Capítulo III
El primero
Thomas no pronunció el nombre inmediatamente, eso fue suficiente para preocuparme, había visto a Thomas Hamilton mentir mientras le apuntaban con una pistola.
Lo había visto negociar con hombres que querían matarlo y cenar con otros que habían intentado hacerlo la noche anterior, lo había visto recibir noticias de muertes sin pestañear, pero aquella noche, frente a Klara y a mí, permaneció varios segundos mirando el coñac dentro de su copa.
—¿Quién? —repetí.
Thomas levantó los ojos.
—Elias Vane.
El nombre no significó nada, no para mí, para Klara sí.
Su mano, que todavía descansaba junto a la mía, se cerró, apenas, pero la sentí.
—¿Lo conoces? —pregunté.
Klara retiró la mano.
—Johann lo mencionó.
Thomas la observó.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir.
—¿Qué dijo?
Klara sostuvo su mirada.
—Que usted lo había enterrado.
La habitación quedó en silencio.
Thomas bebió.
—Johann era aficionado a dramatizar.
—Johann está muerto.
No hubo temblor en su voz, eso hizo que la frase pesara más.
Thomas dejó la copa.
—Sí.
Klara dio un paso hacia él, yo la vi hacerlo, también vi el momento exacto en que Thomas modificó su postura, nada que una persona corriente pudiera advertir, un hombro ligeramente atrás, la mano derecha más cerca de la mesa; Thomas no esperaba que Klara lo golpeara, consideraba la posibilidad de que lo hiciera y aquello me dijo algo sobre él y sobre ella.
—¿Usted sabía que mi hermano estaba en peligro?
—Sí.
La palabra cayó limpia. Klara palideció.
—¿Y no hizo nada?
—Hice bastante.
—Está muerto.
Thomas la miró durante largo rato.
—Entonces no fue suficiente.
Klara avanzó, la intercepté antes de que llegara a él, no la agarré, simplemente coloqué mi cuerpo entre ambos. Ella levantó los ojos hacia mí, no había miedo, había rabia, prefería la rabia, era más fácil proteger a alguien enfadado que a alguien roto.
—Quítate.
—No.
—Francis.
—No.
Sus ojos se clavaron en los míos, sentí a Thomas detrás, callado, escuchando. Por supuesto. Aquella era probablemente la primera vez que le gustaba menos que yo hubiera aprendido tan bien de él. Klara intentó rodearme, me moví con ella, su mandíbula se tensó.
—No voy a hacerle nada.
—Entonces no importa que esté aquí.
Eso la hizo callar, por un momento permanecimos demasiado cerca, otra vez, su respiración seguía agitada, una pequeña vena palpitaba junto a su cuello, bajé la voz.
—Escúchalo primero.
—¿Por qué?
No tenía una buena respuesta, así que le di la verdadera.
—Si después quieres matarlo, me gustaría saber por qué.
Thomas soltó una risa muy breve. Klara me miró como si estuviera decidiendo cuál de los dos le resultaba más insoportable.
Finalmente retrocedió un paso, solo uno, yo también.
—Si habéis terminado —dijo Thomas.
No respondí, Klara tampoco.
Thomas caminó hasta la chimenea.
—Elias Vane fue el primer hombre al que confié algo que no podía confiar a nadie más.
—¿Antes de las Águilas? —pregunté.
—Antes de que tuvieran nombre.
Eso sí me interesó.
Thomas raramente hablaba de los primeros años.
Las Águilas existían como existían ciertas familias: todos sabíamos que habían comenzado en algún momento, pero nadie preguntaba demasiado por las circunstancias.
—¿Cuántos años tenías? —pregunté.
—Veintidós.
Klara soltó una pequeña exhalación.
—Era un niño.
Thomas la miró.
—Yo no tuve demasiada infancia, señorita Vogel.
Algo en el modo en que lo dijo cerró la puerta a cualquier pregunta posterior. Me apoyé contra la mesa.
—¿Y Vane?
—Era mayor. Inteligente. Desagradable. Absolutamente incapaz de obedecer una orden si creía tener una mejor idea.
—Te caía bien.
—Muchísimo.
Entendí por qué. Thomas volvió a servirse.
—Empezamos haciendo favores.
—Eso suena inocente —dijo Klara.
—No lo era.
—Me tranquiliza.
Thomas sonrió apenas.
—Mover una carta sin que llegara a determinadas manos. Averiguar qué funcionario aceptaba dinero. Conseguir un pasaporte para alguien que necesitaba desaparecer. Evitar que cierta información llegara a un periódico.
Yo conocía aquel tipo de trabajo, había hecho todo eso.
Y cosas peores.
—Después empezó a crecer —continuó—. Una persona conocía a otra. Un favor generaba una deuda. Una deuda compraba silencio. El silencio compraba influencia.
—Y nacieron las Águilas —dije.
Thomas negó.
—Todavía no.
Lo miré.
—Entonces, ¿qué cambió?
Su rostro perdió algo, no sabría decir qué.
—Una niña murió.
Klara dejó de moverse, yo tampoco dije nada. Thomas se volvió hacia la ventana, la nieve golpeaba lentamente el cristal.
—Tenía doce años. Su padre era diplomático. Había descubierto que varios hombres vendían información entre Viena, París y San Petersburgo. Pensó que podía chantajearlos.
—Mala idea —murmuré.
—La peor.
Thomas siguió mirando la nieve.
—Secuestraron a su hija para obligarlo a entregar los documentos.
—¿Y tú fuiste por ella?
Thomas tardó demasiado en responder.
—Vane y yo.
No pregunté si la encontraron viva. La forma en que Thomas había dicho una niña murió ya contenía el final.
Klara sí preguntó otra cosa.
—¿Quiénes eran esos hombres?
