47. Un cine de barrio
Un cine de barrio
Doce años de noviazgo, Rodolfo… doce años esperando un techo donde meternos. ¡Ya no puedo más!
El pisito
Pablo se pasaba los sábados y domingos en la sesión continua del Cine Maravillas. En ningún lugar se sentía más dichoso que allí. Atentos a la inmensa pantalla, todos dejaban de pensar en sí mismos; él los miraba, sus lágrimas y sus carcajadas, y eso lo hacía profundamente feliz.
Sus hijos muchas veces lo acompañaban y disfrutaban ayudándole en la sala de proyección.
Un día fui con los míos. El mayor ya tenía quince años y se parecía horrores a su tío.
—No vas a creer a quién vi el otro día en la parroquia de aquí al lado.
—No sé, puede ser cualquiera.
—Al padre Fernando, el hombre a quien supuestamente mató padre.
—¿En serio?
—Sí, es un anciano apergaminado, pero está más vivo que tú y que yo.
—La vida es algo misterioso. ¿Esta tarde vas a ir a la verbena con los chicos?
—Ya sabes que es una de las pocas cosas por las que dejo el cine.
—¿Te gusta la película?
—Bueno, sí, aunque no estoy seguro de que Fernando Fernán Gómez se convierta algún día en un actor consagrado. Algunos dicen que es demasiado antipático.
—Eso gusta mucho en España —le contesté.
—En eso no te falta razón. Mira a Paco, que lleva ya casi treinta años en el poder y nadie se ha atrevido a quitarle el puesto.
—¿Sabes qué es lo peor que tiene Franco?
Mi hermano se encogió de hombros. Yo le había visto varias veces, alguna incluso en zapatillas.
—Que no tiene alma, que nunca la ha tenido —dije—. Es un niño herido y enfadado con el mundo que busca al padre que nunca lo amó. En realidad, todo comienza en la familia; en un hogar, podemos formar a un monstruo o a un santo.
Pablo negó con la cabeza.
—Ese Freud te está volviendo loco.
—No lo dijo Freud, lo dijo Jesús: «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará».
Nos marchamos a la verbena de la Paloma por la tarde. Habíamos comido todos juntos y, mientras nos dirigíamos al centro, mi hermano me agarró del brazo.
—Gracias por rescatarme —me dijo, y aquellas palabras llegaron tan rápido a mi corazón que los ojos se me humedecieron.
—No te encontré yo. Fue el Cine Maravillas el que nos volvió a unir.
Nos alejamos de la calle donde nos criamos y jugábamos de chiquillos.
Recorrimos las avenidas bulliciosas de un Madrid que avanzaba apresurado y pensé que algún día otros caminarían por esos mismos rincones, ignorantes de que nosotros habíamos estado alguna vez allí.
Sentí paz y di gracias al cielo por la vida. La pura y sencilla vida.