46. Una boda y un funeral
Una boda y un funeral
La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.
Abel Sánchez
Pablo y yo visitamos la tumba de Susana para despedirnos de ella.
Para mí fue un sentimiento extraño. En muy pocas etapas de mi vida había disfrutado de ella.
Primero, por mi viaje a Inglaterra; después, por la separación de la guerra; y más tarde, por los años que tardé en encontrarla.
Me sentía culpable. Me hubiera gustado que las cosas hubieran sido de otra manera, pero si algo he aprendido en la vida es que no podemos cambiar nuestro destino, aunque sí influir en nuestro sino.
Ese fue el día en que me reconcilié con Dios y, por ende, conmigo mismo.
Separados de Él, nada podemos hacer, ya que nos alimenta con la esperanza, la fe y el amor.
Sin estas tres cosas no podemos vivir. La esperanza nos permite levantarnos cada día confiando en que mañana será mejor que hoy.
La fe nos ayuda a creer, a no desfallecer, aunque muchas veces no vemos los resultados.
En el fondo, es la fuerza vital que impide que nos detengamos.
El amor es el mejor de los tres, aunque la mayoría de la gente no lo conoce.
Mientras dejaba las flores sobre la tumba de Susana, comprendí que el amor es mucho más que un sentimiento o una emoción.
Los seres humanos tendemos a comparar los instintos y las determinaciones.
Amar es siempre una elección y una decisión.
—Ojalá la veamos algún día al otro lado de la eternidad —dijo mi hermano Pablo.
—Sin duda —contesté mientras le ponía una mano sobre el hombro—, era un espíritu puro y Dios nunca rechaza la pureza. Es su esencia.
Cuando regresamos a nuestra nueva casa, la antigua mansión del abuelo, Marga nos esperaba. Quería que viéramos lo que había organizado para la boda. Llevaba días preparándola; a pesar de su gran barriga, tenía una energía infatigable.
—Todo va a salir bien —le dije para tranquilizarla.
—No quiero que salga bien, quiero que salga perfecto —replicó.
Le sonreí.
—Nada es perfecto.
—Eso es lo que pensáis los hombres, que no podéis germinar vida. Lo que llevo aquí dentro es perfecto.
—Puede que tengas razón.
—Creo que la boda sería insuperable si la celebramos en un cine, en nuestro cine —dijo Pablo, que no entendía que las mujeres prefieran siempre la belleza a la nostalgia.
El día de la boda todo estuvo impecable. Las flores, las sillas, el arco que presidía la ceremonia donde nos casaría el sacerdote, y hasta la música que habíamos contratado.
No teníamos muchos familiares para invitar ni demasiados amigos. A los que no se los habían llevado por delante la guerra y la posguerra, lo había hecho una vida dedicada a sobrevivir.
Al final, los dos pasamos por el altar. Perdón, los tres, porque nuestro bebé también estaba allí. En cualquier caso, me sentí el hombre más dichoso de la tierra.
Siempre había anhelado formar un hogar. Había dedicado mi vida a buscarlo, aunque muchas veces tuve la tentación de ir tras mis sueños y no construir con otro ser humano algo que nos trascendiera a los dos, es decir, una familia.
En cuanto pronuncié el «sí, quiero» y ella contestó lo mismo, nos besamos.
Marga había sido la primera mujer a la que besé y, en cierto sentido, yo también había sido el primero, aunque las circunstancias la hubieran obligado a perder la virginidad mucho antes.
Fui el primero en llegar a su alma y con eso me bastaba.
Recordé unas palabras que había leído en Inglaterra hacía mucho tiempo y después en Soria.
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.
A más del olor de tus suaves ungüentos,
Tu nombre es como ungüento derramado;
Por eso las doncellas te aman.
Atráeme; en pos de ti correremos.
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti;
Nos acordaremos de tus amores más que del vino;
Con razón te aman.
Morena soy, oh, hijas de Jerusalén, pero codiciable
Como las tiendas de Cedar,
Como las cortinas de Salomón.
No reparéis en que soy morena,
Porque el sol me miró.
Los hijos de mi madre se airaron contra mí;
Me pusieron a guardar las viñas;
Y mi viña, que era mía, no guardé.
Hazme saber, oh, tú, a quien ama mi alma,
Dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía;
Pues ¿por qué había de estar yo como errante
Junto a los rebaños de tus compañeros? [1]
Después del viaje de novios, regresamos a nuestro hogar y Pablo me anunció que mi tío Roberto había muerto. Al día siguiente se celebraría el funeral.
Me acerqué yo solo a la Almudena. No había mucha gente alrededor de la tumba. Allí estaban mis abuelos y allí debieron enterrar a mi madre para que permanecieran todos juntos.
Dolores parecía un fantasma, como si los años hubieran caído sobre ella de repente. Claudia estaba bonita, pero parecía marchitarse a toda velocidad, como una flor que jamás recibe la luz del sol.
Me acerqué para darles el pésame al término de la ceremonia. Dolores torció el gesto y me reprochó que me hubiera presentado allí.
—Ya estarás contento al verlo muerto.
—Nunca deseé su muerte.
—Tú lo has matado.
—No, fue su codicia. Mi madre le quiso mucho, tal vez más que todos nosotros. Yo llegué a quererlo, pero él solo se amaba a sí mismo.
—Estás equivocado, hubo una época en la que te amó. Te lo habría dado todo, hasta su hija.
—Nada es nuestro, Dolores. El día que comprendas eso, dejarás de estar tan enfadada y asustada, de pensar que la vida te debe algo, y te atreverás a ser feliz.
Cuando me marché del cementerio, aún resonaban en mi cabeza esas últimas palabras.
Una vez alguien me dijo que la familia servía para dejar un legado, pero no es cierto.
La familia es la esencia de lo bueno y de lo malo en el ser humano.
Lo bueno y lo malo, la fe y la duda, son como dos perros; el que alimentemos mejor crecerá y terminará devorando al otro.