El último custodio Capítulo II
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Capítulo II

Lo que guardan los muertos

La nieve había comenzado a cuajar cuando llegamos a la estación. Klara caminaba medio paso delante de mí, no porque supiera adónde íbamos, porque todavía no confiaba lo suficiente como para darme la espalda, había aprendido cosas peores de una persona en menos tiempo.

La estación de Viena estaba casi vacía. Un empleado dormitaba detrás de una ventanilla y dos hombres discutían en voz baja cerca de los andenes. El vapor de una locomotora se extendía bajo la estructura de hierro y convertía las lámparas en manchas amarillentas.

Klara se detuvo, yo también.

—¿Qué?

Miró hacia mis manos.

—La sangre.

Bajé la vista, se había secado entre mis dedos.

Hartmann.

—No es mía.

—Eso no hace que resulte menos sospechosa.

Sacó un pañuelo del bolso, me lo tendió, lo miré, luego a ella.

—Tengo uno.

—El suyo está cubierto de sangre.

Cierto. Cogí el pañuelo. Blanco. Una pequeña letra K bordada en una esquina.

—¿Lo quiere de vuelta?

—Preferiblemente después de lavarlo.

Me limpié las manos.

Klara siguió mirando, no las manchas, mis dedos, los nudillos.

Tenía varias cicatrices pequeñas, algunas recientes.

Cuando levanté los ojos, ella ya miraba hacia otro lado, guardé el pañuelo en el bolsillo, no sé por qué, habría sido más lógico devolvérselo.

La caja era la número 214. Estaba situada en una sala lateral donde un hombre viejo cobraba por horas y por discreción.

Le enseñé la llave. No preguntó nada. Los austríacos empezaban a caerme bien.

—Cinco minutos —dijo.

—Necesitamos diez.

El hombre extendió la mano, puse otra moneda.

—Quince.

Thomas habría estado orgulloso.

Klara esperó a que cerraran la puerta.

—¿Siempre resuelve las cosas con dinero?

—No.

—¿Con qué más?

Miré mis nudillos, ella siguió la mirada.

—Claro.

Introduje la llave, la cerradura cedió. Dentro había una carpeta de cuero, nada más.

La saqué. Klara se acercó, no tuve que pedirle que esperara, simplemente lo hizo.

A mi lado, muy cerca, abrí la carpeta. La primera hoja contenía nombres, fechas, ciudades, algunos estaban tachados, otros acompañados por palabras: muerto, desaparecido, localizado, trasladado.

Pasé el dedo por la lista.

Reconocí el cuarto nombre, mi cuerpo no reaccionó, mi memoria sí; Marsella, un hombre llamado Renard, una habitación sin ventanas, tres botellas de coñac, Thomas diciéndome que jamás aceptara jugar cartas con un francés que sonriera mientras perdía.

Renard había sido un Águila, uno de los primeros que conocí, ahora su nombre tenía una línea encima.

—Lo conoce.

Klara no preguntó. Afirmó.

—Conocí a muchos hombres.

—No de esa forma.

Pasé la página.

—¿De qué forma?

—La que acaba de poner en su cara.

La miré.

—No he puesto nada.

—Exactamente.

Aquello me hizo detenerme, Klara levantó apenas una ceja, por primera vez entendí qué debía de sentir Thomas cuando alguien conseguía utilizar sus propias lecciones contra él.

Continué leyendo, otra ciudad, Budapest, otro nombre conocido, Praga, otro.

—Todos están relacionados con Hamilton —dijo Klara.

—No todos.

—Francis.

Mi nombre sonó distinto en su boca cuando estaba molesta.

Lo archivé entre la información inútil.

—No todos trabajaban para Thomas.

—No he dicho que trabajaran para él.

Volví la cabeza.

Klara estaba leyendo por encima de mi hombro.

—Ha dicho relacionados.

—Sí.

—¿Por qué?

Se inclinó y señaló una columna, su cabello rozó mi mandíbula, fue apenas un contacto, podría no haber ocurrido.

Mi cuerpo opinó otra cosa.

—Las fechas —dijo.

Tardé un segundo en mirar donde señalaba. Demasiado.

—¿Qué tienen?

—Mire.

Cada desaparición estaba separada de la siguiente por aproximadamente tres meses. No exactamente. Ochenta y ocho días. Noventa y tres. Noventa. Ochenta y nueve.

