El último cine de barrio 40. Una pista
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40. Una pista

Una pista

¿Quién sabe si el destino nos ha unido para siempre con un lazo de sangre?

El clavo

El Hogar del Auxilio Social de El Pardo era poco más que un campo de concentración. Se me encogía el corazón viendo los rostros cadavéricos de los críos, con sus ojos tristes y esos uniformes falangistas. Al saber que Hitler perdía la guerra, la gente ya no se los ponía con tanta alegría.

Un profesor me llevó hasta el despacho del director del orfanato. Los muebles eran baratos y pretenciosos, el reflejo perfecto de ese hombre que se sentía el dueño y señor feudal de esos pinares desolados.

—Buenos días, señor don Pedro Martín.

—Buenos días.

—Estaba interesado en un exalumno nuestro, ¿verdad?

—Sí —le contesté, tajante.

Ese hombre me desagradaba. No quería ni pensar que mi pobre hermano había tenido que soportar a gentuza como esa.

—No puedo proporcionarle esa información. Todo lo que pasa aquí es confidencial, ya me entenderá.

—Claro que lo entiendo. —Deslicé un par de billetes por la mesa, que el hombre atrapó con agilidad.

—Bueno, esto es otra cosa… Ayudar a un miembro distinguido de la comunidad siempre es un placer para nosotros.

Nuestro líder, José Antonio, nos mostró el camino y los valores para una nueva España y eso es lo que les enseñamos a estos muchachos.

Pablo Reverte pasó aquí varios años y destacó por su inteligencia.

Le enseñamos el oficio de jardinero. De hecho, trabajó en los jardines de El Pardo para nuestro amado Caudillo.

—¿Trabajó en El Pardo? —le pregunté, sorprendido.

—Sí, fue uno de los mejores, pero se marchó con un amigo, Sebastián Tosar. Ya sabe, los jóvenes siempre buscan nuevos horizontes.

—¿Cuánto tiempo hace que se fugó?

Esa pregunta no le gustó al director del orfanato. No quería reconocer que la mayoría de la gente intentaba escapar de aquel infierno en la tierra.

—Bueno, ya hace más de un año. No hemos sabido más de ellos. Perdón, miento. El joven Sebastián fue arrollado por un tranvía. Una fatalidad… —dijo sin el más mínimo afecto. Para él, todos esos desgraciados eran peores que ratas.

—No me ha ayudado mucho.

—Lo lamento, no sabemos más. Seguro que el joven Pablo está trabajando en algún jardín de la ciudad. Se le veía espabilado, le irá bien. Formará una familia y contribuirá a la patria, no como los rojos de sus padres.

Me tuve que contener para no partirle la cara, pero debía seguir interpretando mi papel.

—Muchas gracias por todo —le dije mientras me ponía en pie.

—Si no es indiscreción, ¿por qué un hombre de negocios argentino se interesa por un crío así? ¿Acaso le interesan los muchachitos? Podemos proporcionarle algunos muy guapos…

Ese comentario me dio ganas de vomitar.

—¿Qué insinúa? Debería dar parte a las autoridades; es usted un proxeneta.

—No, me ha malinterpretado. En realidad, quería decir que quizá los necesite para el cine. Se dedica a eso, ¿verdad?

Me asustó que ese tipo supiera tanto de mí. Si me investigaban un poco, descubrirían quién era en realidad y que pesaba sobre mí una orden de busca y captura.

No contesté a la pregunta. Me marché más asqueado de lo que había llegado, pero esperanzado al saber que mi hermano seguía con vida y caminaba por las mismas calles de Madrid por las que yo lo hacía cada día.