42. Pablo
Pablo
En carnaval, las máscaras sirven para decir las verdades que no nos atrevemos a decir a cara descubierta.
Domingo de carnaval
Al día siguiente, me puse a recorrer los cines de barrio.
El primero en mi lista era el Cine Maravillas.
Por la tarde buscaría la casa de Eloísa.
Imaginaba que, para ella, Susana había sido como recuperar a la hija perdida, tras la muerte de Leonor.
Por eso me preguntaba si no resultaría muy cruel por mi parte llevármela de su lado después de casi cinco años.
Y tal vez mi hermana preferiría quedarse con su madrastra.
Aparqué enfrente del cine. Era domingo por la mañana y sabía que tenían sesiones matinales.
De todos, era el que daba mejores resultados, pero, de alguna manera, esos cines suponían para Roberto el lugar donde su padre había comenzado, un recuerdo de sus orígenes, y hay gente que prefiere olvidar de dónde viene.
No quería juzgarlo porque, en realidad, yo me comportaba igual.
Mientras llamaba a la puerta, ahora que Roberto sabía que no era argentino y que mantenía una relación amorosa con Marga, meditaba si no sería mejor hacerla oficial y casarme con ella.
Tal vez con la excusa de que estaba embarazada.
Marga ya se había consagrado como actriz y a veces me preguntaba si en realidad querría casarse conmigo y renunciar a su carrera.
Siempre había sufrido mucho con los hombres, y yo no parecía la excepción.
Me abrió una mujer en bata. Al verme, se ruborizó.
—Usted es don Pedro Martín… Perdóneme la indumentaria.
—No se preocupe, es domingo por la mañana.
—Estamos preparando todo para el pase matinal. Los curas han procurado impedir que tengamos cine los domingos y los sábados por la mañana. Dicen que la gente no quiere ir a misa.
—Bueno, España está cambiando.
—Espero que sea para mejor —dijo la mujer mientras subíamos por las mismas escaleras que yo había recorrido tantas veces de crío.
Llegamos a la sala de proyección y abrió la puerta. Había un chico junto al proyector. Al darse la vuelta, vi los ojos de mi madre clavados en mí.
—¡Pablo! —exclamé.
El joven se me quedó mirando, confuso. Los dos habíamos cambiado, pero seguramente yo más que él.
—Soy Rodolfo, tu hermano.
Abrió mucho los ojos, como si intentara grabar en su mente todos mis rasgos, y se abalanzó sobre mí. Lo agarré al vuelo.
—¡Dios mío, hermano!
Rompimos a llorar los dos ante la estupefacción de la mujer, que nos observaba con la boca abierta.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Buscándote. Y ahora también sé dónde se encuentra Susana.
—Los dejo a solas —dijo la mujer, de repente consciente de la intimidad del momento.
Hablamos durante casi una hora. Le conté que tenía planes de comprar los cines, que era socio del tío Roberto y de la tía Dolores y que me querían casar con la prima.
—No es cierto lo que te contó de nosotros —dijo al final Pablo—. Se quedó con todo y nos dejó en la calle, como si fuéramos basura. Eloísa se enteró y se llevó a Susana. No podía hacerse cargo de mí, así que los de Auxilio Social me enviaron al orfanato.
Ese descubrimiento me dejó sin palabras. Roberto seguía siendo el mismo farsante que había destruido a mi familia, un mentiroso que lo único que merecía era terminar arruinado y solo, como él había hecho con mi familia. Y yo me iba a encargar de conseguirlo.