—Un patrón.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Pasamos hacia atrás, dos años, luego tres, cinco.

La lista continuaba.

—Siete años —murmuró Klara.

Me quedé quieto. Siete.

Thomas me había encontrado hacía ocho.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Ella me miró.

No insistió. Empezaba a aprender. Pasé otra hoja. Encontré mi nombre. FRANCIS BAINCOT. Debajo: Viena. Fecha: 14 de febrero de 1886. Klara dejó de respirar. Yo no. Debajo había una sola palabra. ELIMINAR.

—Eso es mañana.

—Sí.

—Francis.

—Sé leer.

—Alguien pretende matarlo.

—Eso también lo he entendido.

Se giró hacia mí. La carpeta quedó entre ambos.

—¿No le preocupa?

La miré.

—¿Serviría?

—Es una reacción bastante habitual.

—Tengo pocas.

Sus labios se apretaron, no sabía si quería insultarme o sacudirme, me descubrí interesado en ambas posibilidades.

—¿Thomas sabía que estaba aquí? —preguntó.

—Me envió.

—¿Alguien más?

—Algunos.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

—Entonces uno de ellos pudo dar su nombre.

Cerré un instante los ojos. Escuché la estación, pasos, una campana, la locomotora liberando vapor.

Klara esperando.

—No funciona así.

—¿Cómo funciona?

—No puedo decírtelo.

Fue la primera vez que la tuteé, no lo hice deliberadamente, ella lo notó, sus ojos cambiaron apenas, no mencionó nada.

—Pero confía en ellos.

—En algunos.

—¿Y en Thomas?

Abrí los ojos, Klara estaba muy cerca, no recordaba en qué momento había reducido la distancia o quizá había sido yo.

—Confío en que él siempre haga lo que considera necesario.

—Eso no es confianza.

—Nunca dije que lo fuera.

Algo parecido a tristeza atravesó su expresión, no por Thomas, por mí, no me gustó, aparté la vista, pasé la hoja y encontré su nombre.

KLARA VOGEL. Ella acercó la mano, nuestros dedos llegaron a la página al mismo tiempo, se rozaron, Klara no retiró los suyos, yo tampoco, su nombre no tenía orden de eliminación.

Tenía otra cosa. RECUPERAR. Debajo: VIVA.

Sentí cómo sus dedos se enfriaban bajo los míos.

—¿Recuperar? —susurró.

Aquello cambió todo, no querían matarla, la querían.

—¿Qué tienes?

—¿Qué?

—Algo que ellos necesitan.

—Nada.

La miré.

—Klara.

—No tengo nada.

—Tu hermano murió por algo.

Su mano se apartó.

—Eso no significa que me lo entregara.

—Significa que alguien cree que sí.

Retrocedió un paso, después otro, ya no estaba enfadada conmigo, estaba pensando, recordando.

—¿Qué?

—Nada.

Me acerqué.

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Lo mismo que me acusaste de hacer a mí.

La comisura de su boca se movió. Mal momento para notar que tenía una boca particularmente bonita.

—Quizá estoy aprendiendo.

—Deberías elegir mejores maestros.

—Todavía puedo hacerlo.

Me sostuvo la mirada, no hubo nada particularmente sensual en las palabras, fue la forma de decirlas, naja, despacio, sin apartarse cuando me acerqué otro paso, su espalda quedó contra el borde de la mesa, mi mano descansó junto a su cadera, sobre la madera, no la estaba tocando, la distancia era peor.

Klara levantó el rostro, sus ojos fueron hacia mi cicatriz, otra vez, esta vez me cansé de fingir que no lo veía.

—Puedes preguntar.

Sus ojos regresaron a los míos.

—¿Sobre qué?

—La cicatriz.

Se produjo un pequeño silencio.

—No quiero preguntar.

—La miras.

—También miro tu boca y no pregunto por ella.

No esperaba eso. Klara sí esperaba mi reacción, lo vi en sus ojos, no le di ninguna o eso intenté. Su mirada descendió lentamente, esta vez sin disimular, hasta mi boca. Regresó.

—¿Ves? —murmuró.

No sabía quién se estaba acercando a quién, quizá ninguno, quizá ambos. Entonces alguien intentó abrir la puerta, Klara se tensó, mi mano cerró inmediatamente sobre su cintura, la aparté de la mesa y la situé detrás de mí, la respuesta fue automática.

