Capítulo III #2
—Dijiste que era una historia decepcionante.
—Lo es.
—Cuéntamela.
Tomé café demasiado caliente.
—No.
Klara apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque entonces dejaría de ser misterioso.
—Nunca te he considerado misterioso.
—Eso es ofensivo.
—Eres callado. No es lo mismo.
Me quedé mirándola.
—¿Cuál es la diferencia?
—Las personas misteriosas quieren que uno pregunte.
Tomó café.
—Tú quieres que nadie pregunte jamás.
No esperaba aquello. Klara bajó la taza.
—¿Me equivoco?
No.
—Mucho.
—Otra mentira.
—Empiezas a resultar agotadora.
Sonrió.
Y ahí tuve un problema, porque ya sabía cómo sonreía y quería verla hacerlo otra vez.
La cicatriz no era una historia decepcionante, era una historia que no contaba, tenía diecinueve años.
Thomas me había enviado a París con un hombre llamado Nicholas Avery, una entrega sencilla, eso había dicho Thomas, las entregas sencillas eran las que generalmente terminaban con alguien perdiendo sangre.
Avery y yo salimos del edificio corriendo, tres hombres detrás.
—¡La ventana! —gritó.
—Estamos en el cuarto piso.
—Entonces procura caer con elegancia.
Nunca averigüé si hablaba en serio, no tuvimos tiempo.
Uno de los hombres apareció frente a nosotros con un cuchillo, lo vi tarde, demasiado tarde, el filo me abrió desde la sien hasta el pómulo, el mundo se volvió rojo.
Recuerdo caer, recuerdo escuchar a Avery pelear y recuerdo a Thomas después, sentado junto a mi cama, no preguntándome cómo estaba, naturalmente.
—Te dije que observaras las manos.
Tenía medio rostro vendado.
—Vete al infierno.
—Eventualmente.
—¿Eso es todo?
Thomas cerró el libro que estaba leyendo.
—No.
Esperé.
—Has cometido un error.
—Gracias.
—Y vas a llevarlo en la cara.
Lo odié por decirlo, Thomas se inclinó.
—Eso es bueno.
—¿Cómo demonios va a ser bueno?
—Porque la próxima vez que alguien acerque una mano a un bolsillo, recordarás esto antes de que yo tenga que recordártelo.
—Eres un bastardo.
—También recordarás eso.
Entonces dejó algo sobre la mesa, una moneda, la misma que me había robado la noche en que nos conocimos, nunca pregunté por qué la había conservado, todavía la tenía.
—Francis.
Parpadeé. Klara estaba inclinada sobre la mesa.
—Otra vez te fuiste.
—No me fui.
—Tu cara sí.
—Mi cara tiene vida propia, aparentemente.
Ella levantó la mano, pensé que iba a coger su taza. No. Sus dedos se detuvieron cerca de mi sien, a pocos centímetros de la cicatriz. Me quedé quieto.
—¿Puedo?
No sabía por qué la pregunta me resultó tan íntima, había personas que me habían cosido aquella herida, mujeres que habían besado la cicatriz sin preguntar, ninguna me había hecho sentir aquello.
Asentí. Klara tocó el inicio de la línea blanca, con la yema del índice, despacio, no recorrió toda la cicatriz, solo ese pequeño fragmento, mi mandíbula se tensó.
Ella lo sintió. Sus ojos fueron hacia los míos.
—¿Te duele?
—No.
—Entonces ¿por qué haces eso?
—¿Qué?
Su dedo descendió hasta el extremo de mi ceja.
—Esto.
No respondí, la cafetería era demasiado silenciosa, su mano demasiado cálida. Klara retiró los dedos, sentí inmediatamente la ausencia, eso me molestó.
—Fue un cuchillo —dije.
Ella se quedó quieta.
—¿A los diecinueve?
Asentí.
—¿Thomas estaba contigo?
—No.
—Pero recuerdas algo que dijo.
La miré.
—¿Cómo sabes eso?
Klara sostuvo mi mirada.
—Porque cada vez que hablas de algo que te ocurrió después de conocerlo, Thomas aparece en alguna parte.
No tuve respuesta, aquello me molestó, porque era verdad.
Encontramos el primer mensaje al salir, clavado en la puerta de la cafetería, ninguno lo había visto entrar, eso era preocupante.
Saqué el papel, una línea: El primero recuerda al segundo. Debajo había una dirección, Klara leyó sobre mi hombro.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Vamos?
La miré.
—No.
—Francis.
—Alguien quiere que vaya a esa dirección.
—Exactamente.
—Por eso no iremos.
Klara cruzó los brazos.
—¿Y qué harás?
—Averiguar quién vive allí antes.
—¿Cómo?
Doblé la nota.
—Preguntando.
—¿Tú?
—Puedo ser encantador.
—Eso sí que quiero verlo.
La miré. Ella sonrió.
—Ven.
La dirección pertenecía a una casa en las afueras de la ciudad, un registro municipal nos dio un nombre. Helena Weiss. Setenta y cuatro años. Viuda. Sin hijos. Sin antecedentes interesantes.
Llegamos poco después del mediodía, la casa estaba aislada detrás de una verja de hierro, Klara miró las ventanas.
—Hay alguien dentro.
—¿Cómo lo sabes?
—La cortina.
Miré. Una de las telas se movió.
