37. El Pardo
El Pardo
Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad.
Casablanca
Estaba nervioso, no podía evitarlo. Conocer a un gobernante siempre es algo muy serio, pero ese hombre no era como cualquier otro.
Se trataba de la persona que había provocado la guerra más cruenta de la historia del país y que gobernaba el Estado con mano férrea.
Él había firmado la sentencia de muerte de mi padre y de mi mejor amigo.
Lo único que parecíamos tener en común el dictador y yo era el cine.
Eso también me sorprendía. Siempre pensé que el cine suponía un instrumento para fabricar sueños y dar esperanza a la gente, pero cambié de opinión después de ver Raza y algunas películas alemanas que llegaban a España.
Me di cuenta de que el cine también podía ser un instrumento de propaganda para difundir ideas nocivas para la humanidad.
En el fondo, siempre he sido un idealista, aunque lo peor del idealismo es cuando intentamos que la realidad coincida con este y no al revés.
Roberto llegó en su flamante coche conducido por el chófer. Me subí atrás, a su lado, y nos dirigimos a la residencia de Franco en El Pardo.
Me entretuve observando los bosques de encinas tan próximos a Madrid.
Recordé cuando pasábamos varios días en la sierra cada verano, lo cual, para un urbanita como yo, era el mayor de los placeres.
Podía correr por el campo y descubrir que las flores crecían en otros lugares, además de en las rendijas y las grietas de las carreteras y de las aceras.
El coche pasó el control de la guardia mora y lo aparcamos en un lateral del palacio. Era un viejo pabellón de caza de la familia real, un edificio secundario y menos pretencioso que el Palacio Real, pero, sobre todo, apartado de la capital.
—Esta es la guarida del zorro. Franco puede parecer un hombre gris y mediocre, pero ya verás que siempre está en guardia y mide cada palabra que dice. Cuanto menos hables, mejor —me aconsejó mi tío, que había pasado a tutearme.
El chófer cargó con las latas de las películas.
—¿Qué le traés para ver? —pregunté con mi improvisado acento argentino.
—Es una sesión matutina, al fin y al cabo. Suele estar liado hasta media mañana con el papeleo, pero hoy se ha tomado el día libre. Acaban de pasar las Navidades y necesita descansar.
Entramos por una puerta blanca acristalada. La decoración era austera para tratarse de un palacio, pero, sobre todo, muy anticuada. Recorrimos varios pasillos interminables de alfombras persas y llegamos a la sala de proyección.
—Creo que estará solo. Como mucho, lo acompañará su hermano Nicolás, una de las pocas personas en el mundo en las que Franco confía.
Entramos en el salón. Al fondo había una amplia pantalla de cine. El proyector era profesional, para películas de 35 milímetros.
Roberto colocó el primer rollo y salimos a fumar un cigarrillo.
—Al Caudillo no le gusta el tabaco, apenas bebe y, al parecer, tampoco le gustan las mujeres.
—Dicen que Hitler es igual.
—Sí, son como monjes, pero su dios es el Estado.
Entramos de nuevo a la sala. Franco apareció con una bata, pero debajo llevaba un pantalón formal y una corbata.
—Buenos días, señores —dijo mientras nos daba la mano. Una mano fría, pequeña, suave y floja. No parecía la del militar que se había bregado en mil batallas en África. No era muy alto, aunque sí algo grueso y casi calvo. Lucía un pequeño bigote que tapaba en parte sus labios femeninos.
—Excelencia —dijo Roberto, levantando el brazo.
—Bueno, bueno, que estamos aquí para disfrutar de una buena película. Me encantan Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Aquí no hay mujeres como esas, ¿no creen?
No supe qué responder. Imaginé que era casi una pregunta retórica.
—No las hay, excelencia.
Llegó a la sala Nicolás, que se le parecía mucho físicamente, aunque él sí llevaba el traje completo.
—Señores —dijo sin darnos la mano. Se sentaron en sendas sillas aterciopeladas.
Proyectamos Casablanca . Yo no la había visto todavía, pero sabía que no me iba a defraudar.
