo exactamente la misma.

—Francis.

No pude hablar.

Él inclinó ligeramente la cabeza hacia Klara.

—Señorita Vogel.

Klara apretó la pistola.

—¿Quién es usted?

Avery me miró.

—¿No se lo has contado?

—Creí que estabas muerto.

—Thomas también.

—Eso no responde.

—No.

Sonrió.

—Pero explica mucho.

Dio un paso hacia la luz y entonces vi su mano, en el dedo índice llevaba un anillo, un águila, las alas cerradas.

El mismo símbolo de la caja.

—¿Eres de San Jerónimo? —pregunté.

Avery negó.

—San Jerónimo murió hace mucho.

Sus ojos descendieron hacia la carta que tenía en la mano.

—Lo que quedó después fue mucho más interesante.

Klara se acercó a mí, no detrás, a mi lado.

Avery lo vio y dibujó otra pequeña sonrisa.

—Thomas tenía razón sobre ti.

—¿En qué?

—Siempre elegirías a alguien.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué quieres?

—No quiero nada.

Miró a Klara.

—Ella sí.

Klara no bajó el arma.

—¿Qué?

Avery sostuvo sus ojos.

—Saber quién mató a su madre.

Silencio. Klara respiró.

—Dímelo.

Avery la miró largamente, después me miró a mí y comprendí que iba a disfrutar aquello.

—Fue un Águila.

Klara quedó inmóvil.

—¿Cuál?

Avery sonrió.

—Francis conoce su nombre.

Sentí la presión de la mirada de Klara, no sabía qué esperaba que dijera, yo tampoco sabía qué nombre pretendía darle Avery.

Entonces él habló.

—El hombre que mató a Anna Vogel fue quien enseñó a Francis a sobrevivir.

Mi mano se cerró sobre el arma, Klara perdió el color.

—Thomas —susurró.

Avery negó lentamente.

—No.

Su sonrisa desapareció.

—El hombre que le dio esa cicatriz.