El último cine de barrio 44. Susana
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44. Susana

Susana

Los muertos no somos tan distintos de los vivos; la única diferencia es que nosotros ya sabemos el final del chiste.

El destino se disculpa

Al llegar a casa, Pablo estaba con Marga en la cocina. Los dos me miraron preocupados.

—¿Te encuentras bien?

—No ha supuesto un trago fácil, pero he roto el compromiso de matrimonio y mi sociedad con Roberto.

—Hace mucho tiempo que deberías haberlo hecho. Es un hombre… como un tumor que hay que extirpar antes de que se extienda —me dijo Marga, que odiaba a Roberto y todo lo que representaba.

—Le he dicho que voy a casarme contigo.

Ella dibujó una sonrisa irónica, aunque yo sabía que, en el fondo, estaba encantada.

—Eso será si yo acepto.

—Aceptarás —dije mientras la abrazaba.

—Te veo muy seguro de ti mismo.

—He de ser cauteloso. No creo que Roberto se quede de brazos cruzados. Si descubre quién soy, me denunciará ante las autoridades. A no ser que…

—¿A no ser qué? —preguntó Pablo.

—Ya os lo contaré, pero primero debemos ir a ver a Susana. Ya tengo la dirección.

Tomamos mi coche y no tardamos demasiado en llegar al piso donde vivía Eloísa. Era un buen barrio, lo que me infundió la esperanza de que al menos la vida de Susana no había sido tan dura como la de Pablo.

Entramos al edificio y el portero nos dijo que la señora estaba en casa. Impacientes, subimos en el ascensor, abrimos las puertas de madera y llamamos al timbre. Salió a recibirnos una criada.

—Puede anunciarnos, somos los hermanos Reverte y Marga Olavide.

No esperamos demasiado. Una mujer que parecía muy mayor, toda vestida de negro, salió a recibirnos.

—Nunca pensé que nos volveríamos a ver —me dijo la anciana.

—La vida está llena de sorpresas. ¿Susana está en casa?

El semblante de la mujer cambió por completo. La acompañamos al salón; parecía muy fatigada.

—La vida no ha sido fácil. Mi hijo fue al frente con la División Azul. No lo hizo tanto por ideología como por compañerismo, porque varios amigos de clase se apuntaron en un acto de bravuconería. Solo ha regresado uno con vida.

—Lo lamento mucho —dije.

Nos sentamos en los sofás con visillos y la criada nos trajo un poco de café.

—Nadie está preparado para enterrar a su propio hijo —dijo.

Parecía que las desgracias no dejaban de golpear un país que todavía permanecía convaleciente de profundas heridas.

—La buena de Susana… —comenzó a explicar, pero su voz se rompió entre lágrimas.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Pablo, angustiado. Yo contuve la respiración.

—Falleció hace unos meses de tuberculosis. La habían trasladado a un sanatorio en la sierra de Guadarrama y parecía que se encontraba mejor. Me escribió hablándome de los pájaros y las flores, y de que todo eso le recordaba a vuestra madre, pero empeoró de repente y se le encharcaron los pulmones.

Rompí a llorar y Marga se acercó para abrazarme.

—Siento no haber venido antes. No supe que estaba con usted hasta hace unas semanas.

—La vida es imprevisible. Yo preferiría estar muerta. Ya nada me ata a este mundo, pero Dios me mantiene con vida y esos pobres jóvenes, tan llenos de vida, ya…

Pablo abrazó a la mujer y permanecimos junto a ella toda la tarde. Nos costaba dejarla allí con esa descomunal soledad.

—El culpable de todo esto es Roberto —le dije al despedirme.

—No lo sé. Nadie puede saber lo que va a suceder ni las consecuencias de nuestros actos. Tu padre me arruinó la vida, pero también me dio, durante un tiempo, dos hijos maravillosos y a tu hermana.

No quería contradecirla, pese a que prefería pensar que nuestras penas tenían unos responsables, que solo haciendo justicia seríamos capaces de terminar con el sufrimiento, aunque fuera consciente de que, en realidad, nada de eso era cierto.

La venganza nunca ha devuelto a una persona inocente a la vida y, al fin y al cabo, la justicia es un ideal que, cuando intentamos atraparlo, se nos escapa.

Recordé las palabras de mi madre, que a menudo afirmaba que el único que podía secar toda lágrima y ofrecer verdadera justicia era Dios.

Pero en ese momento me encontraba demasiado furioso como para reconocerlo.