El último custodio Capítulo I #2
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Capítulo I #2

Casas seguras. Rutas. Puntos de encuentro.

Información que aquella mujer no debería poseer.

Me giré lentamente. Klara seguía apuntándome, a aquella distancia pude verla mejor, había una pequeña peca junto a su ojo izquierdo, un mechón húmedo descansaba contra su cuello, no era el tipo de información que necesitaba registrar, la registré de todos modos.

—¿Quién demonios es usted? —pregunté.

—Podría preguntarle lo mismo.

—Ya lo hizo.

Klara sostuvo mi mirada, mi atención bajó hasta una mesa situada detrás de ella, algo descansaba entre varias cartas, un sello, un águila con las alas abiertas, exactamente igual al de Thomas.

Me acerqué. Klara levantó la pistola.

—No.

No la escuché, un paso, después otro, ella no retrocedió, cuando estuvimos suficientemente cerca, el cañón quedó contra mi pecho, miré hacia abajo, luego hacia ella.

—Si quisiera dispararme —dije—, ya lo habría hecho.

—No esté tan seguro.

Sus dedos sujetaban firmemente el arma, pero su respiración había cambiado, muy poco, suficiente.

Alcé la mano, no toqué la pistola, pasé dos dedos junto al cañón y tomé el sello que estaba detrás.

Klara no se movió, mi brazo quedó junto al suyo, demasiado cerca.

El perfume era tenue, algo dulce, no supe qué, miré el águila.

—Esto pertenece a Thomas Hamilton.

—Entonces admite conocerlo.

Levanté la vista.

—Nunca lo negué.

—No respondió.

—No es lo mismo.

Nuestros ojos permanecieron juntos, ninguno cedió, había algo extraño en la forma en que aquella mujer sostenía mi mirada, omo si no intentara desafiarme, como si estuviera aprendiendo.

Eso me inquietó más, me aparté primero, observé nuevamente el sello, perfecto, demasiado perfecto.

—¿De dónde lo sacó?

Klara bajó lentamente la pistola.

—Mi hermano.

—¿Dónde está?

Silencio, esta vez fui yo quien esperó.

Klara miró hacia una fotografía colocada sobre la mesa. Un hombre joven, cabello oscuro, ojos parecidos a los suyos.

Entendí.

—Muerto —dije.

No era una pregunta. Klara asintió.

—Hace cuatro meses.

No dije que lo sentía, las palabras tenían una extraña tendencia a empequeñecer ciertas cosas, ella pareció agradecerlo.

—Johann investigaba algo antes de morir —continuó—. Personas desaparecidas. Otras asesinadas. Todas relacionadas con un mismo símbolo.

Miré el águila.

—¿Este?

—Sí.

—¿Y pensó que pertenecía a Thomas?

—Johann lo sabía.

—¿Cómo?

Klara abrió un cajón, sacó una carta, la colocó frente a mí, solo contenía una frase.

Si aparecen los hombres del águila, no confíes en ninguno.

Debajo había otra.

El hombre siniestro comenzó todo.

Mis dedos permanecieron inmóviles sobre la mesa.

Klara me observó.

—¿Quién es el hombre siniestro?

No tuve que pensarlo.

—Thomas.

Algo cambió en sus ojos.

—¿Le llaman así?

—Algunas personas.

—¿Usted?

Miré nuevamente la carta.

—Nunca a su cara.

Una pequeña curva apareció en la boca de Klara, no llegó a sonrisa, pero estuvo cerca. Me descubrí mirándola. Ella lo notó y su boca volvió a quedar seria.

—Mi hermano le tenía miedo.

—Era inteligente.

—¿Usted le tiene miedo?

Levanté la vista.

Thomas me había encontrado cuando yo tenía diecisiete años, me había enseñado a escuchar puertas antes de abrirlas, a mirar manos antes que rostros, a desconfiar de las personas que sonreían demasiado, a descubrir una mentira por aquello que alguien decidía no mencionar y, sobre todo, me había enseñado que la lealtad y la confianza no eran la misma cosa.

—No —respondí.

Klara se acercó apenas.

—¿Porque confía en él?

La pregunta me dejó quieto, no por su contenido, sino por la distancia. Su rostro estaba cerca del mío, podía ver el pequeño movimiento de su garganta al respirar.

—No —dije finalmente.

—Entonces, ¿por qué?

La miré.

—Porque lo conozco.

Klara sostuvo mis ojos durante un largo momento.

Después bajó la mirada hasta mi cicatriz, esta vez no fingió que no lo hacía, sus ojos siguieron la línea blanca desde mi sien hasta el pómulo y sentí una extraña necesidad de quedarme inmóvil.

—Eso debería darle más miedo —murmuró.

No supe si hablaba de Thomas, no pregunté.

Entonces escuchamos pasos en la escalera, Klara giró la cabeza, yo apagué la lámpara, la quedó a oscuras. Ella hizo un movimiento, mi mano encontró su cintura antes de pensarlo, la acerqué contra la pared, mi cuerpo quedó delante del suyo.

—No te muevas.

—No pensaba hacerlo.

Su voz llegó muy cerca de mi oído, los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta, Klara respiró una vez, despacio, mi mano continuaba sobre su cintura, podía haberla retirado, no lo hice, ella podía haberse apartado, tampoco lo hizo.

Los pasos continuaron por el corredor, se alejaron, Klara seguía detrás de mí, su mano descansaba contra mi espalda, no recordaba cuándo la había puesto allí, me volví lentamente, no había suficiente luz para verla bien, solo la forma de su rostro, su respiración, la distancia inexistente entre nosotros.

—Ya se fueron —susurró.

—Lo sé.

Mi mano seguía en su cintura, ella bajó la mirada hacia ella, después levantó los ojos, esperé que dijera algo, no lo hizo, yo tampoco, finalmente retiré la mano, Klara dio un paso hacia la mesa, la habitación pareció repentinamente demasiado grande, encendió otra vez la lámpara.

—Hartmann debía entregarme algo esta noche.

Me costó un instante recordar quién era Hartmann.

—¿Qué?

—Una llave.

Saqué la que había encontrado en su bolsillo.

Klara se quedó mirándola.

—Esa.

—¿Qué abre?

—Una caja de seguridad.

—¿Dónde?

—En la estación.

Guardé la llave.

—Vamos.

Klara tomó su abrigo.

—¿Vamos?

—Usted quería la llave.

—Creí que me la daría.

Abrí la puerta.

—Todavía no me conoce lo suficiente.

Pasó junto a mí, su hombro rozó mi pecho, podía haber dejado más espacio, no lo hizo.

—Estoy empezando a sospecharlo —murmuró.

La seguí hacia las escaleras, por primera vez desde que Thomas me había enviado a Viena, la misión comenzaba a parecerme interesante, aquello debería haberme preocupado, porque Thomas Hamilton me había enseñado muchas cosas durante ocho años, pero había una que repetía con particular insistencia, nunca permitas que algo que deseas se convierta en algo que necesitas.

Miré a Klara bajar las escaleras delante de mí, todavía no deseaba nada, eso me dije y, durante unos minutos más, conseguí creerlo.