43. Ruptura
Ruptura
Un soldado no pregunta por qué muere, solo sabe que debe morir en su puesto.
Los últimos de Filipinas
Pablo dormía en una habitación de un edificio cercano al cine, pero aquella noche lo llevé a mi casa. Cenamos juntos y no dejamos de hablar hasta el amanecer.
—Entonces ¿qué piensas hacer?
—Hoy voy a firmar la compra de los cines. Lo que no sabe Roberto es que el abuelo dejó todas las acciones en la caja de seguridad del Banco de España, que, unidas a las que ya tengo…
—Te convierten en el dueño de su empresa.
—Exacto.
—¿Y la boda?
—La boda será dentro de una semana. Cuando esté en el altar, descubriré todas las canalladas que ha hecho a nuestra familia.
Pablo no parecía muy convencido.
—Me da pena por Claudia. No es culpable de los pecados de sus padres.
—Pero ellos…
Intenté excusarme. Mi odio había regresado con más fuerza que nunca, pero sabía que Pablo tenía razón.
—Creo que a él le preocupa más su imperio que su familia. Si le quitas eso, lo dejarás hundido —comentó Pablo.
—Tienes razón, no quiero comportarme igual. Mañana mismo desharé el compromiso.
A la mañana siguiente fui a la oficina y firmé la compraventa de los cines de barrio. En realidad, eran los únicos que siempre quise, los que ofrecían a la gente pobre un refugio donde recibir el consuelo que ni la religión dirigida por el régimen ni la vida les ofrecían.
Roberto sonrió complacido. Sabía que había pagado por los cines mucho más de lo que de verdad valían.
—Tengo algo que decirte… —anuncié tras firmar el contrato.
—¿El qué, hijo?
Odiaba que me llamase de aquel modo.
—Marga está embarazada y no puedo casarme con Claudia. Sé que la haría infeliz.
—En el fondo eres un blando. Qué importa que esa zorra esté preñada. Puede ser tu amante; Madrid está lleno de bastardos.
—Yo no soy así —le dije, aunque en el fondo sabía que era capaz de eso y de mucho más.
Roberto dio un golpe en la mesa.
—Te lo he dado todo. Me has estado engañando, pero ahora veo las cosas con claridad.
—No te he…
—Trae esos papeles.
—No, ya están firmados y soy el dueño de los cines.
—Está bien, pero mañana mismo romperemos nuestra sociedad. Hemos acabado y tampoco eres bienvenido en mi casa.
No me sorprendió esa reacción; conocía bien a mi tío. Lo que estaba sucediendo era que las cosas comenzaban a aclararse por fin y el último acto se acercaba, como en una buena obra de teatro de Shakespeare o de Lope de Vega.