Mi otra mano ya tenía el arma, el picaporte volvió a moverse, una vez, dos. Silencio. Escuché. Una respiración al otro lado. Klara estaba pegada a mi espalda, podía sentir una de sus manos sujetando ligeramente mi chaqueta, no temblaba. Bien.

El disparo atravesó la puerta, la madera explotó, agarré a Klara, caímos, otro disparo, cristal, gritos fuera.

Rodamos detrás de un banco, ella quedó debajo de mí, sus ojos estaban abiertos, muy abiertos.

—¿Estás herida?

Negó. Mi mano recorrió su costado, cintura, brazo, hombro, buscando sangre. Nada.

—Francis.

—Quieta.

—Estoy bien.

Seguí comprobando, hasta que su mano cerró alrededor de mi muñeca. Me detuve. Entonces comprendí dónde estaba. Sobre ella. Una rodilla entre las suyas, mi mano en su cintura, nuestros rostros separados por apenas unos centímetros.

Klara respiraba contra mi boca, la mano que sujetaba mi muñeca aflojó lentamente, no la soltó, el ruido de la estación desapareció durante un instante.

Solo ella.

Sus ojos, su boca entreabierta, algo se movió en mi pecho, no era miedo, eso habría sido considerablemente más práctico.

Klara levantó la mano libre, sus dedos se acercaron a mi cara, creí que iba a tocar la cicatriz, no lo hizo, se detuvieron a un milímetro, como si hubiera cambiado de idea, como si tocarme fuera una decisión más importante de lo que debería.

—Sangras —susurró.

Entonces sentí el ardor, una astilla me había abierto la piel bajo el pómulo, justo junto a la cicatriz.

Klara pasó el pulgar por debajo, lentamente, retiró una gota de sangre, miró su propio dedo, yo la miré a ella, no debería haber sentido nada, había recibido golpes, cuchilladas y disparos.

Aquello fue peor.

—No es nada.

Su pulgar regresó, esta vez tocó la cicatriz, solo una vez, un recorrido breve sobre la línea blanca. Me quedé completamente inmóvil. Klara también. Su mirada subió hacia la mía.

—Esta tampoco parece nada.

Mi mano apretó ligeramente su cintura, fue involuntario o eso decidí creer.

—Klara.

No sabía qué iba a decir, ella tampoco me dejó descubrirlo, un tercer disparo nos devolvió la inteligencia, me incorporé.

—Tenemos que salir.

Guardé la carpeta dentro de mi abrigo, Klara se puso de pie.

—¿Por dónde?

Miré la ventana, ella siguió mi mirada.

—No.

—Segundo piso.

—Francis.

—Confía en mí.

Klara soltó una risa breve, la primera, no era delicada.

Era incredulidad pura.

—Acabas de decirme que ni siquiera confías completamente en Thomas Hamilton y pretendes que salte por una ventana contigo.

Me quedé mirándola, había reído, por alguna razón, eso era lo que mi cerebro decidió conservar de una habitación en la que intentaban asesinarnos.

—Sí.

Klara me estudió un segundo, luego miró hacia la puerta, otro golpe, después hacia la ventana.

—Te odio.

—Todavía no.

La abrí.

Caímos sobre el techo de un carruaje.

El cochero gritó algo que sospeché no era una bendición, Klara aterrizó sobre mí, el impacto me sacó el aire, ella levantó la cabeza, cabello suelto, mejillas rojas, una mano apoyada sobre mi pecho.

—¿Estás vivo?

—Hasta mañana, aparentemente.

Me golpeó, no muy fuerte.

—Idiota.

El carruaje seguía avanzando.

—Tenemos que bajar.

—Qué idea extraordinaria.

Salté primero, corrí unos pasos para no caer, me giré, Klara permanecía arriba, extendí los brazos.

—Salta.

—Puedo bajar sola.

—No tenemos tiempo.

—No voy a lanzarme desde un carruaje en movimiento.

El cochero volvió a insultarnos.

—Klara.

Ella me miró.

Yo no dije nada, solo mantuve los brazos, la vi tomar la decisión.

Saltó. La recibí contra el pecho, el peso nos hizo retroceder, una mano quedó bajo sus piernas, la otra alrededor de su espalda.

