El último cine de barrio 41. La boda
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41. La boda

La boda

¿Usted cree en el destino? El destino no es más que un hilo del que tiramos nosotros mismos.

La vida en un hilo

Caminábamos por el jardín cuando Claudia me dio la mano, tan delicada como las flores. Después me miró con sus expresivos ojos marrones y me dijo:

—¿Cuándo pedirás mi mano? Todo el mundo lo está esperando y mi madre lo desea con toda su alma.

—No soy un buen hombre para ti —me excusé.

Era la mejor muchacha del mundo, pero mi vida iba por otros derroteros. Llevaba más de un año siendo amante de Marga, aunque ella a veces tenía que estar con mi tío. Mis pesquisas no habían avanzado mucho más, pero no sabía cómo preguntar a Roberto por mis hermanos sin levantar sospechas.

Conocía todas las triquiñuelas de mi tío en el mundo de los negocios y sus puntos flacos, así que podía hundirlo sin miramientos. Sin embargo, era como si todo mi odio hubiera mutado en un afecto sincero.

—Será mejor que encuentres un buen hombre, alguien que te haga feliz. No sé si viviré siempre en España.

—¿Y dónde irás? ¿A Argentina? Me marcharé contigo. Te acompañaría al mismo infierno si me lo pidieras.

Esa declaración me dejó sin palabras. Sabía cómo era vivir un amor imposible, porque me había sucedido con Leonor, pero no podía contarle la verdad a mi prima.

Después del almuerzo, Roberto me llevó a su despacho.

—Tengo varias cosas que tratar con mi socio, pero también deseo hablar con mi amigo, aunque para mí eres como un hijo, el que no he tenido.

—Soy todo oídos —contesté, pese a que temía lo que me iba a proponer.

—La guerra en Europa ha terminado y se acerca una época de prosperidad.

—Algunos dicen que los aliados atacarán España —repliqué.

—Tonterías. España es para ellos una perita en dulce en la que invertir. Aquí no ponemos tantas trabas administrativas y es un país seguro, lejos de los soviéticos.

—Bueno, eso es lo que algunos pensamos.

—Hasta Perón, vuestro nuevo presidente, es amigo de España.

Bueno, iré al grano. Voy a construir un par de cines nuevos en la calle Fuencarral, pero quiero deshacerme de los de barrio.

No dan casi beneficios; es un negocio que no me interesa.

El verdadero dinero está en la producción y en los cines de estreno.

—Pues a mí me encantan. Yo me crie en uno, pero en Buenos Aires.

—Yo quiero venderlos todos. ¿Podrías ir y valorarlos? Necesito saber cuánto nos darán por ellos.

—¿Los venderás todos? ¿También el Cine Maravillas?

—Ese es el único al que me une un lazo sentimental. Es con el que empezó mi padre y luego lo tuvo mi hermana.

—¿Tu hermana? Nunca me hablas de ella.

Esa era mi oportunidad, la que llevaba esperando durante todos esos años.

—La pobre murió muy joven y el culpable fue su marido.

Primero la dejó embarazada y después engañó a mi padre para que le dieran ese cine.

Al final, lo arruinó y mi padre tuvo que prestarle dinero otra vez.

Construyó otros cines, pero se lo gastaba todo en juego y en mujeres.

Incluso tenía otra familia. Menudo granuja.

Me hizo gracia esa visión de mi padre. En el fondo, tampoco eran muy distintos.

—¿Qué les sucedió a tus sobrinos?

—No he dicho que los tuviera —contestó, extrañado.

—Bueno, no era muy difícil de deducir.

—No me gusta hablar de estas cosas. Me ponen muy triste.

Tomé uno de sus puros de la caja de marfil.

—A veces es mejor sacarlo todo.

—Los argentinos estáis enamorados del Freud ese y del psicoanálisis.

—Todos arrastramos nuestros traumas.

—Tú jamás hablas de Argentina.

—Debería hacerlo, imagino —le dije mientras encendía el puro.

—Bueno, mis sobrinos tuvieron que sobrevivir como pudieron. Uno acabó en un orfanato. Les di una donación suculenta para que lo tratasen mejor que al resto de los huérfanos. La otra, la pequeña, Dolores quería quedársela, pero no lo vi adecuado.

Aquel comentario me sorprendió.

—¿Por qué? Al fin y al cabo era tu sobrina.

—Mi esposa es buena persona, pero muy caprichosa.

Se habría cansado de ella y habría terminado como en el cuento de la Cenicienta.

Al final, la adoptó la otra mujer de mi cuñado, Eloísa.

A esta mujer, mira qué ironía, le quedó más herencia que a mi hermana.

Aquel tipo siempre la despreció, en realidad.

Lo fusilaron después de la guerra por traidor y asesino.

Mató a un sacerdote. Una pieza, ya te digo.

Ya sabía lo que le había sucedido a mi hermana Susana. No sería difícil encontrarla con esos datos.

—Bueno, la cosa es que me deshago de los cines.

—¿Qué te parece si los compro yo? Tengo algunas ideas de negocio.

—Me parece bien, y eso me permite plantear el segundo tema.

—Soy todo oídos —contesté mientras me arrellanaba en el butacón.

—Ya sabes lo que Claudia siente por ti. No os sacáis mucho tiempo, creo. Sé que eres el soltero de oro de Madrid, pero es hora de que asientes la cabeza y formes una familia. ¿De qué sirve amasar una fortuna si no tienes a quién dejársela?

Respiré hondo.

—No creo que sea un buen esposo ni un buen padre.

Roberto se sentó enfrente.

—Nadie lo es en realidad. ¿Dónde se aprende a serlo? La cosa es que acepto tu petición de mano. Ya solo queda poner la fecha.

—No he pedido nada.

—Ya lo he hecho yo por ti. Resulta que eres demasiado tímido.

—Tengo una amante, Roberto.

—Ya lo sé, socio. Crees que puedes ocultarme cosas, pero lo sé todo de ti.

Aquel comentario me hizo removerme en la butaca.

—¿Qué sabes de mí?

Mi tío se lo pensó bien antes de contestarme.

—Que no eres argentino, aunque casi desde el principio me lo imaginé, y que te estás acostando con Marga.

Nunca se me olvidará tu cara cuando la conociste.

También sé que buscabas pegarte a mí, que no coincidimos por casualidad.

Durante años desconfié de tus intenciones, pero para mí ya eres parte de la familia.

Me quedé sin palabras. Roberto sabía más cosas de las que yo podía imaginar, aunque no la más importante: era su sobrino y tenía planeado destruir su vida y su empresa.