El último cine de barrio 36. Una comida en familia
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36. Una comida en familia

Una comida en familia

La Legión no pregunta quién eres, ni de dónde vienes, ni qué has hecho… ¡Solo te pide que seas un hombre!

¡A mí la Legión!

No había regresado a esa casa desde niño. Mi tío la había reformado mucho, pero perduraba la esencia de la vieja mansión de principios de siglo.

Viajamos en un lujoso Rolls-Royce por las calles de Madrid hasta la zona residencial. Uno de los criados nos abrió la puerta y Dolores y su hija Claudia nos recibieron ya en la entrada. Esa era la vida que mi familia merecía y que Roberto les había robado.

Ahora que sabía que mi madre había muerto, me preocupaba aún más la suerte de mis hermanos.

—Bienvenido a nuestra humilde morada —dijo Dolores. Subimos la escalinata y me dio dos besos.

Intenté disimular mi animadversión hacia esa mujer que tanto mal le había causado a la familia.

Ella estaba detrás de la mayor parte de las desgracias de los míos, ya que había convencido a mi tío de echar a mi madre de casa, había puesto a nuestro abuelo en nuestra contra y había conspirado contra mi familia.

Sabía que todo eso no disculpaba a mi tío, pero, sin duda, ella era el motor de todas esas maldades.

Me llevaron al salón, pero les pedí que me indicasen dónde estaba el aseo para poder lavarme las manos. Allí me permití llorar unos instantes. Sentía una opresión que me cerraba la garganta.

Me recompuse y volví al salón. La mesa estaba dispuesta con el mantel de hilo, la cubertería de plata y las copas de cristal de Bohemia.

Daba la sensación de que mi tía pertenecía a la alta sociedad, y no de que Roberto la había rescatado de un prostíbulo en La Coruña.

En muchos sentidos, nuestras vidas tenían cierto paralelismo.

Me sentaron junto a Roberto. Mi prima vestía un traje de un rosa palo y sus ojos eran muy expresivos; me recordaban a los de mi madre.

—Creo que al final haremos negocios juntos —dijo Roberto antes de tomar su copa para brindar.

—Esto es una comida familiar; no hablemos de negocios. ¿Tiene familia? —preguntó Dolores.

—Mis padres murieron hace unos años y no tengo hermanos. Se puede decir que estoy solo en el mundo.

—Lo siento mucho —dijo mi tía mientras me daba la mano, fría y huesuda.

—La vida te reparte unas cartas y tienes que jugar con ellas. Tal vez en su hermoso país las cosas me vayan mejor. ¿La de ustedes es una familia numerosa?

Dolores me soltó la mano de repente, como si el tema no le gustara.

—Lo cierto es que la guerra nos ha pasado factura y muchos ya no están con nosotros. Soy hija única y mi marido ahora está solito.

—¡Qué pena! La guerra es siempre igual: nadie la gana de verdad; todos perdemos.

Roberto comenzó a comer el filete de ternera. Yo no había visto uno así en años.

—Mañana tengo que ir a El Pardo para poner una película a Franco. ¿Le gustaría acompañarme?

—¡Estaría encantado!

—Pues no se hable más.

El resto de la comida fue muy cordial. Luego pasamos a una sala al lado del jardín para tomar el café.

Roberto nos dejó por unos momentos para atender unas llamadas y, por primera vez, Claudia se dirigió a mí.

—¿Qué edad tiene? Perdone la indiscreción —dijo antes de ponerse colorada.

—Bueno, siempre me echan menos años, pero veinticinco —dije para despistar aún más a mi prima y a mi tía.

—Sí, parece más joven —comentó Dolores—. Imagino que con muchas pretendientes en Argentina.

—Lo cierto es que no; me he dedicado a los negocios. En otros aspectos de la vida soy demasiado torpe.

Las dos mujeres se echaron a reír. Cuando regresó Roberto, nos fuimos a fumar al jardín.

—Mañana nos veremos en la puerta del cine a las nueve de la mañana. Ya he avisado en El Pardo de que vendrá conmigo. No sé si podré presentarle al Caudillo, pero al menos comprobará en manos de qué genio están los destinos de España.

Aún permanecí un par de horas más en la casa. La familia no dejaba que me marchase.

Enseguida comprendí que mi tía Dolores quería que me casara con su hija. Había logrado mi objetivo de pasar completamente desapercibido. Mi plan estaba desarrollándose tal y como lo había previsto.

Al entrar a mi piso, me quité la corbata y rompí a llorar. Entre esas cuatro paredes podía ser de nuevo Rodolfo Reverte, el niño perdido que estaba solo en el mundo y deseaba encontrar a sus hermanos pequeños a toda costa.