Klara había rodeado mi cuello con ambos brazos, ninguno se movió, podría haberla soltado inmediatamente, no lo hice, ella tampoco pidió que lo hiciera, su rostro estaba frente al mío, el cabello le caía desordenado sobre la frente, había nieve sobre sus pestañas.

—Ya puedes bajarme.

Su voz no tenía demasiada convicción.

—Podría.

No lo hice, Klara me observó.

—Francis.

—Klara.

Algo cambió, una pequeña sonrisa apareció en su boca, por fin, era peor de lo que imaginaba, la bajé, inmediatamente.

Ella acomodó su abrigo.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Has puesto una cara extraña.

—Es mi cara.

—No. Esa era distinta.

Comencé a caminar. Klara me siguió. Escuché sus pasos detrás de mí durante unos metros, después se puso a mi lado, no hablamos, no hacía falta.

Thomas se alojaba en Viena bajo un nombre que no era el suyo, naturalmente, un hotel pequeño cerca del centro, elegante sin llamar demasiado la atención, cuando entré en la habitación estaba sentado junto a una chimenea leyendo un periódico francés.

No levantó la cabeza.

—Llegas tarde.

Tiré la carpeta sobre la mesa.

—Intentaron matarme.

Thomas pasó una página.

—Eso explica el humor.

Klara entró detrás de mí, entonces Thomas levantó los ojos y ocurrió algo. Nada. Precisamente eso.

Thomas no preguntó quién era, no pareció sorprendido, no necesitó observarla para reconocerla, simplemente la miró. Klara se detuvo, yo miré a Thomas, después a ella.

Thomas dobló lentamente el periódico.

—Señorita Vogel.

Klara palideció, muy poco, pero lo hizo. No sabía qué me molestó más, que Thomas conociera su nombre o que Klara pareciera conocer su voz.

—Lord Hamilton —dijo ella.

Silencio. Miré a Klara.

—Nunca dijiste que lo conocías.

Ella no me miró, Thomas sí. Entonces comprendí que el misterio acababa de cambiar de forma. Thomas se levantó.

—Francis.

Su voz era tranquila, demasiado.

—Cierra la puerta.

No me moví, Thomas sostuvo mi mirada, durante ocho años había obedecido aquella voz casi sin pensarlo. Aquella noche pensé. Miré a Klara, su rostro estaba inmóvil, pero tenía la mano cerrada con tanta fuerza que los nudillos se habían vuelto blancos.

Cerré la puerta, Thomas observó la carpeta, después a Klara.

—Supongo que Johann está muerto.

—Lo sabe desde hace cuatro meses.

Thomas no respondió, y yo sentí algo duro instalarse bajo mis costillas, Klara giró hacia mí, nuestros ojos se encontraron. Ya no había coquetería, ni curiosidad, ni aquella cercanía absurda de minutos antes, había una pregunta, una que yo tampoco podía responder. Thomas se sirvió una copa.

—Será mejor que os sentéis.

Ninguno lo hizo. Thomas bebió, después dejó el vaso.

—Hace siete años —dijo— cometí un error.

Pensé en la lista, siete años, mi primer año junto a las Águilas.

Thomas continuó:

—Y al parecer alguien ha decidido cobrármelo.

Klara dio un paso hacia él.

—Mi hermano murió por ese error.

Thomas la miró.

—Sí.

No suavizó la respuesta, no se disculpó, era Thomas.

Klara cerró los ojos un instante, me moví antes de pensarlo, no hacia Thomas, hacia ella. No la toqué. Solo quedé a su lado.

Lo suficientemente cerca para que lo supiera, Klara abrió los ojos, no me miró, pero su mano descendió junto a la mía, sus dedos rozaron los míos, una vez, apenas, después permanecieron allí.

Thomas lo vio, por supuesto que lo vio, Thomas lo veía todo y la pequeña pausa antes de volver a hablar me dijo que aquello acababa de convertirse también en información.

—El hombre que está detrás de esto fue una vez un Águila.

Ahora sí miré a Thomas.

—¿Quién?

Thomas sostuvo mis ojos.

—El primero.

Y por primera vez desde que lo conocía, tuve la sensación de que Thomas Hamilton prefería no pronunciar un nombre.

Eso sí me dio miedo.