—Bien.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Subimos, llamé, nada. Otra vez. La puerta se abrió apenas, una mujer muy anciana apareció detrás; cabello blanco, espalda rect, ojos extraordinariamente despiertos.
Me observó. Primero la cicatriz, luego mi abrigo, después a Klara. Su rostro cambió.
—¿Johann?
Klara dio un paso.
—Era mi hermano.
La mujer cerró los ojos, solo un instante.
Cuando los abrió, me miró.
—Entonces usted debe ser el muchacho de Thomas.
No me gustó.
—Ya no soy un muchacho.
—Para Thomas probablemente todos lo sean.
Abrió la puerta.
—Entren.
Helena Weiss había conocido a Elias Vane, mucho, eso lo descubrimos antes de que terminara el té.
—Fui su esposa.
Klara dejó la taza, yo no.
—Thomas dijo que Vane no tenía familia.
Helena sonrió.
—Thomas decía muchas cosas cuando era joven.
—Todavía lo hace.
—Entonces algunas personas no mejoran.
Me cayó bien inmediatamente.
—¿Elias está vivo? —preguntó Klara.
Helena dejó de sonreír.
—No lo sé.
—¿Cómo puede no saberlo?
—Hace veintiséis años que no veo a mi marido.
—¿Y por qué alguien nos envió aquí?
Helena me miró.
—Probablemente por esto.
Se levantó, caminó hasta un pequeño escritorio, abrió un compartimento, sacó una caja, la dejó frente a nosotros.
Dentro había fotografías, viejas, Thomas mucho más joven, apenas reconocible, otro hombre junto a él; alto, cabello rubio, una sonrisa abierta, Elias Vane.
Los dos parecían felices, eso era probablemente lo más extraño de toda la fotografía: Thomas feliz.
Tomé otra, había cinco personas; Thomas, Vane, Helena, un hombre que no conocía y una mujer. Me quedé mirando su rostro, conocía esos ojos, miré a Klara, después la fotografía. Klara la tomó de mis manos, su cara perdió el color.
—No.
Helena no dijo nada.
—No —repitió Klara.
En la fotografía, junto a Thomas Hamilton y Elias Vane, había una mujer de unos veinte años. El mismo cabello, los mismos ojos verdes, la misma pequeña peca junto al ojo izquierdo, podría haber sido Klara, pero la fotografía tenía más de veinte años.
—¿Quién es? —pregunté.
Klara ya sabía la respuesta, lo vi antes de que Helena hablara.
—Anna Vogel.
Klara cerró los ojos.
—Mi madre.
El silencio cayó sobre la habitación. Helena tomó asiento.
—Johann descubrió la verdad hace un año.
—¿Qué verdad? —preguntó Klara.
La anciana me miró, después a ella.
—Que vuestra madre fue una de nosotros.
Klara negó.
—Mi madre murió cuando yo tenía seis años.
—Sí.
—Mi padre nunca habló de Thomas Hamilton.
—Lo sé.
—Ni de Elias Vane.
—También lo sé.
Klara se puso de pie, la silla raspó el suelo, me levanté detrás, no la toqué, todavía.
—¿Qué hacía mi madre con ellos?
Helena respiró lentamente.
—Anna era la razón por la que Thomas y Elias dejaron de ser amigos.
Eso no esperaba, Klara tampoco.
—¿Por qué?
Helena miró la fotografía.
—Porque ambos estaban dispuestos a destruir San Jerónimo. —Hizo una pausa—. Pero solo uno estaba dispuesto a sacrificarla para conseguirlo.
Klara quedó inmóvil, mi estómago se endureció.
—¿Cuál? —pregunté.
Helena levantó los ojos hacia mí, no respondió, no necesitó hacerlo, algo golpeó el cristal.
Giré. Demasiado tarde, la ventana explotó, tomé a Klara por la cintura y la lancé contra el suelo mientras una bala atravesaba la habitación.
Helena gritó. Otro disparo, me arrastré hacia ella, sangre, demasiada.
—¡Helena!
Klara llegó hasta nosotros.
—No, no, no...
La anciana intentó respirar, su mano encontró la mía, la apretó sorprendentemente fuerte.
—El segundo —susurró.
Me incliné.
—¿Qué?
—Encuentra... al segundo.
—¿Quién es?
Sus ojos se desplazaron hacia Klara.
—La madre...
La respiración se quebró.
—Tu madre...
Klara se acercó.
—¿Qué pasa con mi madre?
Helena intentó decir algo, no pudo, su mano cayó, Klara permaneció inclinada sobre ella, silenciosa, demasiadoa, afuera escuché pasos alejándose sobre la nieve, podía perseguirlo, debía perseguirlo.
Miré hacia la ventana, después a Klara, ella seguía mirando el cuerpo, tenía sangre de Helena en los dedos, no fui tras el asesino, me arrodillé a su lado.
Klara respiró una vez, otra, después su mano buscó algo en el suelo, encontró la mía, no me miró, solo entrelazó los dedos con los míos, los apretó, yo tampoco dije nada, no había nada que decir.
Así que me quedé y fue entonces, mientras el asesino escapaba y una mujer moría frente a nosotros, cuando comprendí algo que habría preferido no comprender.
Había elegido a Klara por encima de la persecución, por encima de una respuesta, por encima de la misión.
Thomas habría llamado a aquello un error.
Yo todavía no sabía cómo llamarlo.