38. Lazarillo
Lazarillo
A veces se tarda mucho tiempo en ser joven.
El escándalo
Pasé meses estudiando a Roberto y su entramado empresarial.
Me hice con sus contactos y me gané la confianza de Dolores y de su hija, Claudia.
Tuve que empeñar más oro para invertir en las películas, pero en cuanto se estrenaron, mejor dicho, antes de que llegaran a los cines, ya había recuperado toda la inversión.
Algunos de los grandes líderes falangistas que un año antes se pavoneaban por Madrid comenzaron a perder poder.
Hitler no estaba ganando la guerra y Franco, que siempre fue un zorro, sabía que la única manera de sobrevivir era adaptarse a las nuevas circunstancias.
Siempre pensé, por lo poco que lo conocía, que, si perdía el poder, terminaría ahorcado, fusilado o asesinado en una cuneta, como las decenas de miles de personas que él había mandado ejecutar, directa o indirectamente.
Mientras yo me hacía un hueco en la industria cinematográfica, mis hermanos estaban pasando muchas penalidades sin que yo lo supiera, en especial Pablo.
Tras la muerte de mi madre, mi tío se había quedado con todo nuestro patrimonio. Yo había desaparecido y no tenía que ocuparse de mí, pero le quedaban mis dos hermanos.
A Pablo lo enviaron a un orfanato a las afueras de Madrid, regentado por falangistas.
Si los orfanatos religiosos resultaban duros, los del partido lo eran mucho más.
Tenían un régimen casi militar y, como muchos de los niños provenían de familias de izquierdas, los profesores los trataban como si fueran verdadera escoria.
Pablo estaba en el Hogar del Auxilio Social en El Pardo, cerca de Mingorrubio. Cada vez que iba a ver a Franco y proyectarle una película, pasaba justo al lado.
La rutina en esos lugares era terrible. Te despertaban con las campanadas, se formaba en el patio, lloviera o estuviera helando, y te obligaban a cantar himnos y consignas antes de desayunar. Además de las clases básicas, tenían que cuidar los huertos, limpiar y mantener las instalaciones.
Pablo solía levantarse antes que el resto y subir al edificio más alto para contemplar el amanecer.
Le encantaba ver cómo, poco a poco, la niebla se iba disipando entre los enormes pinos.
Se trataba de su único momento de paz y tranquilidad.
Estaba deseando llegar a la mayoría de edad para escapar de allí.
Aprendió jardinería y, muchos días, lo llevaban a El Pardo para cuidar los jardines de palacio. Veía de lejos a la familia Franco.
Al cabo de tres años, se había convertido en uno de los veteranos y todo el mundo lo respetaba. No era muy alto, pero tenía espaldas anchas y había desarrollado una musculatura fuerte.
Uno de sus mejores amigos de aquella etapa se llamaba Sebastián, un chico pequeño que Pablo había apadrinado para evitar que le dieran palizas o le hicieran otras cosas peores.
A ambos se los consideraba hijos de rojos y el trato era aún peor y más vejatorio.
De vez en cuando, cuando un niño enfermaba, desaparecía a los pocos días y su cama la ocupaba otro.
—¿Puedes dormir? —le preguntó una noche su amigo.
—No, tengo ganas de irme de aquí. Ya no aguanto más.
—Pero ¿dónde iremos? No tenemos familia —dijo Sebastián, que había perdido a sus padres en un bombardeo.
—Mi hermano debe de estar por algún lado buscándonos —dijo Pablo a su amigo.
Era consciente de que yo no los iba a abandonar.
Él y Susana habían visto morir a mi madre.
Como no tenían para pagarle un entierro digno, se la llevaron los funcionarios del ayuntamiento y la metieron en una fosa común.
Ni los muertos valían algo en esa nueva España.
Se le habían quedado grabados en la mente la última mirada de su madre, la desesperación y el miedo que sentía por ellos.
No entendía por qué su hermano había desaparecido en el peor momento, aunque ya estaba acostumbrado. Sabía que buena parte de su existencia habíamos estado separados, que, en muchos sentidos, nuestras vidas parecían destinadas a discurrir en paralelo sin tocarse casi nunca.
—Tengo un plan —dijo por fin.
—¿Qué plan?
—Cuando estemos en el palacio, podemos escondernos en alguna de las furgonetas que traen suministros. Nos llevará a Madrid.
—¿Qué vamos a hacer solos en la ciudad?
—Encontraré algún trabajo de aprendiz. Podremos alquilar una habitación y, poco a poco, comenzaremos a prosperar.
—Mi madre, de las pocas cosas que recuerdo de ella, siempre decía que los planes nunca salen como los teníamos previstos.
—Pues esta vez tendrá que salir bien.
Unos días más tarde, mientras los dos chicos podaban en el jardín, vieron una furgoneta de reparto. Era la del pescado. Al Caudillo le encantaba y se lo enviaban cada día desde Galicia. Tiempo después me enteré de que fue el mismo día en que acudí con Roberto a El Pardo.
En un descuido subieron a la furgoneta, que apestaba a pescado, y se escondieron debajo de una lona. Esperaron pacientemente a que el conductor regresara a Madrid.
Media hora más tarde, con los huesos congelados por el frío, se dirigieron por fin hacia la ciudad. No tardaron en llegar al mercado central y, en cuanto el conductor dejó la furgoneta, salieron disparados.
Caminaron por la ciudad como sonámbulos.
Apenas se acordaban de las calles, del sonido de los coches, de los frenos del tranvía y de la algarabía de la gente.