Nos sentamos frente a la pantalla, como había hecho miles de veces a lo largo de mi vida. Dudaba que alguien en España hubiera visto tantas películas como yo. Podía saber si una película era buena o mala a los cinco minutos, sobre todo por los diálogos y el enfoque de la cámara.
Cuando terminó el último rollo y los dos personajes caminaron por la pista de aterrizaje y uno de ellos soltó aquello de «presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad», me dieron ganas de aplaudir.
Franco y su hermano no lo hicieron, pero los ojos del dictador brillaban como los de un niño.
—Estas películas me dan la vida. Recuerdo cuando iba con mis padres al cine en Ferrol.
Qué triste es tener que abandonar los paisajes de la infancia.
Resulta muy pesado gobernar un país. No crean que es moco de pavo, y más aún uno como el nuestro.
Los españoles tenemos altos ideales y formamos el imperio más poderoso que han visto los siglos, pero también hay que lidiar con la retranca y la picaresca.
Nicolás asentía con la cabeza.
—¿Usted es el Argentino?
Me sorprendió que me conociera.
—Me lo ha contado todo Roberto. Me pone películas desde que teníamos el gobierno en Salamanca, y luego en Burgos y en Valladolid. Después de cada batalla, veía una película y se me quitaban todos los males.
—Sí, excelencia. Soy de Buenos Aires.
El dictador sonrió.
—Si no fuera español, me gustaría ser mexicano o argentino. Los portugueses son buena gente, pero demasiado pusilánimes, ¿no cree?
—No conozco a muchos —le contesté.
Franco soltó una carcajada y nos quedamos todos de piedra.
—Parece que los argentinos no saben adular. A los gallegos tampoco nos gustan las adulaciones. Me ha caído bien… Espero que gane mucho dinero en nuestro país. Necesitamos inversión extranjera; estos rojos se han llevado todo el oro y nos han dejado secos. ¿Verdad, Nicolás?
—Sí, Paco, como la mojama.
El Caudillo se retiró con pasos cortos y Roberto se puso a recoger las latas. El chófer las cargó de nuevo en el coche y, después de que nos ofrecieran un café con leche y porras, nos dirigimos de nuevo a Madrid.
—Martín, acaban de abrirte las puertas de España de par en par —dijo Roberto durante el trayecto—. Franco jamás olvida una cara. Para bien o para mal, ya eres uno más de los elegidos.
No regresamos a la ciudad. Mi tío me tenía reservada otra sorpresa.
Llegamos a los Estudios CEA en Ciudad Lineal. Eran los más míticos de antes de la guerra. Los de mi padre nunca fueron tan grandes.
Parecían un gran convento más que unos estudios de cine. Entramos en uno de los inmensos platós, en el que se había recreado parte de un pueblo marroquí.
—Son los escenarios de ¡A mí la Legión! Creo que va a ser un éxito tan grande como Raza .
Todos los días los cines están llenos hasta rebosar.
Los españoles necesitan películas inspiradoras repletas de épica.
La División Azul muestra hasta qué punto la furia española es capaz de cambiar el mundo, ¿no crees?
No supe qué responder. Admiraba mucho a mi país.
Había vivido en el extranjero y era consciente de sus virtudes y defectos, pero los españoles nunca seríamos gente épica.
La vida y el tiempo nos habían enseñado que resultaba muy difícil creer en cualquier cosa que no fuéramos nosotros mismos.
De hecho, en lo único en lo que creía de verdad un español era en una idea difusa de Dios, no en la religión, y sobre todo en la familia.
Caminamos por los estudios, el lugar donde se producía la magia. En cierto sentido, me estaba enamorando del papel que interpretaba. El de un productor argentino rico y sin familia, con toda una vida por delante y sin tener que rendir cuentas a nadie.
Llevaba años alejado de mis hermanos, hasta el punto de que, más que en dos personas concretas que estaban sufriendo y necesitaban mi ayuda, comenzaban a convertirse en una idea abstracta. En ocasiones en la vida, nos creemos tanto el papel que representamos que nos olvidamos de quiénes somos.