El último custodio
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Capítulo I
El hombre que conocía mi nombre
El hombre murió pronunciando mi nombre.
—Baincot.
Después dejó de respirar.
Permanecí inclinado sobre él mientras la nieve se deshacía sobre sus pestañas.
No lo conocía.
Aquello era lo preocupante.
A pocos metros, Viena continuaba existiendo como si nada hubiese ocurrido. Un carruaje cruzó la avenida. Se escucharon risas detrás de una ventana. Desde algún edificio cercano llegaban las últimas notas de un piano.
El muerto y yo estábamos solos en un callejón estrecho que olía a humedad, carbón y sangre.
Miré hacia ambos extremos.
Nadie.
Volví al cadáver.
Un hombre de unos cincuenta años. Buen abrigo. Botas caras. Uñas limpias. Una pequeña mancha de tinta en el dedo corazón, no le habían quitado el reloj, tampoco el dinero, así que no lo habían matado por ninguna de las razones sencillas.
Registré el interior del abrigo.
Nada.
Los bolsillos. Una llave, un pañuelo y una caja de fósforos. Cuando estaba a punto de incorporarme noté algo en el forro; una costura reciente. Saqué mi cuchillo y la abrí, dentro había un sobre, el sello me hizo quedarme quieto. Un águila. Cera negra.
Pasé el pulgar sobre ella.
—Thomas...
No terminé. Hacía nueve días que Thomas Hamilton me había enviado a Viena con instrucciones suficientemente vagas como para resultar irritantes.
«Encuentra a un hombre llamado Hartmann.»
«Averigua qué sabe.»
«No permitas que nadie descubra por qué estás allí.»
Eso era todo.
Thomas tenía un talento particular para entregarle a un hombre una pala y omitir que debía cavar su propia tumba.
Guardé la carta sin abrirla, entonces vi la mano del muerto, tenía algo atrapado entre los dedos, me agaché de nuevo, separé lentamente la mano, un pequeño pedazo de papel, dos palabras.
Klara Vogel.
Escuché pasos.
Guardé el papel y me incorporé, una mujer apareció en la entrada del callejón, se detuvo, yo tenía las manos manchadas de sangre, el cadáver estaba a mis pies, nos miramos, ella no gritó, eso fue lo primero que me llamó la atención.
Las personas normales gritaban cuando encontraban un cadáver, o corrían, o hacían ambas cosas en un orden poco digno.
Ella no.
Sus ojos pasaron del muerto a mis manos, después a mi rostro, se quedaron allí, observando, pensando. Interesante.
—¿Está muerto?
Miré hacia abajo.
—Mucho.
Su expresión no cambió, una lástima, me habría gustado saber cómo sonreía, no sé por qué pensé aquello, quizá porque Viena llevaba nueve días aburriéndome.
La mujer avanzó un paso, joven, veintitantos, abrigo oscuro, cerrado hasta el cuello; cabello castaño recogido bajo un sombrero que la nieve había comenzado a humedecer, guantes buenos, el izquierdo reparado junto al pulgar, no era rica, pero tampoco pobre, sus ojos volvieron al cadáver, por menos de un segundo, dejó de respirar. Lo conocía.
—¿Lo mató usted? —preguntó.
—¿Suele preguntárselo directamente a los asesinos?
—Nunca había conocido ninguno.
—Eso hace que su método sea difícil de evaluar.
Se acercó otro poco, yo no me moví, entonces su mirada recorrió mi cara, se detuvo en la cicatriz, la mayoría lo hacía.
Una línea blanquecina nacía junto a mi sien izquierda, atravesaba el extremo de la ceja y descendía hasta el pómulo. Tenía varios años, pero nunca había aprendido a pasar desapercibida.
Los ojos de la mujer permanecieron allí una fracción demasiado larga, luego regresaron a los míos. No preguntó. Eso me gustó.
—Lo conocía —dije.
—No.
Respuesta demasiado rápida.
Me limpié lentamente las manos con mi pañuelo.
—Miente.
—Y usted está junto a un cadáver.
—Ambos empezamos mal.
Sus ojos se endurecieron, bonitos ojos. Verdes, descubrí. Un verde oscuro que desde lejos parecía gris.
—Voy a buscar a la policía.
Giró.
—Señorita Vogel.
Se detuvo, no necesitaba ver su rostro, sus hombros fueron suficientes, muy despacio, volvió la cabeza. Ahora sí tenía miedo, no de mí, de su nombre. Saqué el pequeño papel, lo sostuve entre dos dedos, no se lo mostré completamente.
—Parece que nuestro amigo quería que nos conociéramos.
Su mirada descendió hasta el papel, después hacia mí.
—¿Quién es usted?
No respondí, las personas siempre creían que el silencio significaba que uno no tenía una respuesta.
Thomas me había enseñado lo contrario.
El silencio hacía que los demás fabricaran respuestas por ti, ella esperó, yo también. Cinco segundos. Diez. Quince.
La mujer ladeó apenas la cabeza.
—Eso no funcionará conmigo.
Tuve que contener una sonrisa.
—¿Qué cosa?
—Quedarse callado hasta que yo diga algo.
Interesante.
Muy interesante.
—No estaba haciendo nada.
—Precisamente.
Ahora sí sonreí, muy poco. Ella lo vio. Su mirada descendió hasta mi boca, solo un instante, regresó inmediatamente a mis ojos, yo fingí no haberlo notado.
Era una cortesía que no solía tener con nadie.
—Francis Baincot —dije finalmente.