En medio del pinar inmenso de El Pardo, al menos sentían que formaban parte de algo mayor, pero en la ciudad eran insignificantes como insectos.
Pablo pensó que debían ofrecerse como jardineros en alguna empresa. Se acercaron al parque del Retiro y preguntaron a uno de los jardineros, quien les indicó dónde se encontraba el encargado.
Mi hermano era el que tenía más labia. El encargado, un hombre muy gordo, de esos que resultaba tan difícil ver en la España de la posguerra, los miró de arriba abajo. Olían a pescado podrido e iban vestidos con el uniforme de la Falange para boy scouts y una chaqueta raída.
El hombre les pidió que hicieran una demostración y quedó satisfecho.
—Podéis dormir en los vestuarios de los empleados del parque.
Aquello supuso para ellos el paraíso. Lo que les pagaban apenas les permitía comprar algo de comida todos los días, pero en tan solo unas horas se habían asegurado el sustento.
Después de varias semanas, el encargado les dio ropa de sus hijos. No era nueva; estaba remendada por todos lados, pero a ellos les parecieron los ropajes más finos.
Una de las noches en las que no podían dormir por el calor, Pablo le comentó a su amigo:
—Tengo que localizar a mi hermana. No puedo cuidarla, pero necesito saber que se encuentra bien.
Trabajaban muchas horas al día, casi de sol a sol, pero libraban los domingos. Pablo y Sebastián fueron a las casas donde habían vivido todos juntos el último año y luego al Cine Maravillas. Le impresionó que lo hubieran arreglado; ya no parecía el sitio donde se había criado.
—Podría ofrecerme como proyeccionista. Seguro que gano más que como ayudante de jardinería.
—Puede que necesiten gente. Están abriendo cines por todos lados.
—Si mi tío se entera de que pido trabajo aquí, le dará un síncope.
—¿Por qué se va a enterar? Seguro que tiene tantos empleados que no cae en un Pablo Reverte más.
Llamaron al timbre y una mujer salió a recibirlos. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y vestía una bata rosa de estar por casa.
—Buenos días, perdone que la moleste un domingo por la mañana.
—No te preocupes, hijo, en un rato abriremos para la matinal infantil. ¿Qué es lo que deseáis? No tengo comida ni puedo daros limosna.
—No, señora, queremos trabajar. Yo soy proyeccionista. Mi familia tenía un cine cuando era pequeño. Y mi amigo podría ayudar como acomodador.
La mujer dudó unos momentos.
—Mi marido te hará una prueba ahora mismo. Así podrá descansar los domingos por la mañana.
La mujer los dejó entrar y subieron por las viejas escaleras. A mi hermano, que echaba mucho de menos el cine, se le agolparon los recuerdos. Le sorprendió darse cuenta de lo frágiles que somos y de la facilidad con que nuestra vida es sustituida por otra, como si nunca hubiéramos existido.
Don Jaime le hizo la prueba y le asombró el manejo que tenía del proyector. Pablo no le contó que justo había aprendido con ese mismo aparato.
—No se hable más, hoy te encargarás de la función. Será como una prueba.
—Muchas gracias —le contestó Pablo, entusiasmado.
—Os pagaré a los dos doscientas cincuenta pesetas al mes.
Aquello era una pequeña fortuna para dos huérfanos que vivían en los vestuarios del parque del Retiro.
En las siguientes semanas combinaron ambos empleos.
Entre semana, trabajaban a jornada completa en los jardines; los festivos, ayudaban en el cine.
Alquilaron una habitación con la intención de conseguir más adelante un piso donde llevar a Susana, pero no eran capaces de encontrarla por ningún lado.
Uno de los días que se dirigían al cine, corrieron para subir al tranvía que se les escapaba y Sebastián se quedó atrapado entre los raíles. No podía sacar el pie ni quitarse el zapato.
Pablo pidió ayuda a los viandantes, pero nadie quiso echarle una mano.
Se agachó para intentar liberar el pie de su amigo cuando escucharon un tranvía a su espalda.
Pese a que mi hermano levantó los brazos para que el maquinista se detuviera, este estaba muy distraído hablando con una pasajera.
Desesperado, tiró con todas sus fuerzas de su amigo, pero el pie seguía atrapado.
—¡Vete! —gritó Sebastián. Si no se apartaba a tiempo, el tranvía los embestiría a los dos.
Pablo se echó a un lado y escuchó el crujido de los huesos de su amigo. El maquinista frenó en seco, aunque era demasiado tarde. El pobre muchacho estaba medio aplastado bajo el primer vagón.
Llamaron a una ambulancia. Lo sacaron de debajo del tren descoyuntado y sangrando por todos lados.
Pablo se acercó hasta él y le dio la mano.
—Lo siento mucho —dijo mientras se secaba las lágrimas con el puño de la camisa.
—No te preocupes, por fin me voy a reunir con mis padres. Espero que tengas mucha suerte y que muy pronto encuentres a tus hermanos.
Lo subieron a la ambulancia, pero ya estaba muerto.
Pablo se sentó a su lado y lo acompañó al hospital.
Después pagó el entierro, quedándose de nuevo sin nada, pero no quería que su amigo acabara también en una fosa común.
Sebastián fue una persona maravillosa y valiosa para él y merecía una sepultura digna donde ser recordado.
Desde aquel día, una vez a la semana, mi hermano se acercaba hasta la tumba y charlaba un rato con Sebastián. Ni siquiera la muerte pudo romper esa amistad.
Mientras Pablo intentaba sobrevivir, mi hermana se encontraba con la persona más inesperada del mundo. Pero eso es otra historia.