El último cine de barrio 45. Revelaciones
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45. Revelaciones

Revelaciones

El amor en tiempos de guerra es como el bambú: se dobla con el viento de las balas, pero no se rompe si las raíces son hondas.

Bambú

Roberto me llamó varias veces, pero no cogí el teléfono. Hablé con mis abogados, convoqué una reunión de accionistas y, al día siguiente, me presenté en las oficinas de mi tío con todos mis asesores legales.

Me acompañaba Pablo. Roberto se sorprendió al verlo, aunque, la verdad, ya estaba al corriente de todo.

Comenzó la reunión. Nos habíamos sentado frente a frente y sabía que intentaría jugar sus peores cartas para hundirme. Esa era la historia de su vida.

—Mi cliente tiene más del cincuenta por ciento de la empresa, por lo que solicita la destitución de la junta directiva y de su director, el señor don Roberto Mendizábal —anunció uno de mis abogados.

—Eso es inadmisible —exclamó Roberto—. ¡Yo creé esta empresa! Además, soy yo quien tiene el cincuenta por ciento de las acciones.

—Se olvida de las que poseía su padre, don Anselmo Mendizábal.

—¿Qué acciones?

Los abogados les enseñaron los papeles a los suyos, y estos asintieron con la cabeza.

—Hay algo ilegal en esta operación —denunció el abogado de Roberto.

—¿El qué, señores?

—Don Pedro Martín no existe. Este hombre se llama Rodolfo Reverte.

—¿Cómo lo supiste? —pregunté a Roberto.

—Sospechaba algo, pero la administradora del Cine Maravillas me lo confirmó. Ella lo sabía.

—¿Por qué me vendiste los cines? —insistí, confuso.

—Siempre me sentí mal por quitárselos a tu madre. No me siento muy orgulloso de lo que hice.

—Demasiado tarde para arrepentirse, Roberto.

—Tú también me has mentido y me has traicionado, Rodolfo. Te traté como a un hijo. Claudia está destrozada; quiere meterse a monja. Y Dolores no ha salido de la cama desde que se enteró de todo.

—Eso también es justicia poética.

—Déjame mi empresa.

—No es tuya, es del abuelo.

—Pues entonces tendré que denunciarte por prófugo de la justicia.

—En eso también has llegado tarde.

Entró en la sala Juan Pedro Moscardó y dejó unos papeles sobre la mesa.

—Rodolfo Reverte ya no tiene asuntos con la justicia; el caso se ha desestimado.

—Pero…

—Todas las acciones compradas están a mi nombre real y las demás las recibí por herencia. Será mejor que recojas tus cosas y te vayas de mi empresa.

Roberto dio un golpe tan fuerte en la mesa que tiró todos los papeles al suelo.

—Dispones de dinero suficiente para vivir varias vidas, pero no en la mansión de los abuelos. Como estaba a nombre de la empresa, también es mía. Os doy una semana para que os trasladéis. Tengo que celebrar una vida muy pronto en ella.

Roberto salió de la sala pegando un fuerte portazo. Lo siguieron sus abogados y el resto de los miembros de la junta.

Puse los pies sobre la mesa y las manos en la nuca.

—Bueno, Pablo, creo que ahora tienes un nuevo puesto de trabajo.

—Prefiero seguir como proyeccionista en el Cine Maravillas.

—Es tuyo, puedes hacer con él lo que quieras.

Miré a la Gran Vía y recordé a mi padre. Siempre deseó alcanzar la cima del mundo, pero aquí arriba solo reinan la soledad y la desesperación. Yo no quería más dinero ni poder; Marga estaba embarazada, pronto seríamos marido y mujer y la saga de los Reverte continuaría.