Thomas giró.
—Ahí empieza vuestro problema.
Nuestro, no suyo, lo noté.
—Se hacían llamar La Sociedad de San Jerónimo.
—Nunca he oído hablar de ellos —dije.
—Esa era la intención.
—¿Qué hacían?
—Compraban secretos.
Klara frunció el ceño.
—¿Espías?
—No exactamente. Los espías suelen trabajar para países. San Jerónimo trabajaba para quien pudiera pagar.
Thomas se acercó a la carpeta.
—Una amante podía vender el horario de un ministro. Un criado, el contenido de una carta. Un banquero, las deudas de un príncipe. Un médico, una enfermedad que debía permanecer en secreto. —Pasó un dedo sobre los nombres—. No necesitaban matar a nadie. Solo saber qué secreto valía más que una vida.
Aquello me resultaba familiar. Demasiado.
—¿Los destruiste?
Thomas me miró.
—Eso creí.
—Pero Vane no.
—Vane pensaba que destruir aquella red era desperdiciar una herramienta extraordinaria.
Entendí antes de que continuara.
—Quería quedarse con ella.
—Sí.
—Y tú no.
Thomas sonrió sin humor.
—Yo tenía escrúpulos entonces.
Klara lo miró fijamente.
—¿Entonces?
Thomas la ignoró.
—Discutimos. Vane desapareció con una parte de sus archivos. Durante meses intenté encontrarlo. Después apareció un cadáver en Amberes con su reloj, su documentación y una bala en la cabeza.
—¿Viste el rostro? —pregunté.
Thomas me sostuvo la mirada, ahí estaba, la grieta.
—No.
Solté aire.
—Thomas.
—El cuerpo había permanecido varios días en el agua.
—No comprobaste que fuera él.
—Comprobé lo que podía comprobar.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
No me gustó escuchar aquello. Thomas casi nunca decía lo sé cuando uno señalaba un error. Normalmente encontraba un modo elegante de hacerte sentir idiota por haberlo mencionado.
—¿Y decidiste fundar las Águilas después? —preguntó Klara.
Thomas asintió.
—Si los secretos iban a utilizarse como armas, prefería saber quién las sostenía.
—Eso suena exactamente a lo que hacía San Jerónimo.
Esta vez Thomas la miró de lleno.
—Sí.
Klara pareció sorprendida, pero yo no lo estaba, Thomas podía admitir sus pecados siempre que fuera él quien eligiera el nombre que recibirían.
—La diferencia —continuó— era que establecí reglas.
—Qué reconfortante —dijo ella.
—No vendemos información al mejor postor. No traficamos con niños. No creamos guerras por beneficio. No utilizamos determinados secretos contra las familias de nuestros hombres.
—¿Y nunca rompiste tus propias reglas? —pregunté.
Thomas me miró, no respondió, aquello fue suficiente.
Abandonamos el hotel casi al amanecer. Thomas quería que descansáramos, lo dijo como una orden, lo ignoré como una sugerencia, Klara tampoco parecía interesada en dormir.
Caminamos sin hablar durante varias calles.
Viena todavía estaba oscura, los comerciantes comenzaban a abrir algunos negocios y la nieve convertía las aceras en una mezcla gris bajo nuestros zapatos.
Klara llevaba las manos dentro de los bolsillos, yo llevaba una dentro del abrigo, cerca de la pistola, la otra sostenía su pañuelo.
Todavía. Me había olvidado… o no.
—¿Vas a devolvérmelo?
Miré mi mano. El pañuelo blanco. Ya no demasiado blanco.
—Está sucio.
—Era mío cuando estaba limpio.
Se lo ofrecí, Klara extendió la mano, cuando sus dedos tocaron la tela, no la solté. Ella tiró. Yo seguí sujetando. Levantó los ojos.
—Francis.
—Dijiste después de lavarlo.
—No hablaba en serio.
—Yo sí.
—¿Piensas lavarme el pañuelo?
—Sé hacer cosas extraordinarias.
Una pequeña sonrisa, ahí estaba otra vez, la observé demasiado tiempo, Klara dejó de tirar, nuestras manos permanecieron juntas alrededor del pañuelo.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Siempre dices eso cuando es algo.
Solté la tela. Ella la guardó.
—Estabas mirándome.
—Estaba pensando.
—¿En mí?
La pregunta no tenía tono coqueto. Miré hacia la calle.
—No te emociones.
—No era una negación.
Seguí caminando, escuché sus pasos detrás, unos segundos después volvió a ponerse junto a mí, su hombro chocó suavemente contra mi brazo, podría haber sido accidental, no lo fue.
No comenté nada, ella tampoco.
Nos alojábamos en edificios distintos por seguridad.
Thomas insistía en que una Águila debía procurar que nadie pudiera encontrar dos pájaros en el mismo nido.
Aquella mañana no llevé a Klara a su casa.
Tampoco fui a la mía.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—A desayunar.
—Son las cinco.
—Precisamente.
—Acaban de intentar matarnos.
—Eso abre el apetito.
Klara me miró.
—Eres una persona extraña.
—Eso me han dicho.
Encontramos una pequeña cafetería que acababa de abrir cerca del mercado, no había nadie salvo una mujer mayor colocando tazas, nos sentamos junto a la ventana, espalda a la pared, vista de la puerta. Klara lo notó.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Te sientas de forma que puedas ver quién entra.
—Sí.
—¿Incluso cuando comes?
—Especialmente cuando como.
La mujer dejó café y pan, Klara tomó la taza, dos terrones de azúcar, nada de leche, lo vi, no tenía motivo para recordarlo.
Lo recordé.
—¿Qué edad tenías? —preguntó.
—¿Cuándo?
Sus ojos fueron hacia mi cicatriz. Ah.
—Diecinueve.