El último cine de barrio 39. Algunas noticias
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39. Algunas noticias

Algunas noticias

¿Cómo pude haberlo sabido? Los tipos como yo no saben esas cosas hasta que es demasiado tarde.

Perdición

Muchas veces nos engañamos a nosotros mismos.

Nos decimos cosas que, en el fondo, sabemos que no son verdad.

Me había instalado en un edificio nuevo de la avenida del Generalísimo, el portero me llamaba don Pedro, tenía un despacho al lado del de Roberto y me codeaba con lo mejor de la sociedad española.

El país seguía en la miseria, pero yo era de esos pocos privilegiados que nadaban en la abundancia. ¿Quería perderlo todo por venganza?

Mi tío no me parecía tan malvado ni tan perverso ahora que lo conocía. Se trataba de un superviviente como todos nosotros. Hasta Dolores parecía una mujer entrañable que me trataba como a un hijo y Claudia, la hermana que jamás había disfrutado.

—Pedro, vamos a los estudios. Que están rodando Ella, él y sus millones .

Era la última producción por la que habíamos apostado.

Las cosas no podían marchar mejor: la gente no tenía para comer, pero iba al cine.

El ministerio, además, nos concedía subvenciones muy generosas.

Las dictaduras, desde tiempos antiguos, siempre se habían alimentado de pan y circo; al parecer, a los españoles del siglo XX les bastaba con el circo: películas y fútbol.

Estábamos viviendo una época dorada del cine y no lo sabíamos. Así de desgraciada es la condición humana: nunca se disfruta de lo que se tiene hasta que se ha perdido.

Recorrimos los estudios y llegamos al plató en el que se estaba rodando la película. Entramos en un camerino. Muchas de las actrices iban a medio vestir, pero estaban acostumbradas a ser observadas por los hombres. Mi tío se acercó a una rubia espectacular y la besó.

—Te presento a Margarita Gargantilla, aunque su nombre artístico es Margarita Sonsoles.

La mujer me iba a dar dos besos, pero se quedó tan petrificada como yo. Nos habíamos conocido en otra vida, en una de la que me había salvado.

—Encantada —dijo al final mi vieja amiga, disimulando que me conocía.

Sabía que mi tío tenía amantes, pero aquella era la única mujer de la que alguna vez había estado enamorado, además de Leonor.

—Encantado.

Roberto tuvo que salir un momento y aproveché para hablar con ella.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Buscándome un porvenir.

—¿Ya no estás con la compañía?

—Fuera de Madrid solo hay sapos y culebras, además de mucha miseria. Me he cansado de los bocadillos, de los tomates y de pasar hambre.

—Roberto te usará y después te tirará como si fueras un pañuelo barato.

—¿Quién te dice que no le estoy usando yo? Me convertiré en una actriz famosa y entonces elegiré con quién quiero estar. Ya sabes cómo funciona el mundo… Ahora te llamas Pedro y pareces un señorito falangista.

—Lo mío es distinto.

—¿Ah, sí? Para una mujer siempre es más difícil sobrevivir sin un hombre que la proteja. Estamos destinadas a ser madres o putas, aunque en ocasiones parezca lo mismo. La diferencia es que solo te acuestas con un hombre.

—Yo puedo protegerte —le dije, muerto de celos.

—No necesito tu protección. La última vez fui yo quien te salvó la vida y preferiste quedarte en Madrid a venir conmigo. Por algo sería.

—Era por mi familia, ya lo sabes.

La mujer frunció el ceño. Puede que yo creyera en mis propias mentiras, pero ella no.

—¿Dónde está tu familia? Estás medrando al lado del hombre que os quitó todo. No eres quien para juzgarme a mí.

En ese momento entró Roberto. Fuimos a ver a los actores y al director.

—Este es el guionista —me dijo—. La verdad es que la adaptación de la obra de teatro de Honorio Maura Gamazo ha sido un acierto.

Estas historias de tipos que quieren hacerse un nombre casándose con la hija de alguien famoso o de un noble siempre tienen tirón.

A la gente le gusta pensar que se puede ascender socialmente. Son unos ingenuos.

Josita Hernán, la protagonista, se acercó a nosotros. Era guapísima y siempre intentaba conquistarme. Para muchos me había convertido en el soltero de oro.

—Buenos días, don Pedro —me dijo con cierta guasa.

—Hola, Josita, tan guapa como siempre.

—Ya, pero para cuando el anillo de compromiso…

Roberto me tomó del hombro y me atrajo hacia él.

—¡Cuidado, que mi esposa lo quiere para nuestra Claudia!

Aquel comentario me dejó petrificado. Se trataba de mi prima. Claudia era un amor, pero a mí solo me interesaba vengarme de sus padres.

—He de irme —me excusé.

—¿No comemos hoy juntos?

—Hoy no, lo siento, tengo que arreglar unos asuntos.

—El misterioso Argentino… —soltó Rafael Durán con retintín. Al actor no le caía nada bien—. Un amigo mío acaba de llegar de Argentina y dice que en su país nadie te conoce.

—Me fui hace mucho tiempo, ya no tengo raíces allí.

Durán frunció el ceño y miró a mi tío.

—No te puedes fiar de los argentinos, mienten más que hablan.

Salí del estudio y me deslumbró el sol del mediodía. Me sentía mareado y vomité durante un buen rato. Había sido una mañana con demasiadas sorpresas.

La verdad era que tenía algo que hacer: visitar un orfanato en El Pardo donde había estado mi hermano.

Tenía una pista que seguir y una excusa para continuar al lado de mi tío y vivir como el impostor en el que me había convertido.

Hasta Marga parecía más honrada que yo; al menos no se engañaba a sí misma.