Sus dedos se tensaron, eso fue todo, pero yo lo vi.
Ella ya conocía mi nombre. La primera vez que vi a Thomas Hamilton, tenía diecisiete años y tres hombres intentaban romperme las costillas.
No sabía quién era. De haberlo sabido, probablemente habría tomado decisiones exactamente igual de estúpidas.
—Devuelve la bolsa.
Escupí sangre.
—No tengo ninguna bolsa.
El hombre volvió a golpearme, era grande, demasiado, me estrellé contra unas cajas detrás de la taberna, el segundo intentó sujetarme por los hombros, le rompí la nariz con el codo, el tercero recibió una patada bastante poco elegante en la rodilla.
A los diecisiete años yo tenía pocas virtudes, la dignidad durante una pelea no era una de ellas.
—Tres contra uno.
Una voz surgió desde la oscuridad, los cuatro miramos, un hombre estaba apoyado contra la pared, abrigo oscuro, guantes, sombrero, nada particularmente amenazante.
Ese fue mi primer error respecto a Thomas, nunca parecía peligroso cuando tenía motivos para serlo.
—Lárgate —dijo uno de los hombres.
El desconocido miró hacia mí, yo tenía el labio abierto y probablemente un ojo comenzando a hincharse.
—Parece que estáis teniendo dificultades para entenderos.
—No necesito ayuda —dije.
Una ceja se levantó ligeramente.
Años después todavía odiaría aquella ceja.
—Por supuesto que no.
El hombre grande intentó pegarle, no llegó a tocarlo.
Thomas se apartó, tomó su muñeca y realizó un movimiento tan breve que escuché el hombro salirse de sitio.
El hombre cayó gritando, miré a Thomas y algo semejante a una sonrisa apareció en su rostro, el segundo hombre corrió hacia él, el tercero hacia mí, después todo fue bastante confuso, puños, madera rota.
Alguien insultando a la madre de alguien, cuando terminó, uno había huido y los otros dos permanecían en el suelo. Thomas se arregló tranquilamente una manga. Yo me limpié la boca.
—No estuvo mal —dijo.
—No te pregunté.
Él sonrió, entonces vi mi bolsa junto a sus botas, me lancé hacia ella, él se inclinó al mismo tiempo, pensé que pretendía cogerla, lo golpeé, directamente en la boca, su cabeza giró.
Silencio.
Thomas permaneció inmóvil, muy lentamente se tocó el labio, miró la sangre en sus dedos, volvió a mirarme, levanté los puños.
—Inténtalo.
Thomas comenzó a reír, aquello me enfureció todavía más.
—¿Qué demonios te causa tanta gracia?
—Tú.
—Puedo volver a hacerlo.
—Estoy seguro.
Se agachó, recogió la bolsa, me la lanzó, la atrapé.
—Deberías observar antes de atacar.
—Deberías mantener las manos lejos de lo que no te pertenece.
Su mirada cambió.
Hasta aquel momento yo había sido un muchacho en una pelea, entonces dejó de mirarme así, sus ojos pasaron por mis manos, mis zapatos, las salidas del callejón, luego regresaron a mi cara, tuve la extraña sensación de estar siendo medido.
—¿Cómo te llamas?
—No es asunto tuyo.
Una pausa.
—Excelente.
Pasó junto a mí, lo observé alejarse.
—¡Oye!
Se detuvo.
—¿Qué?
—Me debes una pelea.
Thomas giró ligeramente.
—Acabamos de tener una.
—Eso no fue una pelea.
Por primera vez vi aquella sonrisa que aprendería a temer.
—Entonces tendrás que encontrarme otra vez.
Se marchó. Solo después descubrí que me faltaba una moneda. El bastardo me la había robado.
—¿Señor Baincot?
La voz de Klara me devolvió a Viena.
A la nieve, al cadáver, a ella.
—Francis —dije.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—Si vamos a interrogarnos mutuamente junto a un muerto, Francis parece más práctico.
Klara me estudió.
—Klara.
Asentí, como si no tuviera ya su nombre en el bolsillo, escuchamos un silbato a lo lejos. Policía. Los dos miramos hacia la entrada del callejón, pero cuando volví hacia ella, Klara había comenzado a caminar, no hacia los agentes, en dirección contraria.
—Klara.
No se detuvo, aceleró, suspiré, después fui tras ella, corría bien, mejor de lo que sugerían sus zapatos, giró por una calle, luego otra, la distancia entre nosotros disminuyó.
Cuando la alcancé, tomó el picaporte de una puerta.
Mi mano llegó al mismo tiempo, nuestros dedos se tocaron, Klara me miró, yo no retiré la mano, ella tampoco, por un instante absurdo permanecimos así.
Su respiración era rápida, la mía no tanto, todavía.
—Suélteme —dijo.
—Está sujetando la misma puerta que yo.
Sus ojos bajaron hasta nuestras manos, solo entonces retiró la suya, abrió, entró, la seguí, tres pisos, un corredor, una puerta, oscuridad. Cuando crucé el umbral escuché cómo cerraba detrás de mí. Algo frío tocó mi espalda, metal, pistola.
—Ponga el papel sobre la mesa.
Bajé la mirada.
—Empiezo a sospechar que el encuentro no fue por casualidad.
—El papel.
Lo saqué, lo dejé sobre la mesa, Klara encendió una lámpara, entonces vi las paredes, fotografías, mapas, cartas, nombres, París, Praga, Budapest, Trieste, Londres. Reconocí una casa, luego otra, mi expresión no cambió, por dentro sí, eran lugares de las Águilas.